El corazón de un hispano 60
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Todavía sonreía cuando atravesó el atrio, dirección al corredor de las habitaciones. Hacía mucho tiempo que no le dolían las mejillas de tanto reír.

La sorpresa de Edine había sido, sin duda, una de las mejores que nadie le había preparado jamás.

Apenas había terminado de desayunar cuando escuchó un escándalo procedente de la entrada y, al salir, Aelia se le había lanzado encima antes siquiera de que pudiera comprender qué ocurría.

Después apareció Livia y por último Gaia.

Y durante unas horas todo había vuelto a ser como antes.

Habían paseado por el puerto, comprado unos dulces que Aelia terminó repartiendo entre medio mundo, discutido por ver que le enseñaban de la ciudad y acabado en la playa porque Livia insistió en que no podían pasar una tarde juntas sin acercarse al mar.

Incluso Garrapata les había dado un respiro. Las había acompañado en silencio, como un guardián y hasta había jugado con ellas en la arena de la playa, dejando de comportarse por unas horas como si Neria tuviera que autorizarle hasta para respirar.

Gaia y Aelia habían estado como siempre.

La benjamina no la había soltado de la mano en todo el día y la primogénita se les había perdido en un par de ocasiones.

Ahora bien, Livia le había hecho mil preguntas.

Parecía que había estado reservando cualquier tema de conversación para comentarlo con ella.

En definitiva, había sido una tarde agradable y fácil. Demasiado. Por eso el momento de despedirse había sido más duro.

Edine, Calpurnia y los niños les habían dado un momento a solas. Y entonces las tres habían vuelto a abrazarla con aquella intensidad que seguía consiguiendo hacerle daño en algún lugar del pecho.

Sin embargo, debía admitir que ninguna le había pedido que regresara y tampoco habían llorado. Probablemente estaban empezando a aceptar que las cosas habían cambiado.

—¿Puedo? —preguntó deteniéndose frente a la habitación de Edine, tras golpear suavemente la puerta.

—Sí, pasa.

Entró y se detuvo.

Varias túnicas estaban dobladas sobre el lecho. Había pequeños frascos envueltos en tela, el mortero guardado dentro de una bolsa y dos cestas abiertas junto al arcón.

Neria frunció el ceño.

—¿Qué haces?

—Preparando mis cosas —contestó Edine, levantando la vista, como si fuera de lo más obvio.

Pero la verdad es que lo era. Apenas quedaban un par de días para que el próximo barco, dirección a Roma, partiese y Neria había estado evitando enfrentar aquella decisión.

—Ya lo veo —musitó, cerrando la puerta tras ella—. Venía a darte las gracias.

—¿Por qué?

—Por traerme a las niñas.

—No tienes que agradecérmelo —comentó Edine, sonriendo—. También ellas necesitaban verte y debo reconocer que me lo he pasado muy bien con ellas. Están locas, pero son encantadoras.

Neria se acercó hasta el lecho.

—Ha sido uno de los mejores días que recuerdo en mucho tiempo.

—Ya me he dado cuenta. Incluso Gaia se ha reído —dijo su amiga, cogiendo uno de los frascos y envolviéndolo—. Pensaba que el rostro de esa niña estaba esculpido en piedra.

—No siempre —admitió Neria—. ¿Por qué estás guardando esto ya?

—Porque me marcho. Te lo dije.

La sonrisa desapareció lentamente de su rostro.

—¿No podríamos esperar al siguiente barco, Edine? Este sale demasiado pronto.

—Podríamos —admitió Edine—. También podríamos esperar al siguiente del siguiente y terminar muriéndonos aquí de viejas. Pero yo prefiero volver antes.

Neria sonrió ligeramente, aunque el gesto le salió algo forzado.

—Además, Lugo está estable. Calpurnia sabe qué hacer si vuelve a empeorar y les he dejado instrucciones suficientes como para que Porcio y todos sus hijos puedan enfermar durante el próximo año sin necesitarme.

—Eso parece demasiado optimista incluso para ti.

—Verdad, pero fue lo que pactamos. Además, ya me han pagado.

Neria se mordió el labio. Sin saber que contestar.

—Que por cierto, me han dado muchísimo más de lo que acordamos —continuó Edine—. Según me ha dicho Calpurnia, es para que les de cierta prioridad, cuando regresen a Roma. Lo ha llamado un pago por adelantado. ¿Qué te parece?

—Pues que Calpurnia no da puntada sin hilo.

Edine levantó una ceja, dejando el frasco.

—¿Qué pasa ahora?

Neria bajo la mirada.

—Nada. Estoy contenta por ti.

—Pues que se note, chica —dijo la curandera, cerrando una de las bolsas—. Hoy al fin has quitado esa cara de querer asesinar a alguien y has vuelto a ser tú. Y eso también hay que celebrarlo.

Neria volvió a concentrarse en la tela.

—Echaba de menos a las niñas.

—Ya y también saber algo sobre cierto hispano estúpido.

—No.

—Claro, ¿por eso le has preguntado a Aelia por cómo estaba su padre? —preguntó Edine, lanzándole una mirada—. Os he oído.

Neria se quedó quieta y su amiga continuó.

—No hace falta que contestes. Solo digo que entiendo que te resulte difícil regresar. Tú, a diferencia de mí, has encontrado cosas aquí que no esperabas encontrar.

—Edine… —murmuró, casi para sí misma.

—Pero para mí es distinto, Neria. Cuanto más lo pienso y más días pasan sé que mi lugar está en Roma y he decidido que invertiré el dinero que los Catón me han dado para comprar la casa a Claudio.

Neria se quedó quieta.

—¿La de Roma?

—No. Claudio el panadero de los Catón. Pues claro que la de Roma —respondió Edine, irónica, consiguiendo que Neria entrecerrara los ojos y, haciendo un gesto alrededor, añadió—. ¿Qué otra casa conoces que tenga un dueño, rácano y maleducado, llamado Claudio?

Neria apretó la colcha de la cama.

—Pero eso también puedes hacerlo si esperamos unos días más hasta la próxima embarcación.

Tenemos cada una, una habitación igual de grande que aquella casa.

Calpurnia nos alimenta como si pretendiera cebarnos.

Sus hijos ya han decidido que viviremos aquí para siempre.

¿Por qué tanta prisa en regresar a Roma?

¿A aquella vida dónde no nos espera nadie?

Edine dejó de doblar una prenda.

—Porque soy idiota, supongo. Igual que tú —respondió su amiga, volviendo a doblar—.

Tú tienes aquí tres niñas, una casa frente al mar y un hispano enorme al que te mueres por estrangular y besar alternativamente.

Y yo tengo en Roma recuerdos, amigos, pacientes, y la absurda esperanza de que Tulio aparezca algún día llamando a la puerta de esa miserable casa. Cada una tiene sus problemas.

Neria suspiró. Las palabras de su amiga habían hecho que le quemaran los ojos.

—Yo voy a regresar, Neria —continuó Edine, mientras volvía a guardar cosas—. Necesito hacerlo.

Ella asintió. Lo comprendía. Tulio seguía allí para Edine de una manera que quizá nunca dejaría de estarlo.

—Tienes razón —admitió finalmente.

—Lo sé. Siempre la tengo.

Neria resopló, pero ambas sonrieron, mirandose durante unos minutos en silencio.

—Me preguntó por ti esta mañana —confesó Edine, observándola durante unos segundos.

—¿Servio?

Su amiga sonrió al verla incorporarse.

—Mira qué rápido has dejado de estar cansada

—¿Qué dijo?

—Nada importante. Sois igual de orgullosos. Así que, si tu opinión sigue siendo la misma, tienes un problema.

—Gracias —pronunció Neria, soltando el aire y dejándose caer hacia atrás sobre el lecho.

Garrapata, que se había quedado ante la puerta, levantó inmediatamente la cabeza.

—Ni se te ocurra subir —habló Edine y el perro volvió a tumbarse.

—Hoy…

—¿Qué ha pasado hoy? —preguntó Edine, girando la cabeza hacia ella, cuando se detuvo.

—Después de verlas —comenzó de nuevo Neria, incorporándose sobre sus codos—. Tengo menos claro lo de querer marcharme a Roma.

Edine no pareció especialmente sorprendida.

—Lo entiendo —admitió Edine, sin parecer especialmente sorprendida—. ¿Vas a volver entonces con él? ¿Aceptar lo que te propuso sobre ser la encargada de la casa?

Durante un instante, Neria recordó el pensamiento que había tenido aquella mañana al recibir a las niñas. Abandonar la villa, irse con ellas. Buscar a Servio y aceptar cualquier cosa que le ofreciera, simplemente para volver a estar con él. Con ellas. Con todos.

Simplemente volver a estar con ellos.

—No, tampoco puedo.

—Lo dicho —mascullo, Edine, continuando doblando, mientras negaba con la cabeza—. Dos malditos tercos orgullosos.

—Oye, que tú eres mi amiga. Tu trabajo es apoyarme a mi e insultarlo a él.

Edine levantó una ceja.

—Te equivocas. Mi trabajo como amiga es apoyarte cuando tienes razón e insultarte cuando no. Y ahora mismo estoy intentando decidir en cuál de las dos categorías estás. Así que ayúdame: ¿vienes conmigo o no?

Neria negó con la cabeza. Seguía sin saber qué hacer.

—Eres insoportable.

—Y tú llevas tres días dando vueltas alrededor de la misma respuesta como Garrapata antes de tumbarse, fingiendo que te da igual que te rechazase.

—Nunca he dicho que me diese igual.

—Perfecto. Avanzamos.

Neria volvió a sentarse.

—No sé qué quieres que diga.

—Nada especial —replicó Edine, sentándose a su lado y cogiéndole una mano—. Solo quiero saber qué piensas hacer porque yo voy a regresar a Roma.

—Pensaba que eso estaba decidido —dijo, sosteniéndole la mirada a su amiga.

—Yo también.

—Entonces, ¿por qué preguntas?

Edine se encogió de hombros.

—Porque ya no estoy tan segura.

Neria miró sus manos. Le sudaban. Las palabras de Edine habían caído entre ellas con un peso mucho mayor del que debería.

—No sé qué haría aquí. Sobre todo cuando Calpurnia se fuera. No tengo trabajo.

—Pero tienes dinero. Según me dijiste Servio te pagó bien. Tres veces más, ¿no?

—Cuatro, pero no durará eternamente. Y no sé quién va a alquilarle una casa a una extranjera viuda y sin oficio.

Ella soltó todo el aire que no sabía había retenido.

—No te equivoques, Neria. Quizás no lo sabes, pero tú te has ganado un nombre en esta ciudad al lograr corregir a esas niñas. Y ya te dijo Calpurnia que varios nobles hispanos le han preguntado a Porcio por tus servicios. Así que la pregunta aquí sería, ¿qué quieres tú?

—Simplemente sienten curiosidad porque no me conocen. Nada más.

—Puede que si o puede que no. En cualquier caso, eso no responde a mi pregunta, Neria. Te he preguntado qué quieres hacer.

Neria se levantó y caminó hasta la ventana. Desde allí veía parte del jardín. Garrapata la siguió, apoyando la cabeza contra su pierna.

Roma, había sido todo para ella. Lo había tenido todo. Su casa, a Tulio y a Edine. Después de la muerte de su esposo se había convertido simplemente en el lugar donde debía sobrevivir. Pero ahora ya ni sabía que era para ella.

Sin embargo, el único sitio en el que sabía con certeza que quería estar, tampoco podía volver.

—En Roma al menos te tendré a ti —dijo finalmente—. Así que me iré contigo.

Hubo un silencio y Neria esperó alguna reacción, pero Edine simplemente asintió.

—De acuerdo. Entonces ve preparando tus cosas antes de que mañana vuelvas a cambiar de opinión y tenga que meterte en el barco dentro de un saco.

—No te atreverías.

—Prueba.

—Buenas noches —dijo Neria caminando hacia la puerta, creyéndola.

—Buenas noches —se despidió Edine, volviendo a sus labores, mientras ella salía seguida de Garrapata.

Y, mientras caminaba hacia su habitación, se repitió que había tomado la mejor decisión. La más sensata. Y que ahora, al fin, debería haberse sentido aliviada de dejar todo eso atrás.

Pero no fue así.