El corazón de un marqués Epílogo
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Epílogo

M ansión Ashworth, Mayfair, Londres

Lady Catriona Ashworth se encontraba en el elegante salón de la casa familiar en Londres, observando con una sonrisa a su hijo mientras Isabella se dedicaba por completo a entretenerle. El pequeño Duncan Edward Ashworth, con sus ojos verdes muy abiertos, balbuceaba feliz en los brazos de su tía.

—Mira cómo sonríe cuando le hago caras graciosas —dijo Isabella cautivada por el bebé—. Creo que prefiere mi compañía a la de cualquier otra persona. Excepto la tuya, por supuesto.

—Por supuesto —acordó Catriona con diversión—. Aunque creo que su sonrisa más grande la reserva para cuando ve a su padre.

Como si hubiera sido convocado, Edward apareció en la entrada del salón. Al instante, los ojos del pequeño Duncan se fijaron en él y su rostro se iluminó con una sonrisa que derritió el corazón de Catriona.

—Ahí está mi muchacho —murmuró Edward acercándose para coger a su hijo de los brazos de Isabella—. ¿Has sido bueno?

Duncan respondió con un gorjeo y extendió sus pequeñas manos hacia el rostro de su padre.

—¿Cómo han ido las reuniones de esta mañana? —preguntó Catriona.

—Muy bien.

William Ashworth, duque de Westmere, entró al salón en ese momento, seguido por su esposa, lady Catherine; ambos con expresiones de absoluta adoración al ver a su nieto.

Edward pasó a Duncan a los brazos extendidos de su abuelo.

Un golpe suave en la puerta interrumpió la escena familiar y el mayordomo anunció que era la hora de almorzar.

Después del almuerzo, mientras los demás se dispersaron, Edward y Catriona miraron a Duncan, que dormía tranquilo en los brazos de su madre.

—¿En qué piensas? —preguntó Edward.

—En lo diferentes que eran nuestras vidas hace un año —respondió Catriona—. El año pasado estaba, en este mismo salón, sintiéndome como una extraña y muy insegura, sobre todo en cuanto a tus sentimientos hacia mí.

Edward se sentó junto a ella en el diván y pasó un brazo alrededor de sus hombros.

—Y ahora estás aquí como la señora de esta casa y de Glenmoran, sosteniendo a nuestro hijo, segura de que te amo con locura.

—¿Completamente segura? —dijo con voz traviesa.

—Permíteme refrescar tu memoria entonces —murmuró Edward inclinándose para besar su cuello.

—Continúa —dijo Catriona mientras prestaba atención a las palabras que susurraba su esposo en su oído entre beso y beso.

Él se detuvo para besarla en los labios.

Duncan se despertó y miró hacia arriba con sus pequeños ojos verdes. Edward extendió un dedo y su hijo lo agarró con su pequeño puño.

—¿Qué crees que nos depara el futuro, pequeño? —murmuró Edward—. ¿Más hermanos y hermanas? ¿Aventuras en Escocia e Inglaterra? ¿Una vida llena de amor y risas?

—Todas esas cosas y más, pero siempre juntos —dijo Catriona.

Ella se inclinó y lo besó con toda la pasión y ternura que sentía.

Cuando se separaron, ambos sonrieron y Duncan gorjeó feliz entre ellos. Era el sonido de la felicidad verdadera.

Fin