El corazón de un hispano 49
76%

49

Después de casi una hora recorriendo los campos que rodeaban la villa, Neria había descubierto que caminar no le servía para dejar de pensar.

Ahora, además de seguir teniendo exactamente las mismas preguntas en la cabeza, le dolían los pies y le tocaba regresar a la casa.

Había bajado por uno de los senderos que bordeaban los establos hasta alcanzar la costa y continuado desde allí sin un rumbo concreto, aprovechando que las niñas habían salido con Servio.

Necesitaba estar sola. Respirar. Porque desde que había regresado de casa de Calpurnia, parecía incapaz de hacer nada correctamente.

Primero había sido la conversación en las termas. Después Calpurnia y luego las niñas preguntándole sobre el amor y ser su madre. Y después, por la noche, llegó ese maldito hombre.

Servio.

Neria pateó una piedra del camino, viéndola rodar pendiente abajo, mientras notaba como se le había erizado el bello de todo el cuerpo.

Desde su charla la noche anterior lo había evitado, aunque no de una manera especialmente digna, tenía que reconocer.

Había desayunado antes, sola, sin las niñas, con tal de no cruzarse con él aquella mañana y, cuando lo vio atravesar el peristilo acompañando a las niñas al aula, consiguió encontrar una razón completamente absurda para regresar un momento a su habitación.

Incluso le había pedido a Livia que la acompañara a buscar unas tablillas, que sabía perfectamente que no existían, para no coincidir en la comida con él.

Era ridículo.

Sobre todo, porque antes de hablar con él, tenía que aclararse ella.

Neria descendió hasta la playa y se quitó las sandalias para caminar por la arena húmeda.

¿Quiero a las niñas? Ni siquiera necesitaba pensarlo. Por supuesto.

Las quería cuando Aelia acudía a ella de madrugada o cuando se metía en líos. Cuando Livia confiaba en ella para hacerle preguntas que ninguna persona sensata debería formular. Y cuando Gaia la observaba en silencio y parecía comprender cosas que Neria todavía no había conseguido entender.

¿Le gustaba Servio? Neria resopló. Evidentemente.

Le gustaba discutir con él. Hacerlo reír.

Verlo regresar por las tardes. Le gustaba cómo la buscaba con la mirada cuando entraba en una habitación y la forma en que, durante las últimas semanas, había empezado a encontrarlo sentado junto a ellas cada vez con mayor frecuencia.

Y, sobre todo, le gustaba acostarse con él.

Pero, ¿acaso quería aquella vida?

No lo sabía. Una casa enorme. Esclavos. Compromisos. Un apellido importante. Cenas con hombres a los que tendría que sonreír aunque no quisiera. En su momento escapó de un futuro exactamente así, pero ahora, le resultaba diferente. Tentador.

Echaba de menos los desayunos en las escaleras, Aelia entrando donde no debía, cabalgar con Gaia, escuchar a Livia hablar sin respirar cuando algo le preocupaba y Servio regresando del puerto y sentándose a su lado.

Extrañaba dormir con él, despertar con él y poder besarlo sin comprobar primero que ninguna puerta pudiera abrirse.

Neria levantó la cabeza y se detuvo, porque casi como si lo hubiera invocado, Servio salió del agua a unos metros de ella.

El hispano caminaba hacia unas rocas donde había dejado su ropa, con el cabello completamente mojado y el agua resbalándole por el cuerpo.

—Perfecto —masculló, cerrando los ojos—. Justo lo que necesitaba.

Los dioses debían de estar jugando con su existencia y disfrutando de torturarla.

Cuando volvió a abrirlos, Servio ya la había visto y se acercaba a ella sonriendo.

Eso fue todavía peor.

Neria consideró durante un instante dar media vuelta y huir, pero el hispano ya estaba a punto de llegar a ella mientras se acababa de colocar la túnica. Pero era tarde, ya la había visto.

—Las niñas acaban de subir a la casa —dijo Servio y, en cuanto llegó, añadió—. Esperaba encontrarte con ellas para la cena.

—Necesitaba caminar.

—Por lo visto bastante —afirmó Servio, mirando hacia el sendero que había detrás de ella—. No te he visto en todo el día.

Neria no respondió.

—Me alegra ver que estás mejor.

—Solo necesitaba… descansar.

—Lo sé. Fue lo único que me quedo claro de nuestra charla.

Neria bajó la mirada hacia la arena.

—No han parado de hablar de las termas —continuó él—. Y creo que Aelia se ha puesto celosa. Lleva toda la tarde intentando convencerme de que el estanque del patio puede convertirse también en unas termas si calentamos suficiente agua.

Aquello consiguió arrancarle una pequeña sonrisa.

—Es una niña muy creativa.

—Eso sin duda. Ya ha pensado incluso como metería dentro uno de los bancos del triclinio.

Neria rio por la nariz y Servio sonrió.

Durante unos segundos todo volvió a ser demasiado sencillo. Hasta que él se acercó y Neria, tras dudar unos segundos, retrocedió.

Fue solo un paso, pero Servio se detuvo y la sonrisa desapareció de su rostro.

—Sigues estándolo.

—¿El qué?

—Enfadada.

—No estoy enfadada… —replicó Neria, tardando más de la cuenta en cerrar la boca.

Servio levantó una ceja.

—¿Por qué si no me estarías evitando desde anoche?

—No te estoy evitando —mintió nerviosa—. Tenía cosas que hacer.

—Y ayer necesitabas estar sola. Descansar.

—Sí.

—E imagino que esta noche también —lanzó Servio y Neria miró hacia el mar.

—Creo que deberíamos dejar de vernos a solas durante unos días, Servio —habló finalmente y el silencio que siguió consiguió que el sonido de las olas pareciera mucho más fuerte de lo que era en realidad.

—De acuerdo, pero ¿podrías al menos explicarme por qué?

Neria lo miró, dudando durante unos segundos.

—Porque dentro de muy poco termina mi periodo de prueba y ninguno de los dos parece tener la menor idea de qué demonios va a ocurrir después.

Servio se quedó callado y Neria sintió que algo se le encogía dentro del pecho.

—Entiendo.

—¿Sí?

—Por supuesto —habló Servio asintiendo y observándola de aquella manera que conseguía ponerla nerviosa—. Es por el preparado, ¿verdad? Crees que… ¿puede que estés embarazada?

Neria frunció el ceño, necesitando varios segundos para comprender lo que acababa de preguntarle.

—¿Qué? No.

Definitivamente, Servio no estaba entendiendo nada.

—Pensaba que quizá estabas preocupada por esa posibilidad.

—Bueno sí…, pero… no estoy embarazada, Servio.

—Bien. Aunque si ocurriera —afirmó él, dando un paso hacia ella—, no tendrías que preocuparte.

Ella cruzó los brazos y Servio pareció interpretar su silencio como una invitación para seguir.

—Me ocuparía de todo. De ti y del niño. No permitiría que tuvieras ningún problema. Mi casa sería también la vuestra y nunca os faltaría de nada.

Por supuesto que lo haría. Porque Servio podía ser muchas cosas, pero jamás abandonaría a un hijo suyo. Y Neria sintió cómo algo se congelaba lentamente dentro de ella.

—Lo sé. Ese es precisamente el problema.

—No te entiendo —dijo el hombre con el ceño fruncido.

No quería que Servio la escogiera porque llevara un hijo suyo dentro. No quería convertirse en una obligación que resolver o en un secreto que esconder. Y mucho menos quería que un embarazo decidiera lo que ninguno de los dos parecía tener el valor de decidir por sí mismos.

Quería que la escogiera a ella por sí misma. Sin hijos, sin obligaciones ni accidentes que decidieran por ellos.

Tendría que haberle gritado todo aquello, pero no lo hizo.

—Que eso es lo que intento evitar —se limitó a decir.

—¿Tener un hijo conmigo?

—No —replicó Neria, poniendo los brazos en jarra—. Lo que no quiero que ocurra es que algo nos obligue a tomar una decisión que, de otra manera, alguno de los dos no tomaría.

Servio la miró fijamente en silencio y ella espero que esta vez si la hubiera comprendido.

—Queda una semana —continuó—. Y pienso que deberíamos dárnosla para aclararnos sobre que queremos hacer cuando esto acabe. ¿Te parece?

—Si eso es lo que tú quieres —habló Servio, apartando la mirada hacia el mar.

La escueta respuesta del hombre la sorprendió. Neria había esperado una pregunta, una protesta e incluso un quédate. Pero Servio no dijo nada más, como en el aula, y decidió que ella tampoco iba a pedírselo.

—Debo regresar—pronunció tras unos segundos, mientras se colocaba las sandalias, y pasó junto a él—. Como bien has dicho las niñas deben estar buscándome.

—Neria… —la llamó, deteniéndola con la creencia de que iba a decirle algo especial—. Nos vemos.

¿En serio?

—Por supuesto, dómine —asintió, apretando los puños, antes de reanudar la marcha.

No te gires, Neria Atilio. Ni se te ocurra darte la vuelta.

Y, sorprendentemente, no lo hizo.