El corazón de un hispano 43
67%

43

Entró en su dormitorio esperando encontrarlo vacío. Por eso, cuando una sombra se movió junto a la ventana, dio un respingo y estuvo a punto de gritar.

—Por todos los dioses.

Servio se incorporó del lecho donde estaba sentado.

—Soy yo.

—Ya veo que eres tú —masculló, llevándose una mano al pecho—. ¿Qué haces aquí a estas horas?

Él no respondió inmediatamente y Neria cerró la puerta tras ella, dejando su bolso y manto sobre el arcón.

Había regresado mucho más tarde de lo previsto. Edine había tardado en reunir todo lo necesario para aquel preparado y Calpurnia, en lugar de aceptar que faltaban ingredientes, había movilizado a media casa hasta conseguirlos.

Para cuando terminaron, la romana no quería dejarla ir sin que cenaran algo, a pesar de que sus hijos ya se estaban acostando.

—Las niñas han preguntado por ti toda la noche —dijo Servio al fin—. Livia estaba convencida de que habías huido.

Neria soltó una risa.

—¿Y has venido a comprobar que no me hubiera llevado mis pertenencias más preciadas?

—No.

—¿Las joyas de la familia?

—Neria.

Algo en la forma de pronunciar su nombre consiguió que dejara de bromear.

Servio estaba mirándola de aquella otra manera que había aprendido a reconocer durante los últimos días. Estaba preocupado.

—¿Qué? —preguntó ella, aunque lo sabía perfectamente.

—Has tardado mucho y no has avisado.

Aquello le gustó más de lo que debería.

—Pensé que nadie me estaría esperando.

Él apretó los labios.

—Pero por lo visto me equivoqué —añadió ella, dejando de sonreír.

—Solo quería comprobar que habías regresado bien y a decirte que mañana tendrás que convencer tú a las niñas de que no pensabas abandonarlas.

—Eso puedo hacerlo.

—Perfecto.

Ninguno se movió.

Y Neria tuvo que morderse el interior de la mejilla para no reír.

Aquel hombre podía enfrentarse a comerciantes, senadores y caballos que pesaban diez veces más que él, pero parecía incapaz de reconocer cuando se asustaba. Y mucho menos admitir que la había echado de menos.

—Edine ha tardado más de lo previsto —explicó finalmente—. Ya está.

Servio frunció ligeramente el ceño.

—¿El preparado?

Ella asintió, antes de hablar.

—Ya me lo he tomado y está todo bien. Simplemente, tendremos que estar alejados esta noche y ser más precavidos.

—Oh —masculló el hispano entre sorprendido y decepcionado.

Neria dejó escapar una carcajada.

—No pongas esa cara —pidió la joven, intentando calmarse—. Parece como si acabara de anunciarte que me han administrado veneno.

—No me entusiasma que tengas que tomar algo por mi culpa y tampoco la idea de no poder… tocarte.

La sonrisa de Neria perdió un poco de fuerza, mientras se acercaba a él.

—Puedes tocarme —confesó, acariciándole el brazo suavemente con la punta del dedo.

—Sabes a qué me refiero.

Claro que lo sabía.

Se acercó un paso más a él, pero decidió no contestar.

Servio negó despacio con la cabeza, sin alejarse.

—Calpurnia también se ha enterado, ¿verdad?

Neria hizo una mueca.

—Fue imposible que no lo hiciera. Por lo visto, Edine y ella se han vuelto inseparables.

Él cerró los ojos.

—Entonces Porcio ya se habrá enterado.

—Les he hecho prometer que serán discretas.

Servio volvió a mirarla.

—¿Y crees que Calpurnia cumplirá?

Neria pensó en su amiga dando una palmada y anunciando a voces que se había acostado con Servio.

—No mucho, la verdad.

Él soltó una risa y la besó.

Aquello terminó de desarmarla.

Había algo diferente en verlo allí. En su habitación. Sin prisas, sin esconderse entre las mesas del aula y sin el amanecer obligándolos a separarse.

—¿Cuánto tiempo llevabas esperando? —preguntó, separándose de él lo justo.

Si seguían así, no iba a cumplir lo que le había indicado Edine.

—No demasiado.

—¿Te han dicho alguna vez que no eres tan buen mentiroso como te crees?

—¿Y a ti que discutes demasiado? —replicó Servio, evitando responderle, mientras la acercaba de nuevo a él por la cintura.

—Eso ya lo sabía. Todavía estás a tiempo de despedirme —habló Neria intentando retroceder, pero él la retuvo.

Aquello detuvo el juego durante un instante.

Poco más de una semana.

Tal y como le había recordado Edine.

Neria apartó aquella idea antes de que pudiera estropearlo todo y Servio pareció decidir hacer lo mismo.

—De momento, prefiero aprovechar cada día para discutir contigo.

Él la besó.

Neria respondió inmediatamente, agarrándose a su túnica y tirando de él hasta que Servio tuvo que dar otro paso para no perder el equilibrio.

—Creía que teníamos que estar lejos el uno del otro —murmuró contra su boca.

—Y debemos.

—¿Entonces? —murmuró de nuevo el hispano, tras morderle uno de los labios de forma tentadora.

Neria volvió a besarlo en lugar de responder.

Retrocedieron hasta que la parte posterior de sus piernas chocó contra el lecho.

Entonces Servio se detuvo.

—Neria… —dijo entre dientes, mirando la cama y después la puerta.

Neria siguió su mirada.

Por primera vez no estaban detrás de un pestillo en una sala que nadie utilizaría hasta la mañana siguiente. Cualquier esclavo podía llamar. E incluso alguna de las niñas podía despertarse y entrar.

Además, también estaba lo que le había dicho Edine.

Era una idea pésima.

—De acuerdo, ya paro —murmuró ella, deteniendo y dejando escapar todo el aire.

Servio también respiró hondo, pasándose las manos por el pelo.

—Lo sé.

Neria lo observó durante un segundo.

—Como sigas mirándome con esos ojos, no voy a poder detenerme.

—Pero es que sigues en mi dormitorio —dijo ella, sonriendo, encogiendo los hombros.

¿Qué esperaba que hiciera? Si quería tirarlo en la cama y no dejarlo ir, dándole igual todo.

Él sonrió también, antes de pellizcarse el puente de la nariz, como si hubiera podido escuchar sus pensamientos.

Y, tras atraerla una vez más hacia él y besarla sin urgencia, la soltó y se dirigió hacia la puerta cerrada.

—Nos vemos mañana —habló Servio, antes de abrir la puerta.

—Por supuesto, dómine.

Él rio por última vez y, tras guiñarle el ojo, cruzó la puerta y se marchó.

Neria se sentó en su cama, intentando recuperar el aliento y calmar su corazón, mientras recordó el pequeño recipiente que Edine le había entregado aquella tarde.

Definitivamente tendría que aprender a prepararlo ella misma.

Aunque empezaba a sospechar que el preparado no iba a solucionar la parte más peligrosa de aquella costumbre.