Capítulo 6
C atriona
Londres
Lady Catriona Stewart se miró una vez más en el espejo mientras Lucy le ajustaba el sombrero.
Llevaba uno de sus vestidos de paseo más elegantes, uno gris con rayas que había traído de Escocia, y que ahora le parecía poco apropiado para una tarde en Hyde Park.
Habían pasado tres días desde su encuentro con Edward en la biblioteca y desde entonces había notado un cambio sutil pero perceptible en la manera en que él la trataba: más cortés, menos distante, casi amigable.
—Está muy elegante, lady Catriona —le aseguró Lucy mientras le entregaba los guantes de piel color crema—. El gris realza el color de sus ojos.
—Gracias, Lucy. ¿Sabes si toda la familia viene al paseo?
—Sí, milady. Su Gracia, lady Catherine, lord Edward y lady Isabella. Van a usar los dos carruajes familiares.
Catriona asintió, sintiendo una mezcla de emoción y nerviosismo. Sería su primera vez visitando el famoso Hyde Park del que tanto había oído hablar, y la perspectiva de pasar una tarde en compañía de toda la familia Ashworth le resultaba tanto emocionante como intimidante.
Cuando bajó al vestíbulo principal, encontró a toda la familia esperándola.
Lord William llevaba un elegante abrigo azul marino y sombrero de copa, mientras que lady Catherine lucía un vestido de paseo color burdeos con una chaqueta corta a juego.
Isabella prácticamente vibraba de emoción con su vestido amarillo pálido y una pequeña sombrilla que esperaba usar.
Lord Edward estaba junto a la ventana, vestido con un traje gris oscuro que realzaba su figura alta y atlética. Cuando la vio bajar las escaleras, le dirigió algo que casi podría describirse como una sonrisa.
—Lady Catriona, está usted encantadora. El gris le sienta muy bien.
—Gracias, lord Edward. —Catriona sintió un leve calor en las mejillas ante el cumplido inesperado.
—¡Qué emocionante! —exclamó Isabella, acercándose a ella—. ¿Es verdad que nunca ha estado en Hyde Park? Va a encantarle. Especialmente Rotten Row, donde van todos los jinetes elegantes.
—Isabella, recuerda no bombardear a lady Catriona con preguntas —le advirtió su madre—. Pero tiene razón, querida. Hyde Park es uno de los lugares más hermosos de Londres.
—¡Y vamos a ver los cisnes en el Serpentine! Edward me ha prometido que me comprará castañas asadas si nos portamos bien.
Lord Edward sonrió a su hermana.
Se dirigieron hacia los carruajes que los esperaban en la entrada. Lord William ayudó a Catherine a subir al primer carruaje, mientras que Edward hizo lo mismo con Catriona. Sus manos se rozaron brevemente durante el proceso y ella sintió una extraña calidez que se extendió por su brazo.
—Isabella, sube con nosotros —dijo Edward, ayudando a su hermana menor a acomodarse en el asiento frente a ellos—. Así podrás contarle a lady Catriona todo sobre los lugares que veremos.
El trayecto hasta Hyde Park fue agradable, con Isabella manteniendo una conversación constante sobre los diferentes aspectos del parque que estaban a punto de visitar. Edward contribuía de vez en cuando con comentarios y Catriona se encontró relajándose gradualmente en su presencia.
—¿Monta usted a caballo, lady Catriona? —preguntó Edward mientras el carruaje giraba hacia Park Lane.
—Sí, en Escocia sí. Aunque supongo que de manera muy diferente a como se hace aquí en Londres. En Escocia montamos por los páramos y las colinas, no por parques y senderos cuidadosamente mantenidos.
—¡Qué atrevida! —exclamó Isabella—. ¿Ha galopado por las montañas? ¿Ha saltado arroyos?
Catriona se echó a reír ante el entusiasmo de la niña.
—Casi todos los días. Mi tío me enseñó que un buen jinete debe ser capaz de adaptarse a cualquier terreno. Aunque admito que probablemente mis técnicas parecerían muy poco refinadas aquí.
—Dudo que sea cierto —dijo Edward—. Una buena montura es una buena montura, sin importar el terreno. Y me imagino que montar en las Highlands requiere mucha más habilidad que trotar por Rotten Row.
Cuando llegaron a Hyde Park, Catriona no pudo evitar quedar impresionada.
Los jardines se extendían mucho más allá de lo que había imaginado, con senderos serpenteantes, lagos brillantes y árboles majestuosos que, aunque ahora estaban desnudos por el invierno, prometían ser espectaculares en primavera y verano.
—Es magnífico —murmuró observando la vista desde la ventana del carruaje.
—Espere a verlo en mayo —dijo Edward—. Cuando todos los árboles están en flor y el césped está verde y fresco. Es realmente espectacular.
Se bajaron de los carruajes y comenzaron a caminar por uno de los senderos principales.
Lady Catherine e Isabella se adelantaron, disfrutando de la oportunidad de observar a las demás familias que paseaban, mientras que lord William y Edward flanqueaban a Catriona, señalando diferentes características del parque.
—Ese es el Serpentine —dijo William indicando el lago que brillaba bajo el sol de febrero—. En verano está lleno de botes y es uno de los lugares más populares para los pícnics.
—¿Y en invierno? —preguntó Catriona.
—En invierno es más tranquilo, pero no menos hermoso —respondió Edward—. A mí me gusta más en esta época. Hay algo que transmite calma en él.
Catriona lo miró sorprendida. No había esperado que alguien tan elegante y urbano apreciara la belleza más sutil de los paisajes invernales.
—¿Le gusta la naturaleza, lord Edward?
—Más de lo que la mayoría de la gente imagina. Paso mucho tiempo en nuestras propiedades del campo y he llegado a apreciar las diferentes estaciones de manera que no es posible en Londres.
—¿Cuál es su estación favorita?
Edward consideró la pregunta durante un momento.
—El otoño, creo. Hay algo honesto en la manera en que la naturaleza se prepara para el invierno.
Catriona sintió una punzada de sorpresa ante la profundidad de su respuesta. Cada conversación que tenía con Edward revelaba capas de su personalidad que no había esperado encontrar.
—En Escocia, el otoño puede ser duro —dijo—. Pero también es bello cuando los páramos se vuelven dorados y púrpuras. Es como si toda la tierra estuviera en llamas, pero de la manera más hermosa posible.
—Me gustaría verlo algún día —dijo Edward, y algo en su tono sugería que hablaba en serio.
Su conversación fue interrumpida por la voz de lady Catherine desde adelante.
—¡Oh, qué sorpresa tan agradable! Lord Fairmont, lady Eleanor, ¡qué placer verlos!
Se volvieron para encontrar a un caballero elegante acercándose a ellos, acompañado por una dama de mediana edad vestida con un abrigo de terciopelo azul marino.
El hombre era alto y bien parecido, con cabello rubio perfectamente arreglado y una sonrisa que parecía ensayada para causar el máximo efecto.
—Su Gracia, ¡qué placer! —respondió la mujer con una sonrisa forzada—. No esperaba encontrarlos aquí esta tarde.
Mientras las familias se acercaban para los saludos apropiados, Edward murmuró cerca del oído de Catriona:
—Lord Nicholas Fairmont, conde de Fairmont. Un buen hombre, aunque a veces un poco... persistente.
Catriona no tuvo tiempo de preguntar qué quería decir con eso antes de que Catherine la guiara hacia adelante para las presentaciones.
—Lady Catriona es nuestra invitada durante la temporada —explicó lady Catherine.
—Lady Eleanor. Lord Fairmont. El placer es mío.
—¡Una escocesa! —exclamó lady Eleanor con evidente interés—. Qué delicioso. Y ese acento es encantador, querida.
Catriona sonrió.
Lord Fairmont se adelantó inmediatamente, tomó de la mano a Catriona e hizo una reverencia elaborada.
—Lady Catriona, es un honor absoluto conocerla. He oído rumores sobre una hermosa heredera escocesa que ha llegado a Londres, pero debo decir que la realidad supera con creces cualquier descripción.
Catriona sintió que se sonrojaba ligeramente ante el cumplido.
—Nicholas, querido, no acapares toda la atención de lady Catriona —dijo lady Eleanor con una sonrisa indulgente—. Aunque debo decir que mi hijo tiene razón. Es usted absolutamente encantadora.
—Es muy amable de su parte, lady Eleanor.
—Espero que esté disfrutando de Londres, lady Catriona. Es muy diferente de las Highlands, imagino.
—Muy diferente, pero fascinante a su manera —respondió Catriona diplomáticamente.
—¿Es su primera temporada en Londres? —preguntó lord Fairmont, sin intención de alejarse—. ¿Me permitiría mostrarle algunos de los lugares más interesantes de la ciudad?
—Lady Catriona tiene la agenda repleta de eventos —intervino Edward con un tono que, aunque cortés, tenía un matiz de advertencia—. Estamos asegurándonos de que experimente todo lo que Londres tiene que ofrecer.
Lord Fairmont sonrió, pero Catriona notó que la sonrisa no llegaba a sus ojos.
—Por supuesto, lord Ashford. Aunque estoy seguro de que lady Catriona apreciaría diferentes perspectivas sobre nuestra ciudad.
—Estoy segura de que sí —dijo lady Catherine diplomáticamente—. De hecho, vamos a asistir al baile de los Blackwood la próxima semana. ¿Estarán ustedes presentes?
—¡Por supuesto! —exclamó lady Eleanor—. No nos perderíamos ese baile por nada del mundo. Estamos emocionados por asistir.
—¿Asistirá también usted, lady Catriona? —preguntó lord Fairmont.
Catriona asintió.
—¡Excelente! En ese caso, lady Catriona, espero que me conceda el honor de un baile.
La petición era apropiada, pero algo en la manera en que lord Fairmont la miró hizo que Catriona se sintiera ligeramente incómoda. Sin embargo, rechazar sería una grosería.
—Será un placer, lord Fairmont.
—Espléndido. —La sonrisa del conde se amplió—. Estoy seguro de que seremos la comidilla de todo el baile.
Después de unos minutos más de conversación cortés, las familias se despidieron y continuaron sus paseos en direcciones opuestas.
—¿Son amigos suyos? —preguntó Catriona cuando estuvieron lejos.
—Conocidos —respondió Edward—. Lord Fairmont se mueve en los mismos círculos sociales, pero no diría que somos amigos íntimos.
Había algo en su tono que sugería que había más que decir sobre el tema, pero Catriona no presionó.