Capítulo 5 #2
—Por supuesto —respondió Edward después de un momento—. Será un honor acompañarla a su primer gran evento social.
—¡Excelente! —Catherine irradiaba satisfacción—. Oh, lady Catriona, va a ser maravilloso. Los bailes de los Blackwood son legendarios. La música, la decoración, la comida..., y todas las personas más importantes de Londres estarán presentes.
Catriona sintió una mezcla de emoción y nerviosismo ante la perspectiva. Sería su primera experiencia real en un gran evento social londinense, y la idea la aterrorizaba tanto como la emocionaba.
—Estoy segura de que será una experiencia memorable —dijo diplomáticamente.
La cena transcurrió con una conversación agradable, dirigida por Catherine, que siguió relatando detalles de la tarde y haciendo planes para la preparación del baile.
William y Edward contribuían ocasionalmente, mientras que Catriona respondía a las preguntas que le dirigían, pero sobre todo escuchaba, aprendiendo sobre las dinámicas familiares y las expectativas sociales.
Cuando terminaron de cenar, Edward se excusó para retirarse. Lady Catherine anunció que estaba agotada por las emociones del día y que se retiraría temprano. Su marido la acompañó e Isabella se había ido a la cama después de sus lecciones, dejando a Catriona sola en el comedor.
Se quedó allí durante unos minutos, disfrutando del silencio después de un día repleto de conversación social.
Finalmente, decidió buscar algo que leer antes de acostarse.
En Glenmoran tenía la costumbre de leer unas páginas antes de dormir y esperaba que la familia Ashworth no se opusiera a que tomara prestado algún libro de su biblioteca.
La biblioteca estaba ubicada en la planta baja, al final de un pasillo revestido de paneles de madera. Catriona empujó la puerta, que se abrió silenciosamente, revelando una habitación impresionante que le quitó el aliento.
Las estanterías se extendían desde el suelo hasta el techo en tres de las cuatro paredes, llenas de volúmenes encuadernados en cuero de todos los colores imaginables.
Una chimenea dominaba la cuarta pared, flanqueada por cómodos sillones de lectura.
Varias mesas estaban distribuidas por la habitación, cada una con lámparas de aceite que proporcionaban luz cálida.
Catriona se acercó a una de las estanterías, pasando los dedos por los lomos de los libros. Había clásicos que reconocía, pero también muchos títulos que no había visto nunca. Se detuvo ante una sección que parecía dedicada a literatura contemporánea y sacó un volumen de poemas de Byron.
—¿Admiradora de Byron?
La voz la sobresaltó y se volvió para encontrar a Edward parado en el umbral de la puerta. Llevaba aún el mismo atuendo que en la cena, pero se había quitado la chaqueta y aflojado la corbata, dándole un aspecto más relajado del que había visto hasta ahora.
—Lord Edward. No esperaba encontrar a nadie aquí. —Se sintió como si hubiera sido sorprendida haciendo algo inapropiado—. Esperaba que no les importara que tomara prestado un libro.
—Por favor, siéntase libre de usar la biblioteca cuando guste. —Edward se acercó y ella notó que él también llevaba un libro en la mano—. No consigo dormir sin leer al menos unas páginas.
—Es un hábito que adquirí en Escocia. Las noches pueden ser muy largas en invierno. A veces pasaba horas leyendo con mi amiga Charlotte a la luz del hogar. Supongo que lo echo de menos.
Edward asintió comprensivamente.
—¿Ha encontrado algo de su interés?
Catriona alzó el volumen de Byron.
—Pensaba probar con esto, aunque debo admitir que no estoy muy familiarizada con su obra.
—Byron es... controvertido. —Edward se acercó a la estantería y sacó otro libro—. Si le interesan los poetas contemporáneos, tal vez prefiera Wordsworth. Su escritura sobre la naturaleza podría recordarle a Escocia.
Catriona aceptó el libro que le ofrecía y lo hojeó brevemente.
—¿Y usted qué iba a leer?
Edward le mostró su elección: un tratado sobre agricultura moderna.
—No muy emocionante, me temo. Pero tengo propiedades que requieren atención y me gusta mantenerme al día con las técnicas más avanzadas.
—Eso no me parece aburrido en absoluto. —Catriona se sorprendió de su propia respuesta—. En Glenmoran, mi tío me enseñó sobre la administración de las tierras. Es fascinante cómo pequeños cambios pueden mejorar tanto la productividad como la vida de las personas que dependen de ellas.
Edward la miró con evidente sorpresa.
—¿Se interesa por la agricultura?
—Me interesa cuidar bien de las personas.
La agricultura es solo una parte de eso.
—Catriona se sintió más cómoda hablando de temas que realmente la interesaban—.
Mi tío dice que un buen terrateniente debe entender de todo, desde la rotación de cultivos hasta las necesidades de las familias que trabajan sus tierras.
—Su tío suena como un hombre muy sabio. No muchas jóvenes... —Edward se detuvo, como si se hubiera dado cuenta de que estaba a punto de decir algo potencialmente ofensivo.
—¿No muchas jóvenes se interesan por estos temas? —completó Catriona con una sonrisa—. Tiene razón. Pero creo que es porque no se les da la oportunidad de aprender. En las Highlands, cuando tu supervivencia y la de tu gente depende de la tierra, estos asuntos se vuelven menos abstractos.
Edward se recostó contra una de las estanterías, estudiándola con una expresión que no supo interpretar.
—¿Qué más le enseñó su tío?
—Historia, por supuesto. Tanto escocesa como inglesa. Algo de francés, aunque mi pronunciación es terrible. Matemáticas básicas para los libros de cuentas. Y literatura, aunque principalmente autores escoceses y algunos ingleses clásicos.
—¿Y política?
Catriona vaciló. Era un tema peligroso para una joven soltera, pero algo en la manera en que Edward había hecho la pregunta sugería que estaba interesado en su respuesta.
—Mi tío tiene opiniones firmes sobre cómo debería gobernarse Escocia. Y yo..., bueno, he desarrollado mis propias ideas sobre algunos temas.
—¿Cuáles?
—Las Leyes del Maíz, por ejemplo. —Catriona se armó de valor—. Entiendo los argumentos a favor de proteger a los terratenientes ingleses, pero me parece que perjudican enormemente a los pobres al mantener altos los precios de los alimentos básicos.
Edward se enderezó sorprendido por la sofisticación de su respuesta.
—Esa es una afirmación bastante osada. Muchos de mis colegas en la Cámara de los Lores no estarían de acuerdo.
—¿Y usted? ¿Está de acuerdo con ellos?
Era una pregunta atrevida y Catriona se dio cuenta de ello tan pronto como salió de sus labios. Pero Edward no parecía molesto.
—Honestamente, tengo mis dudas. He visto en mis propiedades cómo las familias trabajadoras luchan para sobrevivir cuando los precios de los alimentos suben. Es difícil justificar políticas que protegen mi riqueza a expensas de su bienestar.
Catriona sintió una chispa de respeto hacia él.
—No es una postura fácil de mantener para alguien de su posición.
—No. Pero creo que tenemos la responsabilidad de considerar el bien de todos, no solo el de nuestra clase social.
Se quedaron en silencio durante un momento, cada uno procesando todo lo dicho. Catriona se dio cuenta de que esta era la primera vez que había tenido una conversación real con Edward, más allá de las cortesías sociales obligatorias.
—Debería dejarla volver a sus libros —dijo Edward finalmente—. Siéntase libre de utilizar la biblioteca cuando desee. Mi padre siempre dice que los libros solo tienen valor si se leen.
—Gracias. Y, lord Edward..., gracias por la recomendación de Wordsworth. Creo que es exactamente lo que necesito.
Edward asintió y se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir.
—Lady Catriona, ¿puedo preguntarle algo?
—Por supuesto.
—¿Echa realmente de menos Escocia?
La pregunta la sorprendió por su franqueza.
—La echo de menos todos los días. A mi tío, a mi amiga Charlotte, y todo lo que representa Escocia para mí —respondió honestamente—. Pero estoy empezando a pensar que tal vez echar de menos tu hogar y valorar un nuevo lugar no tienen por qué ser excluyentes.
Edward sonrió y fue la primera sonrisa real que le había dirigido desde que se conocieron.
—Buenas noches, lady Catriona.
—Buenas noches, lord Edward.
Cuando se quedó sola en la biblioteca, Catriona se sentó en uno de los sillones junto a la chimenea, pero no abrió inmediatamente el libro de Wordsworth. En lugar de eso, reflexionó sobre la conversación que acababa de tener.
Por primera vez desde su llegada a Londres, había hablado con alguien sobre temas que realmente le importaban. Y, para su sorpresa, Edward Ashworth había resultado ser mucho más interesante e inteligente de lo que había esperado.
Tal vez los próximos meses no iban a ser tan tediosos como había temido.