55
—Dómina.
Servilia la interceptó a unos metros del aula, aproximándose a ella con las manos entrelazadas frente al cuerpo y una expresión seria.
—¿Sí? —preguntó, deteniéndose.
—Tal y como ordenasteis, ayer se envió aviso a casa de los Catón —susurró la esclava, terminando de llegar hasta donde ella estaba—. Han respondido esta mañana y, según dicen, enviarán un carro antes de la hora de la comida para recogeros, tal y como pedisteis, dómina.
Neria permaneció inmóvil unos segundos.
Había sabido desde el desayuno que aquel sería su último día.
Incluso había sido ella quien, después de discutir con Servio, le había pedido a Irene que avisara a Calpurnia para que viniera justo después de su última clase.
Tras la pelea, había decidido no estar allí ni un minuto más de lo necesario, pero eso ahora se le antojaba poco tiempo.
—Iba camino a comunicárselo al dómine, mi señora —añadió Servilia y Neria tuvo que tragar saliva.
—Por supuesto —habló y, tomando aire, añadió—. Gracias, Servilia.
La esclava hizo una pequeña inclinación y se alejó por el corredor.
Neria esperó unos segundos antes de continuar.
Cuando entró en el aula, Livia estaba inclinada sobre una de las mesas hablando con Aelia y Caius. Los tres levantaron la cabeza al verla.
—¡Por fin! —exclamó Aelia.
—Llegas tarde —añadió Livia.
—Para una vez que no sois vosotras —dijo lanzándole una mirada, mientras dejaba las tablillas que cargaba sobre la mesa.
Fue entonces cuando reparó en el sitio vacío.
—¿Dónde está Gaia?
—Encerrada —respondió Aelia haciendo una mueca—. Ayer por la tarde volvió a coger uno de sus enfados por nada.
—Le pasaba algo, pero no quiso decirnos el qué —añadió Livia.
Neria miró hacia la puerta. Podía ir a buscarla. Debería hacerlo.
Pero entonces recordó que en unas horas ya no estaría allí y, de repente, todo lo que aún tenía que hacer le pareció demasiado para el tiempo que le quedaba.
—¿Qué vamos a hacer hoy? —preguntó Aelia.
—Podemos bajar a la playa después —propuso Livia inmediatamente.
—Eso no es una clase —intervino el muchacho.
—Podemos dar la clase en la playa.
—Eso tampoco es una clase, Aelia —replicó de nuevo el joven.
—Tú dijiste que se podía aprender en cualquier sitio, ¿verdad, Neria? —preguntó la mediana entrecerrando los ojos.
—Es cierto —admitió Aelia, soltando una risa traviesa—. Como desayunar fuera.
—Bueno, eso si al final te declaras a mi padre y le dices que te quieres quedar —dijo Livia sonriente.
Neria sintió que algo se le hundía dentro del pecho, al recordar que ya no habría más desayunos en la terraza con ellas.
—Porque lo vas a hacer, ¿verdad, Neria? —añadió la mediana, bajando la voz. Su sonrisa había desaparecido.
—No te puedes ir —afirmó Aelia, con los ojos iluminados—. Se lo tienes que decir ya a papá.
Caius pasó la mirada de una a otra, con una preocupación silenciosa, como si supiera más que las niñas.
Neria abrió la boca, pero se detuvo. Podía mentirles. Decirles que todavía no. Que hablarían más tarde. Regalarse unas horas más con ellas. Pero no quería engañarlas y que se enteraran cuando vieran cargar sus cosas.
—Niñas, atendedme un momento.
—¿Por qué? —replicó Aelia, perdiendo también la sonrisa.
—Por favor.
La benjamina obedeció primero. Livia tardó algo más en ocupar su sitio y Caius permaneció junto a ellas.
—Hoy no vamos a dar clase —continuó, sin sentarse. No sabía si podría volver a levantarse si lo hacía.
—¿Entonces podemos ir a pasear a caballo con papá y con Gaia? —preguntó Aelia, frunciendo un poco el gesto e inclinando la cabeza.
—No.
—¿A la playa? —insistió la pequeña.
—Aelia, calla —soltó Livia.
Neria miró a ambas.
—Hoy es nuestro último día juntas. Vendrán por mí al acabar la clase.
Nadie habló.
—Dijiste que podrías quedarte —replicó Livia y la voz le tembló ligeramente.
—Lo sé, pero no voy a hacerlo —admitió Neria, apretando los puños.
La expresión de Aelia cambió, Livia parpadeó y ambas niñas se miraron sin hablar durante un minuto que se le hizo eterno.
—Entonces… ¿te vas, sin más?
—¿Hoy? —añadió Aelia.
Neria asintió.
—Calpurnia vendrá a recogerme antes de la comida.
—Pero… no sé… que venga mañana —protestó la mediana.
—No tiene sentido retrasarlo.
—Claro que lo tiene —dijo Livia, levantándose—. No te puedes ir.
—Niñas…
—¡He dicho que no!
Caius retrocedió ligeramente y Neria dio un paso hacia ella.
—Escúchame.
—No. Dijiste que podías quedarte, que querías. Padre se lo pasa bien, le gustas, dijiste que eso pasa cuando estas enamorado. Y cuando quieres a alguien, no te vas.
—No es tan sencillo, Livia —habló sintiendo como poco a poco le costaba respirar.
—¿Cómo que no?
Neria no podía contestarle. No necesitaban saber que sí quería quedarse, que había intentado hacerlo. Que incluso le había hecho caso y le había pedido a su padre que se casara con ella. Ni que Servio le había ofrecido cualquier lugar en aquella casa excepto el que Neria necesitaba.
—Hay cosas que no dependen solo de mí.
Livia negó con la cabeza.
—¿Lo dices por mi padre? Pues habla otra vez con él.
—Nosotras te acompañaremos —añadió Aelia.
—Niñas… —repitió.
—¡Le pediremos que te quedes! Yo lo haré. A mí me escuchará.
—¡No quiero que hagáis nada más! —gritó, haciendo que los tres niños la miraran inmóviles, y bajando el tono añadió—. Por favor.
—Pero tú quieres quedarte. Lo sé.
Neria se mordió el labio unos segundos y habló.
—Ya está todo dicho, Livia.
—Por favor, no te vayas —masculló Aelia, comenzando a llorar—. No nos dejes solas otra vez con él.
Neria tuvo que apartar la mirada y Livia se acercó a ella.
—Iremos todos los días a la playa, a montar o donde quieras. Nos portaremos mejor en clase y no llegaremos a clase tarde nunca más.
—Y no nos pelearemos nunca más —añadió Aelia.
Neria se inclinó frente a ellas.
—Escuchadme. No tenéis que hacer nada de eso. Habéis sido increíbles todos y cada uno de los días que he estado aquí.
—Pero te tiramos caca al llegar —admitió la benjamina entre sollozos.
A Neria se le escapó una sonrisa rota que murió inmediatamente.
—Quiero que entendáis que ninguna de vosotras tres ha hecho absolutamente nada para que yo quiera marcharme. ¿Lo entendéis?
Aelia se limpió la nariz con la mano, sin parar de llorar.
—Entonces no te vayas —masculló Livia.
Neria levantó los ojos hacia ella.
La niña tenía las mejillas encendidas y los ojos llenos de lágrimas que se negaba a dejar caer.
—Os quiero muchísimo —continuó Neria, evitando responder lo que las niñas buscaban—. Y voy a seguir viéndoos. Calpurnia vive cerca. Podéis visitarme y yo vendré a veros… cuando las cosas se calmen.
—¡No será lo mismo!
—Livia…
—No vas a estar cuando nos levantemos. Ni vas a desayunar con nosotras. Ni vamos a poder buscarte cuando necesitemos algo o queramos hablar contigo.
Neria no pudo responder. Porque en el fondo sentía que tenía razón.
Livia se limpió furiosamente una lágrima con la muñeca.
—Livi —murmuró Aelia.
—Si quieres irte, vete. Pero no digas mentiras.
Y antes de que Neria pudiera detenerla, salió del aula.
—¡Livia! —llamó, pero la niña no regresó.
—¡Yo no quiero que te vayas! —gritó Aelia, llorando más fuerte.
Neria apenas tuvo tiempo de abrir los brazos antes de que se lanzara contra ella.
—Aelia… —masculló estrechándola con fuerza.
—Dile a padre que has cambiado de opinión. Que te quieres quedar con nosotras para siempre.
Neria cerró los ojos y apoyó la mejilla sobre su cabello.
—No puedo, mi niña.
La pequeña se apartó de golpe y salió corriendo detrás de su hermana.
—Aelia —la llamó Caius.
El muchacho miró a Neria un instante, sin saber qué hacer.
—Ve con ella —pidió.
Caius asintió y salió siguiendo los pasos de las dos niñas.
Neria permaneció agachada unos segundos, observando los sitios vacíos que habían quedado frente a ella.
Neria permaneció agachada unos segundos, observando los tres sitios vacíos que habían quedado frente a ella.
Su última clase allí había terminado.