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Llevaba varios minutos leyendo la misma línea o, más bien, fingiendo que lo hacía.
Tenía el rollo extendido sobre las piernas, pero desde donde estaba sentada podía ver perfectamente la puerta del despacho de su padre y los ojos se le iban hacia allí, una y otra vez.
Seguía cerrada desde la comida, cuando había dicho que tenía mucho trabajo y que no quería que nadie lo molestara.
Neria había dado una excusa similar después de terminar las clases y, hasta donde sabía, tampoco había vuelto a salir de su habitación.
Gaia detuvo el dedo sobre una de las líneas. No estaba entendiendo absolutamente nada.
—¿Juegas? —preguntó Livia desde el otro lado del atrio.
Aelia esperaba junto a ella con una pelota entre las manos.
—Ahora no, después.
—Siempre dices eso y al final nunca lo haces.
—¿Entonces por qué seguís preguntándome?
Livia hizo una mueca y salió corriendo detrás de Aelia y Gaia volvió a mirar el rollo.
Ojalá pudiera ser tan ignorante como ellas algunas veces, pero ellas no los habían escuchado discutir.
No había querido espiar. Regresaba a su habitación cuando las voces que salían del pequeño almacén la hicieron detenerse antes de doblar el corredor.
Primero reconoció a su padre. Después a ella. Y, aunque debería haberse marchado en ese mismo momento, no lo hizo.
No lo oyó todo, pero si lo suficiente.
«¿Te casarías conmigo?» Y después, « Neria… yo te quiero.»
Había estado a punto de correr a contárselo a sus hermanas.
Gaia volvió a levantar la mirada hacia el despacho.
No había entendido todo lo que vino después.
Hablaron de quedarse, de la casa, de ellas, de ser su cuidadora y de cosas que solo importaban a los adultos.
Pero había escuchado lo importante. Neria quería quedarse.
Su padre quería que se quedara. Y, de alguna manera, habían terminado decidiendo que mañana sería el último día de Neria.
Gaia resopló.
Definitivamente, los adultos también eran idiotas.
Desde el exterior llegó una carcajada de Aelia y después un grito de Livia acusándola de hacer trampas.
Gaia giró la cabeza, mirando a sus hermanas jugar.
Durante las últimas semanas la casa había vuelto a estar llena de risas. Neria había conseguido que ellas volvieran a sonreír y colaborar, sin que fuera para destrozar algo. Su padre pasaba más tiempo con ellas. Y Gaia había empezado a creer que podían volver a ser felices, aunque su madre faltara.
Miró otra vez la puerta cerrada del despacho y después el corredor que conducía a la habitación de Neria.
Los dos seguían encerrados y todo empezaba a parecerse demasiado a antes de que ella llegara.
Y eso que todavía ni se ha marchado.
—¡Eso es trampa, Aelia! —gritó Livia—. O paras o dejo de jugar.
—¡Que no es trampa, Livi!
—Lo que tú digas.
Gaia cerró el rollo y lo dejó en el banco, poniéndose en pie, sin saber muy bien que hacer.
Hacía apenas unos días había sido ella quien había dicho a sus hermanas que dejaran de inventar planes.
Que no podían obligar a Neria a quedarse, ni su padre tampoco.
Sabía que los adultos tomarían una decisión y ellas tendrían que aceptarla, aunque no les gustara.
Pero ahora sabía que todos querían lo mismo.
Gaia se giró hacia el despacho.
Podía ir hasta allí, llamar, contarle que los había escuchado y exigirle que le explicara qué sentido tenía decirle a alguien que lo querías para después dejarlo marchar.
También podía hablar con Neria, pero ella ya les había hecho caso. Había seguido el plan de Livia. Se había declarado y su padre la había rechazado. Hasta ella entendía que pedirle más, no sería justo.
—¡Gaia!
Giró la cabeza de golpe.
—¿Juegas o qué? —preguntó Livia que estaba en la entrada del patio, con las manos en la cintura.
—¡Si, que venga! —exclamó Aelia, apareciendo detrás de ella con la pelota apretada contra el pecho—. Ella decidirá quién de las dos tiene razón.
Gaia las observó, envidiando su ignorancia.
—Eso es fácil. Yo.
—¡Mentira! —dijo Aelia, sacándole la lengua.
—Entonces ven y demuéstralo —la desafió Livia, golpeando la pelota para que cayera al suelo.
Gaia no se movió, observándolas y sintiendo una punzada de envidia.
Aelia seguía sonriendo y Livia parecía haber olvidado cualquier cosa que no fuera demostrar que su hermana pequeña hacía trampas.
¿Cómo lo hacen?
¿Cómo pueden seguir jugando y creyendo que mañana aparecería alguna solución que lo arreglaría todo?
Las pequeñas daban por hecho que Neria se quedaría. Eso era todo. Para ellas no existía otra posibilidad.
—¿Vienes o no? —insistió Livia.
—No.
—¿Por qué? —preguntó Aelia y su sonrisa desapareció ligeramente.
—Porque no quiero —espetó, recogiendo el rollo del banco.
—¿Qué te pasa ahora? —preguntó la mediana.
—Nada.
—Claro que te pasa algo. Estás enfadada.
—He dicho que nada, Livia.
Gaia le lanzó una mirada asesina, apretando el rollo entre los dedos, y Livia frunció el ceño en su dirección a modo de respuesta.
Claro que estaba enfadada. Con su padre. Con Neria. Con aquellos acuerdos estúpidos que hacían los adultos. Con ella misma por haber escuchado y no saber qué hacer ahora. E incluso con su madre por morirse.
—Es que vosotras no os enteráis de nada —añadió finalmente.
—Pero ¿qué hemos hecho ahora? —soltó Livia, tras mirar un instante a Aelia, que parpadeaba sin comprender.
Gaia abrió la boca. Apunto de contárselo, pero volvió a cerrarla. No podía hacerles eso.
—¡Solo dejadme en paz! —exclamó, dando media vuelta y atravesando el atrio.
—Gaia —gritaron Livia y Aelia a su espalda.
Pero ella no se detuvo. Atravesó el corredor, hasta su habitación, entró y cerró la puerta.
Igual que había hecho su padre e igual que Neria.