Capítulo 7
E dward
Londres
Edward Ashworth se despertó aquella mañana con una sensación extraña en el pecho, como si algo hubiera cambiado durante la noche sin que él se diera cuenta.
Mientras se afeitaba frente al espejo de su tocador, no pudo evitar reflexionar sobre los últimos días desde el paseo en Hyde Park.
Cada conversación con lady Catriona Stewart parecía revelar una nueva faceta de su personalidad que lo desconcertaba y, si era honesto consigo mismo, lo intrigaba.
No era solo su inteligencia, aunque eso ya era raro en las jóvenes de su círculo social.
Era la manera en que combinaba esa inteligencia con una franqueza que no había encontrado en ninguna otra dama de Londres.
Cuando hablaba de política o agricultura, sus ojos se iluminaban con una pasión que nada tenía que ver con el coqueteo calculado al que estaba acostumbrado.
Y luego estaban esos momentos inesperados de vulnerabilidad, como cuando había admitido sentirse como si estuviera interpretando un papel que desconocía.
Edward había sentido una conexión inmediata con esa confesión, porque él mismo había experimentado exactamente la misma sensación durante casi toda su vida adulta.
Se vistió con más cuidado del habitual, eligiendo un chaleco azul marino que su madre siempre decía que realzaba el color de sus ojos. Mientras su ayuda de cámara le ajustaba la corbata, Edward se preguntó cuándo había empezado a importarle la opinión de lady Catriona sobre su apariencia.
Al bajar al comedor para el desayuno, se encontró con que era el primero en llegar.
Su madre y lady Catriona habían salido temprano para otra sesión de compras, esta vez para accesorios menores que aparentemente eran esenciales para completar el guardarropa de temporada.
Isabella tenía lecciones hasta el mediodía y su padre, como era habitual, había desayunado al amanecer antes de partir hacia sus obligaciones parlamentarias.
Edward sirvió café de la cafetera de plata y se sentó a leer el periódico, pero descubrió que no podía concentrarse en las noticias políticas que normalmente captaban toda su atención.
Sus pensamientos seguían derivando hacia la conversación del día anterior, sobre todo hacia el momento en el que lady Catriona había descrito su infancia en Escocia.
La imagen de una niña pequeña trepando árboles y montando sin silla de amazona le había parecido encantadora, pero también había despertado en él una curiosidad sobre qué tipo de mujer había moldeado esa educación poco convencional.
—Buenos días, hijo.
La voz de su padre lo sobresaltó. William entró en el comedor con varios documentos bajo el brazo y expresión pensativa.
—Padre. Pensé que ya habías salido hacia el Parlamento.
—La sesión de esta mañana ha sido cancelada. Lord Russell quiere reunirse en privado con algunos de nosotros sobre las implicaciones económicas de la paz con Francia. —William se sirvió café y tomó asiento frente a Edward—. Me da la oportunidad de hablar contigo sobre algo importante.
Edward dobló el periódico, reconociendo el tono que su padre utilizaba cuando quería discutir asuntos serios.
—¿Sobre qué?
—Sobre lady Catriona y las responsabilidades que asumirás cuando ella se case.
Edward sintió una punzada de algo que no supo identificar. Por supuesto, el objetivo de toda esta situación era que lady Catriona encontrara un marido apropiado. Era exactamente lo que se suponía que debía suceder. Entonces, ¿por qué la idea le resultaba tan desagradable?
—¿Qué tipo de responsabilidades debería asumir yo? ¿No sería su marido?
William extendió uno de los documentos que había traído.
—He estado revisando la correspondencia de Duncan sobre el testamento.
Las propiedades de Glenmoran son considerablemente más extensas de lo que había imaginado en un primer momento.
No se trata solo de un castillo y algunas tierras agrícolas.
Duncan gestiona todo un valle, con varios pueblos pequeños, granjas arrendatarias, e incluso algunas operaciones comerciales menores.
Edward tomó el documento y lo examinó. Los números eran impresionantes. Los ingresos anuales de las propiedades Stewart eran sustanciales, aunque no tan grandes como los del ducado de Westmere.
—Es una responsabilidad considerable —comentó—. ¿Y todo esto pasará a manos del marido de lady Catriona?
—Según la ley, sí. Por eso Duncan es tan cuidadoso sobre quién elige como esposo para su sobrina. No se trata solo de su felicidad personal, sino del bienestar de cientos de familias que dependen de esas tierras.
Edward siguió leyendo, notando la manera meticulosa en que Duncan había documentado cada aspecto de la administración. Era evidente que el hombre se tomaba muy en serio sus responsabilidades hacia su gente.
—¿Crees que encontrará un buen marido?
William estudió a su hijo con una expresión que Edward no supo interpretar.
—Esa es una pregunta interesante. ¿Tú qué piensas?
—Creo que... —Edward se detuvo, dándose cuenta de que no estaba seguro de cómo responder—. Creo que merece alguien que la valore por lo que es, no solo por lo que aporta.
—¿Y qué es eso?
Edward bajó la vista hacia el documento, pero las cifras se difuminaron mientras su mente se llenaba de imágenes: lady Catriona riéndose ante el entusiasmo de Isabella, su expresión pensativa cuando discutían política, la manera en que sus ojos se habían iluminado cuando describía los otoños escoceses.
—Es inteligente. Compasiva. Tiene principios sólidos y no teme expresar sus opiniones, pero lo hace con respeto y consideración hacia otros puntos de vista. —Hizo una pausa—. Y es especial de una manera que no se encuentra a menudo en Londres.
—Esas son observaciones muy perspicaces para alguien que la conoce desde hace menos de una semana.
Edward alzó la vista sorprendido por el tono ligeramente divertido de su padre.
—Es fácil de observar. No intenta ocultar quién es en realidad.
—No. No lo hace. —William tomó otro sorbo de café—. Edward, ¿puedo hacerte una pregunta personal?
—Por supuesto.
—¿Has considerado alguna vez seriamente la posibilidad del matrimonio?
La pregunta lo cogió desprevenido. Durante años, su padre había evitado presionarlo sobre el tema, respetando su deseo de establecerse en sus responsabilidades antes de formar una familia, pero desde el pasado año las cosas habían cambiado y sus padres le habían presentado a varias señoritas con la intención de que eligiese esposa.
—No. ¿Por qué?
—Porque ya eres un hombre y, aunque yo no tengo prisa por verte casado, sí creo que sería prudente que empezaras a considerar qué tipo de esposa querrías tener algún día.
Edward se recostó en su silla, sintiendo como si la conversación hubiera tomado un rumbo que no había anticipado.
—Supongo que querría alguien con quien pudiera conversar.
Alguien que entendiera las responsabilidades que conlleva nuestra posición, pero que también tuviera sus propios intereses y pasiones.
—Se detuvo, dándose cuenta de que estaba describiendo exactamente a lady Catriona—. ¿Por qué me preguntas esto ahora?
—Porque observo cómo te comportas con nuestra invitada y veo algo que no había visto antes en ti.
—¿Qué quieres decir?
—Interés y curiosidad. No el tipo de interés cortés que has mostrado hacia las otras jóvenes que tu madre ha invitado a casa a lo largo de los años.
Edward sintió que se le aceleraba el pulso. ¿Era tan obvio?
—Lady Catriona es... diferente. Más interesante de lo que esperaba.
—¿Solo interesante?
Edward miró a su padre durante un largo momento, preguntándose cuánto debía admitir. William lo observaba con esa expresión paciente pero perspicaz que había aprendido a reconocer desde la infancia como señal de que su padre ya había llegado a sus propias conclusiones.
—No estoy seguro —dijo finalmente—. Es confuso.
—¿Qué es confuso?
—Todo. —Edward se levantó y se acercó a la ventana, necesitaba moverse—.
Cuando llegó a casa esperé encontrar a una joven escocesa necesitada de ayuda, alguien por quien podría sentir simpatía, pero nada más.
En lugar de eso, me encontré con... con alguien que me desafía a pensar diferente sobre cosas que creía que tenía resueltas.
—¿Como qué?
—Como lo que realmente importa en una conversación. Como lo que hace atractiva a una persona. Como... —se detuvo, dándose cuenta de que estaba a punto de admitir más de lo que había admitido incluso para sí mismo.
—¿Como qué tipo de matrimonio querrías tener?
Edward se volvió hacia su padre, sorprendido por la observación.
—Sí. Exactamente eso.
William sonrió y Edward reconoció en esa sonrisa la misma expresión de satisfacción que su padre había mostrado cuando él había resuelto problemas difíciles siendo niño.
—Edward, ¿puedo contarte algo sobre mi propio matrimonio?
—Por supuesto.
—Cuando conocí a tu madre, no fue amor a primera vista.
Fue... reconocimiento. Como si hubiera estado buscando algo sin saber qué era, y de repente allí estaba.
No era la mujer más bella del salón, ni la más rica, ni la que tenía las conexiones más importantes.
Pero era la única con quien podía imaginarme construyendo una vida real.
Edward volvió a sentarse absorbiendo las palabras de su padre.
—¿Y cómo supiste que era la correcta?
—Porque, cuando estaba con ella, me gustaba quién era yo. No tenía que fingir ser más inteligente, o más serio, o más divertido de lo que realmente era. Podía solo ser William, no el futuro duque, no el hijo primogénito con todas esas expectativas, solo... yo mismo.
Edward sintió una punzada de reconocimiento. Así era exactamente como se había sentido durante sus conversaciones con lady Catriona.
—¿Estás sugiriendo que considere...?
—No estoy sugiriendo nada —dijo William—. Solo te estoy diciendo que prestes atención a lo que sientes. Y que recuerdes que las mejores decisiones no siempre son las más obvias.
Se quedaron en silencio durante varios minutos, cada uno perdido en sus propios pensamientos. Edward se encontró considerando la posibilidad que su padre había planteado tan sutilmente. ¿Podría lady Catriona ser más que una invitada? ¿Podría ser... algo permanente?
La idea lo aterrorizaba y lo emocionaba al mismo tiempo.
—Padre, ¿puedo preguntarte algo sobre el testamento?
—Por supuesto.
—Si lady Catriona se casara con alguien que no fuera... adecuado para atender las propiedades escocesas, ¿qué pasaría?
—Bueno, técnicamente, el marido tendría derecho legal a tomar todas las decisiones.
Pero Duncan ha estructurado el testamento de manera muy inteligente.
—William sonrió—. Hay cláusulas que permiten cierta supervisión continua del administrador original hasta que el nuevo marido demuestre su competencia.
—¿Y si el marido resultara ser incompetente? ¿O poco escrupuloso?
—Entonces las propiedades y toda la gente que depende de ellas sufrirían mucho. Por eso Duncan es tan cuidadoso. No puede permitirse cometer un error.
Edward asintió, sintiendo el peso de la responsabilidad que implicaba la situación de lady Catriona. No se trataba solo de encontrar un marido. Se trataba de encontrar al hombre correcto.
—¿Crees que..., es decir, hipotéticamente hablando..., crees que alguien de nuestra familia sería considerado una opción apropiada?
William lo miró con una sonrisa que sin duda indicaba que la pregunta no lo había sorprendido en absoluto.
—Hipotéticamente hablando, creo que Duncan estaría muy complacido si su sobrina encontrara un marido que ya fuera parte de una familia en la que confía, que tuviera experiencia administrando propiedades grandes y que hubiera demostrado que valora tanto el honor como la responsabilidad.
—Ah. —Edward sintió que se le aceleraba aún más el pulso—. Hipotéticamente hablando, por supuesto.
—Por supuesto. —William se puso de pie—. Pero, Edward, si alguna vez esta situación hipotética se volviera real, sería importante que las motivaciones fueran las correctas.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que lady Catriona merece ser amada por sí misma, no por sus propiedades o por conveniencia familiar. Cualquier hombre que la corteje tendría que estar seguro de que lo hace por las razones correctas.
Edward asintió, entendiendo lo que su padre estaba diciendo. Si alguna vez considerara cortejar a lady Catriona, tendría que estar absolutamente seguro de que lo hacía porque se había enamorado de ella, no porque fuera una solución conveniente para todos los involucrados.
El problema era que, sentado allí en el comedor con la luz de la mañana entrando por las ventanas, Edward se daba cuenta de que ya no estaba seguro de cuáles eran sus motivaciones.
¿La encontraba intrigante porque era diferente de las otras mujeres que conocía o porque había empezado a importarle realmente como persona?
—Padre, ¿cómo supiste que amabas a madre?
William sonrió con ternura.
—Porque un día me di cuenta de que no podía imaginar mi vida sin ella. No porque la necesitara para ser feliz, sino porque la vida era simplemente mejor, más completa, más interesante cuando ella estaba presente.
Edward asintió lentamente, absorbiendo las palabras. Después de que su padre se marchara para la siguiente reunión, se quedó sentado en el comedor durante mucho tiempo mirando por la ventana hacia el jardín donde lady Catriona había paseado con Isabella unos días antes.
Se encontró preguntándose qué estaría haciendo en ese momento. ¿Estaba disfrutando de las compras con su madre o se sentía abrumada por tantas decisiones sobre vestidos y accesorios? ¿Pensaba en las conversaciones que habían tenido o las consideraba simplemente cortesías sociales necesarias?
Y, más importante, ¿había alguna posibilidad de que ella pudiera llegar a verlo como algo más que el hijo de la familia que la había acogido?
Edward se levantó y se dirigió hacia su estudio, decidido a intentar concentrarse en la correspondencia que se había acumulado. Pero, mientras caminaba por los pasillos de la casa, se descubrió esperando el sonido de voces femeninas que anunciarían el regreso de su madre y lady Catriona.
Por primera vez en su vida, Edward Ashworth, marqués de Ashford, se encontró impaciente por la tarde, no porque tuviera planes importantes, sino porque significaría otra oportunidad de conversar con la mujer escocesa que había llegado a Londres para encontrar marido y que, sin darse cuenta, había comenzado a cambiar por completo su perspectiva sobre lo que podría querer de su propio futuro.