El corazón de un hispano 53
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Apenas había dado diez pasos por el corredor, aprovechando los primeros rayos del día cuando Servio apareció frente a ella, haciéndola detenerse.

Él estaba apoyado contra una de las columnas, con los brazos cruzados y una expresión demasiado seria para alguien que se hubiera encontrado allí por casualidad. Parecía casi como si no hubiera dormido.

Neria entrecerró los ojos, dando una mirada a su alrededor, antes de hablar.

—¿Me estabas esperando?

—Sí —habló Servio, separándose de la columna.

Justo lo que necesitaba después de haber pasado media noche dando vueltas en el lecho recordando la mano de esa mujer agarrada a su brazo.

No estaba celosa.

Servio podía recibir en su casa a todas las patricias de Carthago Nova si le apetecía. Podía enseñarles sus caballos, dejar que lo tocaran y sonreírles hasta que se les secara la boca. En dos días más, ella estaría fuera de allí.

—Pues lo siento, pero las niñas me esperan para desayunar.

Neria intentó pasar junto a él.

—Querías hablar conmigo —habló Servio, bloqueándole el paso.

—Cierto. Quería, en pasado. Ya no será necesario.

Él frunció el ceño.

—Me estoy empezando a quedar sin paciencia, Neria.

Ella abrió la boca para responder, pero escucharon unos pasos aproximándose por el otro extremo del corredor.

Servio miró alrededor y abrió la primera puerta que encontró.

—Entra.

—¿En serio? —preguntó resistiéndose, mirando el interior.

Era un pequeño cuarto de trastos lleno de polvo. Había varios cestos apilados contra una pared, algunas ánforas y un olor intenso a hierbas viejas secas.

Servio la empujó dentro, cerrando la puerta tras ellos.

—¿Qué querías decirme ayer? —preguntó, una vez se aseguró que los pasos del exterior ya se habían alejado.

Ella se giró.

—Nada —se limitó a decir.

—¿Fuiste a buscarme, después de días esquivándome, para nada?

—Si. Quería hablar contigo, pero después cambié de opinión.

Servio, se movió, dando un par de pasos alrededor de ella, intentando retener inútilmente una sonrisa.

—¿Cambiaste de opinión? —repitió el hispano, deteniéndose—. ¿Y eso?

Neria cruzó los brazos, mirándolo a los ojos.

—Porque estabas ocupado.

—¿Con Silvana?

—No recuerdo cómo se llamaba.

Servio la observó durante un instante, sin poder aguantar más esa sonrisa que le lleno la cara.

—No tiene gracia —lanzó Neria, sintiendo unas ganas enormes de darle un puñetazo en esa sonrisilla.

—Estás celosa.

—No estoy celosa.

Su rápida negativa hizo que la sonrisa del hombre se ensanchara.

—Por supuesto que lo estás.

—No tienes ningún motivo para poner esa sonrisa. Estas equivocado —afirmó apretando los labios—. Puedes hacer lo que quieras con esa mujer. Por mí como si quieres invitar a tu… establo a todas las mujeres de Hispania.

—No quiero ni invitar a ningún sitio a nadie, ni hacer nada con esa mujer. Ni con ninguna otra.

Neria puso los brazos en jarra, retrocediendo.

—Estupendo. Me da igual.

—Solo contigo, Neria —añadió él, tocándole suavemente del brazo.

Ella bajó la mirada hacia su mano.

Hacía días que no la tocaba y fue ridículo lo rápido que su cuerpo pareció recordarlo.

—No quiero que pasemos más días esquivándonos por los corredores o evitándonos en las comidas —dijo el hispano, mientras dejaba que sus dedos descendieran por su brazo.

Neria levantó los ojos. Estaban demasiado cerca.

—Yo no me estoy escondiendo.

—Claro que sí —pronunció Servio, acercándose a ella—. Y yo también.

—Te vuelves a equivocar. Yo no estoy eludiéndote, simplemente intento mantener… esto —dijo moviendo las manos entre los dos—, en el terreno profesional.

—Ayer huiste de los establos.

—No hui.

—Por supuesto que lo hiciste. Arrastraste prácticamente a las niñas contigo.

—Tenía que irme de allí.

—¿Por qué?

—Porque esa mujer no se estaba quieta —confesó y no pudo reprocharle nada a Servio cuando otra sonrisa apareció en su rostro.

—No te avisaron, ¿verdad?

Ella negó con la cabeza.

—Nunca paran de hablar y ese día no me dijeron nada. Son terribles —admitió, arrancándole una pequeña risa a Servio.

Y allí estaba otra vez. Aquella facilidad. La maldita sensación de que bastaba con estar unos minutos junto a él para olvidar todo lo que había decidido.

Servio levantó la otra mano y apartó un mechón de cabello de su rostro, haciendo que Neria dejara de sonreír.

—¿De verdad no me vas a decir qué te llevó a buscarme? —murmuró el hombre, haciendo que el corazón de Neria comenzara a golpearle con demasiada fuerza.

Ahora. Es el momento. Hazlo.

—¿Has pensado qué quieres hacer cuando termine la prueba?

—Por supuesto —dijo Servio apartándose—. ¿Y tú?

—Yo también.

Respiró hondo y algo cambió en los ojos de él, antes de hablar.

—¿Y qué quieres?

Neria notó que se le secaba la boca. Había imaginado aquella conversación tantas veces durante la noche y la mañana, antes de ir a buscarlo a los establos, que pensaba que tendría que haber resultado más sencillo.

Pero no lo era.

—¿Te casarías conmigo? —soltó.

Servio se quedó completamente inmóvil y Neria solo escuchó su propia respiración.

Era como si a él, la pregunta le hubiera hecho olvidar como hacer latir su corazón.

—¿Qué? —dijo Servio parpadeando, cuando al fin volvió a recobrar el aliento.

Aquello no era precisamente la reacción que había esperado.

—Me has oído, qué si quieres casarte conmigo.

—Yo…No… Pero… —Servio se pasó una mano por el cabello, sin lograr encadenar dos palabras seguidas.

—Olvídalo —lanzó Neria, sintiendo el primer golpe del arrepentimiento.

—No… Espera.

—No pasa nada, Servio. Ha sido una estupidez —masculló girándose.

Servio se movió para interponerse entre ella y la puerta.

—Neria… Solo… Me has sorprendido.

—Ya lo veo.

—No había pensado en eso. Yo… creía que tú también entenderías por qué no había contemplado volver a casarme.

Aquello dolió. Muchísimo.

—Entonces… ¿qué esperabas que ocurriese con todo lo que ha habido entre nosotros?

—Pensé en que te quedaras, por supuesto —soltó Servio—. Las niñas te quieren. Están mejor desde que llegaste. Gaia vuelve a reír. Livia parece feliz. Aelia no ha conseguido echarte de casa. Y yo quiero que estes aquí. Con nosotros. Siendo una parte más de esta familia.

Neria se detuvo.

Durante un instante, algo volvió a encenderse dentro de ella.

—Entonces no entiendo la sorpresa con mi proposición o has pensado una manera diferente de hacerlo.

Neria esperó, durante unos segundos que se le hicieron larguísimos.

—No quiero que seas mi amante, pero…

Entonces lo comprendió.

Servio no acabó la frase, pero a Neria no le hizo falta.

Lucinda.

Ahí estaba otra vez.

Para Servio, aquel lugar, como señora de la casa, seguiría perteneciéndole siempre a ella.

—Entonces si quieres que sea tu amante —articuló, haciendo que Servio apretara los labios.

—No digas estupideces.

—La cuidadora con derecho a roce con la que te encamas cuando las niñas están dormidas, ¿cómo llamas tú a eso?

Servio se pasó ambas manos por el rostro, antes de volver a hablar.

—Podrías ser la ama de llaves de la casa. La vilica [26] incluso de la villa. Tendrías toda la autoridad. Las niñas, los esclavos e incluso las cuentas de mi negocio. Serías de facto casi como la domina de la casa.

Neria parpadeó.

—Casi como la dómina —repitió, mascando cada palabra como si eso le permitiera sujetar la ira que le subía por el cuerpo—. Pero no la domina.

—Solo responderías en privado ante mí, Neria. Prácticamente seríamos iguales y así nada tendría que cambiar.

Ella no respondió y Servio cerro los ojos por un momento.

Estaba tan furiosa.

Ella había reunido el valor suficiente para ofrecerle algo que jamás había creído querer otra vez y que nunca se había atrevido a hacer y Servio ni siquiera lo había contemplado por amor a una mujer muerta.

Empezaba a dudar de Servio y sintió que le temblaban las manos.

—No voy a dejar que me conviertas en una cualquiera. Yo tengo honor, Servio. Puede que no me codee con senadores, ni acuda a pomposas fiestas como tú, pero yo esta noche he sido más valiente de lo que tú probablemente seas en toda tu vida.

—Sabes porque no puedo aceptar tu propuesta, Neria. A mí no me importa nada de eso. Me conoces.

—Pues parece que no, porque es lo que me estás ofreciendo —exclamó Neria, dándole un fuerte empujón del pecho—.

Si el día de mañana te encaprichas de otra, yo salgo de esta casa con una mano delante y otra detrás.

Si algún día te pasa algo, otro familiar tuyo se haría cargo de las niñas y no las vería más.

Toda la fortuna, poder y control que tuviese sería un mero espejismo delimitado a esta finca que dependería total y absolutamente de ti.

—Te estas poniendo en lo peor —masculló Servio, acercándose de nuevo a ella—. Nada de eso tiene porque ocurrir.

—Puede que si o puede no —afirmó retrocediendo—. Pero no voy a permitir que esta casa se vuelva mi celda y mucho menos voy a consentir que tú seas mi carcelero, Servio.

—Neria… yo te quiero.

—Entonces ofréceme una vida en la que no tengamos que esconderlo. Vernos de noche, como criminales, no está bien y lo sabes.

Sus palabras parecieron acertar porque Servio, se tocó el pecho y apretó el gesto, quedándose inmóvil.

—Quererme no basta si no eres capaz de elegirme —añadió, sintiendo como le ardía la garganta.

El silencio se cernió sobre ellos. Pesado y doloroso.

—Neria…por favor…

—¿Estoy equivocada? —preguntó, apretando los puños cuando la rabia invadió todo su ser, estando tentada de romper una de las ánforas que había a su lado—. ¿Acaso todo eso que me prometes, no lo tendría únicamente mientras tú decidieras o pudieras permitírmelo?

Servio no respondió. No podía. Y ella tragó con fuerza toda la rabia que amenazaba por salir, abriendo de nuevo las manos a los lados. Deteniendose al entender que formar un escándalo a esas horas solo serviría para asustar a las niñas.

—No quiero encerrarte aquí, ni hacerte ningún daño. Solo estoy intentando encontrar una forma de que no tengas que marcharte.

—Pues yo ya te he dado una —replicó con una voz gélida, que hasta a ella se le hizo extraña. Los ojos comenzaban a arderle.

—Si eso es lo único que puedes aceptar… lo lamento. No te lo puedo dar. Tendrás que irte en dos días.

Neria tardó en responder. Se negaba a llorar por él y mucho menos delante de él.

—Que así sea, dómine.

—Ahora, si me disculpáis, tengo tres niñas esperándome —añadió Neria, alcanzando la puerta al fin y abriéndola.

Se tomó un momento antes de atravesar el umbral. De espaldas a él y sin girarse.

—Espero que paséis un buen día, dómine —dijo finalmente.

—Neria…

Ella salió al corredor y cerró la puerta a su espalda con más fuerza de la necesaria. El golpe seco resonó por el pasillo. Y, esta vez, le daba igual si Servio la seguía o no.