62
El puerto estaba abarrotado.
Descendió del carro tras Calpurnia y, nada más hacerlo, tuvo que apartarse inmediatamente para dejar pasar a dos hombres cargados con un ánfora enorme.
Había carros por todas partes. Marineros descargando mercancías. Viajeros despidiéndose. Esclavos cargando equipajes y comerciantes gritando instrucciones que nadie parecía escuchar. Y frente a ellos, las embarcaciones se balanceaban suavemente contra los amarres.
Edine bajó detrás.
—Por todos los dioses —murmuró, mirando alrededor—. Pensé que nunca llegaríamos.
Garrapata permaneció sentado en el interior del carro y Neria le hizo una seña para que bajara.
El perro no obedeció y ella, agarrando la correa del animal, tiró suavemente de él.
Nada.
Ese animal permaneció sentado en el interior, con las patas delanteras firmemente clavadas contra el suelo y la mirada puesta en ella.
—Vamos —ordenó, tirando de nuevo de la correa, pero el resultado fue el mismo—. Venga, no me hagas esto ahora.
No quería retrasarlo más.
Ya había pasado toda la mañana haciéndolo ella misma.
Primero había tardado demasiado en vestirse.
Después había comprobado tres veces que no dejaba nada en la habitación.
Había bajado a desayunar cuando Edine ya había terminado y, cuando Porcio ordenó cargar el equipaje, había descubierto de pronto que necesitaba revisar otra vez sus cosas.
E incluso, en un último arrebato, antes de subir al carro, había decidido llevarse al perro a Roma.
—¿Qué se siente? Creo que ahora es él quien no quiere irse —comentó Edine a su espalda.
—Yo no he hecho eso —masculló haciendo otro esfuerzo inútil.
Edine sonrió, ayudando al esclavo a descargar sus bolsas. Y escuchó a unos metros la voz de Calpurnia apremiándolas.
Neria soltó aire y Garrapata hizo un pequeño quejido.
—Última oportunidad, chantajista —declaró, tirando suavemente de la correa y esta vez Garrapata avanzó.
—Fíjate, sois igualitos —masculló Edine.
Despedirse de los Catón no había dolido de la misma manera que hacerlo de los Senea, pero aquello no estaba siendo fácil para ella.
No había parado de pensar en su regreso a Roma durante aquellos días y, cuanto más lo hacía, más ideas para justificar quedarse en Hispania se le ocurrían, pero era consciente que todo eran excusas para verlo a él.
—¿Lleváis todo? —preguntó Calpurnia, interrumpiendo sus pensamientos.
—Sí
—¿Seguro? —insistió su amiga—. ¿Dinero, equipaje, comida…?
—Sí, mama, tranquila —se burló Edine, sonriendo—. Vamos a subir a un barco, no a atravesar toda Germania a pie.
Calpurnia también sonrió y las abrazó. Primero a la curandera y luego a ella. Y Neria tardó apenas un instante en rodearla con los brazos.
—Os voy a echar de menos —susurró la romana, un segundo antes de soltarla.
—Puedes venirte con nosotras —le propuso Edine, comenzando a colocarse la primera bolsa de viaje.
—¿Y abandonar a Porcio solo con los niños? —replicó la patricia, negando con la cabeza—. Se lo comerían vivo. Pero recordar que mi casa siempre estará abierta para vosotras.
—Lo sabemos, Nia —logró decir Neria, con todo su cuerpo hirviendo ante la despedida.
No quiero hacerlo.
Calpurnia se apartó para mirarla.
—Pues… no tengo nada más que deciros.
—Eso sí que no me lo creo.
—Yo tampoco —reconoció la curandera, mientras seguía bajando las pertenencias de las dos y Neria la imitó.
—¿Aún seguís aquí? —preguntó Porcio apareciendo por detrás de ellas—. Al final vais a perder el barco.
—Porcio —avisó Calpurnia, levantando una ceja.
El hombre dio una palmada al lateral del carro y le pareció que le ordenaba al conductor que se preparase.
—Lo sé —replicó el grandullón, dándole un beso enorme a su esposa a modo de disculpa—. Que me calle.
Calpurnia sonrió como toda respuesta y una pequeña chispa de envidia vibró en el interior de Neria. Ella había tenido algo así y lo había abandonado.
—No nos apretes mucho Porcio, que aún te dejamos al perro aquí —replico Edine, llamando la atención de Neria, mientras acababa de coger el baúl.
—Entonces, ¿qué seguimos haciendo aquí, querida? Vámonos antes de que se arrepientan.
Edine soltó una carcajada y Calpurnia le dio un golpe a su marido en el brazo.
Neria intentó reír también, pero de su garganta salió algo mucho más parecido a un quejido.
Porcio rodeó inmediatamente a su esposa por los hombros y ella se dejó atraer contra su costado, todavía sonriendo.
—Vamos —dijo Edine, acomodándose la bolsa—. Antes de que estos dos empiecen otra vez.
Neria asintió y no se despidió de nuevo. Ya lo había hecho en la casa y no estaba segura de poder soportar otro abrazo sin echarse atrás.
Agarró la correa y Garrapata comenzó a caminar delante de ella. Neria lo siguió y Edine avanzó unos pasos por detrás, cargando con el resto de sus pertenencias.
El barco estaba allí. Ante ella. A apenas a unos metros. Solo tenía que caminar hasta la pasarela, subir y esperar.
Eso era todo.
Neria dio otro paso y después otro.
Escuchaba el bullicio del puerto a su alrededor. Los gritos de los marineros. El golpe de la madera contra los amarres. El chirrido de las ruedas de los carros sobre el suelo y las voces de Calpurnia y Porcio cada vez un poco más lejos, ya inentendibles para ella.
Y ahora fue Garrapata quien tiró de la correa, para que Neria avanzara.
No quiero hacerlo.
Apretó los dedos alrededor de la cuerda y continuó. Roma. Su casa. Sus calles. Edine. Todo aquello que la había llevado hasta allí.
Dio otro paso y se detuvo. Garrapata continuó hasta que la correa se tensó y volvió la cabeza.
—No puedo.
—¿Qué? —dijo Edine, casi chocando contra ella y frenó.
Neria tragó saliva.
—No puedo hacerlo.
A su espalda escuchó a Porcio soltar el aire.
—Allá vamos de nuevo. Como sigamos así, al final va a perder el barco, ya verás.
—Porcio —lo reprendió Calpurnia y, por el sonido que siguió, Neria imaginó que acababa de golpearlo otra vez.
Se giró hacia ellos, mirando a Edine.
Su amiga permanecía frente a ella, cargada con la mayoría de los enseres de ambas y con una expresión de sorpresa, más tranquila de lo que había esperado.
—Lo siento —dijo Neria, pero su amiga no respondió—. De verdad que lo siento muchísimo, pero no puedo ir contigo.
Decirlo en voz alta consiguió que pudiera respirar de nuevo.
—¿No puedes o no quieres? —preguntó Edine ladeando ligeramente la cabeza y la comisura de sus labios se levantó.
—No quiero —repitió y Edine permaneció callada—. Llevo días intentando convencerme de que es lo que debo hacer, pero… —negó con la cabeza—. Siento que, a mí, ya no se me ha perdido nada en Roma.
A Neria se le escurrió la correa de las manos, pero Garrapata, para su sorpresa, ni siquiera intentó alejarse y se sentó junto a sus piernas.
—Estaré yo —replicó Edine.
—Ya lo sé.
—Era por asegurarme.
Neria soltó una pequeña risa y los ojos comenzaron a escocerle.
—Te voy a echar muchísimo de menos.
—Que mínimo.
—Pero espero que vengas a verme con Calpurnia, cuando vengan.
—Por supuesto que lo haré. No te vas a librar tan fácilmente de mí. Y tú espero que hagas lo mismo.
—Por supuesto —prometió y, entonces, respiró hondo.
Aquello terminó de romper algo o quizá de colocarlo en su sitio.
Miró alrededor. El puerto. Las montañas a lo lejos. El cielo despejado sobre Carthago Nova . El mar que durante las últimas semanas había terminado viendo cada mañana.
Porcio y Calpurnia se acercaron hasta donde ellas estaban.
—¿Va todo bien? —preguntó la patricia, al llegar hasta ellas.
—Si —les informó Edine, arqueando una ceja y por un momento, los tres se miraron—. Simplemente, se queda.
—Te voy a extrañar mucho Edine y no sé qué voy a hacer todavía —reconoció—. Pero, como dijisteis, tengo dinero y sé enseñar. He pensado que podría buscar alguna propuesta de trabajo en la ciudad o incluso dar clases por mi cuenta.
La idea llevaba días apareciendo en su cabeza y ella llevaba exactamente el mismo tiempo apartándola. Pero ahora que había empezado a hablar ya no pudo detenerse.
—Podría alquilar una casa pequeña. No necesito gran cosa. Una habitación suficientemente grande, unas mesas, tablillas… Podría empezar con unos pocos niños y ver si funciona —confesó, girando la cabeza hacia Porcio. El hombre había vuelto a colocar el brazo alrededor de Calpurnia—. ¿Me ayudarías?
Porcio parpadeó.
—¿A qué?
—A encontrar un lugar. Una casa pequeña o un local que pueda alquilar para dar clases.
El hispano la observó unos segundos y después miró a su esposa.
—Así podría seguir dándole clases a las niñas de Servio y a cualquier otro niño, sin el problema de tener que quedarme en sus casas —añadió, cuando el hispano tardó en contestar.
Calpurnia miraba de uno a otro, con los ojos tan brillantes, que parecía estar haciendo un esfuerzo sobrehumano por mantener la boca cerrada.
—Claro que sí —respondió Porcio finalmente—. Si eso es lo que quieres, encontraremos la forma.
—Es lo que quiero —declaró, sonriendo al fin.
—Bien.
—Neria —intervino Calpurnia.
—¿Qué?
—Déjalo respirar. Hace treinta segundos pensaba que te marchabas a Roma. Además, tu persona soy yo.
Porcio dejó escapar una risa fuerte y grande, antes de hablar.
—Tan certera como siempre, mi querida Nia.
Neria soltó una risa.
—Quiero dar clase —continuó, ahora más para sí misma que para ellos—. Podría enseñar a niños y niñas. Y así…
Se detuvo.
Edine arqueó una ceja, mirando al matrimonio.
—¿Así?
Y allí estaba la otra parte. La que llevaba días negándose incluso a formular.
Neria bajó los ojos hacia Garrapata.
—Así podría seguir viéndolas, tanto a las niñas como a Servio. Ir a la playa. Hablar. Desayunar juntos algún día. No tiene por qué desaparecer todo solo porque ya no… viva en su casa.
—Por supuesto que no —dijo Calpurnia y ella levantó lentamente la cabeza.
La romana ya no hacía ningún esfuerzo por esconder su alegría. Porcio miraba a su espalda, hacia el barco, y Edine sonreía también.
—¿Qué pasa?
—Nada —replicó la patricia, compartiendo una mirada con su amiga.
—Me miráis raro.
—¿Raro cómo si lleváramos esperando que dijeras esto desde que salimos de casa? —pronunció Edine, dejando el baúl en el suelo—. Quizás porque ya estaba bien que lo dijeras.
Neria frunció el ceño.
—¿Qué?
—Que ya estaba bien —repitió su amiga—. Por un momento he llegado a pensar que ibas a subirte a ese barco, atravesar medio imperio y plantarte otra vez en Roma con tal de no admitir la verdad.
Neria abrió la boca, pero no dijo nada. Miró a Calpurnia y la sonrisa de su amiga terminó de confirmárselo.
—Tenía que pensarlo bien —mascullo en voz baja.
—Claro.
La miró mal.
Su amiga sonrió todavía más.
—¿Entonces no estás enfadada?
—Muchísimo. Ahora tendré que encontrar a otra persona a la que molestar durante el viaje —afirmó Edine mirándola mal un instante antes de sonreírle y esta vez Neria soltó una risa de verdad.
Se llevó ambas manos al rostro durante unos segundos y después volvió a mirar a su amiga.
—¿Tú estás segura? —preguntó la curandera y su expresión se suavizó.
—Completamente.
—Pues entonces para mi ya esta —asintió Edine.
Entonces se giró hacia Calpurnia. Su amiga seguía observándola con aquella sonrisa.
—Bueno, siempre y cuando tu puedas acogerme unos días más en tu casa.
Calpurnia y Porcio se miraron, tardando unos segundos en contestar que la removieron por dentro.
¿Quizás se había sobrepasado con su hospitalidad?
—Creo que eso no va a ser posible —dijo finalmente Calpurnia.
—Pero…, ¿por qué?
—Porque antes de decidir si regresas o no a nuestra casa tienes que resolver otro problema —intervino Porcio, señalándole con la barbilla hacia algún punto situado detrás de ella.
—¿Qué? —preguntó Neria sin entender, antes de girarse para seguir el curso de su mirada.
—Que quizá deberías decírselo también a ellos antes de que se marchen.
Neria frunció el ceño.
¿A quiénes se refería?
Un ladrido de Garrapata hizo que diera un pequeño respingo.
El animal, que ahora estaba en pie, miraba hacia el barco con las orejas levantadas y, antes de que Neria pudiera agarrar de nuevo la correa, salió disparado.
—¡Garrapata! —gritó, mientras la cuerda se deslizaba por el suelo detrás de él—. ¡Garrapata, vuelve aquí!
Pero el perro no obedeció.
Neria avanzó un paso, siguiendo con la mirada su carrera hacia la pasarela.
—¡Garrapata! —exclamó alguien y reconoció inmediatamente aquella voz.
Se quedó inmóvil y lentamente, levantó la mirada, hacia el interior del barco.
Aelia estaba en la cubierta, inclinada peligrosamente sobre la borda mientras Livia intentaba apartarla tirándole de la túnica, y Gaia permanecía unos pasos detrás de ellas.
Neria dejó de respirar.
Garrapata llegó al pie de la pasarela y comenzó a ladrar como un loco a alguien y entonces apareció él.
Servio
El hispano descendía por la pasarela incluso más guapo que de costumbre, aunque tenía el rostro serio y cansado. Parecía no haber dormido tampoco.
Neria sintió que todo el ruido del puerto desaparecía, cuando vio como el hombre bajaba los últimos pasos con la mirada clavada en ella.
Detrás de ella, Edine dejó escapar un pequeño suspiro.
—Yo de ti dejaría que hablara, antes de contarle tus nuevos planes, pero tú haz lo que quieras —murmuró su amiga, apenas unos instantes antes de que llegara ante ella.
Servio se detuvo.
Y, sin más, su corazón se desbocó.