El corazón de un marqués Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

—¿Qué le ha parecido lord Fairmont? —preguntó Isabella tan pronto como estuvieron fuera del alcance del oído.

—Parece... muy seguro de sí mismo —respondió Catriona con cuidado.

Edward hizo un sonido que podría haber sido una risa ahogada.

—Esa es una manera diplomática de decirlo.

—¡Edward! —le reprochó Catherine—. Lord Fairmont es un caballero respetable.

—No he dicho que no lo sea —protestó Edward—. Solo que tiene mucha confianza en su propio encanto.

Continuaron su paseo y poco a poco la conversación derivó hacia otros temas. William señaló varios monumentos y características históricas del parque, mientras que Catherine hacía comentarios sobre las otras familias que pasaban y sus relaciones sociales.

Cuando se detuvieron junto al Serpentine, Edward e Isabella se alejaron para alimentar a algunos patos, dejando a Catriona un momento a solas con sus pensamientos.

Los observó interactuar, notando la manera amable en que Edward guiaba a su hermana pequeña y la adoración evidente en los ojos de ella cuando lo miraba.

Edward parecía más relajado cuando estaba con Isabella.

Su expresión se suavizaba y había una calidez en su voz que no siempre mostraba en las situaciones sociales más formales.

—Es evidente que adora a su hermana —comentó cuando él regresó.

—Es mi debilidad confesa —admitió Edward—. Isabella tiene una manera de ver el mundo que me recuerda que no todo debe ser tan serio como a veces creo.

—En Escocia decimos que los niños ven con ojos limpios. No han aprendido aún a complicar las cosas sencillas.

—Esa es una manera muy sabia de expresarlo. ¿Usted tiene hermanos?

Una sombra cruzó el rostro de Catriona.

—No. Mis padres murieron cuando yo era muy pequeña y nunca tuvieron más hijos. A veces me pregunto cómo habría sido crecer con hermanos.

—Lo siento. No pretendía provocarle recuerdos dolorosos.

—No son dolorosos, exactamente. Solo... melancólicos, a veces.

—Catriona observó a Isabella, que había encontrado otro grupo de patos para alimentar con las migas de pan que su madre le había dado—.

Pero observar a Isabella me hace pensar que tal vez no es demasiado tarde para experimentar algo de esa alegría fraternal.

Edward la miró con una expresión que no supo interpretar.

—Isabella la ha adoptado, ¿sabe? Anoche le preguntó a mi madre si podía enseñarle algunas de esas danzas escocesas que mencionó.

—Sería un placer enseñárselas. Aunque debo advertir que son bastante más enérgicas que los bailes de salón londinenses.

—Algo me dice que eso solo las hará más atractivas para ella.

Catriona observó a Isabella, que ahora estaba persiguiendo a algunos patos mientras reía.

—¡Hyde Park es hermoso! —exclamó observando los senderos bien cuidados y los grupos de árboles que se extendían hasta donde alcanzaba la vista.

—¿Le recuerda a Escocia? —preguntó Edward caminando junto a ella mientras Isabella corría hacia adelante para observar un grupo de cisnes.

—En absoluto —respondió Catriona con una sonrisa—. En Glenmoran, cuando salía a caminar, podía estar horas sin ver a otra alma. Aquí, incluso en un espacio tan grande, uno siempre es consciente de estar en medio de la multitud.

—¿Echa de menos esa soledad?

Catriona consideró la pregunta mientras observaba a las elegantes parejas que paseaban por los senderos, a los jinetes que trotaban por Rotten Row y a los niños que jugaban bajo la atenta mirada de sus niñeras.

—A veces. Hay algo muy sereno en estar sola con los pensamientos de una y la naturaleza. Pero esto tiene su propio encanto. Es fascinante observar a tanta gente en un mismo lugar.

—¿Y qué observa?

—Todo. —Catriona señaló discretamente hacia un grupo de damas jóvenes que caminaban con sus carabinas—.

Por ejemplo, aquellas jóvenes caminan de manera que sus vestidos se vean lo mejor posible, y sus carabinas las siguen a una distancia precisa, que permite conversación, pero mantienen el decoro.

En Escocia, cuando las muchachas salen a caminar, es generalmente por necesidad, no para ser vistas.

Edward la miró con interés.

—¿Usted camina por necesidad?

—¡Oh, sí! En Glenmoran, si necesitaba visitar a alguna de las familias del clan que viven en las granjas más alejadas, o si quería llegar a mi lugar favorito junto al lago, no había otra opción que caminar.

Y el terreno no perdona, si no llevas calzado apropiado y vestimenta práctica, puedes acabar con un tobillo torcido o peor.

—Suena mucho más aventurero que nuestros paseos londinenses.

—Diferente, simplemente. —Catriona se detuvo para esperar a Isabella, que había encontrado un grupo de ardillas particularmente interesantes—. Aunque debo admitir que hay algo encantador en poder caminar sin preocuparse por el tiempo o el terreno peligroso.

—¿Se sentía sola? —Edward deseó que nunca se hubiese sentido así. Deseó borrar de su vida toda la soledad que hubiese podido sentir.

Catriona consideró la respuesta.

—A veces. Especialmente durante los primeros años. Pero también disfruté de una libertad que muchas señoritas no han podido ni imaginar. Podía explorar, leer y aprender cosas que tal vez no habrían sido apropiadas si hubiese crecido en Londres o con hermanos mayores.

—Suena como una infancia maravillosa, aunque poco convencional.

—Lo fue. Aunque ahora me doy cuenta de que eso ha hecho que esté poco preparada para... esto.

—¿Se arrepiente de haber venido?

La pregunta la sorprendió porque era muy directa.

—No. No me arrepiento. Es solo que... a veces siento como si estuviera interpretando un papel en una obra de teatro de la que no conozco el guion.

Edward asintió como si entendiera exactamente lo que quería decir.

—Yo a menudo siento lo mismo y he vivido en este mundo toda mi vida.

—¿En serio?

—Por supuesto. La mayor parte del tiempo siento como si estuviese interpretando el papel que todos esperan que represente a la perfección.

Catriona lo miró sorprendida. La idea de que alguien tan cómodo en la sociedad londinense pudiera sentirse igual de perdido que ella era inesperada y, de alguna manera, reconfortante.

—Tal vez esa es la clave —dijo finalmente—. Tal vez todos estamos fingiendo un poco.

—Tal vez —acordó Edward.

Isabella corrió hacia ellos, con las mejillas sonrosadas por el aire fresco y la emoción.

—¡Catriona! ¡Edward! ¡Una ardilla casi me come una bellota de la mano! ¿Podemos ir a ver los cisnes?

—Por supuesto—respondió Edward revolviéndole cariñosamente el cabello—. Pero mantente cerca. No queremos perderte.

Edward comenzó a señalarle diferentes puntos de referencia del parque y a contarle anécdotas sobre sus aventuras infantiles allí con Isabella.

—¿Ve aquel roble grande? —le dijo señalando hacia un árbol particularmente imponente—. Isabella se subió allí el año pasado y se negó a bajar hasta que prometí comprarle una muñeca nueva.

—¡Edward! —protestó Isabella—. ¡No se lo digas! Ahora va a pensar que soy una niña terrible.

—Al contrario —dijo Catriona con una sonrisa—. Creo que muestra un espíritu aventurero admirable. En Escocia, las niñas que no saben trepar árboles se consideran desafortunadas.

Isabella la miró con adoración.

—¿Tú sabes trepar árboles?

—¡Por supuesto! Aunque debo admitir que hace tiempo que no lo hago. Los vestidos londinenses no son muy apropiados para ese tipo de actividades.

—Tal vez podrías enseñarme cuando vayamos de visita al campo —sugirió Isabella esperanzada.

—Isabella —intervino Catherine suavemente—, no todas las damas consideran apropiado trepar árboles.

—Pero lady Catriona no es como todas las damas —declaró Isabella con la lógica implacable de los niños—. Es especial.

Catriona sintió que se sonrojaba ante el cumplido inesperado y, cuando miró hacia Edward, se sorprendió al encontrar una expresión pensativa en su rostro.

El resto del paseo transcurrió de manera agradable. Catriona se relajó con la compañía de la familia. Regresaron a casa a media tarde. Se sentía cansada, no estaba acostumbrada a caminar con ese calzado.

Cuando entraron en la casa, los recibió el mayordomo vestido con una impoluta librea.

—Su Gracia —se dirigió a lady Catherine—, han llegado varios paquetes de la modista. Están esperando en el salón.

—¡Deben ser los vestidos de Catriona! ¡Qué emocionante! Debemos probártelos inmediatamente para ver si necesitan algún ajuste antes del baile. Que nadie nos moleste hasta que terminemos.

—Sí, señora.

Las siguientes dos horas fueron un torbellino de telas, encajes y accesorios.

Catriona se probó un vestido tras otro, cada uno más elaborado que el anterior.

Había vestidos de mañana confeccionados con muselina, vestidos de tarde de seda muy elegantes y varios vestidos de baile que la hicieron sentir como si estuviera disfrazándose para una obra de teatro.

—¡Oh, querida! —exclamó Catherine cuando Catriona se probó un vestido de seda azul zafiro con detalles en plata—. Estás absolutamente radiante. Los hombres se quedarán sin palabras cuando te vean en el baile.

Catriona sintió que se sonrojaba, pero no dijo nada. La verdad era que, por primera vez desde su llegada a Londres, se sentía hermosa. El vestido realzaba el color de sus ojos y el tono de su piel, y el corte elegante la hacía parecer más sofisticada.

Isabella, que había estado observando todo el proceso con fascinación, aplaudió entusiasmada.

—¡Parece una princesa de cuento!