El corazón de un hispano 46
71%

46

Edine fue la primera en despedirse.

Abrazó a Neria, le recordó por tercera vez que no olvidara tomar el preparado cuando correspondiera y, después de dedicar una sonrisa a las niñas que esperaban dentro del carro, regresó al interior de la villa.

Calpurnia no la siguió.

Neria debió comprenderlo porque tampoco se movió.

—¿Qué? —preguntó finalmente.

Calpurnia soltó el aire despacio, apartándola unos pasos más lejos del carruaje donde esperaban las tres niñas.

—Creo que Servio y tú tenéis que dejar de jugar.

—No estamos jugando —dijo Neria, arrugando la nariz.

Ella sí que no tenía ganas de juegos, después de los recuerdos que la conversación de las termas, había despertado.

—Peor me lo pones.

Su amiga cruzó los brazos.

—Calpurnia… —replicó su amiga, cruzando los brazos.

—Escúchame. No estoy diciéndote que tengas que casarte con él. Ni siquiera sé si quieres volver a casarte.

—Genial, porque yo tampoco lo sé.

—Perfecto. Pero entonces averígualo, antes de seguir viéndoos a escondidas.

Neria apartó la mirada hacia el carro y ella siguió su mirada. Las tres niñas hablaban entre ellas, ajenas a la conversación.

—Dentro de unos días termina vuestro acuerdo —continuó Calpurnia, bajando la voz—. Y, hasta donde yo sé, él no te va a proponer nada más y tú vas a abandonar esa casa.

Neria apretó los labios.

—Ese era el trato, sí.

—Lo sé. Precisamente por eso estoy hablando contigo.

Su amiga volvió a mirarla.

—No quiero que nadie vuelva a sufrir, Neria. Ni tú, ni Servio y mucho menos esas niñas. Si solo queréis acostaros juntos, estupendo. Sois adultos. Pero entonces parad antes de convertirlo en otra cosa.

La expresión de Neria cambió y Calpurnia supo que había acertado.

—No quiero que dentro de un mes descubras que estás embarazada y eso decida por vosotros.

—¿Cómo le pasó a Irene o… a Cora?

Calpurnia cerró los ojos, tomándose unos segundos de más en contestar.

—Si. Exactamente igual.

—Yo tampoco quiero eso, Calpurnia.

—Entonces, ¿qué quieres?

Neria abrió la boca, pero no salió nada.

—Eso pensaba —añadió.

Las dos mujeres se miraron más tiempo del debido, sin moverse.

—Él todavía piensa en Lucinda.

Aquello consiguió que Calpurnia se le apretara el pecho y no supiera muy bien que decir.

—Lo sé —confesó finalmente.

Hasta ella pensaba en Lucinda, como no lo iba a hacer Servio o Porcio que la conocían desde siempre. Lo más seguro es que nunca pudiera quitársela de la cabeza.

—Pero ¿acaso tú no piensas nunca en Tulio?

Neria no respondió.

—Seguir queriendo o recordando a Lucinda no significa que Servio tenga que estar solo el resto de su vida —continuó Calpurnia—. Y creo de verdad que esa familia podría ser tu lugar.

Su amiga bajó la mirada.

—¡Neria! —gritó Livia desde el carro, haciendo que la cuidadora la mirase—. ¿Todo bien?

—¡¿Nos vamos ya?! —añadió Aelia, sin darle tiempo a responder.

Neria levantó una mano.

—¡Sí! ¡Ya voy!

Calpurnia sonrió ligeramente.

—Son terribles.

—Muchísimo. Pero a la vez son adorables, ¿tiene eso algún sentido?

Calpurnia asintió y por fin compartieron una pequeña sonrisa.

Neria dio un paso hacia el carro, pero Calpurnia la detuvo sujetándola suavemente del brazo, antes de abrazarla.

Solo necesitaba saber una cosa.

—Si Servio te pidiera que te quedaras cuando termine la prueba… ¿al menos te lo plantearías? —murmuró contra su oído.

Neria se quedó inmóvil y esta vez Calpurnia no insistió. Solo esperó.

Su amiga se apartó y miró hacia el carro.

—Sí —respondió finalmente.

Calpurnia sonrió y se apartó, para que avanzara.

—Estoy para cualquier cosa que necesites.

—Lo sé.

Y sin más vio como Neria subía al carro y partía.

Calpurnia permaneció en la entrada unos segundos después de verlas alejarse.

Había dicho que sí.

Era suficiente.

Ahora solo necesitaba conseguir que Servio hiciera la pregunta.