56
Recorrió otra vez las cifras con el dedo.
Un cargamento de trigo. Trescientas veinte ánforas. El pago de los estibadores. Dos caballos vendidos la semana anterior.
Llevaba tanto tiempo mirando la misma tablilla que ya no recordaba qué demonios estaba intentando encontrar en ella.
Leyó las mismas cantidades por cuarta vez y dejó caer la tablilla sobre la mesa.
No podía concentrarse.
Desde que discutió aquella mañana con ella nada había vuelto a tener sentido y cuando Servilia había entrado, no sabía hace cuanto tiempo, para comunicarle que los Catón enviarían un carro antes de la comida, todavía menos.
Debía haberlo imaginado.
Neria se lo había dejado suficientemente claro.
Pero saber que se marcharía y saber que había un carro probablemente atravesando en aquel preciso instante los caminos que separaban ambas villas eran dos cosas completamente diferentes.
Servio se pasó ambas manos por el rostro.
Tenía trabajo y aquello era en lo único que debía concentrarse.
Cogió de nuevo la tablilla, cuando la puerta se abrió de golpe.
—¿Cuántas veces tengo que deciros que llaméis antes de…? —comenzó a hablar.
No obstante, no pudo continuar, cuando vio que Livia estaba frente a él con el rostro completamente rojo y los ojos llenos de lágrimas.
Servio se levantó inmediatamente.
—¿Qué ha pasado?
Livia lo miró durante varios segundos.
—¿Por qué estás aquí?
—¿Qué? —articulo sin comprender, rodeando la mesa para acercarse a su hija.
Livia no respondió de inmediato, mirando su mesa, las tablillas e incluso el punzón que todavía sostenía entre los dedos.
—¿Por qué no estás haciendo nada?
Servio frunció el ceño.
Un instante después, Aelia apareció llorando sin ningún intento de ocultarlo.
—¡Se va!
Y no necesitó preguntar quién.
—¡Hoy! —añadió Livia—. Vienen a buscarla antes de comer.
Servio se alejó unos pasos, dándole la espalda a las niñas antes de responder.
—Lo sé.
—¿Qué?
—Neria se va. ¿Y tú estás aquí trabajando como si no fuera algo importante?
Servio regresó a su asiento y dejó lentamente el punzón.
—Venid aquí —ordenó, mientras intentaba recuperarle del inesperado golpe que había supuesto esa pregunta—. Sentaos.
—No.
—Livia…
—¡No quiero! Levántate tú y vamos a buscarla. Tienes que hablar con ella.
—Si, papá, dile que se quede —pidió Aelia, limpiándose las lágrimas con ambas manos.
Servio cerró los ojos un instante.
—Eso no va a ocurrir.
—¿Por qué? —preguntó la mediana.
Porque ya había hablado con ella. Porque Neria le había ofrecido algo que él jamás había pensado volver a tener, y él no había podido aceptarlo.
Porque quería que se quedara y le había dicho que la quería, pero aquello no había sido suficiente para ella.
Porque ella necesitaba más y para él, casarse con otra mujer todavía le parecía traicionar a Lucinda y su memoria.
¿Cómo demonios se le explicaba todo aquello a unas niñas?
—Porque ya está hablado —dijo finalmente.
Livia soltó una risa extraña, completamente carente de humor.
—Me da igual. Habláis otra vez.
Servio apretó la mandíbula.
—Livia.
—Ella quiere quedarse y a ti te hace feliz.
El pecho se le contrajo.
—No sabes de qué estás hablando.
—¡Sí que lo sé! Nos lo ha dicho.
Servio levantó la mirada de golpe.
—¿Qué os ha dicho?
—Que quería quedarse, pero que no podía. Y que no dependía solo de ella.
Servio apretó la orilla de la mesa, antes de hablar.
—Livia, a veces en la vida, hay cosas que…
—¡No quiero más excusas! —cortó la mediana, acercándose a él para tirarle de la manga de la túnica—. Levántate y ven a verla.
—No es tan sencillo —dijo, zafándose del agarre de la niña.
Aelia imitó a su hermana, agarrándose de la otra manga.
—No quiero que se vaya.
—¡Los dos decís lo mismo! Me tenéis cansada —soltó Livia—. Cállate y camina.
—Livia…
—¡No!
La mediana retrocedió
—Encontraremos a otra persona —pronunció Servio, intentando mantener la voz firme—. Os prometo que buscaré a alguien igual de capacitada.
—¡No quiero a otra! —gritó Livia y su voz lleno todo el despacho.
—Yo quiero a Neria —dijo Aelia, en un sollozo, volviendo a llorar.
Servio se quedó inmóvil por un segundo y notó como la furia que había estado conteniendo, se desataba.
—Livia Senea. Soy tu padre y, ¡como tal me debes un respeto! —exclamó, poniéndose en pie.
—Neria nos gusta, nos entiende y nos comprende —replicó la niña, encarándolo—. Ayudo a Aelia a no soñar con madre. Hizo que Gaia volviera a jugar con nosotras. E incluso hizo que tu volvieras a sonreír y a reír.
—Livia no quiero que hables más del tema. Es una orden.
—Todos éramos felices. ¡Yo volvía a ser feliz! —añadió la niña, sin achantarse—. Pero ahora, tú vuelves a estar enfadado, Gaia se encierra y no quiere jugar con nosotras y Aelia llora sin parar.
Servio sintió que algo se le revolvía dentro.
—Basta, Livia. Ya he tenido suficiente por hoy.
Aelia lloró más fuerte. Tanto que los mocos se le escurrían de la nariz.
—¿Por qué quieres que seamos infelices?
—¡Yo no la estoy echando!
—¡Pues entonces dile que se quede!
—¡No puedo!
—¿POR QUÉ ERES ASÍ?
Algo terminó de quebrarse dentro de él.
—¡HE DICHO QUE NO Y PUNTO! —gritó Servio, agarrando la tablilla que había sobre la mesa y la arrojó contra la pared.
El golpe resonó por todo el despacho.
La tablilla cayó al suelo partida por uno de sus extremos y después no se escuchó absolutamente nada.
Servio respiraba demasiado rápido.
Aelia ahora sollozaba en silencio y a Livia ya no parecían quedarle lágrimas. Ya no parecían enfadadas con él. En sus ojos, sobre todo en los de la mediana, ahora solo se veía decepción y Servio sintió que toda la rabia desaparecía de golpe .
—Niñas. Yo lo… —masculló, bajando lentamente la mano.
Los pasos apresurados que se acercaban por el corredor rompieron el silencio, cortaron su disculpa y, apenas unos segundos después, Irene apareció en la puerta.
—Dómine, ¿está todo bien? —dijo la esclava, deteniéndose al ver la tablilla rota contra la pared y miró hacia las niñas—. ¿Necesita algo?
Gaia apareció detrás de ella y Servio bajó la mirada, avergonzado, hacia la tablilla rota junto a la pared.
Neria ni siquiera se había marchado todavía y él ya había conseguido que todo volviera a ser como antes.
—Nada —dijo, demasiado rápido—. Solo llévatelas y encárgate de ella. Yo necesito salir un momento.
Irene arqueó ligeramente las cejas, pero tuvo el buen juicio de no contradecirlo.
Livia levantó la cabeza.
—No puedes irte.
—¡No! —sollozó Aelia, abrazándose a la mujer.
—Pero…dómine, ¿y Neria?
Servio sintió que la mandíbula volvía a tensársele.
No podía seguir allí.
Si tenía que escuchar una vez más su nombre, que alguien le pidiera que se quedara o que explicara algo que ni siquiera sabía explicarse a sí mismo, no respondía de lo que pudiera hacer o decir.
—Irene —llamó y la mujer comprendió que debía obedecer.
Se acercó a ambas niñas y tomando suavemente a Livia por los hombros.
—Venid conmigo.
—Pero papá…
—Aelia —pidió Servio y la pequeña se quedó callada.
—Irene, ya sabes lo que tienes que hacer. Encargarte de despedirla en nombre de la familia —ordenó, cogió el cinturón que había dejado sobre el respaldo del asiento.
Irene lo observó.
—¿Adónde vais, dómine?
—Fuera.
—Dómine…
—Necesito aire, Irene.
Era mentira.
Necesitaba correr. Huir. Alejarse de aquella casa, de las niñas y de cada maldita habitación que le recordaba que Neria había conseguido instalarse en todas partes sin pedir permiso.
Necesitaba no escuchar el carro cuando llegara.
No verla atravesar el atrio con sus cosas.
No verla despedirse de sus hijas.
Y, sobre todo, no quería descubrir qué haría si la encontraba de frente.
Porque ya no confiaba en sí mismo.
Podía volver a pedirle que se quedara, decir algo todavía peor o quizá acabar aceptando aquello que le había propuesto y no podía darle.
Servio apretó los dientes.
—Ocúpate tú —repitió a Irene mientras rodeaba la mesa y se dirigía hacia la puerta—. Confío en ti.
Livia se interpuso.
—¿Adónde vas?
Servio se detuvo.
—A los establos.
La niña lo miró durante varios segundos.
—Siempre lo arreglas todo echando a alguien. Primer teníamos que ser Gaia y yo. Ahora Neria. A lo mejor el que debería irse eres tú.
Esa afirmación iba cargada de tanto desprecio infantil que Servio sintió el golpe y apretó los dientes.
Fue un golpe certero.
—Livia, aparta.
Y, por primera vez desde que había entrado, obedeció y se apartó.
Servio pasó junto a ellas y junto a Gaia, cuando llegó a la puerta.
Su hija mayor no dijo nada. Ni siquiera se movió. Simplemente lo miró, pero Servio no pudo sostenerle la mirada.
Atravesó el corredor.
Detrás de él escuchó a Irene intentando calmar a Aelia y la voz de Livia respondiendo algo que no llegó a entender.
No redujo el paso. No quería encontrarse con Neria.
Cruzó el atrio casi al trote.
Un esclavo intentó preguntarle algo al verlo abandonar la casa, pero Servio ni siquiera se detuvo en él.
Atravesó el patio y recorrió el camino hasta los establos casi sin respirar.
—Ensíllame uno —ordenó al primer hombre que encontró.
El esclavo parpadeó, sorprendido al verlo.
—¿Cuál, dómine?
Servio miró los caballos.
—El que pueda estar preparado primero —concluyó. Le daba absolutamente igual.
—Como ordenéis, señor.
No esperó siquiera a que terminara de ajustar correctamente todo cuando tomó las riendas y montó.
—Dómine, todavía…
Pero Servio no quería oír más. Clavó los talones y el caballo salió disparado.
El aire le golpeó el rostro al abandonar los establos y durante unos segundos solo escuchó el ritmo de los cascos contra el camino.
Más rápido.
No tenía ningún lugar al que dirigirse, pero tampoco le importaba.
Solo necesitaba ir más rápido.
Tomó el sendero que se alejaba de la costa. En dirección contraria a la ciudad. A la casa de los Catón. Y en dirección opuesta al carro que, en algún lugar, avanzaba hacia su villa.
Lo más lejos que pudiera de Neria.
Servio apretó las piernas alrededor del caballo y dejó que corriera.
No sabía a dónde iba, ni le importaba.
Solo estaba de seguro que no quería ver a Neria abandonar su casa.