Epílogo 1
Se había quejado cuando Servio anunció que quería encargarlo.
Volvió a hacerlo cuando descubrió las dimensiones que había solicitado y todavía protestó una tercera vez cuando los artistas empezaron a cubrir prácticamente toda la pared libre, entre dos puertas, de uno de los laterales del atrio.
Pero por lo visto había servido de poco, porque aquel fresco seguía siendo demasiado grande.
Ahora ella, junto a los cuatro Senea, la observaban desde lo alto.
Servio y ella aparecían sentados juntos en el centro con aquella expresión seria que tanto esfuerzo le había costado al pintor conseguir porque Aelia, sentada sobre ella, no había parado de hacerlos reír.
Gaia estaba a uno de sus lados, mientras que Livia se colocó al otro, junto a Servio.
Mientras, Aelia aparecía relajada y algo despeinada sentada sobre sus rodillas, las dos mayores lucían prácticamente pegadas a ellos, cada una con su gesto habitual.
Gaia seria y observadora y Livia sonriente y serena.
Hasta Garrapata había conseguido colarse en una esquina, probablemente un guiño del artista por todo el incordió que le había supuesto.
—Es que es una barbaridad —murmuró Neria para sí misma.
Calpurnia a su lado siguió su mirada mientras sostenía una copa.
—A mí me gusta. Es elegante.
—Porque no es tu cara la que ocupa media pared, guapa.
—Pues, aunque no te lo creas, me parece un gesto muy bonito —confesó su amiga, enganchándola del brazo para que la siguiera—. Ven. Si sigo mirando tu cara pintada acabaré queriendo uno yo también.
Neria río fuerte mientras atravesaban el peristilo hacia el patio exterior.
—Tú solo díselo a Porcio y te lo hará.
—Calla, calla —soltó Calpurnia, sonriendo y mirando al otro extremo del jardín.
Salieron juntas hacia el patio exterior, donde la mayor parte de los invitados habían terminado reuniéndose conforme descendía el sol.
Porcio hablaba con Séptimo junto a una de las mesas improvisadas mientras intentaba apartar una copa de las manos de Tito y Agron se burlaba de él.
Más allá, Rufus parecía haber olvidado por completo a sus hermanos mientras conversaba con Gaia.
Edine discutía con Irene cerca de los bancos y Servilia ayudaba a Sura a repartir otra bandeja.
Incluso su padre y su hermano habían venido. Neria los descubrió al fondo, hablando con Servio bajo la galería.
Neria recorrió el patio con la mirada y terminó confirmando la única ausencia que había esperado.
Cora no estaba.
El viejo Varro había declinado la invitación en nombre de su familia y, por una vez, parecía que su amiga había decidido no contrariarlo.
—Tranquila, ella estará bien. Siempre acaba saliéndose con la suya —habló en voz baja Calpurnia, como si hubiera podido leerle la mente—. Además, ahora que estás en Roma, ya habrá otras ocasiones.
Neria apartó la mirada y sonrió. Era cierto.
Los últimos reflejos rojizos alcanzaban todavía la parte superior de las columnas, aunque varios esclavos empezaban ya a encender las primeras lámparas.
De pronto, un chillido la golpeó.
—¡Corred!
Neria volvió la cabeza a tiempo de ver a Aelia pasar corriendo detrás de Cornelia y de Lotira con Garrapata siguiéndoles los pasos.
—¡No corráis dentro de la casa! —gritó Neria.
—Llevad cuidado —musitó Calpurnia mucho más calmada, antes de dar otro trago a su copa.
—¡Dijiste que podíamos mientras fuera lejos de las mesas del triclinio! —añadió Livia apareciendo detrás del perro, con la cara algo pintada, fingiendo probablemente que era un soldado a la captura de prisioneros—. ¡Y ni nos hemos acercado!
—De momento.
La mediana pareció que iba a decir algo, pero Gaia, con una expresión de profundo sufrimiento, la interrumpió
—¿Podéis bajar la voz todas? Hay gente que queremos hablar con tranquilidad.
—¿Cuándo han crecido tanto? —murmuró Neria mirando a su amiga.
—Eres. Una. Aburrida —le lanzó Aelia a Gaia antes de arrastrar a la mediana y salir de nuevo corriendo entre risas.
—Y vosotras unas insoportables.
—No han crecido tanto —sentenció la patricia, dándole un vistazo mientras la primogénita volvía junto a su hijo.
Ambas rieron en silencio.
Casi dos años y a veces todavía le parecía imposible.
Dos años desde que había dejado Roma creyendo que aquel viaje duraría unas pocas semanas. Resultaba bastante ridículo pensar ahora en aquel periodo de prueba.
Habían celebrado la boda pocos días después de su reencuentro en el puerto. Había sido algo pequeño, en Carthago Nova , pero que había obligado a Edine a posponer su regreso.
La ceremonia fue mucho menos ostentosa de lo que Calpurnia hubiese deseado y exactamente como Neria había querido.
Poco después había escrito a su familia para comunicarles el matrimonio y, aunque no esperaba respuesta, su hermano sorprendentemente contestó. Desde entonces habían intercambiado alguna carta y la relación había mejorado lo suficiente para dejar de doler cada vez que pensaba en ellos
Jamás las cosas volverían a ser como antes.
Y estaba bien.
No necesitaba que lo fueran.
—¿Dómina Senea? —llamó una de las esclavas, al aproximarse.
Neria se volvió. Todavía le resultaba extraño escucharlo algunas veces.
—¿Sí?
—El amo pregunta si debemos sacar más comida para los invitados.
—Por supuesto. Mañana repondremos la alacena.
—Como ordenéis, señora —dijo la joven, antes de marcharse por donde había venido.
Calpurnia la miró, sonriendo.
—Parece que a alguien se le da bastante bien esto. Te has acostumbrado rápido a mandar.
—Aprendí de la mejor.
—¿Sí? Pues me vas a tener que decir quien ha sido esa excelente maestra para que le pregunte —dijo Calpurnia, ocultando su sonrisa en la copa.
—¡Madre! —gritó Lugo, cerca de su padre.
Al parecer, Porcio estaba intentando apartar a Tito de Agron, para que no continuaran peleándose.
—Perdona, pero tengo que ir a impedir un asesinato —murmuró su amiga antes de marcharse a paso rápido.
—Suerte.
Neria se quedó un rato más allí, en silencio.
La casa había tardado mucho más de lo previsto en terminarse.
Servio había prometido que estaría lista para el sexto cumpleaños de Aelia y, aunque solo se habían retrasado unas semanas, la pequeña todavía se encargaba de recordarle su fracaso cada vez que tenía oportunidad.
Neria no pensaba defenderlo. Ella también le había advertido que la primera semana de marzo era demasiado pronto.
Servio había querido construir una villa lo suficientemente grande como para que todos pudieran viajar juntos a Roma sin depender de amigos, familiares o alojamientos prestados cada vez que sus negocios los obligaran a desplazarse.
Neria había aceptado con una condición. Ella también pagaría su construcción.
Había aportado hasta la última moneda del salario que Servio le entregó y buena parte de lo que había ganado después dando clases a otros niños de la ciudad.
El tamaño había provocado más de una discusión. Él quería una casa enorme y ella había preferido algo más pequeño. Incluso discutieron por el aula, porque Servio aseguraba que una habitación en la que pretendía meter cómodamente a diez alumnos no podía llamarse precisamente pequeña.
Neria lo llamó exagerado.
Después tuvieron que ampliarla porque las mesas no entraban y, muy a su pesar, tuvo que darle la razón.
Neria cruzó el patio para coger una copa de una de las mesas y después se dirigió hacia el extremo más tranquilo del jardín. Había visto a Servio desaparecer por allí unos minutos antes, probablemente de regreso al atrio.
—Debo reconocer que esta familia te queda bastante mejor a ti que a mí —la sorprendió una voz femenina a su espalda.
Neria se giró, encontrándose a la hermana del cuestor Augusto ante ella. La mujer, con su cabello castaño rojizo recogido sobre la nuca, sostenía una copa entre los dedos y vestía una túnica mucho más sencilla que aquella con la que la conoció.
—Dómina Silvana.
—Silvana es suficiente —respondió la mujer sonriendo—. Creo que después de haber intentado seducir a vuestro marido deberíamos saltarnos las formalidades.
Neria parpadeó y después soltó una carcajada.
—Debo reconocer que no esperaba que fuerais a decir eso.
—Yo tampoco que me invitarais a la inauguración de vuestra casa, así que estamos a la par.
No supo que contestar ante la sinceridad de la mujer, así que le hizo un leve gesto con el mentón señalando hacia la entrada.
—¿Me acompañáis?
—Por supuesto —dijo Silvana, caminando a su lado, lentamente.
—Séptimo es un muy buen amigo de Servio —admitió Neria finalmente—. Así que no podía ser de otra manera.
—Lo imaginé. Desde que quedé viuda, a mi hermano le encanta incluirme cada vez que hay que llenar una fiesta.
—Para nada —declaró Neria volviendo a sonreír y deteniéndose un momento. Desde allí, aún en el patio, ya se podía ver de nuevo el gran retrato familiar—. No puedo hablar de otras ocasiones, pero en esta, fuisteis invitada expresamente. Que mínimo, después de quitaros el pretendiente.
Definitivamente, aquella no era la mujer que había imaginado. Silvana miró tras ellas, hacia la gente que conversaba tranquilamente en la fiesta, nadie parecía tener prisa por irse.
—Por si os sirve de consuelo, jamás tuve posibilidad alguna.
—Eso lo sé ahora.
—¿Entonces estabais celosa?
—¿Lo dudas? —replicó Neria levantando una ceja, adentrándose unos pasos más en el corredor que daba al patio interno—. Muchísimo.
—Gracias. Es muy halagador.
—¿Halagador? —repitió, realmente sorprendida con la sinceridad inesperada de aquella patricia. Otra en su lugar, habría fingido humildad, pero ella no parecía ir a hacerlo.
—Si. Me hace sentir mejor respecto a la cantidad de tiempo que perdí intentando llamar su atención. ¿Sabes la cantidad de pergaminos que estuve leyendo sobre caballos? Y ni siquiera se montar.
Neria soltó otra risa.
—Servio nunca me habló demasiado de aquello.
—Y espero que continúe así, porque recordar alguna de mis actitudes me da mucha vergüenza —confesó Silvana dando un largo sorbo de su copa.
Desde el otro extremo alguien llamó la atención de la mujer.
—¡Silvana! —la llamó Séptimo y la mujer se giró.
—Será mejor que regrese —declaró la patricia—. Parece que mi hermano ha vuelto a decidir algo por mí.
Había algo en la forma en que lo dijo. Casi imperceptible, pero que Neria reconoció.
Ella también había sido así.
—Ha sido un placer hablar contigo.
Silvana sonrió, comenzando a deshacer el camino que habían hecho, de regreso al exterior.
—Lo mismo digo. Espero que no tardemos tanto en volver a vernos.
—Seguro.
La mujer se alejó y Neria permaneció siguiéndola unos segundos con la mirada, antes de seguir caminando.
Encontró a Servio ante el fresco. Le encantaba quedarse allí mirándolo. Lo sabía porque no era la primera vez que lo encontraba haciendo exactamente lo mismo.
Se acercó a él, colocándose a su lado.
—¿Qué quería Silvana?
—¿Me estabas espiando? —replicó, apoyando la cabeza en su hombro.
—Os he visto hablar y no he querido interrumpiros —reconoció dándole una mirada de reojo—. Parecíais sorprendentemente… cómodas.
Neria lo miró divertida.
—Acaso eres tú quien esta celoso de ella ahora.
Él negó con la cabeza dejando escapar una risa.
—Lo admito —confesó Servio, sonriente, rodeándole la cintura con un brazo mientras ella se dejaba atraer—. Me has descubierto. Tengo miedo de que huyas con ella.
Neria soltó una carcajada.
—Entonces, ¿te gusta cómo ha quedado la casa? —añadió el hispano, mientras su mano se tensaba sobre su cintura, haciendo que una ráfaga de cosquillas la recorriera.
—Te lo he dicho mil veces. Eres un presumido. Me encanta.
Servio la atrajo contra su costado y ambos comenzaron a caminar de regreso hacia el patio. Juntos.
—Pues que sean mil una —replicó Servio en un susurro muy cerca de su oreja, que hizo que Neria inclinara la cabeza sonriente.
—Me gusta que no sea como el resto de casas de Roma en las que uno entra y no descubre absolutamente nada de quienes viven dentro.
Neria contempló alrededor. Las copas abandonadas sobre los bancos. Una cinta de Aelia colgando de una rama. Garrapata cruzando entre los invitados detrás de las niñas. Edine riendo con Irene. Su hermano conversando con Porcio bajo la galería. Todos disfrutando a su manera de aquel día.
—Esta habla de nosotros —continuó—. De nuestra familia.
—Supongo que tomaré eso como algo bueno.
—Muchísimo.
Otro grupo de muchachos pasó corriendo frente a ellos.
—¡Despacio! —gritaron ambos.
Aelia frenó un instante.
—¡Os digan, lo que os digan, ha sido Cornelia! —declaró antes de volver a salir corriendo.
—¡Mentira! —llegó la voz de la otra niña, a lo lejos.
Y desaparecieron.
Neria negó con la cabeza.
—Estoy muy contenta—admitió y él sonrió, acariciándole el rostro.
—Por una vez estamos de acuerdo.
—Eso sí que merece una celebración —admitió Neria, acercándose para besarlo.
Pero entonces, desde alguna habitación llegó la voz de Livia protestando, seguida de Gaia gritando algo incomprensible desde bastante más lejos y, segundos después, Garrapata salió corriendo hacia el corredor, probablemente convencido de que debía intervenir y Neria se detuvo, sonriendo.
—¿Y mi celebración? —preguntó Servio, mientras una sonrisa aparecía despacio en su rostro.
Neria levantó una mano hasta su nuca y lo besó. Sonriendo contra su boca mientras, a su alrededor, la casa estallaba llena de ruido.