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Llevaba suficientes tablillas bajo el brazo cuando regresó a la villa, mucho más tarde de lo previsto, sabía que aquella tarde no saldría de su despacho.
Un problema con uno de los cargamentos del puerto había terminado descubriendo otros dos y, después de varias horas discutiendo con hombres incapaces de sumar correctamente, los números continuaban sin cuadrar.
Atravesó el peristilo buscando algo de comer y las encontró en las escaleras del patio trasero.
A juzgar por las bandejas casi vacías y los restos de fruta habían terminado de comer hacía rato, pero no parecían tener intención de moverse.
Gaia y Caius jugaban con unas piedrecitas sobre uno de los escalones. Livia estaba tumbada boca abajo intentando quitarle una de ellas a Aelia y Neria permanecía sentada un poco más arriba, con la espalda apoyada contra una columna y el rostro levantado hacia el sol.
Servio redujo el paso, dirigiéndose hacia ellas.
No lo habían visto.
—¡Eso no vale! —protestó Gaia.
—Sí vale.
—No. La has movido con la mano.
—Ha sido el viento —se defendió Aelia.
—No hay viento.
—Pues habrá sido algún dios —habló Livia, apoyando a la benjamina.
Neria abrió un ojo.
—Estoy bastante segura de que los dioses tienen asuntos más importantes que ayudar a Aelia a hacer trampas, Livia.
—No lo sabes.
—Tiene razón. Quizá Mercurio no tenga nada mejor que hacer esta tarde y ha venido a jugar con nosotras.
—Mentirosas.
Livia iba a responder, pero fue la primera en descubrirlo, incorporándose.
—Padre.
Todas las cabezas se volvieron. Incluida la de Neria. Y aquella sonrisa que apareció en sus labios al reconocerlo, consiguió que las malditas cuentas del puerto dejaran de importarle.
—Llegas tarde —dijo Gaia.
—Intentamos esperarte, pero teníamos mucha hambre —añadió Aelia.
—Gracias por intentarlo —dijo Servio, descendiendo un par de escalones hasta ellas y dejando las tablillas a un lado.
Caius ya estaba levantándose, cuando llegó.
El muchacho había heredado los ojos claros de su padre y la piel oscura de su madre. Una combinación que, dentro de unos años, probablemente traería más de un corazón roto. Servio esperaba que ninguno perteneciera a aquella casa.
—¿Quiere que avise a mi madre, dómine? Le ha guardado comida caliente.
—No hace falta, muchacho. Comeré esto —habló, tomando un pedazo de pan con miel que quedaba en una de las bandejas.
E inmediatamente, conforme lo mordió, Aelia abrió la boca, indignada.
—Eso era mío. Lo estaba guardando.
—Entonces deberías haberlo vigilado mejor —masculló, terminando de engullirlo.
Aelia protestó mientras los demás reían y Servio se sentaba junto a ellas.
Y, sin saber muy bien cómo, se le olvidó todo lo que tenía que hacer y sencillamente se quedó.
Escuchó a Aelia explicar durante demasiado tiempo por qué había ganado tres partidas, aunque Gaia insistiera en que solo habían sido dos.
Evitó que Livia volcara una copa de agua sobre la túnica de Neria y, cuando ella extendió la mano buscando una servilleta para limpiar el desastre, Servio ya se la estaba ofreciendo.
—Gracias, dómine —murmuró ella, dedicándole una de sus sonrisas coquetas.
—De nada.
Aelia aprovechó la distracción para recuperar una piedra.
—Aelia —dijeron ambos al mismo tiempo, en el mismo tono de reprimenda.
La niña se quedó inmóvil y los miró, al igual que los otros tres.
Servio miró a Neria y ella también le lanzó un vistazo.
—Déjala donde estaba, por favor —añadió Servio otra vez a la vez.
Aelia obedeció en silencio.
Solo hizo un mohín y Livia soltó una carcajada, antes de hablar.
—Eso ha sido muy raro, pero efectivo.
—Mucho —confirmó Caius, que seguía mirándolos con una mueca de extrañeza en el rostro.
—Se acabaron las trampas, al fin —declaró Gaia, seria, observando a los dos adultos.
Neria intentó mantener la seriedad, pero terminó mordiéndose el labio para contener la sonrisa.
—¿Podemos bajar a la playa? —propuso la benjamina, casi en un susurro.
—Si, por favor —apoyo Livia.
—Solo un rato y no os alejéis, ¿de acuerdo? —ordenó Servio, pero las dos niñas ya habían salido corriendo, casi saltando los escalones de dos en dos.
—Despacio —añadió Neria—. Llevad cuidado.
—Nunca lo hacen —protestó Gaia, antes de seguirlas.
—Y nada de meteros en el agua, Gaia —espetó Servio.
—Eso iba a decir yo —aseguró la romana.
—¡Pero hace calor! —se quejó Livia, a lo lejos.
—Pues pasad calor —respondieron ambos.
Esta vez hasta Gaia se rio, volviendo la cabeza para darles un vistazo.
Luego Caius echó a correr escaleras abajo, adelantando incluso a Gaia.
Y Servio los siguió con la mirada desde su asiento.
Caius iba detrás de Aelia, intentando alcanzarla, mientras Livia buscaba ya arena para intentar lanzársela a Gaia, que ya se había preparado para el ataque.
De pronto hubo silencio y Servio se detuvo a mirar a Neria, sentada a su lado.
Durante un instante absurdo tuvo la sensación de que acababan de mandar a sus cuatro hijos a jugar para poder disfrutar de unos minutos de tranquilidad.
La idea apareció con tanta naturalidad y le resultó tan agradable que tardó en comprenderla.
Lucinda.
Su nombre le atravesó el pecho y apartó la mirada hacia el mar, sin saber si Neria se había percatado del dolor que le había cruzado el cuerpo.
—¿Qué te ha retenido?
Servio se tomó un segundo para responder.
—Problemas.
Ella cogió una de las tablillas antes de que pudiera impedírselo.
—Parecen cuentas.
—Precisamente. El peor tipo de problema.
—¿Qué ocurre?
Servio se pellizcó el puente de la nariz. Debatiéndose entre si contárselo o no.
—No cuadran —confesó finalmente—. Llevo todo el día intentando descubrir por qué.
—¿Quieres que te ayude? —preguntó Neria repasando de nuevo las cifras.
—¿Sabes de contabilidad?
Ella levantó una ceja, apartando la vista de las tablas.
—He conseguido sobrevivir durante meses en Roma con una cantidad de dinero que habría hecho llorar a un administrador. ¿Bromeas? Soy prácticamente una experta.
Servio sonrió.
—Eso no es contabilidad.
—Claro que lo es. Solo que con consecuencias más graves. Si tú fallas, tendrás que racionar la miel. Si fallo yo, me muero de hambre.
Neria siguió leyendo mientras, sin pedir permiso, cogía un higo de los que había reunido en su plato.
—Ese era mío.
—Entonces deberías haberlo vigilado mejor —replicó ella, repitiendo las palabras que le había dicho hace apenas unos minutos a su hija.
Y sin más, mordió el higo y le ofreció la mitad.
—¿Lo quieres aún?
Él negó lentamente, pero lo cogió.
—Esta noche me pienso vengar, que lo sepas —prometió Servio, antes de llevarse el pedazo mordido a la boca.
Neria sonrió antes de volver a concentrarse en las cuentas.
Mientras tanto, abajo, Aelia y Livia gritaban cosas incomprensibles, Gaia les ordenaba que dejaran de correr y Caius reía sin parar.
La culpa seguía allí.
Pero también había otra cosa. Algo mucho más agradable.
Y Servio se preguntó cuánto tiempo hacía que no era así de feliz.