El corazón de un marqués Capítulo 1
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El corazón de un marqués

El corazón de un marqués

Por Olivia Ness

© inepub.com

Capítulo 1

C atriona

Castillo Glenmoran, Highlands escocesas

Lady Catriona Stewart se detuvo en el umbral de la torre este, sintiendo como el viento helado de febrero le azotaba el rostro con una familiaridad que pronto sería solo un recuerdo.

Desde aquella ventana podía contemplar las colinas ondulantes que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, cubiertas de páramos dorados que prometían el verde exuberante de la primavera.

El aroma a turba quemada se filtraba desde las chimeneas del castillo, mezclándose con el aire limpio de las Highlands que había respirado durante los últimos catorce años de su vida.

Cerró los ojos y se permitió un momento para grabar aquella sensación en su memoria: el tacto áspero de la piedra milenaria bajo sus dedos, el sonido del viento silbando entre las almenas, la paz que solo conocían quienes habían crecido entre aquellas montañas ancestrales.

Cuando volviera a abrir los ojos, tendría que enfrentarse a la realidad que la aguardaba en el estudio de su tío.

—Lady Catriona.

La voz de MacLeod, el mayordomo, la sobresaltó. Se volvió hacia el hombre canoso cuyas arrugas profundas hablaban de décadas sirviendo fiel a la familia Stewart.

—Su señoría la espera en el estudio.

Asintió, alisándose las faldas del vestido de lana azul oscuro que había elegido esa mañana. Algo le decía que la conversación que estaba a punto de tener cambiaría su vida para siempre, y quería estar preparada. Aunque, en realidad, ¿cómo podía una prepararse para lo inevitable?

El estudio de Duncan Stewart, séptimo marqués de Glenmoran, estaba ubicado en la planta baja del castillo, con ventanas que daban al jardín donde ella y su amiga solían jugar de niñas.

Ahora, esos ventanales enmarcaban un paisaje invernal que parecía reflejar la melancolía que se había instalado en el castillo desde que Duncan había comenzado a proferir esa tos seca y persistente que los médicos no lograban curar.

—Adelante, muchacha.

La voz de su tío sonaba más ronca de lo habitual.

Catriona entró y encontró a su tío de pie junto a la chimenea, contemplando las llamas con una expresión que no había visto antes.

A los cincuenta y dos años, seguía siendo imponente, alto y de hombros anchos, pero algo en su postura le recordó que ya no era el hombre invencible de su infancia.

—Siéntate, por favor —le pidió, señalando uno de los sillones de cuero gastado que flanqueaban la chimenea.

Obedeció, pero mantuvo las manos entrelazadas sobre el regazo para disimular el temblor que había comenzado a apoderarse de ellas. Duncan tomó asiento y, por primera vez desde que había llegado a Glenmoran siendo una niña huérfana de cinco años, vio incertidumbre en los ojos grises de su tío.

—¿Has sido feliz aquí, Catriona? —le preguntó.

La pregunta la desconcertó. ¿Feliz? Glenmoran era lo más parecido a un hogar que había conocido desde la muerte de sus padres.

—Por supuesto, tío Duncan. Considero este castillo como mi hogar.

—Sí, lo es. Y siempre lo será. —Se inclinó hacia delante y la luz del fuego reveló las ojeras que le habían aparecido en las últimas semanas—. Pero eres una mujer joven y las mujeres jóvenes necesitan más que castillos y páramos. Necesitan un futuro, Catriona. Un marido. Una familia propia.

Sintió que se le encogía el estómago. Duncan nunca había mostrado mucho interés en casarla y ella había comenzado a albergar la esperanza secreta de que podría quedarse en Glenmoran para siempre, cuidando de él y administrando las tierras.

—No necesito...

—Me estoy muriendo.

Las palabras cayeron entre ellos como piedras arrojadas a un estanque en calma. Catriona sintió que el aire abandonaba sus pulmones de golpe.

—No digas eso —susurró—. Los médicos dijeron que con descanso y...

—Los médicos me dan seis meses de vida, quizá menos. —Su voz era suave, pero implacable—. Y no puedo marcharme de este mundo sabiendo que te he dejado sola y sin protección. Ni que he dejado estas tierras y toda la gente que depende de ellas sin un futuro seguro.

Se levantó del sillón con movimientos bruscos, necesitando moverse, hacer algo con la energía frenética que de repente corría por sus venas.

—No estaré sola. Tengo a MacLeod, a la señora Campbell, a toda la gente del clan...

—Que dependen de ti para su sustento. —Duncan se puso de pie también, con lentitud—.

Escúchame bien, Catriona, cuando yo muera heredarás todas estas tierras, el título de estas propiedades, los ingresos...

Todo. Pero, como mujer soltera, no podrás gestionarlas legalmente.

La ley exige que tengas un tutor o, mejor aún, un marido, que heredará el título de marqués.

Catriona sintió que se le aflojaban las rodillas. Nunca había pensado en los aspectos legales de su herencia.

—¿Y si no me caso?

—Entonces el tribunal nombrará un tutor, probablemente algún desconocido que nunca ha pisado estas tierras y que solo verá números en los libros de cuentas, no las familias que dependen de ellas. —La miró—. ¿Es eso lo que quieres para ti y para la gente de Glenmoran?

Las palabras la golpearon como bofetadas. No porque fueran crueles, sino porque sabía que eran ciertas.

—Entonces, ¿qué propones? —preguntó, volviéndose hacia él con el mentón alzado en un gesto de desafío que había heredado de su padre.

Duncan sonrió por primera vez desde que había comenzado la conversación y por un momento volvió a ser el hombre que la había consolado de niña después de sus pesadillas.

—He escrito a un viejo amigo mío. William Ashworth, duque de Westmere. Nos conocimos en Oxford hace muchos años y hemos mantenido correspondencia esporádica desde entonces. —Se acercó al escritorio y tomó una carta a medio escribir—. Es un hombre honorable, con una familia respetable.

Catriona sintió que las rodillas se le aflojaban y volvió a sentarse en el sillón.

—¿Vas a venderme al mejor postor?

—Voy a testamentar. —Duncan dejó la carta y se acercó a ella, tomando sus manos entre las suyas, grandes y callosas—.

William actuará como fideicomisario de tus propiedades hasta que te cases.

Cuando encuentres marido, él se hará cargo de la administración legal, pero las tierras seguirán siendo tuyas.

Y, si algo me pasara antes de que te cases, William será tu tutor legal hasta ese momento.

La cabeza le daba vueltas con tanta información legal.

—Y él, una persona que no me conoce de nada, ¿ha aceptado semejante responsabilidad?

—Aún no le he enviado la propuesta formal, pero estoy seguro de que la aceptará.

William estará encantado de recibirte durante la temporada social de Londres.

Vivirás con su familia, asistirás a los bailes y eventos apropiados para una dama de tu posición, y tendrás la oportunidad de conocer a muchos caballeros elegibles.

—¿Y si no encuentro a nadie que me guste? ¿Y si nadie me encuentra atractiva? —Las preguntas brotaron de sus labios antes de que pudiera detenerlas.

—Entonces regresarás aquí y encontraremos otra solución. Pero primero debes intentarlo, porque ningún hombre en su sano juicio podría desdeñar tu belleza.

Catriona miró las manos de su tío, notando por primera vez lo delgadas que se habían vuelto y cómo la piel parecía demasiado grande para los huesos que cubría.

El hombre que la había criado, que le había enseñado a montar a caballo y a defender sus opiniones con la misma fiereza que defendía sus tierras, se estaba apagando ante sus ojos.

—¿Cuándo tendría que marcharme? —preguntó.

—La próxima semana. La temporada social comienza pronto y necesitas tiempo para instalarte y prepararte.

Una semana. Apenas tiempo para despedirse de todo lo que había conocido y amado durante catorce años.

—¿Y tú? ¿Quién cuidará de ti mientras yo esté en Londres?

Duncan sonrió y esta vez la sonrisa llegó hasta sus ojos.

—La señora Campbell se ha ofrecido a ejercer de enfermera, además de ama de llaves. Y tengo correspondencia que poner al día, libros que leer y la tediosa administración. Estaré bien, Catriona. La pregunta es si tú estarás bien.

Se quedaron en silencio durante largos minutos, escuchando el crepitar del fuego y el viento que golpeaba los cristales. Catriona se puso de pie y se acercó a una de las ventanas, contemplando las tierras que habían sido su mundo durante más de una década.

—Mis padres se conocieron en Londres, ¿verdad? —preguntó sin volverse.

—Tu padre era el heredero del marquesado, como bien sabes, pero le gustaba pasar las temporadas en Londres. Tu madre acababa de ser presentada en sociedad. Según me contó tu padre, fue amor a primera vista para ambos.

—¿Crees que yo podría tener la misma suerte?

—Creo que mereces la oportunidad de averiguarlo.

Catriona cerró los ojos y apoyó la frente contra el cristal frío de la ventana.

En algún lugar del sur, más allá de las montañas y los páramos que habían sido su hogar, la esperaba un mundo diferente.

Un mundo de salones elegantes, protocolos complicados y conversaciones artificiales.

Un mundo donde tendría que aprender a ser una persona con la que no se sentía en absoluto identificada.

Pero también un mundo donde, tal vez, podría encontrar lo que sus padres habían encontrado: un amor que valiese la pena todos los sacrificios.

Se volvió hacia su tío, que la observaba con una mezcla de esperanza y tristeza que le partió el corazón, y asintió.

—Escribiré al duque de Westmere esta misma noche —dijo Duncan con suavidad—. Le confirmaré que irás a Londres.

Catriona asintió.

—Será mejor que comience a hacer los preparativos, entonces.

—Catriona. —La voz de Duncan la detuvo cuando ya se dirigía hacia la puerta—. Recuerda siempre que eres una Stewart de Glenmoran. Llevas en las venas la sangre de guerreros. No permitas que nadie te haga sentir inferior, sin importar cuán refinados o poderosos puedan parecer.

Ella sonrió, pero la sonrisa se sintió frágil en sus labios, como si pudiese romperse en cualquier momento.

—Lo recordaré, tío Duncan. Te lo prometo.

Cuando salió del estudio y cerró la puerta, Catriona se permitió un momento para apoyarse contra la madera sólida y respirar hondo. El corazón le latía desbocado y una sensación de pérdida se instaló en su pecho como una piedra fría.

En una semana estaría camino de Londres, alejándose de todo lo que conocía y amaba.

Dejando atrás las colinas donde había aprendido a montar, los pasillos donde aún resonaban los ecos de su infancia y a la única familia y amistades que recordaba en realidad.

Se dirigía hacia un futuro incierto con desconocidos que la juzgarían y la medirían como si fuese un caballo en una subasta.

Se llevó una mano temblorosa al chal de lana, tocando el broche de plata con esmeraldas que había pertenecido a su madre. Al menos esa joya familiar podría llevársela consigo, un pequeño recordatorio de su pasado.

Tal vez, si tenía suerte, encontraría su lugar en esa nueva vida.

Pero, por primera vez desde la muerte de sus padres, volvía a sentir ese terrible vacío que la había acompañado durante sus primeros años en Glenmoran: la sensación de no pertenecer a ningún sitio, de estar siempre a la deriva entre dos mundos.

Y esta vez ni siquiera tenía la seguridad de que habría un hogar al que regresar.