50
Llevaba varios minutos fingiendo escuchar a Séptimo y no estaba funcionando demasiado bien.
El cuestor hablaba desde el otro extremo del triclinio sobre algún cargamento de aceite que había llegado desde la Bética mientras, alrededor, media docena de niños corrían entre los adultos celebrando el cumpleaños de su hija menor.
Lotira, la homenajeada, llevaba una corona de flores gigantesca y torcida sobre la cabeza y parecía bastante más interesada en perseguir e imitar a Aelia que en los regalos que habían colocado junto a su asiento.
Livia estaba correteando por la casa con dos de los hijos de Calpurnia y Gaia hablaba con otras muchachas algo más mayores que ella, acompañada de Calpurnia.
Porcio, mientras, comía a su lado como si aquel fuera el único asunto importante de la tarde.
—Estás insoportable —murmuró su amigo.
—¿Yo? —dijo, volviendo la cabeza hacia él—. Si no he dicho nada.
—Precisamente.
Porcio tomó otro trozo de carne.
—¿Sigues enfadado con la romana?
—No estoy enfadado.
—Por supuesto, que lo estas.
Servio reconoció inmediatamente aquella entonación.
—No empieces.
—Solo intento aclararme —dijo Porcio, masticando tranquilamente—. ¿Estás así porque te acostaste con ella y ahora no quiere repetir o porque quedan apenas días para que termine la prueba y aún no sabes qué demonios vas a hacer?
Servio lo miró, furioso.
—Si qué quiso repetir —confesó sin pensar.
Porcio dejó de masticar y una sonrisa enorme apareció en su rostro.
—Bueno, eso me deja las cosas más claras.
Servio cerró los ojos, apretando los labios durante unos segundos, antes de seguir.
—Eres un imbécil.
Porcio bebió un trago de vino, indolente.
—Si estoy equivocado, ¿por qué tienes esa cara?
Servio miró hacia sus hijas.
Aelia acababa de intentar ponerse la corona de Lotira y ambas niñas peleaban ahora por ella.
—Neria quiere que mantengamos las distancias hasta que decidamos que vamos a hacer con… nuestro asunto.
—Ah ¿y?
Servio volvió la cabeza.
—¿Cómo que «y»?
—Que qué tiene eso de extraño. Es una petición razonable. Alguno tenía que dar un golpe en la mesa para que decidierais qué vais a hacer cuando acabe su prueba, ¿o pensabas seguir así para siempre?
Servio no habló durante unos segundos. No sabía que decir.
Y Porcio asintió como si acabara de confirmar algo evidente.
—Si que pensabas seguir con vuestro asunto, como si nada, para siempre.
Servio frunció el ceño.
—A veces no solo eres idiota, amigo, sino que tampoco sabes absolutamente nada de mujeres.
—Porcio.
—No he dicho nada que sea mentira y lo sabes.
—¿Calpurnia te ha contado algo? —preguntó Servio, cogiendo su copa—. Todo se torció cuando regresaron de ese maldito paseo a las termas.
La sonrisa de Porcio volvió a aparecer.
—Mi esposa me cuenta muchas cosas.
—¿Qué sabes?
—Que eres imbécil, ya te lo he dicho. No necesitas más información.
Servio estuvo a punto de responder cuando Séptimo apareció cerca de ellos acompañado de una mujer joven que Servio reconoció vagamente como una de sus hermanas.
—Senea, Catón —saludó el cuestor—. Espero que estéis disfrutando.
—Mucho.
—Gracias por la invitación, Séptimo —agradeció su amigo.
—Mi hermana Silvana preguntaba por tus caballos, Servio.
La muchacha sonrió y Servio hizo una inclinación educada.
—Cuando quiera podéis acercaros a verlos. Será un placer recibir a tu familia en mi casa.
Porcio tosió a su lado, intentando ocultar una risa, y Servio le lanzó una mirada de advertencia.
Séptimo iba a responder, cuando alguien lo reclamo y sin más ambos se alejaron.
Porcio esperó exactamente tres segundos.
—Siempre puedes casarte con ella. Séptimo esta ansioso por emparentar a toda su familia con familias de origen hispano. Definitivamente, no hay nadie más orgulloso de ser hispano que él.
Servio lo fulminó con la mirada.
—Cállate.
—Es agradable a la vista y, por lo que he hablado con ella, es bastante interesante.
—Porcio.
—Aunque claro, comparada con Neria… No tiene nada que hacer.
—Como sigas hablando voy a hacer que te tragues los dientes.
Su amigo rio.
—Inténtalo.
—Ya sabes que no quiero ninguna esposa nueva —pronunció Servio, terminándose la copa.
—No. Solo quieres a Neria viviendo en tu casa, educando a tus hijas, desayunando contigo, acostándose contigo y probablemente arreglando tus malditas cuentas. Nada que ver con una esposa, ¿verdad?
Servio dejó la copa sobre la mesa con más fuerza de la necesaria y Porcio lo miró satisfecho.
—Incluso puedes tener al perro, si quieres. Yo te lo doy.
—No quiero a esa bestia tuya.
—No es mi perro.
Servio soltó el aire, no queriendo seguir discutiendo sobre un animal.
—No creo que pueda darle lo qué espera de mí.
—¿Y qué quiere de ti, amigo? —preguntó Porcio, dejando de bromear durante un instante.
Servio guardó silencio y Porcio arqueó una ceja.
Servio creía saberlo.
Una posición clara. Un lugar que no tuviera que esconder. Probablemente algo que se pareciera demasiado a un matrimonio. Y él no podía hacerle eso a la memoria de Lucinda.
—Si no tienes ningún interés serio en ella —continuó Porcio—, dímelo.
Servio levantó la mirada.
—¿Por qué?
—Porque varios hombres me han preguntado por ella desde que llegó con Calpurnia.
Algo se tensó inmediatamente dentro de él.
—¿Quiénes?
Porcio sonrió.
—Da igual.
—¿Quiénes?
—Servio
—Porcio, dímelo.
—Dos comerciantes. Petronio. Costa. E incluso Séptimo preguntó por ella. Tus hijas tenían su fama en la ciudad y sólo ella parece haberlas metido en vereda.
—Ni se te ocurra decirles nada de ella.
La sonrisa de su amigo se hizo todavía mayor y Servio apretó la mandíbula.
—Entonces espabila, inútil —lanzó Porcio, inclinándose ligeramente hacia él—. Porque si tu no le ofreces nada, otro lo hará.
Servio no respondió.
La idea le sentó como una patada en el estómago.
Porcio se puso en pie. Calpurnia lo llamaba desde el otro lado del triclinio y varios de sus hijos ya estaban rodeándola.
Porcio le dio una palmada en el hombro antes de alejarse.
—Mira Servio, haz lo que quieras. Pero hazlo rápido. Porque, si no me equivoco, aparte de este, solo te quedan cinco días más, amigo, y el tiempo vuela.
Y se marchó con su familia.