Capítulo 6 #3
—Isabella —la reprendió Catherine, aunque sin mucha convicción—, no es apropiado hacer ese tipo de comentarios.
Pero, cuando lord William entró en el salón para ver los resultados de las compras, su expresión de asombro confirmó las palabras de Isabella.
—Querida mía —le dijo a Catriona—, estás verdaderamente elegante. Duncan estaría muy orgulloso de verte.
La mención de su tío hizo que Catriona sintiera una punzada de nostalgia. Esa noche, después de cenar, se retiró a su habitación con la intención de escribir las cartas que había estado posponiendo.
Se sentó en el pequeño escritorio junto a la ventana, tomó una pluma y comenzó con la carta más difícil.
Querido tío Duncan:
Espero que esta carta te encuentre sintiéndote mejor. La familia Ashworth ha sido extraordinariamente amable conmigo y cada día me siento más cómoda en Londres, aunque echo de menos nuestras conversaciones junto al fuego y las vistas de las colinas desde mi ventana.
La temporada social ha comenzado de manera prometedora.
He conocido a varias jóvenes de mi edad y he sido invitada a varios eventos, incluido el baile de los marqueses de Blackwood, que aparentemente es uno de los más importantes de la temporada.
Lady Catherine ha sido muy generosa con mi guardarropa y creo que estarás tranquilo al saber que no avergonzaré el nombre Stewart.
Lord Edward ha resultado ser muy diferente de lo que esperaba. Es más inteligente y considerado de lo que su reserva inicial sugería. Hemos tenido algunas conversaciones muy interesantes sobre literatura y otros temas. Creo que, con el tiempo, podremos llegar a ser buenos amigos.
Por favor, cuídate mucho y no te esfuerces demasiado. La señora Campbell me escribió la semana pasada para asegurarme que está cuidando bien de ti, pero sabes lo testarudo que puedes ser cuando se trata de seguir las órdenes del médico.
Envía mis saludos a todos en Glenmoran.
Con todo mi cariño,
Catriona
Selló la carta y comenzó la segunda, dirigida a su querida amiga en Escocia.
Querida Charlotte:
¡Cuánto echo de menos nuestras largas caminatas por los páramos y nuestras conversaciones sin fin! Londres es exactamente tan abrumador como imaginábamos, pero también fascinante.
Las costumbres aquí son muy diferentes. Todo es más formal, más elaborado, más... diplomático, supongo. Las conversaciones requieren tanta estrategia como una partida de ajedrez. Pero he conocido a algunas personas amables, especialmente la familia que me está alojando.
El hijo de la casa, lord Edward, es... complicado de describir.
Al principio pensé que era simplemente arrogante, pero he descubierto que es más bien reservado.
Tiene opiniones muy sensatas sobre muchos temas y creo que bajo esa fachada de marqués perfecto hay una persona muy diferente.
Anoche soñé que estábamos caminando por los páramos de Glenmoran, conversando sobre todo y nada, y desperté sintiéndome extrañamente melancólica.
¿No es curioso cómo los sueños pueden hacer que nos sintamos cercanos a personas que apenas conocemos?
Cuéntame todo sobre la vida en casa. ¿Cómo están las ovejas? ¿Ha florecido ya el brezo temprano? ¿Sigues leyendo esos libros de aventuras que tanto escandalizan a tu madre?
Escríbeme pronto. Tus cartas serán mi conexión con el hogar.
Con cariño,
Catriona
Después de sellar ambas cartas, Catriona se quedó sentada junto a la ventana durante un rato, observando las luces de Londres en la distancia.
En unos pocos días, asistiría a su primer gran baile londinense.
Bailaría con lord Fairmont y, muy probablemente, con otros caballeros que la evaluarían como potencial esposa.
Era extraño pensar que su vida podría cambiar basándose en esas pocas horas de baile y conversación. Pero, mientras observaba la ciudad que se extendía ante ella, se dio cuenta de que ya no se sentía como una completa extraña en ese mundo.
Tal vez, después de todo, encontraría su lugar allí. Y tal vez, solo tal vez, ese lugar sería más interesante de lo que había imaginado inicialmente.
Mientras Lucy la ayudaba a quitarse el vestido del día, se encontró reflexionando sobre todo lo que había experimentado desde su llegada a Londres.
Cuando estuvo sola, se acostó y miró hacia el cielo raso decorado de su habitación azul. En lugar de las vigas de madera familiar de Glenmoran, veía molduras doradas que brillaban suavemente a la luz de la vela.
Cerró los ojos e intentó dormir, pero su mente siguió regresando a momentos del día: la manera en que Edward había sonreído cuando ella había descrito cómo trepaba a los árboles en Escocia, la gentileza con que había tratado a Isabella junto al lago, el momento en el que sus manos se habían rozado al ayudarla a subir al carruaje...
Cuando finalmente se quedó dormida, soñó con páramos dorados que se extendían hasta horizontes infinitos, pero en sus sueños no caminaba sola por ellos. Había una figura junto a ella, alta y familiar, con una voz que reconocía, pero que, al despertar, no podría recordar.