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Séptimo al menos había tenido la amabilidad de avisarlo esa mañana antes de tenderle aquella trampa.
Por lo que había dicho en la misiva, su hermana no había parado de insistirle en ir a conocer a sus caballos desde que se lo había ofrecido en la fiesta y, por lo visto, esperar hasta otro día no entraba dentro de sus planes.
Servio aceptó y ahora empezaba a arrepentirse de tener a aquellos dos pelirrojos visitando sus tierras.
—No entiendo por qué tenemos que recibirlos—protestó Aelia desde el cercado—. Yo quería montar y me estoy pasando la tarde aquí sentada.
—Rechazarlos sería descortés, Aelia —respondió Livia, que tampoco parecía especialmente contenta con la visita, sobre su yegua.
—Mira que son pesados —espetó Gaia, al pasar por su lado, al galope.
—Suficiente. Son amigos. Comportaos —advirtió Servio, alejándose de nuevo de las niñas, dejándolas rodeadas de esclavos.
No quería más accidentes.
Su amigo había llegado acompañado de su hermana Silvana poco después de media tarde y llevaban un rato recorriendo los establos.
La mujer era agradable y educada, tal y como le había asegurado Porcio. Y evidentemente se había informado sobre caballos, conociendo muchos más datos de los que Servio había supuesto y haciéndole preguntas bastante agudas.
El problema era que se acercaba demasiado cada vez que le hablaba.
—Entonces, ¿todos los criais aquí? —preguntó Silvana, tirándole un poco de la túnica, mientras se aproximaba a acariciar el hocico de uno de los animales—. Son enormes.
—La mayoría. Algunos nacen en otras propiedades y los compro. Simplemente tengo buen ojo.
—Creo que sois demasiado humilde —replicó con una sonrisa, aproximándose a él, para rozar su brazo con el de él—. Mi hermano siempre dice que vuestros caballos son los mejores de toda Carthago Nova , así que creo que eso requiere algo más que buen ojo.
Servio forzó una sonrisa en respuesta.
—Tu hermano me tiene en demasiada alta estima.
—Es cierto, Servio —intervino Séptimo desde unos pasos más atrás—. Como buen hispano, yo nunca exagero.
—Te aseguro que sí lo haces y mucho, amigo.
Séptimo soltó una pequeña risa, pero Silvana se rio fuerte y mucho, dándole una caricia lenta en el brazo, como si necesitara sostenerse en él ante la gran broma que había hecho.
Servio no se apartó, no quería ser descortés con ellos, pero empezaba a estar de acuerdo con sus hijas. Esa familia era inasequible al desaliento.
Y fue entonces cuando la vio.
Neria acababa de aparecer en la entrada de las cuadras.
Servio se irguió inmediatamente.
Llevaban prácticamente dos días sin hablar más de lo estrictamente necesario. Un saludo durante el desayuno. Alguna cuestión relacionada con las niñas. Nada más. Todo muy correcto.
Sin embargo, Neria caminaba directamente hacia él, mirándolo a los ojos, como si tuviera un solo objetivo y fuera él.
—Servio —lo llamó y algo se tensó agradablemente dentro de su pecho—. ¿Podemos hablar?
Por todos los dioses, sí.
—Claro.
Neria dio un paso más hacia él y entonces reparó en que estaba acompañado.
Lo notó en su mirada.
—¡Neria! —gritó Aelia apareciendo tras ella.
Las tres acababan de alcanzarla, pero ella ya se había detenido. Ahora la mirada de Neria estaba detenida en la mano de Silvana.
—Perdón —dijo finalmente Neria y el endurecimiento de su tono fue inmediato—. No sabía que teníais visita, dómine.
Dómine.
Servio apretó los dientes y se apartó del agarre de la hispana.
—No pasa nada. Podemos hablar lo que quieras —declaró, dando un paso hacia ella.
—No importa. Era una tontería, puede esperar.
—Neria… —masculló Livia.
—Me llevaré a las niñas para que no os molesten, dómine.
La mediana frunció el ceño y la benjamina añadió.
—Pero no estamos molestando. Los que están…
—Ahora no, Aelia —cortó Neria, agarrando a las dos más pequeñas y girándose antes de que Servio pudiera detenerla—. Vamos.
Aelia protestó. Gaia permaneció en silencio y Livia miró alternativamente a su padre y a Silvana antes de seguir a Neria con evidente resistencia.
Servio observó cómo se alejaban. Podía llamarla. De hecho, estuvo a punto de hacerlo.
—¿Esa es la famosa nueva cuidadora de tus hijas? —preguntó Silvana a su lado.
Servio volvió la cabeza y vio que la hispana lo miraba atenta.
—Sí —se adelantó a contestar Séptimo, mientras sus pasos resonaban detrás de ellos—. Le pregunté a Catón por ella cuando escuché que había conseguido durar más que todas las anteriores. Ha demostrado ser muy capaz a pesar de su origen.
—También parece muy… joven.
—Y bastante más educada de lo que esperaba si tenemos en cuenta que es romana—añadió su amigo, volviéndose a reunir con ambos—. ¿Continuamos?
Servio miró nuevamente hacia la salida, conteniendo las ganas de corregirlo, aunque no supo exactamente qué parte.
Neria era más que su empleada y también mucho más de lo que él había dado a entender.
Durante un instante la romana giró la cabeza, sus miradas se encontraron y Servio tuvo la absurda esperanza de que regresara. Pero no lo hizo.
—Servio —insistió Silvana, siguiendo su mirada—. Mi hermano te preguntaba que sí seguimos.
—Sí. Claro.
Solo quedaban tres días, Neria por fin había ido a buscarlo para hablar y ahora se marchaba celosa. Y además aquellos dos no parecían tener ninguna intención de irse, para que pudiera ir a buscarla y explicárselo.
Respiró hondo
—Continuemos —añadió, regresando junto a ellos y continuando la visita.