El corazón de un marqués Capítulo 2
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Capítulo 2

E dward

Mansión Ashworth, Mayfair, Londres

Edward Ashworth, marqués de Westmere, encontró a su padre en su estudio leyendo una carta con expresión pensativa.

Su Gracia William Ashworth, duque de Westmere, tenía el ceño ligeramente fruncido, algo que Edward había aprendido a interpretar a lo largo de los años como señal de que se avecinaba algún tipo de complicación.

—Buenos días, padre —saludó Edward, acercándose al escritorio de caoba—. ¿Malas noticias?

William alzó la vista y dobló la carta con cuidado.

—No son buenas. Es de un viejo amigo de Oxford, Duncan Stewart, marqués de Glenmoran.

Edward se dejó caer en uno de los sillones de cuero que flanqueaban la chimenea. Conocía ese nombre vagamente; su padre había mencionado en alguna ocasión a compañeros universitarios que se habían establecido en Escocia.

—¿Qué tipo de complicaciones puede traer una carta de un viejo amigo?

William se levantó y la guardó en uno de los cajones del escritorio antes de responder.

—¿Te importaría acompañarme al salón?

Edward siguió a su padre por los pasillos hasta el salón principal, donde encontraron a Catherine Ashworth, la duquesa de Westmere, bordando junto a la ventana que daba al jardín.

Su madre alzó la vista al verlos entrar y Edward notó al instante cómo su expresión se volvía atenta ante la seriedad del rostro de William.

—¿Ha pasado algo, querido? —preguntó Catherine, dejando a un lado la labor.

—He recibido una carta de Duncan Stewart. ¿Te acuerdas de él?

—Por supuesto. Tu amigo escocés que solía venir a Londres de vez en cuando durante nuestros primeros años de matrimonio. —Catherine frunció el ceño—. Hace mucho que no sabemos nada de él.

En ese momento, Isabella apareció en el umbral del salón con un libro bajo el brazo. A los once años, tenía desarrollado un sexto sentido para detectar cuando se estaban diciendo cosas interesantes en su presencia.

—¿Puedo quedarme? —preguntó dirigiéndose a su madre—. Estaba leyendo aquí antes.

Catherine miró a William, que asintió con un gesto.

Isabella se acomodó en un rincón del sofá, abriendo el libro como si fuese a leer, aunque Edward sabía que no iba a perderse ni una palabra de la conversación.

William tomó asiento junto a su esposa y suspiró.

—Duncan me escribe para pedirme ayuda. Se está muriendo.

—¡Oh, no! —La mano de Catherine voló hacia su boca—. ¿Qué le sucede?

—Una enfermedad respiratoria que los médicos no han logrado curar.

Le dan pocos meses de vida. —William hizo una pausa para elegir cuidadosamente sus palabras—.

Tiene una sobrina bajo su tutela, una joven de diecinueve años llamada lady Catriona Stewart.

Quedó huérfana siendo niña y Duncan la ha criado desde entonces.

Edward empezó a tener una sospecha desagradable sobre hacia dónde se dirigía la conversación.

—¿Y qué tiene que ver eso con nosotros? —preguntó.

—Duncan me pide que acojamos a su sobrina durante la próxima temporada. Quiere que viva bajo nuestra protección para que pueda encontrar un buen marido antes de que él muera.

El silencio se instaló en el salón. Lady Catherine palideció un poco, pero Edward podía ver en sus ojos que ya estaba considerando las implicaciones de la petición. Isabella, por su parte, había abandonado cualquier pretensión de leer y los miraba con los ojos muy abiertos.

—¿Una joven escocesa? —preguntó Catherine—. ¿Has dicho que tiene diecinueve años?

—Sí. Según el señor Duncan, es una muchacha inteligente y de buen carácter, pero ha crecido en las Highlands y no conoce los protocolos de la sociedad londinense.

Edward se levantó y se acercó a la ventana, sintiendo una irritación creciente.

—Edward —la voz de Catherine llevaba un tono de reproche—, se trata de ayudar a una joven que se encuentra en una situación desesperada. Su tío está muriendo y ella necesita encontrar un protector antes de quedarse sola en el mundo.

—Entiendo la situación, madre, pero no veo por qué tenemos que ser nosotros quienes solucionemos este problema. Seguramente el señor Duncan Stewart tendrá otros amigos, otros parientes...

—Parece que no tiene a nadie más en quien confiar lo suficiente como para encomendarle el futuro de su sobrina.

—William se puso de pie también—. Duncan y yo compartimos mucho durante nuestro primer año en Oxford.

Nos hicimos muy buenos amigos y, aunque hemos mantenido correspondencia esporádica a lo largo de los años, sigue considerándome alguien en quien puede confiar.

Isabella cerró el libro de golpe.

—¿Va a venir a vivir con nosotros una dama escocesa?

—Si aceptamos la petición de su tío, sí —respondió Catherine—. Viviría aquí durante la temporada o hasta que encontrase marido.

—¡Qué emocionante! —Isabella se irguió en el sofá—. ¿Habla con acento escocés? ¿Conoce historias de clanes y batallas?

A pesar de su irritación, Edward no pudo evitar sonreír ante el entusiasmo de su hermana.

—No lo sabemos.

Catherine se levantó y se acercó a su marido.

—¿Qué opinas tú, William? ¿Crees que deberíamos ayudarla?

—Creo que tenemos la obligación moral de hacerlo. Duncan nunca me habría escrito si no estuviera desesperado. Y nosotros tenemos los medios y la posición social necesarios para ayudarla.

Edward se volvió hacia su padre.

—Acoger a una invitada durante meses va a cambiar por completo nuestra rutina.

—En realidad, creo que podría ser bastante enriquecedor —dijo Catherine pensativa—. Hace años que no tengo la oportunidad de organizar una presentación en sociedad, la última fue la de tu prima. Aunque no tenemos mucho tiempo para prepararla.

Edward miró a su familia, dándose cuenta de que la decisión ya estaba tomada.

Conocía esa expresión en el rostro de su madre: era la misma que ponía cuando había decidido redecorar una habitación u organizar una cena importante.

Y la sonrisa de Isabella no dejaba lugar a dudas sobre su opinión al respecto.

—¿Cuándo llegaría? —preguntó, resignándose a lo inevitable.

—Duncan dice que puede enviarla la semana que viene, si nosotros estamos de acuerdo.

Catherine ya había empezado a caminar por el salón, con esa energía que aparecía siempre que tenía un proyecto entre manos.

—Habrá que preparar el dormitorio azul, por supuesto. Y encargar vestidos apropiados para los diferentes eventos de la temporada. Una joven que ha crecido en Escocia probablemente no tenga el guardarropa adecuado para una ciudad como Londres.

—¿Ya has decidido que vais a aceptar? —preguntó Edward.

Catherine se detuvo y lo miró con sorpresa.

—¿Acaso hay alguna duda? Ya has escuchado a tu padre, es nuestro deber ayudar a quien lo necesita. Y, además, será maravilloso tener una joven en casa durante la temporada.

William se acercó a Edward y le puso una mano en el hombro.

—Sé que no es la situación ideal, hijo, pero a veces las circunstancias nos obligan a hacer sacrificios por otros. Y no será un sacrificio tan terrible. Solo serán unos meses.

Edward asintió, aunque no se sentía muy convencido. La perspectiva de tener una desconocida viviendo en su casa durante la temporada s ocial más importante del año no le resultaba particularmente atractiva.

—Supongo que no tengo mucho peso en la decisión.

—Siempre valoramos la opinión de todos en esta familia —dijo William—. Pero espero que elijas hacer lo correcto y seas considerado con lady Catriona.

Isabella se levantó del sofá y se acercó a su hermano.

—Va a ser divertido, Edward. Piénsalo: alguien nuevo con quien conversar, historias diferentes que escuchar... Y mamá estará tan ocupada organizando cosas para lady Catriona que no tendrá tiempo de vigilar todo lo que hago.

Edward se echó a reír.

—Esa es probablemente la mejor razón que he oído hasta ahora para aceptar.

Catherine les lanzó una mirada de advertencia a ambos.

—No se te ocurra aprovechar esta situación para portarte mal, Isabella. Lady Catriona va a necesitar toda nuestra ayuda para adaptarse a Londres.

—Por supuesto, mamá. —Isabella adoptó una expresión angelical que no engañó a nadie.

William se dirigió hacia la puerta del salón.

—Escribiré a Duncan esta misma tarde para confirmarle que estaremos encantados de recibir a su sobrina. Catherine, supongo que querrás empezar a planificar los preparativos.

—Ya estoy pensando en todo lo que hay que hacer. —Catherine se volvió hacia Edward—. ¿Qué vas a hacer hoy, Edward?

—Había pensado en pasar por el club. ¿Por qué?

—Solo sentía curiosidad.

Edward asintió. Estaba seguro de que en el club estaría James Pemberton, su amigo más cercano, y necesitaba compartir con alguien sus dudas sobre toda esta situación.

No le gustaba la idea de pensar que lady Catriona podía ser la nueva esperanza de sus padres de encontrarle esposa esa temporada, y menos todavía si iba a alojarse en su casa.

Cuando Edward salió una hora más tarde, aún sentía una mezcla de resignación e irritación.

No es que se opusiera en principio a ayudar a la sobrina de un viejo amigo de su padre, pero la perspectiva de tener su vida alterada por una completa desconocida durante meses no le resultaba especialmente atractiva.

El White’s estaba empezando a llenarse con los caballeros que preferían almorzar fuera de casa. Edward encontró a James Pemberton en su rincón habitual, junto a una de las ventanas que daban a St. James’s Street.

—Llegas tarde —le dijo James sin levantar la vista del periódico que estaba leyendo.

—He tenido una conversación familiar muy interesante y, por lo visto, ineludible. —Edward se dejó caer en el sillón de cuero que había frente a su amigo—. Al parecer, vamos a tener una invitada durante la temporada.

James alzó la vista y Edward vio el brillo de curiosidad reflejado en sus ojos verdes.

—¿Qué tipo de invitada?

—Una huérfana escocesa de diecinueve años que necesita encontrar marido.

James dejó el periódico a un lado y se recostó en su sillón con una expresión divertida.

—Eso suena interesante. Cuéntamelo todo.

Edward le relató la carta de Duncan Stewart y la reacción de su familia. James le escuchó sin interrumpir, aunque su expresión se fue volviendo más pensativa a medida que avanzaba la historia.

—Es una situación delicada —dijo—. No se trata solo de hospedar a una invitada. Se trata de ayudar a una joven que se encuentra en una posición muy vulnerable.

—Lo sé. Y eso es lo que hace que me sienta como un egoísta por estar molesto.

—No eres egoísta por preferir que tu vida no se vea alterada por los problemas de otros. Pero tampoco sería muy honorable negarse a ayudar cuando tienes los medios para hacerlo.

Edward suspiró y pidió un whisky al camarero que pasaba.

—Mi madre ya está planeando vestidos y presentaciones. Isabella está emocionadísima. Y mi padre actúa como si fuera lo más natural del mundo convertir nuestra casa en un refugio para herederas escocesas en apuros.

—¿Y tú qué opinas?

Edward se quedó callado durante varios minutos, observando a los transeúntes que pasaban por la calle.

—Supongo que no tengo muchas opciones. Cuando mi padre toma una decisión basada en principios morales, no hay manera de hacerle cambiar de opinión.

—Podría ser peor. Podría tratarse de una viuda con cinco hijos pequeños.

Edward se echó a reír.

—¿Sabes algo más sobre ella, aparte de que es huérfana y escocesa?

—Nada. Solo que tiene diecinueve años y que, según su tío, es inteligente y de buen carácter.

—Inteligente suena prometedor. Significa que probablemente podrás mantener conversaciones interesantes con ella.

James sonrió.

—Edward, tienes que dejar de ver esto como una imposición. Vas a conocer a alguien diferente a todas las mujeres de tu círculo social habitual. Eso podría resultar estimulante.

—O tedioso.

—Solo hay una manera de averiguarlo. —James hizo una seña al camarero para que les sirviera el almuerzo—. ¿Cuándo llega?

—Creo que dentro de una semana.

—Eso te da tiempo. Puedes prepararte para ser un buen anfitrión y decidir qué postura quieres adoptar en todo esto. Así tu madre se asegurará de que la casa esté perfecta para recibir a una dama.

Edward no pudo evitar sonreír ante la imagen de su madre corriendo de un lado a otro, supervisando cada detalle de los preparativos.

—Isabella está convencida de que lady Catriona va a llegar contando historias de batallas.

—Los niños siempre tienen las expectativas muy altas. Aunque quién sabe, tal vez Isabella no esté tan equivocada.

—Supongo que lo descubriremos pronto.

Se despidió de James y salió del club. Su amigo tenía razón, no tenía sentido angustiarse por algo que era inevitable. Lo único que podía hacer era aceptar que los próximos meses iban a ser diferentes a lo que había planeado y esperar que lady Catriona Stewart resultase ser una invitada tolerable.