El corazón de un hispano 48
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Esperó hasta que la casa quedó completamente en silencio. Más de lo que habría querido.

Había pasado todo el día sin verla. Neria había acompañado a las niñas a las termas. Y, para cuando ellas regresaron, él estaba reunido con uno de los comerciantes del puerto.

Ni siquiera había coincidido con ellas durante la cena. Y, por algún motivo, aquello había conseguido que las últimas horas se le hicieran eternas.

Esperó un poco más después de que las niñas se acostaran y dio una vuelta innecesaria por el peristilo hasta que finalmente, igual que en los últimos días, decidió que ya había pasado tiempo suficiente para que nadie se preguntara qué demonios hacía caminando hacia el aula a aquellas horas.

Al llegar a la habitación, Servio avanzó hasta la puerta y llevó la mano al pomo.

Cerrada.

Se detuvo. Aquello le resultó extraño.

En todas aquellas noches, Neria nunca había cerrado aquella puerta, salvo cuando él ya estaba dentro.

Golpeó suavemente con los nudillos.

—Neria.

Silencio.

Esperó unos segundos y volvió a llamar.

—Neria.

Tras unos instantes, esta vez, sí escuchó movimiento al otro lado. Unos pasos. Sin embargo, tardó todavía unos segundos en abrir cuando ya la notó al otro lado de la puerta.

Neria apareció finalmente frente a él.

Seguía vestida como aquella mañana, aunque llevaba el cabello recogido de cualquier manera sobre la nuca.

Además, había varias tablillas extendidas sobre la mesa detrás de ella y una lámpara encendida.

—Hola —dijo, al entrar.

—Hola —respondió ella en un susurro, cerrando la puerta, aunque no echo el pestillo.

Dio unos pasos hacia la romana, dispuesto a besarla, pero se detuvo antes siquiera de acercarse. Neria ya caminaba hacia la mesa, sin ni siquiera mirarlo.

—¿Ha pasado algo?

—Nada.

—Tenías la puerta cerrada.

—Estaba trabajando.

Servio miró las tablillas.

—Siempre trabajas con la puerta abierta.

Ella se sentó.

—Hoy no.

Aquello consiguió que terminara de ponerse en alerta.

—¿Estás bien?

—Sí.

—Neria.

Ella soltó el aire y dejó el punzón sobre la mesa.

—Estoy bien, Servio. Solo estoy… cansada.

La observó unos segundos.

Tenía sentido. Había pasado buena parte del día fuera con las niñas. Sin embargo, algo no encajaba.

Quizá era la forma en que evitaba mirarlo o que todavía no había hecho ni un solo intento de besarlo o tocarlo. Estaba rara.

—Puedo llamar a Irene, si quieres.

Neria levantó finalmente los ojos.

—¿Para qué?

—Para que te prepare algo. Conoce unas infusiones muy buenas.

—Es más de medianoche, Servio.

—¿Y qué? Lo haré si te encuentras mal.

Ella lo miró fijamente durante unos instantes, antes de responder.

—No será necesario. No estoy enferma. Solo estoy cansada.

Servio apretó la mandíbula. Aquella conversación empezaba a irritarlo.

—Entonces acuéstate.

—Eso pensaba hacer en cuanto terminara esto.

Volvió a coger el punzón y Servio no se movió.

De pronto recordó el remedio que había empezado a tomar para evitar quedar embarazada.

—¿Puede ser por lo que te dio Edine?

El punzón se detuvo.

—¿Qué?

—El preparado. Quizás no te está sentando bien.

—No es eso.

—Puedo mandar a alguien a buscarla y que te revise, para asegurarnos.

Neria lo miró como si acabara de proponer una locura.

—Asustaras a toda la casa.

—Me da igual.

—Servio, no es eso.

—Entonces, ¿qué te sucede?

Ella permaneció mirándolo y, por primera vez desde que había entrado, algo cambió en su expresión. Pero Servio no supo reconocer bien qué era.

—De momento, solo necesito estar sola —pidió la joven, bajando nuevamente la mirada hacia las tablillas.

Servio respiró hondo.

—¿He hecho algo?

—No —dijo Neria demasiado rápido, sin levantar los ojos de la tabla.

—Pues algo ha ocurrido para que hoy parezca que no soportas tenerme en la misma habitación.

Aquello hizo que lo mirase de golpe.

—No tiene por qué ocurrir algo cada vez que no quiero acostarme contigo.

Aquello lo hizo callar.

Neria también pareció darse cuenta de cómo había sonado porque cerró los ojos un instante.

—No quería decir eso —añadió.

—No tienes que justificarte.

—Servio…

—He dicho que no pasa nada.

Y no mentía.

Por supuesto que podía no querer verlo una noche. Podía estar cansada. Y también podía querer estar sola. El problema era que seguía teniendo la sensación de que nada de aquello era la verdad.

Neria dejó todo lo que tenía entre manos sobre la mesa y se las pasó por la cara.

—Han ocurrido muchas cosas en el día de hoy y tengo la cabeza… llena —declaró finalmente, llevándose una mano a la sien como si buscara ordenar sus ideas—. Solo necesito pensar un poco.

Aquello, al fin, le parecía sincero.

—¿Ha ocurrido algo con las niñas?

—No.

—¿Con Calpurnia o con Edine?

Neria hizo una mueca, pero negó con la cabeza.

—Han sido ellas.

—Ha sido… todo.

—Tú cara dice lo contrario.

—Hemos hablado y eso me ha hecho pensar —admitió mirándolo a los ojos, con un destello de tristeza en ellos.

Servio estuvo a punto de preguntar sobre qué, pero se contuvo.

Recordó sus propias conversaciones con Porcio. La túnica rota. Las copas de vino. Todas aquellas preguntas que había intentado evitar hasta que su amigo prácticamente le había obligado a responderlas.

Quizá ellas habían hecho exactamente lo mismo con Neria.

Y, por alguna razón, aquella posibilidad no le gustó.

—¿De nosotros?

Neria lo miró y asintió.

—¿Qué te han dicho? —preguntó pasándose una mano por la nuca.

—Nada que no supiera ya.

—Neria, responde, por favor.

—No quiero hablar de eso ahora, Servio. Como te he dicho, ha sido un día demasiado largo.

Apretó los labios, luchando por no insistir, aunque quería saber qué había hablado para que pasara de querer arrastrarlo hacia su dormitorio la noche anterior a mantener una mesa entera entre los dos.

—De acuerdo.

—¿De acuerdo? —repitió ella, con un gesto de sorpresa.

Servio se acercó a la mesa y, por un instante, tuvo el impulso de inclinarse y besarla, pero no lo hizo.

—Has dicho que necesitas pensar. Pues hazlo —afirmó, recogiendo una de las tablillas que estaba a punto de caer del borde y dejándolo junto a las demás—. Pero no te quedes despierta toda la noche, por favor. Necesitas descansar.

Neria bajó la mirada, antes de hablar.

—Lo haré —aceptó Servio, caminando hacia la puerta.

Había llegado hasta allí contando las horas para verla y ahora no sabía ni cómo despedirse.

—Servio —Neria lo llamó en cuanto puso la mano sobre el pomo y él se detuvo, girando hacia su voz—. Gracias.

—¿Por qué? —preguntó, frunciendo el ceño. Ella seguía sentada ante la mesa.

Neria tardó en contestar, pero finalmente habló.

—Por preocuparte.

Servio sostuvo su mirada, guardando silencio durante unos segundos.

Quiso decirle que no tenía que darle las gracias por aquello, que llevaba todo el día esperando verla y que había empezado a medir el tiempo por lo que quedaba para estar con ella.

Que empezaba a resultar ridículo fingir que aquello seguía siendo simplemente acostarse juntos cuando ya no recordaba la última vez que había deseado tanto regresar a su propia casa.

En cambio, no dijo nada de eso.

—Buenas noches, Neria.

—Buenas noches.

Y esas palabras fueron su señal para abrir la puerta y salir sin besarla.