El corazón de un hispano 57
88%

57

Terminó de guardar la última túnica y observó durante unos segundos el pequeño equipaje dispuesto sobre el lecho.

Ya estaba todo listo.

Neria apartó la mirada y, desde algún lugar de la casa, llegaron unos gritos.

Primero reconoció la voz de Livia, después el llanto de Aelia y por último a Servio gritar. Y de pronto el ruido de algo golpeando contra el suelo, que silencio los gritos.

Había estado a punto de salir.

Incluso llegó a abrir la puerta.

Pero entonces vio a dos esclavos atravesar el corredor en dirección al despacho y se obligó a cerrarla de nuevo.

No le correspondía.

Ya no.

Neria tomó aire y se agachó para recoger la última bolsa que había dejado junto al lecho.

Fue entonces cuando la vio.

La jarra que le había regalado Servio seguía sobre el lecho. Por lo que parecía, había permanecido oculta por el resto de sus pertenencias, haciendo que se olvidara por unos minutos de ella.

—¿Qué hago contigo? —murmuró para sí misma, mirándola.

Había pensado dejarla allí.

De hecho, cuando había regresado de la clase y la había lanzado sobre la cama, se había prometido que eso era precisamente lo que debía hacer.

Se acercó, la tomó y la sostuvo unos instantes.

Después volvió a dejarla sobre el estante que ocupaba habitualmente. No necesitaba tener algo que le recordara a aquel hombre cada vez que lo mirase.

Se giró hacia el equipaje, pero antes de dar dos pasos, se detuvo.

—Maldita sea.

Regresó.

Cogió la jarra, buscó algo con lo que envolverla en la bolsa y la guardó entre sus cosas antes de volver a cerrar la última bolsa.

Ahora sí estaba todo. Ya no quedaba nada que la hiciera permanecer allí. Se echó una de las mochilas al hombro derecho y otra en el izquierdo, dio una última mirada a la habitación y abrió la puerta.

Neria salió y cerró detrás de ella.

El corredor estaba vacío y ahora el silencio reinaba en la casa.

Comenzó a caminar. La puerta de la habitación de Aelia estaba abierta y Neria redujo el paso al pasar frente a ella.

Vacía.

También estaba abierta la de Livia y la de Gaia, pero ninguna de las tres niñas se encontraba dentro.

Por un instante permaneció allí. No se había podido aún despedir de la mayor y no quería marcharse sin hacerlo.

—Dómina —la llamó Servilia, aproximándose a ella, más nerviosa de lo habitual—. El carro de los Catón, la espera en la puerta principal.

Neria tardó en contestar, preguntándose si Irene habría conseguido reunir a las niñas para que comieran. Después del espectáculo que había escuchado desde su habitación, le resultaba imposible mantenerse ajena a dónde y cómo estarían las pequeñas.

—Muchas gracias, Servilia. Voy ya —dijo finalmente, continuando avanzando y la joven esclava, la siguió a unos pasos.

Sin embargo, cuando llegó al corredor que conducía al aula volvió a detenerse.

La puerta continuaba abierta, tal cual la había dejado. Las tablillas seguían sobre una de las mesas. Nadie las había recogido después de que las niñas salieran corriendo y ella tampoco había tenido fuerzas para hacerlo.

Entró en un impulso y las recogió. No supo la razón de aquel gesto, simplemente sintió que no era correcto marcharse dejando aquello así.

Recogió una de las tablillas de Aelia y la colocó junto a las demás. Servilia la ayudó, haciendo lo mismo con las de Livia y Caius.

Y, mientras la esclava acababa, ella volvió a mirar el asiento vacío de Gaia.

Neria pasaba los dedos por el borde de la mesa, cuando escuchó unas voces lejanas de nuevo y retiró la mano.

—Dómina —habló Servilia, aproximándose a ella—. La esperan.

Tenía que salir ya. No demorarse más en tonterías.

Calpurnia estaba esperándola.

Con un asentamiento, salieron del aula y siguió caminando.

El atrio también estaba prácticamente vacío. Una esclava recogía unas cortinas en uno de los extremos y bajó inmediatamente la mirada al verla pasar.

—¿Dónde están las niñas, Servilia? —se atrevió a preguntar finalmente, haciendo que la esclava levantara los ojos para mirarla.

—En la entrada, dómina.

Neria frunció ligeramente el ceño.

—¿En la entrada?

La esclava asintió.

Neria no preguntó más, terminó de atravesar el atrio y continuó hacia el vestíbulo.

Fue entonces cuando empezó a escuchar las voces. Redujo el paso y al cruzar la puerta lo entendió.

El carro de los Catón esperaba frente a la villa, con Calpurnia a su lado.

Pero la patricia no estaba sola.

Irene se encontraba junto a ella. Caius estaba a un lado de su madre y, delante de ambos, las tres niñas esperaban en silencio.

Aelia tenía los ojos hinchados de llorar. Livia tampoco parecía mucho mejor, aunque mantenía los brazos cruzados y la barbilla levantada. E Irene tenía una mano apoyada sobre el hombro de cada una, como si temiera que fueran a salir corriendo en cualquier momento.

Gaia permanecía algo más apartada de la liberta.

Servilia la adelantó para colocarse, en un par de pasos, al lado de la primogénita y Neria se detuvo, observándolos a todos.

No esperaba aquello.

Mucho menos después de los gritos que había escuchado hacía apenas unos minutos.

Dejó las bolsas en el suelo.

—Me alegra mucho que hayáis venido a despediros de mí.

Aelia fue la primera en soltarse, pero Livia la siguió.

Corrieron hacia ella sin decir nada y Neria apenas tuvo tiempo de abrir los brazos antes de recibirlas.

—¡Ey! —exclamó retrocediendo un paso por la fuerza del impacto—. Que me partís, pequeñajas.

Livia rodeó su cintura con los brazos y Aelia escondió la cara contra su cuerpo. Pero ninguna de las dos dijo nada. No le pidieron que se quedara, ni volvieron a ofrecerle su cama, ni su pan con miel, ni ningún otro plan de los suyos.

Solo la abrazaron y aquello fue muchísimo peor. Así que Neria cerró los ojos por unos segundos y apoyó una mano sobre el cabello de cada una de las niñas.

—Eh —murmuró finalmente, tomando un poco espacio de ellas, para que la mirasen—. Que nos vamos a seguir viendo.

—¿Me lo prometes?

—Aelia —exclamó Livia, que, si se había apartado un poco, sin soltar del todo su vestido—. No le preguntes más. Tiene que irse, ya nos lo ha dicho tanto ella como Irene.

Entonces lo entendió, la sierva había hablado con ellas, probablemente imaginando que el carro debía estar al llegar y que no iba a ser una salida fácil para nadie.

Y, por un momento, se lo agradeció tanto, que quiso ir a abrazarla también a ella.

—Más te vale venir a vernos o aceptar que vayamos a visitarte.

—Nos veremos.

—¿Cuándo? —preguntó la benjamina.

—Pronto.

—Eso es una basura de promesa, Neria —soltó la mediana que, dándole otra mirada a su hermana, añadió—. Necesitamos algo más concreto. ¿Mañana?

Neria soltó una pequeña risa y la niña añadió.

—Livia…

—¿Pasado mañana?

—Negocias fatal, Livi —intervino Aelia.

—Pasado mañana —repitió la niña.

Neria le acarició el rostro a cada una, antes de volver a hablar.

—Lo intentaré. Os lo juro. Pero dadme unos días. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —dijeron a la vez, pero ninguna la soltó.

A Neria se le escapó una pequeña risa y volvió a estrecharlas, haciendo que Aelia escondiera otra vez la cara contra su costado y Livia continuara aferrada a su vestido, como si aquel acuerdo no significara que tuviera intención alguna de soltarla.

Y unos pasos más allá, Neria buscó a Gaia.

Seguía donde la había visto al salir. Cerca de Irene, con las manos unidas frente al cuerpo y aquella expresión demasiado seria para una niña de su edad.

—¿Y tú? —preguntó Neria.

—¿Yo qué? —replicó Gaia, levantando ligeramente las cejas.

—No has venido a la última clase.

—No le veía sentido.

Neria suspiró.

—¿Estás enfadada conmigo?

Gaia tardó unos segundos en contestar.

—Creo que estoy enfadada con todos, eso te incluye a ti, pero sobre todo… con la situación.

—Esa es una lista bastante larga.

—Sin duda. Y la encabeza padre.

—Espero que no estés enfadada con él por mí —declaró, sin una chispa de alegría en la voz.

—Estoy enfadada con él porque es idiota.

Una risa escapó de Calpurnia.

—Gaia, es tu padre.

—Eso no hace que sea menos idiota.

—Ninguna de las que estamos aquí va a discutir eso hoy —intervino su amiga, que hasta el momento se había mantenido en un discreto segundo plano.

Neria tuvo que apretar los labios para no reírse y Livia se removió también contra ella.

—Ven aquí, Gaia.

—Estoy bien.

—No te he preguntado si estás bien. Te he dicho que vengas.

Gaia la miró y Neria le hizo un gestó con su mano derecha, abriendo algo más los brazos, sin soltar del todo a las otras dos.

—Ven, cabezona.

Y entonces Gaia dejó de parecer aquella niña demasiado seria que siempre intentaba cuidar de sus hermanas y comportarse como si tuviera muchos más años de los que realmente tenía y corrió hasta ella.

—Gaia, que me aplastas —se quejó Aelia, pegada a su costado.

Durante unos segundos tuvo a las tres agarradas.

Y pensó que quizá así era como debía despedirse de aquel lugar.

Calpurnia carraspeó y Neria se dio cuenta de que Irene se había aproximado a ellas.

—Livia, Aelia, Gaia, dejad a la dómina —ordenó la mujer y por primera vez, Gaia fue la única que no obedeció.

Permaneció abrazada a Neria unos segundos más, en silencio.

—Recuerda que, hagas lo que hagas, no voy a dejar de hablarte —murmuró.

Neria cerró los ojos.

Las termas.

Aquella conversación en el carro.

—Lo mismo digo —afirmó Neria y solo entonces la niña la soltó.

Gaia retrocedió junto a sus hermanas y Neria tuvo que tomar aire.

Ya estaba.

No podía alargarlo más.

—Dómina —repitió Irene, que ahora le ofrecía una pequeña bolsa de cuero—. Esto es vuestro.

Su salario.

Neria la cogió y el peso hizo que frunciera el ceño. Abrió el cordón y miró el interior.

—No —espetó, volviendo a cerrarla y tendiéndosela de regreso inmediatamente—. Esto es mucho más de lo que acordamos.

La sirvienta ni siquiera levantó una mano para recogerla, negando con la cabeza.

—El dómine ha insistido.

Servio.

—Pues el dómine puede… —se detuvo Neria, apretando la bolsa entre los dedos, al ver como Irene arqueaba ligeramente una ceja—. Da igual.

Guardó el dinero entre sus cosas.

No iba a discutir con nadie por un hombre que ni siquiera había tenido el valor de estar allí.

Y fue entonces cuando dejó de fingir que no lo había buscado desde el instante en que cruzó la puerta.

Miró una última vez hacia la entrada.

No iba a salir.

—¿Está bien? —preguntó Neria antes de poder evitarlo.

Irene tardó un instante en contestar.

—Lo estará, dómina. No se preocupe. El dómine siempre se las acaba arreglando, ahora ocúpese de vos.

Neria asintió.

—Dale las gracias por el dinero.

Irene la observó.

—Por supuesto, dómina. ¿Quiere que le diga algo más?

Neria abrió la boca.

Dile que lo quiero.

Ya lo sabía.

Dile que…

No.

—Solo eso. Gracias.

Irene la observó durante un instante.

—Gracias a vos, dómina. Por Caius.

Neria miró al muchacho. Tenía los ojos húmedos y se los limpiaba furiosamente con la manga.

—Es un buen muchacho y muy listo.

—Gracias, dómina —murmuró Caius.

Neria sonrió, apretó el asa de sus bolsas y se dirigió al carro.

Uno de los esclavos de Calpurnia intentó quitársela para llevarlas él, pero Neria negó.

—Puedo sola.

Se giró una última vez, antes de subir al carro y las miró a las tres.

Las había conocido hacía apenas unas semanas y ahora no sabía cómo iba a despertarse a la mañana siguiente sin escucharlas discutir en el corredor.

—Portaos bien.

—Haremos lo que podamos —afirmó Livia.

Neria soltó una risa.

—Al menos llevad cuidado e intentad no matar a nadie.

—Eso sí creo que pueden hacerlo —masculló Gaia.

Neria negó con la cabeza con una sonrisa, antes de meterse en el interior, seguida de Calpurnia.

El conductor esperó a que ambas se sentaran, antes de hacer avanzar a los caballos y comenzar la marcha.

Neria mantuvo los ojos en la abertura mientras el carro comenzaba a alejarse. Las niñas seguían allí.

No buscó a Servio otra vez. No iba a hacerlo.

Cobarde… hasta las niñas han venido al menos a despedirse…

Se obligó a mirar al frente y se fijó en que Calpurnia tenía una mano extendida hacia ella y la cogió.

La apretó y no volvió a girar la mirada.

Las columnas desaparecieron primero.

Después los pinos.

Y finalmente, los olivos ocultaron la villa.

—Por un momento olvidé que esa casa no era la mía —confesó en un susurro.

—Lo sé —reconoció Calpurnia y bajando la vista, añadió—. Por un momento, él hizo que todos lo olvidáramos.

Y aquello fue suficiente. No tuvo ni que decir su nombre.

Neria intentó respirar, pero el aire se le quedó atrapado a mitad de camino.

Se cubrió la boca con una mano cuando escapó el primer sollozo.

Calpurnia no dijo nada. Simplemente se acercó y la abrazó.

Y Neria dejó de contenerse.

Lloró por Servio. Por las niñas. Por Tulio. Por aquella otra casa de la que había salido años atrás sabiendo que ni sus padres, ni su hermano, irían detrás de ella.

Y pensó que quizá llevaba demasiado tiempo teniendo que marcharse de lugares que alguna vez había llamado hogar.