Capítulo 4
E dward
Londres
El White’s se alzaba imponente en St. James’s Street como un bastión de la aristocracia inglesa.
Su fachada blanca, con sus amplias ventanas, había sido testigo de más decisiones políticas y sociales importantes que el propio Parlamento.
Edward Ashworth subió los escalones de entrada, observando las placas de bronce pulido que flanqueaban la puerta principal, donde el portero uniformado lo saludó con la deferencia reservada para los miembros más distinguidos.
—Buenos días, lord Edward.
—Buenos días, Thompson.
Al cruzar el umbral, Edward respiró el aroma familiar a cuero envejecido, brandy de calidad y el humo tenue de los mejores puros que había en Londres.
El vestíbulo principal, con su suelo de mármol ajedrezado y las columnas dóricas, resonaba con el murmullo discreto de conversaciones entre caballeros.
—¡Ashford!
Edward se volvió al escuchar su nombre y vio a lord Pembroke acercándose con una copa de brandy, a pesar de que aún no habían dado las doce.
—Lord Pembroke. —Edward le estrechó la mano—. Empieza temprano hoy.
—El brandy es medicinal, querido muchacho. Mi médico insiste en que es bueno para la circulación. —Lord Pembroke, un hombre corpulento de sesenta años, con tendencia a las apuestas arriesgadas, sonrió con complicidad—. ¿Has oído lo de la última travesura de Petersham?
—No me diga que ha vuelto a apostar algo absurdo.
—Ha apostado que puede enseñar a su perro a dar cien vueltas seguidas sobre sí mismo sin parar.
Edward no pudo evitar sonreír. Las excentricidades de lord Petersham eran legendarias en el club.
—¿Y alguien aceptó la apuesta?
—Por supuesto. Medio club apostó en contra. Yo aposté a favor del perro. Los animales pueden ser muy inteligentes cuando se les motiva de manera apropiada.
Edward se despidió de lord Pembroke con una sonrisa y se dirigió hacia el salón principal, donde las paredes exhibían retratos de antiguos miembros ilustres y estanterías llenas de primeras ediciones.
Los sillones de cuero, dispuestos en grupos íntimos alrededor de mesas bajas de caoba, estaban ocupados por caballeros que leían periódicos o mantenían conversaciones en voz baja.
Encontró a James Pemberton en su rincón habitual, junto a una de las altas ventanas que daban a St. James’s Street, absorto en un documento legal.
—¿Trabajando en el club, James? Eso va contra todas las reglas no escritas de este lugar.
James alzó la vista con una sonrisa.
—Contratos de arrendamiento para las propiedades de Yorkshire. Mi administrador insiste en que los revise antes de firmar las renovaciones. —Dobló los papeles y los guardó en su chaqueta—. Aunque admito que es una manera extraña de pasar una mañana en el White’s.
Edward se dejó caer en el sillón de cuero frente a su amigo.
—¿Problemas con los inquilinos?
—Todo lo contrario. Las cosechas del año pasado fueron excelentes y varios de ellos quieren ampliar sus arrendamientos. Creo que podríamos aumentar las rentas, pero prefiero mantener contentos a los agricultores.
—Sensata filosofía. Un terrateniente que cuida a sus inquilinos siempre prospera a largo plazo.
James hizo una seña al camarero.
Edward observó por la ventana el trasiego de carruajes y transeúntes en St. James’s Street, pero su mente no lograba concentrarse.
—Supongo que el primer encuentro con la heredera escocesa no ha ido según lo esperado —comentó James notando la expresión distraída de su amigo—. Tienes esa cara que pones cuando algo te ha desconcertado.
—No me ha desconcertado —replicó Edward, aunque incluso a él mismo le sonó poco convincente—. Simplemente... no era lo que esperaba.
James hizo una seña al camarero para que les sirviese whisky y se recostó en su sillón, dispuesto a disfrutar de la conversación.
—¿En qué sentido? ¿Era menos atractiva de lo que habías imaginado? ¿Más? ¿Te recitó poesía escocesa durante el desayuno?
Edward le lanzó una mirada sombría a su amigo, pero James parecía inmune a su mal humor.
—No era... —Edward hizo una pausa, tratando de encontrar las palabras apropiadas para describir su primera impresión de lady Catriona Stewart—. No era como las demás.
—Ah. —James se inclinó hacia delante con interés—. ¿En qué se diferencia? ¿Tiene trece dedos en las manos?
Edward aceptó el vaso de whisky que le ofrecía el camarero y tomó un sorbo generoso antes de responder.
La verdad era que no sabía muy bien cómo explicar lo que había sentido al entrar en el comedor esa mañana y encontrarse con aquellos ojos verdes que lo habían mirado sin el menor rastro de coquetería calculada o admiración fingida.
—Para empezar, no parecía impresionada por conocerme.
James se echó a reír.
—¡Eso sí que no lo esperaba! Debe ser la primera mujer menor de treinta años en todo Londres que no se desmaya al verte entrar en una habitación.
—No es eso —protestó Edward, aunque tenía que admitir que James no estaba equivocado—. Es que... parecía tan incómoda como yo con toda la situación. Como si estar allí fuese la última cosa en el mundo que quisiese hacer.
—Bien. Eso significa que no está cazando un título.
—Supongo que no, al fin y al cabo, es la heredera de un marquesado. —Edward miró por la ventana hacia St. James’s Street, donde los transeúntes se apresuraban bajo el cielo gris de febrero—. Aunque eso no hace que la situación sea menos incómoda.
Edward suspiró y comenzó a relatar el encuentro del desayuno, desde el momento en que había entrado en el comedor hasta su escape tan pronto como había sido socialmente aceptable. James le escuchó sin interrumpir, aunque su expresión se fue volviendo más divertida a medida que avanzaba el relato.
—Así que vuestra primera conversación consistió en intercambios de cortesía mientras os mirabais como si fueseis adversarios en un duelo —resumió James cuando Edward terminó.
—No fue tan dramático.
—¿No? Porque suena exactamente así. —James tomó un sorbo de whisky—. Dime, ¿qué aspecto tiene?
Edward hizo una pausa, dándose cuenta de que esa pregunta le resultaba sorprendentemente difícil de responder. No porque no la hubiera observado, sino porque había observado demasiado.
—Es... —comenzó y luego se detuvo—. Es diferente.
—Eso ya lo has dicho. Sé más específico.
—Es alta, más que el resto de las damas de su edad. Tiene el cabello castaño rojizo. Y unos ojos... —Se detuvo otra vez, recordando la manera en que aquellos ojos verdes lo habían estudiado durante el desayuno, como si estuviese intentando resolver un acertijo particularmente complicado.
—¿Sí? —le animó James.
—Unos ojos verdes que me miran como si fuese una ecuación matemática que necesita resolverse.
—Eso suena peligroso y muy acertado.
James enarcó una ceja.
—No es peligroso —dijo Edward rápidamente—. Es solo... desconcertante.
—¿Y cómo te miran los ojos de otras damas?
Edward se quedó callado, dándose cuenta de que James había dado en el clavo.
Estaba acostumbrado a miradas de admiración, de coquetería, de cálculo matrimonial.
Pero lady Catriona Stewart lo había mirado como si fuese solo...
un hombre. Un hombre que representaba algún tipo de complicación en su vida.
—Ya veo —dijo James con una sonrisa que Edward conocía demasiado bien—. Te ha tratado como a un ser humano normal en lugar de como al soltero más codiciado de Londres, y eso te ha desestabilizado por completo.
—No me ha desestabilizado.
—Por favor, Edward. Te conozco desde que teníamos diez años.
Edward se levantó y se acercó a la ventana, necesitaba moverse. James tenía razón, como siempre, pero eso no significaba que tuviese que estar contento al respecto.
—¿Sabes qué fue lo primero que pensé cuando la vi? —preguntó finalmente.
—¿Que era hermosa?
—Que parecía perdida. —Edward se volvió hacia su amigo—.
Estaba sentada en nuestro comedor, en nuestra mesa, rodeada de mi familia, pero parecía perdida.
Como si no supiese muy bien cómo había llegado allí o qué se suponía que debía hacer a continuación.
Y, sin embargo, sabía comportarse y mantener una conversación animada.
James lo observó con atención.
—¿Y eso te molesta?
—Me... —Edward se detuvo sorprendido por la pregunta—. No, no me molesta.
James se levantó y se acercó a él.
—Edward, eres una de las personas más honorables que conozco.
—Quiero mantener las distancias, cumplir con las obligaciones sociales mínimas, esperar a que encuentre un marido apropiado y se marche de mi casa.
Edward volvió al sillón y tomó otro sorbo de whisky. Había algo en lady Catriona Stewart que había captado su atención de una manera que no había experimentado con ninguna de las damas que su madre le había presentado o con las que lo había intentado emparejar.
—Bueno —dijo James, levantándose del sillón—, sea como sea, no puedes esconderte en el club toda la temporada para evitarla. Vive en tu casa, Edward.
—No me estoy escondiendo.
—Por supuesto que no. —James sonrió—. Solo has venido aquí directamente después del desayuno para beber whisky.
Edward terminó su bebida y se puso de pie también.
—Será mejor que vuelva. Tengo correspondencia que revisar de las propiedades de Kent.
—Excelente idea. Y, Edward...
—¿Sí?
—La próxima vez que la veas, intenta al menos sonreír. No morirás por ser educado con una dama que está lejos de su casa y sin familia cercana.
Edward se despidió de su amigo y salió del club sintiendo que James, como siempre, había logrado poner las cosas en perspectiva. No era necesario complicar la situación más de lo necesario. Lady Catriona era una invitada y él debía esforzarse por ser un anfitrión decente.
El paseo de vuelta le dio tiempo para aclarar sus ideas. Cuando llegó a casa, se dirigió directamente a su estudio, decidido a concentrarse en asuntos más prácticos que sus pensamientos sobre invitadas escocesas de ojos verdes.