58
—No —gruño sin abrir los ojos cuando notó que Garrapata le empujaba la mano con el hocico, como había hecho desde la primera mañana que despertó allí
El perro insistió. Esta vez apoyó el enorme morro contra su mejilla y soltó una especie de quejido lastimero que consiguió que Neria apartara la manta de golpe.
—Por todos los dioses, eres insoportable —se quejó y, cuando el sabueso movió el rabo, añadió—. ¿No podías haber ido a molestar a otro?
Hacía tres días que había llegado a casa de los Catón y, por alguna razón que nadie parecía capaz de explicar, el animal había decidido que ella era su nueva responsabilidad.
Según le habían dicho sus amigas, había estado igual con Edine durante las últimas semanas, y ahora que Neria había llegado, parecía haberse vuelto su nueva obsesión.
No se levantaba si ella no lo hacía. No bajaba al jardín si Neria no iba.
Había ignorado a los hijos de Calpurnia, por más juego que estos le habían ofrecido hasta que Neria no le había hecho un gesto.
Momento en el que había salido corriendo detrás de ellos como si llevara horas esperando permiso.
Y, por supuesto, se colaba a su antojo en su habitación.
A Edine le hacía mucha gracia, Calpurnia aseguraba que aquello era casualidad por ser la novedad y Porcio seguía negando, entre risas, que el perro les perteneciera. Pero Neria tenía bastante claro que todos ellos habían aprovechado esa oportunidad para endosarle a aquella bestia.
—Vamos, sin vergüenza —dijo, tras acabar de atarse las sandalias y abrir la puerta.
Garrapata salió primero y ella avanzó tras él hacia el patio.
La villa todavía estaba despertando, pero algunos esclavos atravesaban ya los corredores de la casa con bandejas y desde las cocinas llegaban los primeros ruidos del desayuno.
Edine debería estar revisando a Lugo, como todas las mañanas, o preparada para ser la primera en desayunar porque, cuando pasó por su dormitorio, solo estaban las esclavas aseándolo.
Salieron al patio ajardinado, miró al cielo y supo que era aproximadamente la misma hora a la que desayunaban ellas. Aelia ya estaría despierta, ocupándose de que Livia no se retrasara mucho más y así pudiera robar algo de comida de la bandeja de Gaia y no de la suya.
Neria detuvo su paseo y Garrapata hizo lo mismo, lanzándole un vistazo.
—No pasa nada —masculló, dirigiéndose al perro, que ladeó la cabeza—. Venga, sigue, haz tus cosas de perro.
Garrapata no se movió, continuando observándola.
—Tienes que desfogarte y hacer tus necesidades. Vamos —insistió, torciendo el gesto—. No pienso acompañarte hasta un arbusto y no tengo la suficiente ropa para que vuelvas a orinarte en ella. Así que venga. Ve.
Eso debió parecerle suficiente al animal porque finalmente se alejó y Neria lo esperó apoyada contra una de las columnas, esperando que regresara.
Garrapata tardo apenas unos segundos en regresar y se frotó alegre contra sus piernas.
—Que rápido. Más relajado ahora, ¿verdad? —murmuró acariciándole distraídamente la cabeza—. Ojalá yo pudiera decir lo mismo.
Le hizo un leve gesto al animal con la cabeza para que la siguiera y se dirigió al triclinio.
Cuando entró en la habitación, la familia ya estaba desayunando al completo, pero no había ni rastro de Edine.
Cornelia se reía, desde su asiento, de las payasadas que Lugo le hacía, mientras que Tito huía, riendo con un trozo de comida en la mano, de Rufus y Agron.
En el extremo más alejado de la entrada estaba Calpurnia dando instrucciones a Sura sin dejar de comer y en el asiento más cercano a la entrada estaba Porcio.
—Buenos días, Neria —la saludó el patricio sonriendo, siendo el primero en percatarse de su presencia.
—Buenas Neria —intervino Calpurnia, despidiendo a Sura con un leve gesto de mano—. Veo que cada vez ese animal y tú sois más amigos. Me alegro.
—No empieces —dijo, mientras tomaba asiento entre ambos—. A mí no me vais a endilgar al perro.
—¡Garrapata! —escuchó exclamar a los tres mayores, lanzándose sobre el animal, ofreciéndole toda la comida por la que hace unos segundos habían estado peleando.
El perro ni siquiera los miró, sentándose a sus pies, mientras una esclava dejaba pan, fruta y queso frente a ella.
—Pero si este animal es ya prácticamente de Edine y tuyo —afirmó Porcio, haciendo que Neria le lanzara una mirada asesina.
—¿Has dormido mejor? —intervino Calpurnia probablemente consciente de la discusión que se iba a volver a desatar.
—Perfectamente.
La romana la observó durante un segundo.
—A veces es complicado acostumbrarse a un lugar. Solo necesitas tiempo.
—Por supuesto —se limitó a decir, mientras cogía la jarra de agua que una esclava le había servido.
—Seguro que el plan que habéis preparado para esta tarde te anima.
Calpurnia le lanzó una mirada reprobatoria a su marido, que pareció de pronto concentrarse mucho en también beber de su copa y Neria abrió la boca para preguntar sobre qué plan hablaba, pero Cornelia soltó una carcajada, ella giró la cabeza inmediatamente, guardando silencio, y durante un instante absurdo esperó encontrar a Aelia, pero no lo hizo.
—¿Estás bien? —preguntó Calpurnia—. ¿Ocurre algo?
—Nada. Simplemente aún se me hace extraño… todo.
Porcio y su esposa intercambiaron una mirada.
—Se te pasará. Seguro que pronto estarás mejor.
Neria decidió no responder, limitándose a asentir. No creía que su amiga tuviera razón, pero no le apetecía decírselo.
Era ridículo. Tenía una cama estupenda. Una habitación para ella sola.
Más comida de la que podía terminar. Porcio la trataba como si llevara toda la vida entrando y saliendo de aquella casa, sus hijos eran terriblemente cariñosos y había perdido la cuenta de las veces que Calpurnia le había repetido que podía quedarse allí cuanto quisiera.
Además, estaba de nuevo con Edine y nadie esperaba nada de ella.
Nadie necesitaba que resolviera una discusión, curara una rodilla o convenciera a tres niñas para que se sentaran delante de una tablilla.
Debería estar descansando. En cambio, llevaba tres noches durmiendo mal y le resultaba inevitable encontrarse pensando en qué estarían haciendo en la villa de los Senea. No podía evitar echar de menos a esas tres niñas, ni extrañar al terco e idiota de su padre.
Edine ya le había propuesto invitar a las niñas, pero Neria se había negado.
No porque no quisiera verlas. Se moría por hacerlo.
No quería utilizarlas para seguir entrando en la vida de Servio, ni volver a despertar unas ilusiones que tendría que romper si finalmente regresaba a Roma.
Calpurnia decía que eran tonterías. Que debía vivir el momento, pero Neria no estaba tan segura.
De pronto, Lugo tosió a su lado, sacándola de sus pensamientos. Nada fuerte, pero si un par de golpes secos, que hicieron que el pequeño se pusiera morado y sus padres se inclinan hacia él.
—Tranquilo. Respira despacio —ordenó, apoyándole una mano sobre la espalda—. Como Edine te enseñó.
—Estoy bien —logró articular el niño, estoico, entre tos y tos, poniendo los ojos en blanco.
—Es exactamente igual que tú —murmuró Porcio mirando a Calpurnia.
—Eso lo decidirá, Edine. Tú solo respira —le insistió Neria, comprobando que la respiración del niño volvía poco a poco a la normalidad.
—No sé de qué hablas, si es igual de orgulloso que tu padre—replicó Calpurnia, regresando a su sitio, una vez comprobó que el pequeño estaba bien.
—Por cierto, ¿dónde está Edine? Tampoco la encontré en su cuarto.
Porcio compartió una nueva mirada con su esposa y se excusó.
—Bueno, señoras —pronunció el hispano, tragando un trozo de queso y haciendo un gesto a las nodrizas de su alrededor—. Esta es nuestra señal para dejar que estas mujeres desayunen tranquilas.
Se aproximó a su mujer, mientras las siervas se encargaban de recoger a Lugo y a Cornelia, y tras darle un beso a Calpurnia, se marcharon.
En cuestión de segundos, el triclinio se quedó en absoluto silencio, que solo rompía el ronquido de Garrapata, y su amiga pareció concentrarse en el racimo de uvas que acababa de coger.
—¿Y? —insistió—. ¿Dónde está?
—Yo que sé —habló, metiéndose una uva en la boca—. Revisó a Lugo esta mañana y dijo que saldría. No es uno de mis hijos.
—Pero, ¿tan temprano? Y sola.
—No fue sola —habló Calpurnia negando—. Me pidió el carro.
—¿Te dijo que necesitaba el carro y no le preguntaste ni siquiera dónde iba?
La patricia la miró, tardando unos segundos de más en contestar, ocupada en tragar un gajo que parecía resistírsele.
—Neria, Edine es mi invitada. Mi empleada, a lo sumo.
Simplemente, ella me dijo que necesitaba el carro y yo se lo presté.
Quizás quería ver los alrededores de la ciudad antes de marcharse, comprar unas hierbas o encamarse con alguien.
Yo que sé —comentó Calpurnia, que deteniéndose a observarla—.
¿Acaso habías pensado en salir a algún lado?
Por un momento, su mente voló de nuevo hasta la villa de los Senea. En atravesar aquella puerta, irrumpir en el despacho de Servio y aceptar lo que le propusiera. Cualquier cosa que lograra que las cosas fueran como antes. Pero la realidad la golpeó de nuevo.
—Porque tengo dos carros más por si lo necesitas —añadió su amiga, tras comer otra uva.
—No… Yo solo… estaba preocupada. Nada más.
—Ah —masculló Calpurnia—. Es que por un momento me había parecido otra cosa.
Neria decidió ignorarla, no le gustaba cuando empezaba con sus jueguecitos, y volvió a coger el pan. Fingiendo de nuevo que aquella era otra mañana perfectamente normal.