El corazón de un hispano 51
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Hacía poco que había terminado de cenar escondida en su habitación, cuando el eco de unos susurros venidos del corredor, la sorprendieron.

Se levantó y se asomó por la puerta. Parecía que eran las niñas discutiendo.

Que se pelearan no era extraño, lo que si le resultó raro fue que parecían hacerlo escondidas y en susurros.

Salió, siguiendo el sonido de los murmullos y redujo el paso al aproximarse a la habitación de Gaia.

Encontró la puerta prácticamente cerrada, aunque lo suficiente para que se filtrara parte de la conversación.

—¡Solo nos quedan cuatro cenas más! —oyó protestar a Aelia.

Neria se detuvo, agarrando el pomo un poco más fuerte, pero paralizada.

—Habla más bajo —ordenó Gaia.

—Pero no quiero.

—Ninguna lo hace, Aelia, por eso digo que tenemos que pensar algo —soltó Livia.

Neria debería haberse marchado.

Definitivamente debería hacerlo. En cambio, apoyó los dedos de la otra mano sobre la puerta y empujó.

—¿Puedo pasar?

El silencio y la sorpresa al otro lado fue inmediato.

Las tres la miraron, reunidas sobre el lecho de la mayor.

—¿Se puede saber qué tramáis? —continuó, asomando algo más el cuerpo.

—Nada —respondieron Livia y Aelia a la vez, compartiendo una mirada cómplice.

Gaia puso los ojos en blanco y Neria entró, asegurándose de cerrar completamente la puerta tras ella.

—Magnífico. Entonces no os importará explicarme qué significa eso de las cuatro cenas.

Aelia volvió a mirar a sus hermanas y Livia suspiró.

—Están pensando planes —confesó Gaia.

—¡Gaia, cállate! —exclamó Aelia, lanzándose sobre ella para taparle la boca.

—¿Para qué?

—Para que no te vayas.

—Chivata —atacó la mediana, dándole un empujón, que bajó de la cama a la mayor—. Ya no vamos a contarte nada.

Las palabras golpearon de lleno a Neria mientras se acercaba para evitar que las dos pequeñas se abalanzaran sobre Gaia.

—¡Livia! ¡Aelia!

—Padre y tú volvéis a estar enfadados —replicó la benjamina, más calmada—. Y solo queríamos que…

—No estamos enfadados —cortó Neria.

Gaia soltó una pequeña exhalación a su lado.

—No les mientas. Es muy obvio.

Livia se volvió hacia su hermana, solo para darle una mirada de odio.

—Desde que volvimos de la fiesta de Lotira, ayer, no has querido cenar con nosotros —intervino la benjamina.

—Desde el principio sabíamos que, lo más probable, es que Neria se marchara cuando terminara la prueba y a todos nos pareció bien —soltó Gaia.

—Pero ahora es diferente —replicó Livia.

—Pero…

—Nosotras no queremos que te vayas, Neria —la interrumpió Aelia, moviéndose por el lecho, hasta colocarse lo más cerca que pudo de ella.

—Pues esta vez da igual lo que queramos nosotras. Esto solo pueden decidirlo Neria y padre —dijo Gaia.

Neria abrió la boca y volvió a cerrarla, mientras apartaba a la mayor, para que las dos pequeñas no la atacasen.

—Eso es lo que no entienden estas dos —añadió la primogénita.

Neria no sabía muy bien que decirles, perdida en sus pensamientos, cuando Aelia levantó la mano como si estuviera en clase.

—¿Podrías, por favor, no irte? —pidió la pequeña y Neria tuvo que contener una sonrisa emocionada que estuvo a punto de hacerle desbordar los ojos—. Es que nos gusta mucho estar contigo.

—Seguro que vuestro padre encuentra a otra cuidadora que os guste más que yo.

—Eso no va a suceder —declaró Livia—. Pasaron muchas por aquí y tú nos has gustado más que ninguna.

—Mucho más —añadió la benjamina.

—Así que, ¿qué podemos hacer? —preguntó la mediana.

Ella no respondió. Ni siquiera ella sabía qué hacer sin renunciar a lo que necesitaba o sin pedirle a Servio algo que quería que saliera de él ofrecerle.

—A lo mejor si padre y tú…

—A lo mejor si os estáis quietas, Livi, no conseguís que se vaya antes —la interrumpió Gaia.

—No sabes qué iba a decir.

—Por supuesto que lo sé —afirmó Gaia, dando un paso hacia la cama, antes de continuar—.

Vais a inventar otro plan absurdo de los vuestros.

Como esconder sus cosas, encerrarlos o romper cualquier carro que se acerque a la villa para que no pueda marcharse.

Pero eso solo acabará complicando las cosas. Como siempre.

Neria las miró en silencio.

—Entonces, ¿qué quieres que hagamos? —preguntó la mediana.

—Nada.

Livia frunció el ceño, negando con la cabeza, pensativa. Hasta que se giró de pronto hacia ella, desde su asiento en el lecho.

—¿Y por qué no le pides a mí padre que se case contigo?

Neria la miró de golpe.

—¿Qué?

Aelia abrió mucho los ojos.

—¡Sí!

—Niñas, no… yo… —intentó articular Neria, sin éxito.

—Perfecto. Otro plan —intervino Gaia inmediatamente, frunciendo el ceño—. Exactamente lo que os he dicho que no hicierais.

—¿Por qué no? —protestó Livia—. Siempre son los hombres los que preguntan esas cosas. Y no entiendo por qué. Si Neria quiere quedarse para siempre aquí, puede pedírselo padre.

—No sabes si padre quiere casarse con ella —respondió la mayor. Ahora parecía que iba a ser ella quien golpeara a su hermana.

—Tampoco sabemos que no quiera.

—Papá se lo pasa muy bien cuando estás, Neria. Sonríe mucho y se ríe de las bromas que haces —añadió Aelia sonriente.

Neria las observó en silencio.

La idea debería haberle parecido absurda. Sin embargo, no lo hizo.

Ella había pasado media vida enfadada porque otros decidieran por ella.

Preguntándose lo mismo que Livia y quejándose de que su familia eligiera a quién debía querer, con quién debía relacionarse y qué clase de vida era adecuada para una mujer como ella.

Y ahora llevaba días esperando que Servio tomara una decisión para poder responder a ella.

¿Y si le pregunto yo?

—Podéis casaros mañana —propuso Aelia, incorporándose, emocionada.

—No funciona así —murmuró Neria.

—Pasado mañana entonces.

—Aelia —le reprendió Gaia.

—Tenemos cuatro días. Da tiempo —intervino Livia asintiendo, completamente convencida.

—¡Las cosas no son así de sencillas, niñas! —cortó Neria, más fuerte de lo que quería, barriendo cualquier rastro de sonrisa de sus caras.

Aelia volvió a sentarse y notó que Livia se mordía el interior de la mejilla.

—Os lo dije. No podemos obligarla a quedarse, ni a padre a que le pida que lo haga —habló Gaia, seria—. Cuanto antes aceptéis eso, mejor.

Cualquier resquicio de humor o alegría que quedara en la habitación, desapareció.

Neria observó a la primogénita y Gaia evitó mirarla.

Claramente para la niña tampoco estaba siendo fácil aquella situación.

—Vuestra hermana tiene razón —dijo finalmente.

Las dos pequeñas volvieron la cabeza hacia ella y Neria se sentó junto a Aelia, antes de volver a hablar.

—Yo hice un acuerdo con vuestro padre. Cuando termine, tendré que decidir qué quiero hacer después. Y él también.

—Pero tú podrías decidir quedarte —insistió Livia.

Neria tragó saliva.

—Podría… —afirmó y los ojos de las niñas se iluminaron, incluso los de Gaia, aunque solo fue un segundo—. Pero no quiero que os hagáis ilusiones.

Las sonrisas en los rostros de Aelia y Livia, le delataron que estaba pidiéndoles un imposible.

—Entonces…

—Entonces —habló cortando a Aelia—. Pase, lo que pase, quiero que sepáis que vosotras no podríais haber hecho más para que el desenlace fuera distinto.

Le dolió decirlo. Muchísimo más de lo esperado. Pero tenía que hacerlo. Debían saberlo por si finalmente sus expectativas no se cumplían.

Gaia levantó por fin los ojos hacia ella.

Durante un instante ambas se miraron y Neria tuvo la incómoda sensación de que la niña comprendía demasiado.

—¿Veis? Yo tenía razón de nuevo —dijo Gaia a sus hermanas—. Tenéis que dejar vuestros locos planes y dejarlos a ellos dos.

—Pues no me gusta —confesó Aelia, frunciendo el ceño.

—A mí tampoco —admitió Livia.

Neria tampoco podía decir que le gustara.

Desde la habitación contigua llegó una voz llamando a una esclava y las cuatro guardaron silencio.

—Solo cuatro desayunos más contigo —masculló Aelia, apoyando la cabeza contra su brazo—. Son poquísimos.

Neria bajó la mirada hacia ella.

—Lo sé. Para mí también, pequeña, para mí también.