61
—¿Y Aelia? —preguntó, en cuanto atravesaron la puerta de su despacho Livia y Gaia, dejando la tablilla.
—Con Irene —respondió Livia entrando primero—. La está bañando, así que no sabe que estamos aquí.
Servio asintió, mientras Gaia entraba detrás y cerraba la puerta.
Aunque ya no le importaba, lo agradeció. Llevaba toda la tarde esperando que regresaran y, desde que había escuchado el carro detenerse frente a la villa, apenas había conseguido permanecer sentado.
—¿Y? —preguntó irguiéndose—. ¿Os habéis enterado de algo?
—Se van.
—¿Se marcha?
—Si —respondió rápida la mediana cruzando los brazos—. Vuelve a Roma con Edine.
Algo se le hundió en el estómago. Sabía que podía ocurrir. Llevaba repitiéndoselo desde aquella mañana. Preparándose, pero, aun así, que se lo confirmaran fue un golpe.
—¿Te lo ha dicho ella?
Livia vaciló apenas un instante, parpadeando.
—Sí.
Servio dudó y miró a Gaia.
—¿Es cierto lo que dice tu hermana?
Su hija mayor estaba de pie junto a la puerta, avanzó, sosteniéndole la mirada antes de contestar.
—Por lo que me dijo Rufus, el barco sale pasado mañana.
—¿Pasado mañana? —repitió Servio, levantándose.
—Al amanecer si no recuerda mal.
—¿Pero qué barco? ¿Cuándo exactamente?… —habló el hispano, pasándose la mano por la nuca y con el cerebro yéndole a mil por hora.
—Uno que va a Roma —añadió Livia, encogiéndose de hombros—. También viaja con ellas Séptimo Augusto con su familia.
—¿Séptimo? —preguntó frunciendo el ceño.
—Si. Por lo visto han hablado de que Neria podría ocuparse de Lotira mientras estén en Roma.
El silencio cayó en el despacho y Servio recordó inmediatamente las palabras que le había dicho Porcio.
—¿Y Neria ha aceptado?
—No lo sé.
—¿Tú también has oído eso? —insistió volviendo a mirar a Gaia.
—No —respondió la primogénita, tras unos segundos—. Yo estaba intentando encontrar su habitación cuando eso sucedió.
—¿Y?
—No lo conseguí. Solo pude entrar a la de Edine. Y parecía estar a mitad de prepararse para su marcha.
—Eso no demuestra que Neria vaya con ella.
—Padre —intervino Livia, tras poner los ojos en blanco—. ¿Qué más necesitas?
Aquella frase volvió a golpearlo y Servio apretó la mandíbula.
—¿Ha dicho algo de volver aquí?
—No —confirmó Gaia mientras Livia negaba con la cabeza.
—¿De quedarse con los Catón? o ¿de…? —se detuvo.
¿Qué demonios esperaba saber? ¿Si había preguntado por él? Pero, aunque no termino la pregunta, Gaia pareció comprenderlo.
—No ha dicho nada importante más, papá.
—Podéis iros —concluyó Servio, respirando hondo.
—¿Y ya? —soltó la mediana, sin moverse, mirando de uno a otro—. ¿No vas a ir por ella?
—Livia. Suficiente. Te lo agradezco, pero esto será todo de momento.
Su hija dudó, pero no necesitó que se lo repitiera. Con el ceño fruncido, se giró hacia la puerta.
—¿Vienes? —preguntó la mediana al notar que Gaia no la siguió.
—Ahora. Quiero hablar una cosa a solas con padre.
La mediana miró a su hermana y después a su padre de nuevo.
—Como quieras —dijo finalmente, antes de salir y cerrar la puerta.
—Padre.
Gaia se detuvo, permaneciendo de pie frente a la mesa.
—¿Qué ocurre?
—Tengo que contarte una cosa —pronunció la niña, bajando la mirada hacia sus manos—. Os escuché.
—¿El qué? —articulo Servio inmóvil.
—A Neria y a ti discutir —confesó Gaia levantando los ojos y mirándolo—. El otro día. En el cuarto de los trastos. Antes de que se fuera.
—Gaia… —masculló Servio, cerrando los ojos un momento.
—No quería hacerlo.
—No deberías haberlo hecho.
—Ya lo sé —admitió su hija apretando los labios—. Sucedió por casualidad.
—¿Cuánto escuchaste? —preguntó, pasándose una mano por el rostro.
—No todo. Solo lo suficiente.
Aquello no lo tranquilizó.
—¿Qué significa lo suficiente?
Gaia dudó.
—Que ella te pidió que os casarais. Y que tú le dijiste que la querías, pero está claro que contestaste que no.
—Gaia…
—No se lo he contado a Livia ni a Aelia. Ellas no saben nada.
—¿Entonces? —preguntó sorprendido—. ¿Por qué me lo cuentas?
—Porque no lo entiendo.
Servio frunció el ceño y la niña se acercó un poco más.
—Neria quería quedarse y tú querías que se quedara. Entonces no entiendo por qué acabó marchándose —expuso Gaia, soltando una pequeña exhalación por la nariz.
—Las cosas no son tan sencillas.
—Eso dices siempre, pero yo creo que hay algo más.
Servio casi sonrió. Esa niña era demasiado lista para su bien.
—Le he ofrecido todo lo que tenía.
—Eso no es cierto —replicó Gaia, entrecerrando los ojos—. Ella te pidió solo una cosa y no se la negaste.
—Porque no podía darle precisamente eso que pedía.
—¿Por qué?
Servio apartó los ojos y, por unos segundos dudo si responder.
—Por respeto a tu madre.
—Eso no tiene sentido.
—Eso es porque aún no tienes edad suficiente para entenderlo.
—No me vale. Explícamelo —ordenó Gaia seria.
Servio guardo silencio unos minutos, mientras buscaba las palabras adecuadas para explicar a su hija mayor cuanto había significado su madre para él…
el amor, la tranquilidad, el sosiego, el orden, la pasión…
. Que desde que Lucinda murió la vida de Servio se había venido abajo.
Solo sobrevivía. Hasta que Neria apareció.
—La quise muchísimo, Gaia. Más que a nada en el mundo —dijo finalmente—. Y casarme otra vez, hace que sienta que estoy diciendo que su lugar puede ocuparlo cualquiera, que estoy intentando sustituirla, cambiarla por otra. Como quien cambia una túnica vieja por otra nueva.
—Pero Neria no quiere ocupar el lugar de mamá. Neria es Neria y mamá es mamá.
Servio guardó silencio y, de pronto, algo en la expresión de su hija cambió. Culpabilidad.
—¿Crees que mamá se enfadaría si supiera que queremos a Neria?
—No —respondió deprisa—. La conocía muy bien y estaría encantada de que hayáis encontrado a alguien que os quiere, os cuida, os haga reír y os entiende tan bien como lo haría ella.
—Entonces no lo comprendo —replicó Gaia—. No está bien que tú la quieras, pero sí que lo hagamos nosotras.
Servio abrió la boca, pero no encontró una respuesta a la altura.
—Yo también quiero a Neria —admitió Gaia, bajando la mirada.
—Lo sé.
—Y al principio me sentía mal por ello, porque era como si estuviera sustituyendo a mama —confesó la niña, pareciendo más pequeña de lo habitual—. Pero luego descubrí que podía hablar con Neria de ella y de alguna manera tenerlas a las dos conmigo, y se me pasó. Quizás deberías probar a hacer eso.
Servio sintió que algo empezaba a apretarle el pecho.
—Porque me gusta cuando estamos con ella, con ella vuelves a verte contento otra vez —continuó Gaia, deteniéndose a tragar saliva—. Y creo que Livia, Aelia y tú os vais a morir de la pena si no regresa.
Servio no se movió, sintiendo un nuevo golpe detrás del esternón.
—Y si lo que te preocupa es saber si quisiste a mama, porque ahora la quieras a ella, tranquilo. Yo también la conocí muy bien y sé que estaría muy contenta de que hayas encontrado a alguien que te haga reír como ella.
Servio dejó de respirar. Ahí estaba. La misma idea, que le había atormentado, pero ahora dicha por una niña.
—Estoy de acuerdo contigo.
—¿Si? —dijo Gaia sonriendo y las mejillas se le encendieron.
—Completamente —admitió Servio poniéndose en pie y acercándose a ella—. Querer a Neria no cambia nada de lo que sentías por tu madre.
Gaia lo observó.
—¿Aunque quisiera que viviera aquí?
—Aunque quisieras eso.
—¿Aunque algún día…? —Se detuvo, pero Servio comprendió igualmente.
—Aunque algún día ocupe un lugar diferente en nuestra familia. Tu madre seguiría siendo tu madre y nada cambiará eso.
—¿Y para ti? —preguntó la niña, inclinando ligeramente la cabeza.
Servio se quedó inmóvil.
Tomándose unos segundos para responder.
—Para mí también.
La niña sostuvo su mirada unos segundos y sonrió de nuevo.
—Entonces todavía puedes hacer algo —dijo Gaia dirigiéndose a la puerta, pero, antes de salir, volvió la cabeza, y añadió—. Aunque yo no esperaría mucho. El barco sale pasado mañana. Recuerda.
Pasado mañana.
Servio permaneció inmóvil. Hasta ese momento había contado las horas que faltaban para perderla, pero por primera vez pensó en ellas como las horas que todavía tenía para recuperarla.