59
Redujo el paso al cruzar frente a la puerta abierta y se fijó que el aula continuaba exactamente igual. Irene no había desmontado nada todavía y él tampoco había reunido el valor de pedírselo.
Así, pudo ver que las tablillas permanecían ordenadas sobre una de las mesas y los bancos seguían colocados donde Neria los había dejado.
Llevaban tres días sin clases. Y también tres días sin desayunos en las escaleras que miraban al mar.
Desde la primera mañana a la partida de Neria, Livia había tomado cada comida sola, Gaia había desaparecido convenientemente y había encontrado a Aelia comiendo en la cocina con Caius. Aquella mañana no estaba siendo mejor.
Servio había salido directamente hacia el puerto antes de que ninguna se levantara. Porque cuando no estaba en casa todo resultaba más sencillo. O al menos eso se repetía.
Se encerraba en su despacho hasta que tenía alguna excusa para marcharse. Revisaba cuentas que ya conocía, visitaba los establos más veces de las necesarias, aunque nunca con las niñas, y regresaba cuando ellas estaban a punto de acostarse.
Gaia apenas hablaba. Livia sí lo hacía, pero únicamente cuando no le quedaba más remedio y con una corrección tan exagerada que empezaba a sacarlo de quicio.
Y Aelia había dejado de preguntar por Neria, probablemente consciente del dolor que le generaba cuando lo hacía.
Eso quizás era lo peor. Después de la discusión en el despacho, todas parecían haber comprendido que pronunciar su nombre solo conseguía que terminara enfadado.
Servio cerró los ojos un instante y continuó caminando hasta su despacho. Apenas se había sentado cuando alguien llamó a la puerta.
—Adelante.
—Dómine —habló Irene desde el umbral—. Tiene una visita.
Servio levantó la cabeza.
—¿Neria? —preguntó sin pensar y, por un instante, el estúpido de su corazón pareció recuperar la vida.
Irene tardó apenas una fracción de segundo en responder.
—No, dómine. La sanadora. Edine.
—Por supuesto —masculló, bajando la mirada hacia las tablillas unos segundos antes de añadir—. Hazla pasar.
Unos minutos después, Edine apareció en la puerta con su inseparable macuto colgado del hombro.
—Dómine.
—Dómina Edine —dijo Servio poniéndose en pie, con una breve inclinación—. ¿Qué la trae por aquí?
Ella no habló y por un momento, temió que le hubiera pasado algo a Neria.
—¿Ha ocurrido algo con… los Catón? —preguntó finalmente, venciendo su buen juicio.
—Nada. Todo está bien.
—¿Entonces?
—Vengo a revisar a Aelia —declaró la mujer arqueando una ceja.
Servio se sintió inmediatamente idiota.
—Claro. Obviamente.
No sabía que Edine tenía que volver a comprobar la pierna de la pequeña.
Tras su última visita, Neria se había estado ocupando por entero de la recuperación de la niña y él había pensado que ya estaba completamente curada.
Solo entonces fue consciente de que no conocía los plazos de la recuperación o los controles que debían hacerle.
—Está bien. Corre, salta y ya no se queja —añadió, casi como si de una disculpa se tratara—. Pero Irene la llevará a verla. Imagino que estará con sus hermanas.
Edine asintió, girándose para marcharse.
—Perfecto —masculló la mujer, aunque antes de alcanzar la puerta, volvió la cabeza—. Por cierto, dómine, Neria todavía no ha visto a las niñas desde que se marchó y me preguntaba una cosa.
Servio levantó los ojos y la mano que sostenía el punzón le falló, dejándolo caer.
—Sí —logró articular, notando como se le cerraba la garganta—. Decidme.
—Pensaba llevármelas conmigo esta mañana y que pasaran así juntas la tarde en casa de los Catón.
Edine lo dijo con tanta naturalidad que durante unos segundos Servio no supo qué responder.
Había dado por hecho que las buscaría. Irene le había contado que les había prometido volver a verlas. Y pensó que iría allí, a visitarlas, y podría verla, pero por lo visto eso no iba a ser así.
—Si no tenéis inconveniente, dómine —añadió la curandera.
—¿A casa de los Catón? —repitió Servio, aclarándose la garganta.
—Sí.
No tenía ninguna razón para negarse. Ninguna justificación para hacer que ella volviera a aquella casa. Y, de hecho, sabía que las niñas necesitaban verla.
—Claro.
—Muchas gracias, señor —replicó Edine y comenzó de nuevo a moverse. —. Así podrán celebrar una despedida como mandan los dioses.
Servio levantó inmediatamente la mano, poniéndose en pie.
—¿Una qué?
Edine se detuvo de nuevo.
—Una despedida —repitió la joven, con calma y algo frío recorrió el pecho de Servio.
—Ya se despidieron.
—Me refería de Hispania, dómine.
Silencio.
Servio tardó varios segundos en conseguir preguntar.
—¿Cómo qué de Hispania?
—Sí —declaró Edine, mirándolo unos segundos en silencio y valiéndose a acomodar la bolsa sobre el hombro, antes de volver a hablar—. El barco de regreso a Roma partirá pronto y pensamos que estaría bien que las niñas pudieran pasar una tarde con Neria antes del viaje.
Servio respiró hondo. Apenas escuchó el final de la frase con el caos que aquellas palabras habían desatado en todo su cuerpo.
—Entonces… al final… ¿Neria regresa a Roma? —logró articular.
Edine lo observó. Y tras guardar silencio lo que a él se le antojó una eternidad, levantó el mentón.
—Perdonadme, dómine, pero solo he venido a revisar a vuestra hija. No a hablar de mi amiga y sus planes.
—Solo te he preguntado una cosa. No creo que sea tan difícil de contestar —dijo Servio, rodeando lentamente la mesa, mientras masticaba cada palabra—. ¿Neria se marcha a Roma?
Edine dejó escapar el aire despacio.
—Con todo el respeto, dómine, lo que mi amiga decida hacer o no, no me corresponde contároslo a mí.
—Solo te estoy preguntando si…
—Os he entendido, pero si queréis saber qué va a hacer Neria, tendréis que ir y preguntárselo vos mismo a ella. Además, ¿qué más os da a vos que vuelva o no a Roma? No requerís de sus servicios, ¿no? Por eso se fué una vez terminó su contrato.
Se va.
Aquello lo hizo callar y Edine sostuvo su mirada sin ningún gesto de disculpa.
—¿Puedo ver ahora a vuestra hija, señor? —añadió la curandera, haciendo que Servio apretara la mandíbula.
—Por supuesto.
—Gracias —lanzó la mujer, antes de salir.
Servio permaneció de pie, mirando la puerta cerrada.
Neria regresa a Roma.
Siempre había sabido que aquella posibilidad existía. Era de allí. Había llegado desde allí. Y siempre le dijo que Edine regresaría en cuanto pasara el plazo. Era lógico que quisiera acompañarla.
Pero durante los últimos días, por alguna razón absurda, había pensado en ella instalada en casa de los Catón, sin marcharse nunca de allí. No en casa, pero cerca.
Creyó que no se movería para que las niñas pudieran seguir viéndola y pensó que, llegado el momento podría encontrarla en alguna celebración, cruzarse con ella en el foro o en el mercado cuando paseara con Calpurnia e incluso que la vería cuando fuera a solventar sus negocios en el puerto.
Lo suficientemente cerca como para seguir sabiendo que estaba allí.
Sin embargo, Roma era otra cosa.
Servio se pasó una mano por la nuca.
« Si queréis saber qué va a hacer Neria, tendréis que ir y preguntárselo vos mismo a ella .»
Edine tenía razón, pero no podía hacerlo. No podía verla directamente. No confiaba en sí mismo de hacerlo.
Intentó regresar a las cuentas, meter la cabeza entre los papiros y las tablillas, pero no consiguió leer ni una sola cosa y, entonces se le ocurrió una idea.
Salió del despacho y encontró a las niñas en el atrio.
Edine estaba agachada frente a Aelia, palpándole con cuidado la pierna mientras la pequeña protestaba porque aquello le hacía cosquillas, Livia estaba sentada sobre el borde de un banco mirando el estanque central y Gaia leía.
Servio se detuvo a pocos pasos, sigiloso, y llamó la atención de las dos mayores para que se acercaran.
Edine no pareció reparar en él y las niñas se acercaron.
—¿Todo bien, padre? —preguntó la mediana.
—Perfectamente —murmuró y Gaia levantó lentamente los ojos del rollo estudiando el gesto de su padre—. Hoy iréis a casa de los Catón.
Livia asintió inmediatamente y una sonrisa apareció en su rostro.
—A ver a Neria —afirmó la niña lanzando una mirada a la curandera—. Edine nos lo ha dicho. Estamos esperando a que termine, para subirnos al carro con ella.
Servio permaneció allí, meditando si era correcto lo que iba a hacer. Lo que iba a pedirles a las niñas.
—Al parecer, Edine regresa a Roma… —se detuvo.
Podía marcharse. Debería hacerlo. Dejarlo estar, pero no lo hizo. Y hablando en el tono más bajo que pudo, continuó.
—¿Podríais, de manera discreta, enteraros de si Neria la acompañará y decírmelo a vuestro regreso?
Esta vez Gaia abrió los ojos de par en par y Livia lo miró durante un rato con la boca abierta, como si luchara por descubrir si lo que le había preguntado era cierto.
—Por supuesto, padre —afirmó la niña con una enorme sonrisa, girando la cabeza hacia Gaia—. Te contaré todo lo que descubramos de ella. Tranquilo.
Servio las miró un instante.
—Pero recordad —pidió Servio, asegurándose de que Edine siguiera sin escucharlos—. Sed cautas.
—Por supuesto —repitió Livia.
Servio las miro por un instante más antes de regresar al despacho.
No había alcanzado todavía la esquina del corredor cuando Livia ya se había dirigido a donde estaba la benjamina, con Gaia siguiéndole los pasos.