El corazón de un hispano 47
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El carro acababa de abandonar el camino que bordeaba la costa cuando Livia le habló.

—¿Y cómo sabes que estás enamorada?

Neria y Gaia levantaron la cabeza.

Mientras, Aelia continuaba entretenida con una de las cintas de su túnica, como si su hermana acabara de preguntar por el tiempo.

—¿Por qué quieres saberlo? —preguntó Neria.

Livia se encogió de hombros.

—Por nada.

Claro. Neria estuvo a punto de sonreír.

Aquella niña jamás preguntaba nada por nada.

—Servilia dice que lo sabes cuando te vuelves tonta —intervino Gaia.

—¡Eso no puede ser!

—Sí lo dijo —insistió la mayor—. Dijo que algunas mujeres se vuelven aún más idiotas de lo que ya son, cuando se enamoran.

—Me estás engañando.

Neria miró de una a otra.

—De acuerdo. Es verdad, me dijo otra cosa —declaró Gaia, tomándose un momento para acomodarse contra el lateral del carro—. Dijo que sabías que estabas enamorada porque empiezas a justificar estupideces que en cualquier otra persona te parecerían injustificables.

—Eres una idiota. Eso es mentira.

Gaia soltó una pequeña risa y Neria tuvo que luchar por retener otra en respuesta.

Tenía que reconocer que, si se lo estaba inventando, no era una mala definición.

—¿Neria? —la llamó Livia de nuevo. Esa niña no dejaría el tema pasar, aunque bajase de los cielos el mismísimo Jupiter a reírse de ella.

Neria pensó en Tulio. Y después, inmediatamente sin querer, en Servio.

Mierda.

—Sabes que estás enamorada cuando no puedes dejar de mirar a alguien. Cuando buscas cualquier excusa para estar cerca de él.

Livia frunció el ceño.

—¿Solo eso? Tiene que haber algo más.

Neria miró hacia el camino.

No debería seguir respondiendo.

—Te pones nerviosa cuando está cerca —continuó de todas formas—. Como si te costara respirar cuando aparece, pero tampoco quisieras que se marchara. Puede hacerte reír y enfadarte casi al mismo tiempo. A veces con una sola palabra.

Livia permaneció unos segundos en silencio.

Después ladeó la cabeza.

—Pero eso es un poco lo que le pasa a padre contigo.

Neria dejó de respirar.

Gaia giró lentamente la cabeza hacia su hermana.

—Livia…

—¿Qué? Es verdad.

—¡Pues ojalá te enamores de padre! —intervino Aelia de repente. Por lo visto la benjamina había estado más atenta de lo que parecía.

Neria volvió la mirada hacia ella.

—Así podrías convertirte en nuestra mamá —dijo la pequeña con una enorme sonrisa.

Y eso la golpeó en mitad del pecho.

—Aelia —la reprendió Gaia.

—No he dicho nada malo, solo que me gustaría.

—Esas cosas no funcionan así —murmuró Neria.

—¿Por qué?

Por suerte, el carro comenzó a reducir la marcha antes de que tuviera que encontrar una respuesta.

—¡Hemos llegado!

El carro terminó de detenerse.

—Ya está bien de hablar de tonterías —añadió Neria, aprovechando la ocasión—. Preparaos. Irene os estará esperando para la cena.

Aelia fue la primera en ponerse en pie.

Saltó del carro en cuanto uno de los esclavos abrió la portezuela.

—¡No corras! —gritó Livia siguiéndola inmediatamente.

Las voces de ambas se alejaron hacia la entrada.

Gaia permaneció sentada unos segundos más.

Neria esperaba que bajara también, pero la niña no se movió.

—¿Qué ocurre?

La primogénita la observó durante unos instantes.

Aquellos ojos oscuros tenían una forma desagradable de hacerla sentir como si pudieran atravesarle el cráneo.

—Lo que le he dicho a Livia en las termas…

Gaia se detuvo, pero Neria no sabía a qué se refería exactamente.

—Yo tampoco dejaría de hablarte —añadió, levantándose y bajándose del carro.

Neria se quedó inmóvil.

—¿Qué?

Gaia se giró y le sostuvo la mirada.

—Que si hicieras algo que no estuviera bien —aclaró—. Yo tampoco dejaría de hablarte.

Y sin añadir nada más, se marchó.

Neria permaneció sentada mientras la veía alejarse detrás de sus hermanas.

No sabía exactamente cuánto había entendido Gaia. Ni cuánto sabía.

Pero aquella niña nunca decía nada sin haberlo pensado antes.