45
Calpurnia no había dejado pasar ni dos jornadas completas antes de organizar otra quedada con ella.
Según su amiga, las nuevas termas de Carthago Nova llevaban lo suficiente abiertas para que fuera casi una vergüenza no haber ido aún a conocerlas.
Para Edine, aquello significaba que Calpurnia había decidido ir y necesitaba suficientes personas alrededor para justificar convertirlo en una expedición.
Aelia había protestado desde el desayuno, cuando le dijeron que no era lo suficiente mayor para entrar.
Primero quiso saber por qué Gaia y Livia podían ir y ella no. Después aseguró que, si nadie la llevaba, iría por sí misma. Finalmente, amenazó con bañarse en el estanque de la villa para demostrar que podía disfrutar de sus propias termas perfectamente sin ayuda.
Solo se había tranquilizado cuando supo que Cornelia y Lugo, los hijos menores de Calpurnia, se quedarían con ella.
—No quiero trastadas, Aelia —le había advertido, dejándola en manos de una de las nodrizas de Calpurnia.
Gaia había soltado una carcajada.
—Estás pidiéndole demasiado.
Ahora, varias horas después, Neria tuvo que reconocer que Calpurnia había tenido una buena idea.
El agua caliente le había relajado músculos que ni siquiera sabía que tenía tensos y el murmullo constante de conversaciones, agua y pasos resultaba extrañamente agradable.
Habían terminado instaladas en una estancia lateral después del baño. Una esclava desenredaba el cabello de Calpurnia mientras otra intentaba hacer lo mismo con Livia, que parecía incapaz de permanecer quieta.
Gaia, en cambio, estaba sentada muy erguida mientras otra le secaba el pelo.
Demasiado erguida.
Neria la observó mientras le aplicaban ungüentos junto a Edine, a través del reflejo de una placa de metal pulido.
—¿Estás cómoda, Gaia?
—Sí.
—No lo parece.
—Estoy perfectamente.
Edine, sentada a su lado, soltó una risa.
—Esa niña nació para ser patricia.
Livia se rio y Gaia le lanzó una mirada asesina.
—¿Por qué no hablas de cosas importantes, en vez de criticarme, plebeya? —lanzó la primogénita, mirando ahora hacia Edine.
—Importantes…, ¿cómo qué? —puntualizó Edine, provocando a la niña—. Maridos. Ropa. Maquillaje.
—A mí los maridos me parecen un tema importante —declaró Calpurnia, dirigiéndole una mirada curiosa—. Sobre todo, los futuros maridos.
—Y lo son, dómina—replicó Gaia, correcta—. Una mujer lista, tiene que aprender a observar si quiere convertirse en una buena esposa.
Calpurnia levantó una ceja.
—¿Observar qué?
Gaia se encogió de hombros con una naturalidad que hizo sospechar a Neria que llevaba algún tiempo pensando en aquello.
—Todo. A su marido. Su casa. La gente que entra y sale. Lo que ocurre. Si no observa bien, puede terminar perdiéndose a sí misma y su lugar.
La mano de la esclava que peinaba a Calpurnia se detuvo un instante antes de continuar.
Neria también dejó de sonreír.
Había momentos en los que Gaia decía cosas que ninguna niña de su edad debería haber aprendido todavía.
—En eso tienes razón, niña —concedió finalmente Calpurnia, tras contemplarla durante unos segundos—. Una mujer debe observar mucho. Eres muy lista.
Gaia pareció satisfecha.
—Especialmente para evitar que su marido se meta en… más problemas de los necesarios —añadió Edine, con una sonrisa.
Neria soltó una carcajada y Gaia replicó seria.
—Eso no era lo que quería decir.
—Pero es mucho más útil —afirmó Calpurnia riendo también—. Si yo dejara a Porcio sin supervisión demasiado tiempo, probablemente acabaría comprándole todos los caballos a tu padre, regalando un perro que no es suyo o peleándose con alguien sin defenderse.
—¿El dómine Porcio se mete en problemas? —preguntó Livia.
—Constantemente.
—Eso es mentira —protestó Neria, viendo el brillo en los ojos de la niña—. No le digas eso a la niña, Calpurnia.
—Pero si es cierto —confesó Calpurnia, mirándola—. Cuando se le mete entre ceja y ceja algo, es más terco, cabezota y testarudo que tu padre.
Neria tuvo que morderse el labio para no reír.
—Entonces yo no pienso casarme nunca —declaró Livia.
Edine levantó inmediatamente una mano.
—Excelente decisión, rubita.
—Edine… —la reprendió Neria.
—¿Qué? Le ahorrará muchos disgustos.
—No todos los hombres dan disgustos, Livia —señaló Calpurnia, echándole una mano.
La mediana arrugó el ceño, lanzando una mirada a su hermana.
—No. Algunos también te rompen el corazón. Por eso, señoritas, con esas caras, lo mejor es que seáis vosotras las que los vayáis rompiendo antes.
—¡Edine Licino! —exclamó Neria negando con la cabeza.
Calpurnia rompió de nuevo a reír, antes de hablar.
—Empiezo a entender por qué no tienes pretendientes, Edine.
—Oye, ¿quién ha dicho que no los tenga?
Livia abrió mucho los ojos y Gaia también levantó la mirada. Ambas se miraron, como si hablaran en silencio.
—¡Que no digas esas cosas delante de las niñas! Que luego se les va a escapar delante de su padre y me la voy a cargar —la reprendió Neria. Pero Edine solo sonrió, satisfecha con el efecto conseguido.
—Lo que ocurre es que los hombres tienen una tendencia preocupante a confundir someter con amar —continuó.
—Y ser necesarios con ser importantes —añadió Calpurnia.
Edine giró la cabeza hacia la romana y, durante un instante ambas permanecieron serias, después se echaron a reír.
—Venga, ahora la otra —lanzó Neria, volviendo a negar—. Sois incorregibles.
—Espera —intervino Livia, que parecía haberse perdido algo, dirigiéndose a Edine—. ¿Qué puedes saber tú de hombres si nunca has estado casada?
Edine dejó de reír y Calpurnia también.
—Ni se te ocurra contestar —masculló Neria a su amiga, sintiendo que se le cerraba la garganta.
Servio la iba a matar.
Aunque confiaba que antes se ocupara de estas dos y pudiera disfrutarlo.
—Es que eres tonta —intervino Gaia, ante el silencio de las mayores, soltando un resoplido.
—¡No soy tonta! Simplemente no lo entiendo.
—Edine es una de las otras mujeres —replicó la mayor.
Nadie habló. Ni siquiera las esclavas se movieron durante unos segundos.
—¿Una de qué mujeres? —repitió Neria, con el ceño fruncido.
Gaia miró inmediatamente a Livia. Y Livia le devolvió la mirada.
Aquello no le gustó nada.
Calpurnia debió pensar lo mismo porque se incorporó ligeramente.
—¿A qué os referís, niñas?
—A las otras mujeres —repitió Livia como si aquello aclarara algo—. Las que se enamoran, pero no pueden casarse.
Edine parpadeó y Neria miró a la mayor, en busca de otra respuesta.
—¿Gaia?
La primogénita soltó el aire, evidentemente molesta por tener que explicarlo.
—Las mujeres que se enamoran de hombres y duermen con ellos, aunque no se casan o ya están casadas.
La esclava que estaba peinando a Livia ahogó una tos y Calpurnia giró lentamente la cabeza hacia ella.
—Fuera todo el mundo —ordenó su amiga—. Dejadnos solas.
Las esclavas obedecieron.
—¿Y de dónde habéis sacado vosotras eso? —preguntó, cuando solo quedaron ellas en el apartado.
Gaia volvió a mirar a Livia.
—No ha sido culpa mía —se defendió la menor inmediatamente—. Yo no he dicho nada.
—Pero ibas a hacerlo.
—¡Niñas! —exclamó y las dos callaron—. Necesito entender a que os referís.
—Escuchamos hablar a las esclavas —admitió finalmente Gaia—. Hablaban de Irene. Temían que Servilia acabara pareciéndose a ella.
—Dijeron que ella fue una de esas mujeres y que por eso tiene a Caius —añadió Livia.
Aquello acabó con las risas.
Neria observó a las dos niñas.
Lo habían dicho con absoluta tranquilidad, como quien repite una verdad que ya ha aceptado. Y esa fue precisamente la parte que más le molestó.
—¿Y qué escuchasteis?
—Que no todas las mujeres pueden casarse con el hombre que quieren —contestó Livia, después de compartir otra mirada con su hermana—. Porque algunas no tienen dinero. O son esclavas. O él pertenece a otra familia. O ya está casado. O porque sus dueños deciden otra cosa.
—Y que otras simplemente se meten en la cama equivocada sin pensar, como hizo Irene —añadió Gaia.
Livia asintió.
Y a Neria un escalofrío le recorrió toda la espalda.
—Lo que ocurrió con Irene es una cuestión bastante complicada, niñas, que estaré encantada de hablar vosotras a su debido tiempo —dijo Calpurnia.
—¿Por qué? —preguntó Gaia.
Buena pregunta.
—Porque aún no sois lo suficientemente mayores para entender lo que le pasó a ella —sentenció Calpurnia y sus palabras hicieron que el pecho de Neria se encogiera, sin saber qué imaginar.
¿Qué le pasó a Irene y por qué Servio trataba mejor al pequeño Caius que al resto de los siervos?
Miró a Edine, pero la joven se limitó a encogerse de hombros y en sus ojos vio que estaba igual de perdida que ella.
—Pero, ¿por qué lo hacen? —insistió Livia, apretando el ceño y mirando a Neria.
—Porque amar y casarse no siempre suceden juntos. A veces uno se enamora antes, otras después y algunas personas no llegan a hacerlo nunca. Las familias, la posición o sencillamente la vida no siempre se ponen de acuerdo con lo que uno quiere.
Calpurnia sonrió ligeramente.
—¿A ti qué te pasó, Neria? —preguntó Livia.
Neria tardó un instante.
—Yo me casé por amor y por ello toda mi familia y, los que se suponían eran mis amigos, dejaron de hablarme. Me apartaron. Para ellos el deber y la clase social estaba por encima de todo. Nunca pensé que pasaría así, pero paso y gracias a ello conocí a Edine. Así que no fue todo malo.
La respuesta salió más fácilmente de lo esperado y notó, por el rabillo del ojo, que Edine sonrió y Calpurnia se enderezó.
—Mi esposo y yo no siempre estábamos de acuerdo.
Y algunas veces habría querido estrangularlo.
Pero nunca tuve que pedirle permiso para ser quien era, ni hacer lo que me apeteciera cuando quisiera.
Por eso, lo más importante es que, llegado el momento, elijáis a la persona adecuada. Sean cuales sean las consecuencias.
Edine bajó la mirada.
Neria también lo advirtió, pero decidió no añadir nada.
—Pues padre dice que nosotras tenemos que casarnos algún día y no parece que haya tenido todo eso en cuenta —dijo Gaia.
Livia bufó.
—Vuestro padre dice muchas cosas —replicó Neria, sintiendo un cosquilleo extraño en el estómago al pensar en Servio en ese punto—. Pero sé que lo que más quiere en este mundo es que estéis bien.
—¿Y me dejará de hablar si al final decido no casarme? —insistió Livia.
—No lo creo, pero…
Neria guardó silencio. No quería engañar a la niña, pero tampoco preocuparla por algo que quizás nunca llegase a pasar.
—Yo no lo haré. Te lo juro —dijo Gaia, cortando el silencio.
Todas la miraron.
—¿Qué? —continuó la niña torciendo el gesto—. Es mi hermana pequeña. Nunca voy a dejarla sola, siempre me tendrá a su lado.
—Eso está bien —respondió Neria emocionada y con una pequeña sonrisa en el rostro.
Edine soltó una pequeña exhalación a su lado.
—Vaya par de cotillas estáis hechas —dijo su amiga, aunque esta vez su voz no tuvo la misma alegría de siempre—. Con estas niñas hay que tener mil ojos, Neria.
Gaia frunció el ceño.
—No es culpa mía. Es que a Livia le encanta preguntar.
—¡Mentira! Es a Gaia a quien le gusta escuchar conversaciones ajenas.
—Embustera.
—Chismosa.
Livia metió la mano en el recipiente que tenía al lado y le lanzó un puñado de agua.
Gaia abrió la boca, sorprendida.
—¡Livia!
La mediana soltó una carcajada y se apartó justo antes de que su hermana pudiera devolvérsela.
—¡Eso no vale!
—Claro que vale.
—¡Ven aquí!
Gaia volvió a atacarla.
Y así, con la facilidad que da la inocencia, en cuestión de segundos, ambas habían olvidado por completo la conversación y pasado a sus juegos.
Neria se apartó cuando unas gotas alcanzaron sus pies, pero esta vez no se rio.
Tampoco Edine, ni Calpurnia lo hicieron. Continuaron sentadas a su lado, inmóviles, observando a las niñas mientras las esclavas, que habían regresado probablemente alertadas por sus risas, se apresuraban a retirar los frascos y las telas de su alcance.
—Pues se ha quedado buena tarde —murmuró Edine ahora sí que sin ninguna alegría en la voz.
Calpurnia tardó un momento en responder.
—Pues sí… —respondió Calpurnia, sin decir más.
Neria las miró. Ambas la miraban y ninguna sonreía.
Y aquello consiguió que algo que llevaba varios minutos revolviéndose en su interior terminara de asentarse.
Neria bajó la mirada hacia sus manos.
La cama equivocada.
No le gustó aquella expresión. Ni siquiera sabía qué había sucedido con Irene y el padre de Caius para juzgarla de aquella manera, pero siempre ocurría lo mismo.
Siempre era culpa de ella. No importaba si había sido decisión de ambos. Si habían sido felices o si se habían llegado a querer
A veces bastaba con meterse en una cama para que todo terminara complicándose. Y ella llevaba varios días comportándose como si eso no pudiera ocurrirle.
—¡Gaia! —chilló Livia entre carcajadas.
Neria levantó la cabeza.
Las dos corrían alrededor de uno de los bancos completamente ajenas a ellas.
Claro.
Para las niñas la conversación había terminado.
Para ella no.
—Neria —la llamó Edine, agarrándole la mano.
Volvió la cabeza y la miró, pero la curandera no dijo nada más.
No hacía falta. La conocía demasiado.
Apartó los ojos y encontró entonces los de Calpurnia. Su amiga tampoco dijo nada, aunque su expresión había perdido por completo aquella diversión de hacía días.
Neria volvió a mirar a las niñas.
Le quedaba exactamente una semana.
Y aquello que hasta ese momento le había parecido muchísimo tiempo, de repente, le pareció demasiado poco.