42
Comenzó a sospechar que ocurría algo cuando Neria volvió a sentarse.
Llevaban prácticamente toda la tarde juntas.
Habían comido en casa de los Catón, paseado por el foro y pasado buena parte de la tarde hablando en uno de los patios mientras los niños corrían alrededor.
Incluso habían terminado riéndose en el triclinio de la casa de una historia absurda de Calpurnia sobre una cena en Roma y un senador que había perdido parte de la toga al levantarse, mientras tomaban fruta.
Había sido un buen día.
Uno de los mejores que Edine recordaba desde que había llegado a aquella tierra, pero estaba anocheciendo y Neria debía regresar.
Los esclavos encendían las lámparas y desde el interior de la casa llegaban las voces de los niños preparándose para cenar.
Y Neria seguía allí.
—Entonces… —volvió a preguntar Calpurnia—. ¿Te quedas a cenar?
—No —respondió ella inmediatamente.
Edine miró a Calpurnia, que también parecía desconcertada con la situación, mientras esperaba que su amiga se levantara de nuevo.
No lo hizo.
—¿Así que…?
—Me iré enseguida —terminó Neria, volviéndose a acomodar en el asiento.
Edine entrecerró los ojos.
Definitivamente, ocurría algo.
—¿Cómo os habéis hecho tan amigas? —continuó hablando Neria, señalándolas a ambas.
—Soy su sanadora privada—dijo Edine.
—Una cosa no excluye la otra.
Calpurnia sonrió con la respuesta de Neria.
—Edine pasa bastante tiempo aquí y he descubierto que disfruto de su presencia.
Edine miró a la patricia.
Era demasiado pronto para llamarla amiga. Apenas hacía unas semanas que se conocían, pero debía reconocer que Calpurnia la había sorprendido. Ojalá todas las mujeres de su clase fueran como ella.
Los Catón habían demostrado, además de ser amables con todo el mundo, escuchar sus consejos, respetar sus horarios y apreciar sus opiniones.
Incluso el mismo esposo de Calpurnia había dejado de trabajar, sin protestar, después de que le revisara una lesión que tenía en el antebrazo.
Le habían dado una habitación tan grande que durante los primeros días no sabía qué hacer con tanto espacio y Calpurnia había decidido comprarle un montón de ropa nueva, en cuanto le comentó que necesitaba reparar la suya.
Es más, a veces, al mirarse, Edine tenía la impresión de haberse convertido en una más de la familia. Una versión diminuta y menos refinada de aquella mujer.
Jamás conseguiría caminar con aquel porte.
También había descubierto algo todavía más sorprendente.
Los niños no eran tan insoportables cuando empezabas a tenerles aprecio. Ahora bien, en eso aún estaba trabajando y cuando sí lo eran, se encerraba en su habitación o se marchaba a pasear.
Funcionaba bastante bien.
—Me gusta estar con ellos —admitió finalmente.
Neria sonrió.
—Ya lo veo. No os separáis.
Edine estudió a su amiga.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Has pensando sobre lo de regresar a Roma?
La sonrisa de Neria desapareció.
Aquella pregunta llevaba días rondándole también a Edine.
Ella misma ya no sabía qué quería hacer. Vivía mejor que nunca. Tenía trabajo, un sueldo, libertad y una familia que parecía haberse empeñado en adoptarla sin pedirle opinión.
Pero todas las noches, antes de dormir, seguía pensando en Roma. En la casa vacía y en Tulio.
En la posibilidad absurda de que un día regresara y no encontrara a nadie.
Ellas habían sido su familia. La única que le quedaba.
Neria continuaba mirándola, muda, y Edine decidió hacer lo que mejor sabía hacer cuando alguien no le quería responder. Insistir.
—¿Acaso tu atractivo patrono y tú habéis hablado de algo que no nos quieras contar? —preguntó Edine arqueando una ceja—. Te queda menos de una semana, guapa.
Neria se irguió en su sillón, continuando inmóvil.
—Oh —pronunció Calpurnia, dejando lentamente la copa que sostenía.
Ella también notó el enrojecimiento que se extendió por el rostro de su amiga.
Aquello era interesante.
—¿Qué? —preguntó Neria.
—Nada —mintió Edine, apretando los labios para retener una sonrisa.
—Las dos me estáis mirando con una cara que no parece de nada.
—¿Qué cara? —preguntó Calpurnia, compartiendo una mirada de absoluta inocencia con ella.
Edine la imitó, encogiéndose de hombros, y Neria miró primero a una y después a la otra.
—Estamos bien. Ya no tenemos ningún problema.
Edine volvió la cabeza hacia Calpurnia. Luchando por no reír.
La romana ya la estaba mirando y se echaron a reír.
Servio.
Algo había pasado entre esos dos para que hubiera resuelto sus «problemas».
—Neria… —comenzó Edine, sin saber por dónde empezar para que su amiga no se pusiera a la defensiva.
—No.
—Todavía no he preguntado nada.
—Pero ibas a hacerlo y no es el lugar —expuso Neria, soltando el aire, mientras miraba alrededor.
Dos esclavos terminaban de recoger una mesa. Sura hablaba con otro junto al acceso al triclinio, siempre atenta a Calpurnia mientras alguien llamaba a uno de los niños desde el corredor.
No quería que nadie escuchara lo que tenía que contarles.
Calpurnia pareció deducir el problema antes, porque ya tenía la mano levantada hacia su esclava personal, cuando la volvió a mirar.
—Sura —ordenó la romana de repente.
La esclava acudió.
—¿Sí, dómina?
—Llévate a los demás un momento. Dad… una vuelta.
Sura miró discretamente a las tres.
—Por supuesto, dómina.
Edine sonrió y Neria cerró los ojos, frotándose la frente con la mano.
—Calpurnia.
—¿Qué? —preguntó esta y, cuando se quedaron a solas, añadió—. Mis hijos devorarán la casa si no vamos pronto a cenar así que habla de una maldita vez.
Edine se acomodó mejor, preparándose para la noticia.
Y Neria las miró a ambas, antes de respirar hondo.
—Necesito uno de tus preparados.
Edine frunció el ceño.
—¿Cuál?
Otro silencio.
—Uno para evitar quedarme embarazada.
Edine parpadeó.
Una vez.
Después otra.
Tulio.
Calpurnia abrió la boca.
—Lo sabía. Te has tirado a Servio —declaró la romana, golpeando con un pie el suelo a la vez que dio una palmada—. Ya estaba bien.
—¡Calpurnia! Baja la voz.
—¡Os habéis acostado! —repitió Edine, sin saber muy bien si preguntar o afirmar.
—Hablad más alto, creo que Porcio no os ha oído desde el otro extremo de la casa.
Calpurnia se inclinó inmediatamente hacia ellas.
—Lo sabía —repitió en un susurro feroz—. Por todos los dioses, es qué lo sabía. Siempre fuiste irresistible para los hombres.
Neria se tapó el rostro con ambas manos, mientras Edine seguía procesándolo.
Servio.
Neria.
Servio y Neria.
¿Y Tulio?
Entonces reparó en algo.
—Espera.
—¿Qué? —preguntó Neria, mirándola entre los dedos.
Edine entrecerró los ojos.
Algo no encajaba. Neria no parecía avergonzada por algo que hubiera ocurrido una vez y lamentara. Parecía avergonzada porque estaba ocurriendo.
—No ha sido una vez.
Silencio.
—¡Ha sido más de una! —exclamó Calpurnia, abriendo mucho los ojos y la boca.
—Suficiente. Me voy.
Neria hizo ademán de levantarse y Calpurnia la agarró del brazo, con una sonrisa gigante en el rostro.
—No, no. Siéntate.
—¿Vais a ayudarme o vais a seguir riéndoos de mí par de arpías?
—¿Las dos cosas no se pueden? —respondió Calpurnia de muy buen humor, mientras Edine intentaba recuperar la compostura.
—Por supuesto, que lo voy a hacer. Solo necesito un momento para procesarlo.
Neria asintió.
—Gracias.
—Pero recuerda que ninguno es completamente seguro.
—Lo sé, Edine.
—De acuerdo —pronunció, comenzando a hacer una lista mental de lo que necesitaba—. Tengo que comprobar qué ingredientes hay en la cocina. Además, no sé si a estas horas podremos conseguir lo que falte.
Calpurnia se puso en pie.
—¡Sura!
Neria la miró alarmada.
—¿Qué haces?
La esclava apareció, ante ellas, antes de que ninguna pudiera decir ni una palabra más.
—¿Sí, dómina?
—Avisa a mi marido de que vaya cenando con los niños. La dómina Neria, Edine y yo tenemos algunas cosas que hacer antes.
Sura ni siquiera pestañeó.
—¿Cenarán las dóminas más tarde?
—Sí.
—Como ordenéis, ama —habló la esclava y desapareció.
Edine observó primero a Calpurnia, después a Neria y finalmente volvió a mirar a la patricia, que ya caminaba hacia la cocina como si acabara de ordenar el movimiento de una legión.
—¿Qué hacéis? —preguntó, mirando a las dos—. ¿Acaso se van a hacer esas… pociones solas?
Tanto Neria como ella se levantaron de un golpe.
Definitivamente, todavía era demasiado pronto para llamar amiga a aquella mujer. Pero cada día le costaba más encontrar una razón para no hacerlo.
—Vamos —ordenó Calpurnia desde el corredor, con una sonrisa.
Edine sonrió y siguió sus pasos.
Nadie en aquella casa se atrevía a contrariar a Calpurnia Catón.
Y Edine empezaba a comprender perfectamente por qué.