Capítulo 3
C atriona
Mansión Ashworth, Mayfair, Londres
Lady Catriona Stewart se despertó con la sensación de no saber dónde estaba.
Durante un momento de confusión, buscó con la mirada las vigas de madera oscura del techo de su habitación en Glenmoran, pero en lugar de eso encontró un cielo blanco adornado con molduras doradas que formaban delicados motivos florales.
La realidad la golpeó como agua fría: ya no estaba en Escocia.
Se incorporó despacio en la cama más mullida en la que había dormido jamás, observando la habitación que sería su hogar durante los próximos meses.
Las paredes estaban cubiertas con un papel pintado en tonos azul claro con pequeñas flores doradas y las cortinas de las tres ventanas eran de seda azul cobalto con borlas doradas que brillaban bajo la luz de la mañana que se filtraba a través de los cristales.
Todo en aquella habitación hablaba de una elegancia refinada que la hacía sentirse como una intrusa.
El tocador de caoba con espejo ovalado estaba situado entre dos ventanas, con una silla tapizada en terciopelo azul que parecía demasiado delicada para sentarse en ella.
La chimenea estaba flanqueada por dos sillones que invitaban a pasar tardes tranquilas leyendo.
Incluso había un pequeño escritorio junto a la pared, con papel de carta, plumas y tintero dispuestos como si alguien hubiera sabido que le gustaría mantener correspondencia.
Sus baúles de viaje parecían fuera de lugar junto al armario de madera pulida, como si dos mundos diferentes hubieran colisionado en aquella habitación perfecta.
El contraste entre sus posesiones, prácticas y sin pretensiones, y la sofisticación que la rodeaba le recordó lo lejos que estaba de casa.
Se levantó y se acercó a la ventana central, descorriendo la cortina para observar las vistas.
Mayfair se extendía ante ella con sus casas elegantes, sus jardines privados perfectamente cuidados y sus calles adoquinadas por las que ya circulaban carruajes a pesar de ser temprano.
Todo parecía ordenado, civilizado, y opuesto a la belleza salvaje de las Highlands que echaba de menos con cada fibra de su ser.
Un suave golpe en la puerta la sobresaltó.
—Lady Catriona. —La voz era suave, con un acento que no supo identificar—. ¿Puedo pasar?
—Adelante.
Una mujer joven de aspecto agradable entró en la habitación llevando una bandeja con té humeante. Vestía el uniforme pulcro de una doncella, pero había algo en su postura que sugería que estaba acostumbrada a trabajar para familias de la alta sociedad.
—Buenos días, milady. Soy Lucy, seré su doncella personal durante su estancia aquí. Su Gracia me ha asignado para atenderla.
Catriona parpadeó sorprendida. En Glenmoran había compartido con la señora Campbell las tareas de vestirse y peinarse, pero nunca había tenido una doncella solo para ella.
—Buenos días, Lucy. Es muy amable, pero no estoy acostumbrada a...
—Oh, no se preocupe, milady. —Lucy dejó la bandeja sobre la mesita entre los sillones y sonrió—.
Sé que las costumbres en las Highlands son diferentes.
Pero aquí en Londres, sobre todo durante la temporada social, todas las damas tienen doncella.
Su Gracia insistió en que tuviera usted la mejor atención posible.
Catriona se acercó a la bandeja, agradeciendo el aroma familiar del té. Al menos eso no había cambiado.
—¿Has trabajado mucho tiempo para la familia Ashworth?
—Tres años, milady. Antes trabajé para la madre de lord James Pemberton, pero, cuando la familia se retiró a sus propiedades en el campo, Su Gracia me ofreció un puesto aquí. Es una familia muy considerada.
Catriona se dio cuenta de que la joven tenía su misma edad, aunque su experiencia en el servicio doméstico de alta categoría era evidente en cada movimiento que hacía.
—¿Lord James Pemberton? —preguntó Catriona, recordando que había oído ese nombre en algún lugar.
—El mejor amigo de lord Edward, milady. Son como hermanos. Lord James viene a menudo por aquí.
Catriona asintió, tomando nota mental del nombre. Tendría que aprender rápido quién era quién en el círculo social de los Ashworth si quería evitar cometer errores embarazosos.
—Lucy, todo este protocolo me resulta aún muy extraño.
La doncella sonrió con comprensión.
—Por supuesto, lady Catriona. ¿Le gustaría que la ayude a vestirse? Su Gracia la espera para el desayuno a las diez y después tienen planeada una visita a las tiendas de Bond Street.
Catriona miró el reloj de porcelana que había sobre la repisa de la chimenea. Eran las ocho y media. En Glenmoran habría estado levantada desde las seis, pero aquí parecía que los horarios seguían un ritmo diferente.
—¿Tiendas? ¿Para qué?
Lucy comenzó a sacar vestidos del armario donde aparentemente había ordenado las pertenencias de Catriona durante la noche.
—Para su guardarropa de temporada, lady Catriona. Su Gracia dice que necesitará vestidos apropiados para todas las ocasiones: vestidos de mañana, de tarde, de baile, para la ópera... También zapatos, guantes, sombreros, chales...
Catriona sintió que se le revolvía el estómago. La lista parecía interminable y cada prenda representaba otro paso más lejos de la vida sencilla que había conocido.
—¿Es necesario tanto vestuario?
—Me temo que sí, lady Catriona. La temporada tiene eventos casi todas las noches y cada uno requiere un atuendo apropiado. Pero no se preocupe, Su Gracia tiene muy buen gusto y conoce a las mejores modistas de Londres.
Lucy extendió sobre la cama un vestido de lana verde bosque que Catriona había traído de Escocia. Era uno de sus favoritos, cómodo y práctico, pero junto a la sofisticación de la habitación azul parecía demasiado sencillo.
—¿Es adecuado este vestido para el desayuno?
—Es perfecto, lady Catriona. Muy apropiado para una mañana en casa.
Mientras Lucy la ayudaba a vestirse, Catriona se preguntó cuántas veces durante los próximos meses escucharía esa frase: «apropiado para...». Parecía que en Londres todo tenía reglas específicas, desde la ropa hasta las conversaciones, desde los horarios hasta las formas de caminar.
—Lucy, ¿tú eres de Londres?
—No, señora. Soy de Yorkshire. Vine a Londres cuando tenía trece años para trabajar en el servicio doméstico. —Lucy comenzó a cepillar el largo cabello castaño rojizo de Catriona—. Al principio también me sentía muy perdida. Todo parecía demasiado grande, demasiado rápido, demasiado complicado.
—¿Y te acostumbraste?
—Sí. Pero creo que usted se adaptará mucho más rápido que yo. Después de todo, usted es una dama y está aquí por elección propia.
Por elección propia. Catriona no corrigió a Lucy, pero la frase resonó en su mente. ¿Era una elección cuando la alternativa era dejar que las tierras de Glenmoran cayeran en manos de desconocidos?
—¿Cómo es la familia? —preguntó, necesitando distraerse de sus pensamientos sombríos.
Los ojos de Lucy se iluminaron.
—Oh, son maravillosos. Su Gracia, el duque, es muy justo y considerado con el servicio. Su Gracia, la duquesa, es una dama muy elegante, pero también muy amable. Y lady Isabella es un encanto, aunque a veces un poco traviesa.
—¿Y lord Edward?
Lucy hizo una pausa casi imperceptible en su cepillado.
—Lord Edward es..., bueno, es un caballero muy respetado. Educado, inteligente, responsable. Todas las damas de Londres suspiran por él.
Había algo en el tono de Lucy que sugería que había más que decir, pero Catriona no se atrevió a presionar. Ya tendría tiempo de formar sus propias opiniones sobre el heredero.
—¿Qué debo saber sobre los protocolos del desayuno?
—Nada complicado, lady Catriona. La familia desayuna en el comedor pequeño, que es menos formal que el grande. Su Gracia se sentará a la cabecera, Su Gracia, la duquesa, a su derecha y usted probablemente a su izquierda. Lady Isabella se sienta donde puede. Lord Edward...
—¿Lord Edward desayuna con la familia?
—No siempre. A menudo desayuna temprano y sale por asuntos de negocios. Pero Su Gracia mencionó que hoy estaría presente para conocerla.
Catriona sintió una punzada de nerviosismo. Lucy terminó de peinarla. Era un peinado más sofisticado de lo que ella misma habría logrado, pero no tan elaborado como para hacerla sentir artificial.
Catriona se miró en el espejo del tocador. La joven que le devolvía la mirada parecía apropiada para una casa londinense, pero aún podía ver a la muchacha de las Highlands en sus ojos verdes. Tal vez no había perdido su esencia después de todo.
Lucy la condujo por los pasillos hasta el comedor pequeño, que resultó ser del tamaño del comedor principal de Glenmoran.
Las paredes estaban cubiertas con papel pintado en tonos crema y dorado, y un gran aparador de caoba exhibía una vajilla de porcelana que valía más que el ingreso anual de muchas familias escocesas.
El duque, William Ashworth, se levantó cuando ella entró, seguido por la duquesa.
Lady Catherine Ashworth era como Catriona se había imaginado: bella, refinada, con el cabello rubio perfectamente arreglado y llevaba puesto un vestido matutino que era la definición misma de la elegancia sin ostentación.
—Lady Catriona, buenos días. —El duque se acercó a ella con una sonrisa cálida—. Espero que haya descansado bien.
—Muy bien, Su Gracia. —Catriona hizo una reverencia—. La habitación es preciosa. Me siento muy agradecida.
—Me alegro de que le guste.
Catherine se acercó también, tomando las manos de Catriona entre las suyas.
—Querida, es un placer tenerla aquí. Duncan escribió tanto sobre usted en sus cartas que siento como si ya la conociera.
Catriona sintió una oleada de gratitud hacia la duquesa por su calidez inmediata. Había esperado frialdad, juicio, pero en lugar de eso encontró una bienvenida inesperada.
—Es muy amable al acogerme en su hogar, Su Gracia.
—Puedes llamarme lady Catherine. Si te parece bien, te tutearé. —Catherine la guio hacia la mesa—. Es maravilloso acoger a una joven en casa durante la temporada. Hace años que no tengo la oportunidad de organizar una presentación social.