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Sintió unos dedos recorriéndole lentamente la espalda. Pero no fue hasta que esa misma mano, le apartó el cabello del rostro, deteniéndose a acariciarlo, que no se despertó.
Sin embargo, no abrió los ojos.
Estaba demasiado cómoda para hacerlo.
Tenía la mejilla apoyada contra el cuerpo cálido de Servio, su brazo rodeándole la cintura y la desagradable certeza de que, si permanecía completamente inmóvil, quizá pudiera seguir durmiendo un poco más.
—Neria —susurró Servio contra su pelo.
Ella gruñó inmóvil y él dejó de acariciarla.
—Tenemos que levantarnos.
—No. ¿Por qué?
Servio soltó una risa por encima de su cabeza.
—Porque está a punto de amanecer.
Aquello consiguió que abriera los ojos, tardando unos segundos en ubicarse.
La sala de estudio permanecía prácticamente a oscuras. Las tablillas estaban amontonadas sobre una de las mesas, los bancos apartados contra la pared y, junto a ellos, las prendas que habían ido abandonando sobre el suelo.
Debajo de sus cuerpos estaba el manto de Servio y encima, el de ella.
—¿No podemos ni esperar cinco minutos más? —preguntó Neria, luchando por no cerrar nuevamente los ojos.
—Eso dijiste la última vez.
—Es que no me estás dejando dormir nada.
—Podrías haberte ido a tu dormitorio, sin ningún compromiso.
Neria levantó la cabeza para mirarlo.
—No fui yo quien me recordó que era la única persona con una llave de esta habitación y me propuso cerrar la puerta con pestillo.
La sonrisa de Servio apareció despacio.
—Puede que esa persona fuera yo.
—Si que puede, sí.
Neria intentó sostener aquella mirada dura, pero terminó sonriendo también contagiada por aquella naturalidad que se había creado entre ellos.
Tres noches.
Llevaban tres noches haciendo aquello.
Durante el día apenas encontraban momentos para estar solos. Siempre había alguna niña alrededor, algún esclavo al doblar una esquina o alguna obligación esperando a uno de los dos.
La primera noche Servio había aparecido cuando ella intentaba preparar las lecciones del día siguiente, buscando calmar la pasión que no abandonaba su mente.
La segunda ni siquiera llegó a sacar las tablillas.
Y aquella tercera, había sido antes de la noche. Las niñas se habían empeñado en pasar la tarde en casa de los Catón y Servio no había puesto problema. Llegando al aula, al poco de que las niñas salieran de la casa.
Gaia lo había mirado con cierta sospecha, pero no había dicho nada.
Neria empezaba a pensar que aquella niña era demasiado inteligente.
Servio se inclinó y la besó.
—Tenemos que ponernos en marcha. Nos hemos entretenido demasiado.
Tenía razón. Tanto ese, como todos los besos de aquella noche, habían sido lentos y deliciosos. Sin aquella desesperación del cuarto, ni la urgencia de las noches anteriores.
Neria levantó una mano hasta su nuca y durante unos segundos volvió a olvidar que debían marcharse.
Era demasiado fácil y peligroso.
Besarse, reírse con él e incluso despertarse sobre su cuerpo se le había hecho inquietantemente natural de una manera muy rápida.
—Vamos —murmuró Servio contra sus labios de nuevo—. Se nos está yendo de las manos.
Neria observó la claridad grisácea que comenzaba a colarse por la parte superior de la ventana.
—Tienes razón y odio que la tengas.
Servio rio.
—Lo sé.
Se incorporó primero y Neria aceptó la mano que le ofrecía para levantarse.
El frío de la madrugada le recorrió inmediatamente la piel y, maldiciendo, buscó su túnica entre aquel desastre.
Servio la encontró antes y se la lanzó.
—Gracias.
—De nada.
Neria comenzó a vestirse mientras él hacía lo mismo al otro lado de la estancia.
Seguía resultándole extrañamente íntimo. Incluso más que todo lo ocurrido antes.
Todavía se descubría mirándolo. La musculatura bronceada, los brazos firmes y aquellas nalgas duras que no tenía intención de fingir que no le gustaban.
Y disfrutaba verlo recoger el cinturón del suelo. Encontrar una de sus sandalias debajo de un banco. O escucharlo también maldecir cuando no encontraba algo.
—Aquí —dijo Servio al localizar la estola de ella debajo de una mesa.
—¿Cómo ha llegado hasta allí?
Él se encogió de hombros, con un gesto inocente que contrastaba con su rostro duro.
—Tengo alguna teoría.
Neria sonrió y recibió como respuesta una de aquellas sonrisas que cada día aparecían con más facilidad en la cara del hispano.
Entonces él volvió a concentrarse en vestirse, haciendo ella lo mismo.
—Neria —habló cuando estaban acabando y algo en su tono había cambiado.
—¿Qué?
Servio terminó de ajustar el cinturón antes de mirarla.
—Si notas cualquier cambio en tu sangre mensual…
Neria dejó de colocar su cabello.
Ah. Aquello.
—No creo que ocurra —cortó Neria.
—No podemos saberlo. La primera vez no tuve ningún cuidado y Gaia…
—Servio. Créeme, no creo que pase.
—Hablo en serio.
—Yo también.
El hombre frunció el ceño.
Neria soltó el aire y se sentó sobre uno de los bancos para colocarse las sandalias.
—Estuve casada varios años con Tulio —explicó—. Nunca hicimos nada para impedirlo y jamás me quedé embarazada.
Servio guardó silencio.
Neria se concentró demasiado en el cordón de su sandalia.
Siempre le habían gustado los niños.
Durante los primeros meses incluso había esperado cada periodo, convencida de que quizá, aquel sería el último durante una temporada. Después dejó de contar. Y finalmente dejó también de esperar.
—Puede que simplemente no pueda tenerlos —añadió, encogiéndose de hombros.
No quería que sonara triste, pero lo hizo.
Y Servio se acercó hasta ella, acariciándole el rostro, esperando hasta que lo miró.
—Eso no significa que tú y yo…
—Lo sé —lo interrumpió ella, levantándose—. Y tampoco pienso confiarme. Hoy hablaré con Edine.
—¿Con Edine?
—Si, aproveche la visita de las niñas para avisarla de que esta tarde iré a verla. Conoce varios preparados para evitar embarazos.
Servio se enderezó.
—Ah.
Neria tuvo que contener una sonrisa.
—¿Ah?
Servio tardó en responder, poniendo su pose de pater familias [25] que había aprendido a distinguir.
—No sabía que existieran esas cosas y que tú estuvieras tan acostumbrada a utilizarlas.
Esta vez sí sonrió.
—No te enceles.
—No estoy celoso, simplemente desconocía que estuvieras tan habituada a tomarlas.
La respuesta llegó demasiado deprisa y directa.
Neria se acercó, un poco más, acariciándole el rostro.
—Servio.
—De acuerdo. Está bien.
—Claro.
Él apretó los labios y ella tuvo que contener la risa.
—Nunca he tomado ninguno —confesó finalmente—. Y eres el segundo hombre con el que me acuesto en toda mi vida, por si quieres saberlo.
La expresión de Servio cambió apenas.
Solo lo suficiente.
—¿Tulio y yo?
—Tulio y tú.
—Ah.
Neria negó, divertida, y terminó de colocarse el manto.
—De todas formas, ya había pensado en ello. Nunca me ha gustado la idea de que un embarazo obligue a nadie a hacer algo que no desea.
La sonrisa de Servio desapareció.
—¿A qué te refieres?
—A sentirte obligado a casarte conmigo, por ejemplo.
—Neria…
—Roma está llena de matrimonios que comenzaron exactamente así, ya sé cómo acaba eso y paso.
Durante un instante pensó inevitablemente en Cora.
En todo lo que Calpurnia le había contado. En matrimonios sostenidos por obligaciones, familias, reputaciones y niños que terminaban pagando decisiones tomadas antes incluso de que nacieran.
Ella no quería aquello.
Ni para sí misma ni para nadie.
—No pienso convertir un hijo en una obligación —continuó, colocando los muebles de la sala en el sitio en que debían estar—. Y mucho menos utilizarlo para conseguir un marido.
Servio carraspeó y Neria levantó la mirada.
Él la observaba con una expresión extraña.
—¿Qué?
—Nada.
—Hay algo. Te lo veo en la cara.
Servio dio un paso hacia ella.
—Solo me resulta curioso que estés hablando de obligarme a casarme contigo cuando ni siquiera has querido aún que hablemos de qué demonios vas a hacer cuando la prueba acabe.
Aquello borró parte de su sonrisa. Tenía razón.
Llevaban tres noches encontrándose a escondidas y no habían hablado todavía sobre que significaba lo que ocurría entre ellos. Y no porque no lo hubiera pensado, sino precisamente, por lo contrario. Intuía lo que iba a pasar y prefería ahorrárselo de momento.
Lo más probable es que ponerle nombre lo estropeara todo.
—Entonces será mejor que no me quede embarazada —resolvió.
Servio soltó una exhalación divertida.
—Entonces esos preparados…, ¿funcionan?
—No son infalibles del todo —reconoció Neria—. Edine siempre lo deja muy claro, pero al parecer, ayudan.
—Entonces tendremos que ser más cuidadosos.
Servio se quedó frente a ella.
—Mucho más—repitió Neria arrugando la nariz.
—Y bajar el ritmo.
—Bueno eso ya lo iremos viendo.
El comentario hizo que Servio soltara una carcajada que tuvo que contener inmediatamente, mirando hacia la puerta.
—Vas a conseguir que nos descubran —dijo Neria agarrándolo, con una sonrisa en la cara—. Se supone que estás trabajando en tu despacho.
Servio negó con la cabeza, la tomó suavemente de la cintura y la acercó.
Neria levantó el rostro.
El beso fue breve, prometedor y casi doméstico.
—Tienes razón —murmuró él.
—Siempre. Grábatelo en la cabeza.
Él se rio, pero ninguno se movió.
Él volvió a besarla y Neria sonrió contra su boca decidida a entretenerse unos minutos más.
Aquello empezaba a parecerse demasiado a una vida que no sabía si podía permitirse desear.