63
Durante unos segundos únicamente se miraron en silencio. Neria no podía moverse, intentando comprender qué demonios hacía allí.
Garrapata continuó ladrando a su alrededor un par de veces más, como si acabara de encontrar al mismísimo emperador, antes de continuar hacia las niñas, pero Servio ni siquiera pareció escucharlo.
—Hola —dijo él finalmente y su corazón enloqueció.
—Hola —repitió ella.
Él acababa de bajarse de un barco que iba a Roma, en el que iba a embarcar ella, las niñas aún seguían a bordo y a ellos lo único que les nacía era saludarse.
Magnífico.
Servio miró un instante hacia Edine, Calpurnia y Porcio, todavía detrás de ella, antes de volver a concentrarse en Neria.
—¿Podemos hablar?
—Claro, pero la última vez no nos fue demasiado bien —afirmó, soltando una exhalación que estuvo cerca de una risa.
Algo parecido a una sonrisa apareció en los labios de Servio, pero desapareció enseguida.
—Creo que hoy lo podré hacer mejor.
—Entonces adelante —dijo Neria, cruzando los brazos—. Tienes toda mi atención.
Servio respiró hondo. Y, por primera vez desde que lo conocía, pareció no saber por dónde empezar.
—Quiero que vuelvas —habló directo y el corazón de Neria se saltó un golpe. Tardando un segundo de más en dar el siguiente latido.
—¿Por las niñas? —articuló, temerosa, sin permitirse reaccionar.
—No —negó el hispano—. Por ti y por mí.
Neria dejó de respirar y Servio dio un paso hacia ella, continuando.
—Por supuesto que ellas quieren que regreses. Muchísimo. Y la casa también te necesita más de lo que he querido reconocer, pero no he venido por eso.
—Entonces ¿por qué? —insistió Neria, mientras Servio apretaba los brazos entorno a ella. Necesitaba escuchar lo que sentía de sus labios. Todo lo que le había llevado hasta allí.
—Porque soy un imbécil.
Porcio soltó una carcajada detrás de ella y Calpurnia lo golpeó de nuevo, dándole una mirada de aviso tan seria que le cortó la risa.
—Gracias, por tu apoyo, Porcio —dijo Servio, cerrando los ojos un instante.
El grandullón tuvo la prudencia de no contestar y Neria tuvo que contener una sonrisa.
—Lo fui y lo siento —continuó Servio, volviendo a mirarla—. Cuando me pediste que me casara contigo, pensé que aceptar significaba sustituir a Lucinda. Despreciar todo lo que habíamos vivido. Como si quererte y querer otra vida contigo borrara la que tuve con ella. Por eso no fui capaz de hacerlo.
Neria tragó saliva.
—Lo sé. Me lo imaginé —pronunció Neria, deteniéndose un momento a tragar saliva—. Pero ¿no entiendo qué ha cambiado?
Servio tardó unos segundos en responder.
—Todo.
—¿Todo? —repitió, olvidando hasta como parpadear.
—Mis hijas han tenido que explicarme algo que debería haber entendido yo solo. Especialmente Gaia.
Neria volvió la cabeza hacia el barco.
La primogénita estaba allí arriba junto a sus hermanas, observándolos. La niña inclinó la cabeza hacia ella y Livia aprovecho para levantar una mano.
—¡Me hiciste caso! —exclamó la mediana, mientras Aelia la imitaba agitando las dos a modo de saludo—. ¡Le pediste que se casara contigo!
Neria volvió a mirar a Servio.
—¿Qué te dijeron esas locas?
Él respiró profundamente.
—Que quererte a ti no significa dejar de querer a Lucinda.
Él se detuvo, observándola, y algo empezó a apretarle la garganta.
—Porque les habías enseñado que podían querer a su madre, recordarla, pensar en ella, y a la vez quererte a ti. Y han descubierto que una cosa no borraba la otra.
Neria bajó los ojos, mirándose las manos. Le sudaban y se las acariciaba inquieta. Nerviosa.
—Y me pregunté por qué para mí tenía que ser distinto —continuó Servio, dando otro paso—.
Pero no había respuesta. Solo miedo a darte el hueco que me pedías y destruir la familia que había construido con Lucinda y después terror de que, al no poder darte la posición que te merecías, también te perdería a ti.
Neria sintió que los ojos empezaban a arderle.
—Servio…
—Déjame terminar.
Ella cerró la boca, mirándolo profundamente, y el volvió a hablar.
—Te quiero. Te lo dije una vez y te lo repito ahora. Y lamento haber tardado tanto en aceptar todo lo que eso significaba. Lamento haber pensado que era solo deseo y, sobre todo, haber creído que podía tenerte cerca sin darte el lugar que merecías.
—Yo también te quiero —masculló Neria, sonriendo, mientras una lagrima se le escapaba—. Mucho.
Servio se acercó un poco más, limpiándole la lagrima con una caricia de su dedo, antes de que le alcanzara la comisura.
—No quiero que vivas en casa de Porcio. No quiero vivir contando las horas hasta que me cruce por casualidad contigo. No quiero que vengas solo algunas tardes a ver a las niñas. No quiero enterarme por otra persona de dónde vives o con quién estás. Quiero que vuelvas a casa.
Neria abrió ligeramente los labios.
Casa.
Aquella palabra dolió.
—Pero es tu casa, Servio —corrigió ella—. Ya lo sabes.
Servio negó.
—Será nuestra, si todavía la quieres.
Neria lo miró unos segundos de más, antes de volver a hablar, intentando procesar lo que quería decirle, sin hacerse ilusiones. Pero no funciono, un aleteo se desató en su estómago.
—No quiero que digas algo así y luego sientas que te hice traicionar a Lucinda.
Servio no apartó los ojos.
—Lucinda fue mi esposa. La quise y probablemente siempre la querré. Pero imagino que igual que tú a Tulio. Y al igual que yo no quiero que lo olvides para estar conmigo, sé que tú no me pedirás nada que me haga traicionar su memoria.
Neria ya no sabía qué decir. Solo quería besarlo y acariciarlo. Rendirse.
El hispano se pasó una mano por el cabello.
—No tienes por qué responder ahora. Ni tomar una decisión —declaró el hispano pasándose una mano por el cabello—. Pero quiero que sepas que no te abandonaremos. Hablé con Porcio sobre que barco tomarías y nos vamos contigo a Roma.
Ella frunció el ceño, parpadeando, antes de volver lentamente la cabeza hacia el matrimonio.
Tanto Porcio, como Calpurnia sonrieron.
—¿Vosotros lo sabíais?
—¿Lo dudabas? —replicó Calpurnia, sonriendo hasta con los ojos—. Yo lo sé todo.
—Pero… ¿Desde cuándo?
—Estas dos casamenteras lo planearon todo el día antes de la visita de las niñas —contestó Porcio.
—¡Porcio! Hoy duermes en la calle. Que lo sepas —replicó Calpurnia.
—¿Por qué? Si es verdad.
Neria miró a Edine y esta ni siquiera intentó aparentar inocencia.
—¿Tú también?
—Por supuesto. Fue mi idea.
Calpurnia asintió.
—Ha sido agotador. Menos mal que las niñas nos ayudaron.
Neria abrió la boca, pero una voz desde el barco la interrumpió.
—¡Lo siento, papá! —gritó Livia desde la cubierta—. Tenía que mentirte sobre la marcha de Neria o no habrías hecho nada.
Gaia puso los ojos en blanco.
—Principalmente fue idea de esta loca, yo solo… no la delaté.
—¡Oye! —protestó Aelia—. ¿Por qué nadie me contó nada a mí?
Garrapata le dio un lametón a la pequeña y Neria se llevó una mano al rostro, intentando no reírse de toda aquella situación.
—Por todos los dioses —masculló, girándose hacia Servio, que la miraba sonriente—. Entonces, ¿habéis comprado pasajes para ir a Roma?
—Cuatro —admitió Servio, antes de echarse a reír.
Escuchar su risa la desarmó.
—¿Ibas a venir a Roma por mí?
Servio asintió.
—Si es donde tú quieres estar, nosotros también.
Neria soltó una risa tan grande, que hizo que le doliera la cara.
—¿Y qué pensabas hacer allí, si se puede saber?
—No lo medité mucho. Tampoco tuve demasiado tiempo, pero pensaba empezar encontrándote y luego dedicar cada segundo, minuto y hora de mi día a que me perdonaras.
Aquello terminó de romper la última resistencia.
—Gran planificación, dómine —logró articular, mientras Servio se acercó otro paso más.
Ya prácticamente no quedaba distancia entre ellos.
—Neria —la llamó y la sonrisa se congeló en su rostro—. No voy a ofrecerte otro contrato. Ni voy a pedirte que seas la cuidadora de mis hijas, ni… algo peor.
—Me alegra saberlo —logró pronunciar, con el corazón golpeándole tan fuerte que estaba convencida de que todos podían escucharlo.
Servio tomó su mano.
—Quiero que seas mi esposa. Y si no quieres hacerlo ahora, esperaré. Porque estoy seguro de desear una vida contigo —y apretándole suavemente los dedos, añadió—. Si es que todavía tú también quieres.
Neria lo miró.
Apenas unos días antes había pensado que jamás volvería a verlo. Y ahora estaba allí. Frente a ella. Escogiéndola. Y no porque estuviera embarazada, sus hijas necesitaran una cuidadora o porque la casa funcionara mejor con ella. Estaba eligiéndola a ella, sólo a ella.
El corazón de Neria se desbocó, la boca se le seco, las piernas le temblaban y apenas podía sostenerse en pie. Por unos instantes, que se le antojaron siglos, Neria guardo silencio hasta que consiguió decir lo que deseaba.
—Por supuesto que la quiero —dijo soltando una risa rota.
—Me alegro —confesó Servio, sonriendo—. Porque estaba intentando no parecer desesperado y asustarte.
Ella soltó otra carcajada y Servio rio de nuevo, pero esta vez levantó una mano hasta su rostro. Y Neria apoyó la mejilla contra ella.
—Entonces… —murmuró él—. ¿me harás el honor de casarte conmigo, Neria Atilio?
Neria dejó pasar unos segundos solo para hacerlo sufrir, lo justo para ver su rostro palidecer un poco.
—Claro que sí.
Él soltó el aire y justo cuando Servio comenzó a inclinarse hacia ella, Neria apoyó una mano contra su pecho.
—Espera.
El hombre se detuvo.
—¿Qué? —preguntó el hombre, deteniéndose.
Neria miró hacia Edine. Después hacia Calpurnia y Porcio. Y por último hacia las niñas. Incluso muchos hispanos curiosos se habían parado a contemplar la conversación. Y todos tenían unas expresiones demasiado satisfechas.
Neria volvió a concentrarse en Servio.
—Hay algo que deberías saber.
—¿Qué pasa ahora? —replicó Servio frunciendo el ceño.
—No me iba.
Silencio.
—¿Cómo?
—Había decidido quedarme justo cuando has aparecido.
Servio parpadeó.
—¿Aquí?
—En Carthago Nova , sí —confesó Neria, señalando vagamente a su alrededor—. Iba a buscar un lugar donde dar clases y hacer mi vida aquí.
Servio se quedó mirándola.
—¿Entonces he comprado cuatro pasajes para nada?
—Eso te pasa por no preguntarme antes.
—Tranquila. He aprendido la lección. A partir de este momento voy a pasar el resto de mi vida preguntándote.
—Me parece una gran idea.
Y esta vez Servio la besó sin que nada los detuviera.
Sin esconderse.
Sin una puerta cerrada.
Sin miedo a que alguien los encontrara.
Neria rodeó su cuello con los brazos y respondió mientras escuchaba a las niñas gritar desde el barco, a Edine celebrar algo incomprensible, a Porcio y Calpurnia reír.
Servio se separó apenas lo suficiente para apoyar la frente contra la suya.
—¿Nos vamos a casa?
Neria cerró los ojos.
Esta vez aquella palabra no dolió.
—Sí. Volvamos a casa.