Capítulo 5
C atriona
Londres
Lady Catriona Stewart se miró en el espejo mientras Lucy le daba los últimos toques a su peinado.
Llevaba uno de sus vestidos de tarde más elegantes, uno azul marino con detalles de encaje que había traído de Escocia, y que ahora le parecía terriblemente sencillo comparado con la sofisticación que había visto en Bond Street el día anterior.
—Está preciosa, lady Catriona —le aseguró Lucy mientras le colocaba una pequeña peineta de plata—. El azul marino realza el color de sus ojos.
—Gracias, Lucy. —Catriona se alisó las faldas, sintiendo los nervios revolotear en su estómago—. ¿Sabes algo sobre las debutantes que estarán presentes esta tarde?
—Solo lo que he oído comentar a las otras doncellas, milady. Lady Pemberton recibe a menudo a las debutantes de la temporada. Dice que le gusta ayudar a las jóvenes a conocerse antes de los grandes eventos.
Catriona asintió agradeciendo la información. Cada pequeño detalle sobre los protocolos londinenses le resultaba valioso. Cuando bajó al salón principal, encontró a Catherine esperándola con una sonrisa radiante. La duquesa lucía un elegante vestido color lavanda, que la hacía parecer más joven.
—Querida, estás encantadora. Ese color te sienta de maravilla. —Catherine se acercó y le ajustó suavemente el chal en el que había colocado su broche de plata con la esperanza de que le infundiese valor para su primer encuentro social—. ¿Estás nerviosa?
—Un poco —admitió Catriona.
—Lady Pemberton es una mujer encantadora. Te va a adorar. Y las jóvenes que suelen asistir a sus reuniones son de muy buena familia. Será una oportunidad perfecta para hacer amistades.
El carruaje las llevó a través de las elegantes calles de Mayfair hasta una imponente casa georgiana de ladrillo rojo con ventanas enmarcadas en piedra blanca.
La mansión Pemberton era más pequeña que la mansión Ashworth, pero igual de elegante, con un jardín frontal cuidadosamente mantenido y una entrada impresionante.
Un mayordomo las recibió en el vestíbulo, decorado con papel pintado en tonos dorados y una escalinata curva que ascendía hacia los pisos superiores. Los condujo hasta un salón acogedor donde lady Pemberton las esperaba junto a la chimenea.
—¡Catherine, querida! —Lady Pemberton se levantó para saludarlas. Era una mujer de mediana edad, con el cabello castaño salpicado de gris y una sonrisa cálida—. Lady Catriona, qué placer volver a verla. Me alegro mucho de que hayan podido venir.
—Lady Pemberton, gracias por su amable invitación —respondió Catriona haciendo una reverencia.
—Después de nuestro breve encuentro en Gunter’s, tenía muchas ganas de conversar tranquilamente con usted, querida. Por favor, tomen asiento. Las demás jóvenes llegarán pronto.
El salón era acogedor sin ser ostentoso, con muebles tapizados en seda azul pálido y retratos familiares que daban al ambiente un aire hogareño. Catriona se instaló en un sofá junto a Catherine mientras lady Pemberton servía té de una elegante tetera de porcelana.
—Lady Catriona, Catherine me contó que es su primera temporada en Londres. Debe ser muy emocionante después de vivir en Escocia.
—Sí, todo es muy diferente aquí. Pero Su Gracia y su familia han sido extraordinariamente amables conmigo.
—No me sorprende. Los Ashworth son una de las familias más consideradas de Londres. —Lady Pemberton sonrió mientras le entregaba una taza de té—. ¿Echa de menos las Highlands?
—Todos los días —respondió Catriona honestamente—. Pero estoy descubriendo que Londres tiene sus propios encantos.
En ese momento se oyeron voces en el vestíbulo y pronto tres jóvenes entraron en el salón, cada una acompañada por su doncella o carabina. Lady Pemberton hizo las presentaciones correspondientes.
—Lady Catriona, permíteme presentarte a la señorita Arabella Huntington, Sophie Carrington y Emma Fairfax.
Las tres jóvenes eran lo que Catriona había esperado encontrar: vestidas y peinadas de manera impecable y con esa confianza que solo podía provenir de haber crecido en el mundo al que ella estaba intentando adaptarse.
Lady Huntington, una joven dama rubia de aspecto delicado y ojos azules, fue la primera en hablar.
—Lady Catriona, ¡qué emocionante conocer a alguien de Escocia! ¿Es cierto que vivía en un castillo medieval?
—No exactamente medieval —respondió Catriona con una sonrisa—. Aunque algunas partes del castillo datan del siglo xvi .
—¡Qué romántico! —suspiró lady Carrington, una morena vivaz—. ¿Había fantasmas?
—Bueno, se cuentan historias... —Catriona se encontró relatando algunas de las leyendas menos dramáticas de Glenmoran, notando cómo las jóvenes la escuchaban con fascinación.
Lady Emma Fairfax, que parecía ser la mayor del grupo, se inclinó hacia delante con interés.
—¿Y qué opina de Londres hasta ahora? Debe parecerle muy diferente.
—Muy diferente, sí. Pero no necesariamente mejor o peor, simplemente... distinto. —Catriona eligió sus palabras con cuidado—. Es impactante, aunque a veces echo de menos la tranquilidad de las montañas.
—¡Oh, pero Londres durante la temporada es lo más emocionante del mundo! —exclamó lady Huntington—. Los bailes, la ópera, los paseos por Hyde Park... ¿Ya tiene compromisos sociales?
—Algunos —respondió lady Catherine por ella—. ¿Vosotras habéis visitado algún lugar recientemente fuera de Londres?
Catriona agradeció que la duquesa interviniera para cambiar de tema.
La tarde continuó con una conversación agradable, pero algo superficial sobre modas, eventos sociales y los últimos chismorreos de la sociedad.
Catriona escuchaba y observaba las dinámicas entre las jóvenes, notando las sutiles diferencias que había entre su educación y sus expectativas y las de ellas.
Fue hacia el final de la reunión cuando un caballero joven entró en el salón.
—Madre, perdón por interrumpir —dijo dirigiéndose directamente a lady Pemberton—. No sabía que tenías visita.
—James, ¡qué oportuno! —La cara de lady Pemberton se iluminó—. Ven a conocer a lady Catriona Stewart. Lady Catriona, mi hijo lord James Pemberton. Se aloja en casa de lady Catherine.
James hizo una reverencia a la duquesa a modo de saludo.
Catriona se puso de pie junto con las demás damas mientras James se acercaba a ellas.
Era un hombre atractivo de aproximadamente la edad de Edward, con cabello castaño claro y ojos verdes amistosos.
Tenía una sonrisa fácil y una presencia menos intimidante que la del marqués de Ashford.
—Buenas tardes, señoritas —saludó haciendo una reverencia mientras todas las jóvenes correspondían de igual modo.
—Lady Catriona, es un verdadero placer conocerla —dijo James—. Edward me ha mencionado que están alojando a una invitada de Escocia. Supongo que se trata de usted.
—¿Lord Edward le ha hablado de mí? —preguntó sorprendida Catriona.
—Solo lo mejor, se lo aseguro. —James sonrió—. Espero que esté disfrutando de su estancia en Londres.
—Mucho, gracias. Su madre ha sido muy hospitalaria.
—No me sorprende.
—¡James! —protestó lady Pemberton, aunque era evidente que no estaba realmente molesta—. No hagas caso, querida.
Catriona se encontró sonriendo por primera vez en toda la tarde. Había algo en la manera desenfadada de hablar de James que la hacía sentirse más relajada.
—¿Conoce bien a lord Edward? —preguntó.
—Somos amigos desde la niñez. Edward es un buen hombre, aunque a veces bastante serio. —James la estudió con curiosidad—. Espero que no le parezca demasiado intimidante.
—No más de lo que esperaba —respondió Catriona honestamente, haciendo que James se echara a reír.
—Una respuesta diplomática. Me gusta eso en una persona.
La conversación fue interrumpida cuando lady Catherine anunció que era hora de marcharse. Durante el trayecto de vuelta a casa, su anfitriona no dejó de hablar sobre lo bien que había ido la tarde.
—¡Oh, querida, ha sido perfecto! Las jóvenes te han acogido maravillosamente y James parecía encantado contigo. Lady Pemberton me ha dicho que tienes que asistir a más de sus reuniones.
Catriona asintió, aunque se sentía agotada por el esfuerzo de mantener una charla apropiada durante tantas horas.
Era diferente de las conversaciones que había tenido en Escocia, donde las personas decían lo que pensaban con mayor libertad.
El único momento distendido había sido la breve conversación que había mantenido con lord Pemberton.
Cuando llegaron a casa, se encontraron con que William y Edward ya estaban en el salón principal. Edward se levantó cuando ellas entraron y Catriona notó que su expresión parecía menos reservada que el día anterior.
—¿Cómo ha ido la tarde? —preguntó el duque, besando a su esposa en la mejilla.
—¡Ha sido maravilloso! —Catherine se instaló en su sillón favorito con evidente satisfacción—. Lady Catriona ha sido un éxito absoluto. Las jóvenes estaban fascinadas con sus historias de Escocia y lord Pemberton se mostró especialmente atento con ella.
Edward alzó una ceja ante esta información, pero no comentó nada.
—Me alegro de que haya sido una tarde agradable —dijo William—. ¿Algo más de interés?
—¡Oh, sí! —Catherine se animó aún más—. Lady Pemberton nos contó que los marqueses de Blackwood van a dar su baile anual la próxima semana. Aparentemente, va a ser uno de los eventos más importantes de la temporada. Y nos han invitado a todos.
—Los Blackwood siempre organizan eventos espléndidos —comentó William—. Su mansión es perfecta para este tipo de ocasiones.
Catherine se volvió hacia Edward con una sonrisa esperanzada.
—Edward, querido, esperaba que pudieras acompañarnos. Sería maravilloso que toda la familia asistiera. Y estoy segura de que lady Catriona apreciaría tener tu compañía en su primer gran baile londinense.
Catriona sintió que se sonrojaba ligeramente ante la sugerencia directa de Catherine. Miró a Edward, esperando ver la misma resignación que había mostrado durante el desayuno, pero en lugar de eso encontró una mirada pensativa.