El corazón de un hispano 40
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Tardó unos segundos en comprender por qué estaba mirando al cielo.

Una nube blanca cruzaba lentamente sobre su cabeza y algo le raspaba la mejilla. Tierra. Tenía tierra hasta en la boca.

Parpadeó y llegó el dolor.

No demasiado. Un golpe sordo en la cadera, otro en el hombro y una sensación desagradable que le recorría toda la espalda.

—¡Neria!

—¡Neria!

Giró la cabeza y vio como Helios se alejaba unos pasos, nervioso, mientras Gaia intentaba sujetarlo de las riendas.

—¡Neria!

—¡Neria!

Livia corría hacia ella. Aelia gritaba algo desde el cercado. Y Servio se dejó caer de rodillas a su lado con el rostro completamente desencajado.

—No te muevas.

Neria volvió a parpadear y esta vez logró hablar.

—Estoy bien.

—He dicho que no te muevas —ordenó Servio, pasándole una mano por el brazo, después por el hombro y terminando en la cabeza. Buscaba alguna herida.

La postura entre ambos era tan absurda que Neria no pudo evitarlo. Se echó a reír, dejando a Servio inmóvil.

—¿De qué demonios te ríes?

—No lo sé.

Intentó incorporarse y el dolor de todo su cuerpo hizo que arrugara el rostro.

—¡Neria!

—Estoy bien, estoy bien —repitió entre risas—. Juró que nunca más me volveré a reír de la caída de Tulio.

—Te has caído de un caballo. ¿Eres consciente?

—Si, Servio, pero gracias a los dioses solo ha sido un accidente.

Livia llegó hasta ellos casi sin aliento, con Aelia de la mano.

—¿Te has muerto? —preguntó la benjamina.

—Todavía no.

—No tenías que haber tirado así de las riendas.

—Gracias por avisarme ahora, Livia.

—Has dado una vuelta entera —afirmó Gaia apareciendo detrás de sus hermanas, acompañada de uno de los esclavos de las cuadras—. ¿Estás bien?

Gaia estaba pálida y aquello si consiguió que Neria dejara de reír.

—Estoy bien —afirmó Neria, mirándolo—. Solo ha sido una caída. Nada más. No he perdido la consciencia y puedo mover las piernas.

—Hazlo —ordenó Servio.

Neria tardó, pero obedeció, moviendo primero una y después la otra.

—¿Y los brazos?

—Servio…

—Neria.

El tono consiguió que cerrara la boca y moviera ambas extremidades.

—¿Contento? ¿Podría ahora alguien ayudarme a levantarme?

Servio no respondió, pero fue el quien la sujetó por el antebrazo y la cintura para ayudarla a incorporarse. Neria apoyó una mano en su hombro y se levantó despacio.

Nada roto. Lo sabía. Solo iba a tener un moratón extraordinario.

—¿Ves? —dijo, sacudiéndose la tierra de la estola—. Sigo entera.

Livia comenzó a quitarle polvo del hombro con movimientos secos y Gaia y Aelia la imitaron.

—Has podido matarte —masculló, entre dientes, Servio.

Era obvio que estaba molesto.

—Tampoco exageremos.

—¿Exagerar? —repitió con un tono más seco.

Mala elección de palabras.

—Ha sido un accidente, Servio. Por suerte, nada más.

—Ha sido una imprudencia.

—Servio…

—No tenías que haber subido. Te dije que no corrieras.

Neria abrió la boca.

—Iba despacio.

Gaia carraspeó y Neria la miro. Las tres niñas negaron con la cabeza, antes de que su padre las mirase.

Si que tenía que estar enfadado.

—Al principio —puntualizó, intentando congraciarse con él.

—Nunca escuchas. Te dije que no hicieras eso —añadió Servio.

—¿El qué?

—¡Lo que fuera que estabas intentando hacer cuando has salido despedida!

Neria frunció el ceño.

—No he salido despedida.

Las tres niñas la miraron.

—La verdad es que si lo has hecho —admitió Livia.

—Muchísimo —añadió Aelia.

Neria las fulminó con la mirada.

—Gracias.

Servio soltó el aire con fuerza y se apartó de ella.

—Se acabó.

Neria dejó de limpiarse la túnica.

—¿Qué? —lanzó Neria, dejando de limpiarse la túnica—. No te atrevas a decirme que estoy de nuevo despedida, cuando acabo de caerme de un caballo.

El la miró durante unos instantes más de lo debido, apretando los labios. Neria estaba segura de que era exactamente eso lo que había estado a punto de hacer.

—Se acabaron los caballos por hoy —ordenó finalmente.

—Padre… —protestó Gaia.

—A casa.

—Pero si Neria está bien —añadió Livia.

—He dicho que a casa. Todas. Ya.

El tono consiguió que ninguna volviera a protestar.

Servio miro al esclavo y, mirando hacia los caballos, ordenó.

—Ocúpate de ellos.

Y después se alejó sin mirar a nadie.

Neria permaneció inmóvil.

—Está enfadadísimo —murmuró Aelia.

—Ya me he dado cuenta.

—No vamos a volver a montar mientras se acuerde —afirmó Gaia, negando despacio.

—Mínimo todo el mes, si no volvemos a liarla antes —declaró Livia.

Neria las miró.

Las tres continuaban algo pálidas y la diversión de hacía unos minutos había desaparecido por completo.

—Eh. —dijo y, esperando hasta conseguir que la miraran, continuó—. Estoy bien. No ha pasado nada. Hablaré con él y mañana mismo volveréis a montar. Tranquilas.

Aelia observó la mancha de tierra que cubría prácticamente todo su costado.

—¿Seguro?

—Mañana probablemente me dolerá hasta respirar, pero estoy bien. Os lo prometo.

Aelia se acercó para abrazarla por la cintura, Neria le acarició el cabello y miró a las dos mayores.

—Volved a la villa. Irene os estará esperando para que os duchéis antes de la cena.

—¿Y tú? —preguntó Gaia.

Neria miró hacia donde Servio acababa de desaparecer.

—Voy a hablar con vuestro padre.

—Eso es una idea horrible —declaró Livia—. Esta muy enfadado.

—Se ha puesto rojo —masculló la pequeña, contra su vestido.

—También me he dado cuenta de eso.

—No creo que esté enfadado —habló Gaia, observándola unos segundos. Esperó que la niña añadiera algo más, pero no lo hizo.

Aunque tampoco hacía falta.

Neria miró nuevamente hacia el camino por el que Servio había desaparecido.

Mierda.

Pidió a otro de los esclavos que había aparecido, que las acompañara a la casa y esperó hasta verlas alejarse antes de echar a andar en dirección contraria.

Encontró a Servio junto al almacén de las cuadras.

Estaba de espaldas a ella, apoyado con ambas manos sobre una mesa de trabajo. Solo.

—Servio.

No respondió. Neria se acercó un poco más.

—Servio.

—Vuelve a la casa.

—No.

Lo vio tensar los hombros.

—No quiero discutir contigo.

—Magnífico. Me encanta ver que cada vez estamos de acuerdo en más cosas.

Él se incorporó.

—Neria.

—Ha sido una caída. Estoy bien. Mira —afirmó, señalándose todo el cuerpo, para después girar sobre sí misma. Pero él no la miró.

—Podrías no estarlo.

—Pero lo estoy. Eso es lo que importa.

—¡Podrías haberte roto el cuello!

Neria se quedó quieta y Servio se volvió por fin hacia ella.

Seguía furioso, pero ya no vio solo enfado.

Tenía el rostro pálido, los labios apretados y las manos todavía cerradas en dos puños junto al cuerpo.

Neria recordó la manera en que había corrido hacia ella. Cómo se había arrodillado en la tierra. Sus manos recorriéndola desesperadamente mientras comprobaba que podía mover brazos y piernas.

Gaia tenía razón.

No estaba enfadado. Se había asustado. Mucho.

La irritación de Neria desapareció.

—Servio…

—No. Odio que hagas eso —afirmó Servio volviendo la cara—. Que le restes importancia a las cosas importantes.

Neria permaneció en silencio.

—Te he visto caer —continuó—. Durante unos segundos no te has movido.

Ella tragó saliva. No recordaba aquella parte.

—Pensaba que…

Servio no terminó.

Neria caminó hacia él, hasta ponerse a unos escasos centímetros.

—Lo siento —habló, haciendo que él levantara la mirada y la mirase al fin a los ojos—. No pretendía asustaros. A ninguno.

Algo cambió en su expresión.

Solo un instante.

Neria lo vio mirar su frente, su mejilla, bajar hasta la mancha de polvo que cubría su hombro y volver a sus ojos.

—No vuelvas a hacer algo así.

A ella se le escapó una sonrisa diminuta.

—No puedo prometerte que no volveré a caerme de un caballo.

—Neria.

—Pero sí intentaré no hacer estupideces solo porque tus hijas cuestionen mi honor. ¿Te parece?

Servio soltó el aire.

—Eso sería un comienzo.

—Aunque son terriblemente convincentes —declaró Neria sonriendo.

Y entonces él se acercó, haciendo que la sonrisa desapareciera de sus labios.

Neria sintió aquel cambio conocido en el estómago.

—Servio…

Él levantó una mano.

Sus dedos apartaron con cuidado un mechón que se había soltado durante la caída y después le limpió con el pulgar una mancha de tierra de la mejilla.

Neria dejó de respirar y la comisura de los labios de Servio se movió apenas.

—Es que hasta llena de polvo estás guapa.

Ella soltó una pequeña risa y él la besó.

No hubo pregunta aquella vez, ni vacilación por parte de ninguno.

Servio sujetó su rostro y buscó su boca con una urgencia que consiguió hacerla retroceder un paso.

Neria respondió antes incluso de comprender lo que estaba ocurriendo.

Lo agarró de la túnica, lo atrajo hacia ella y todo lo que habían intentado contener durante aquellos días desapareció.

El miedo, la vergüenza, la culpa y el maldito tratamiento de cortesía salieron por la puerta, cuando Servio volvió a besarla y Neria sintió su espalda chocar contra la pared.

—Nos pueden ver —murmuró ella contra su boca.

Él se detuvo, asintiendo.

Durante un segundo, mientras Servio miró hacia el patio de las cuadras, pensó que aquello bastaría para devolverle la razón.

Pero volvió a mirarla y la besó otra vez.

Más fuerte.

Más decidido.

Neria soltó un sonido ahogado cuando él la tomó y la empujó hacia la puerta del almacén, buscando instintivamente un lugar donde encerrarse y ocultarse. La madera fría contra su espalda, el cuerpo de Servio demasiado cerca, demasiado real.

—Servio… —intentó decir, pero su nombre se perdió entre sus labios.

Él se detuvo apenas lo suficiente para mirarla.

Respiraba tan deprisa como ella.

—Dime que pare ahora o ya no podré.

La frase la atravesó y Neria sostuvo su mirada.

Podía hacerlo. Probablemente debía hacerlo. Pero no quería.

Neria negó despacio y continuó el besó.

Él abrió la puerta sin separarse de ella.

El interior era oscuro, estrecho, lleno de olor a cuero y heno seco.

Entraron casi a ciegas, la puerta se cerró a sus espaldas y el mundo exterior desapareció.

Allí, Servio profundizó el beso, esta vez sin contención, y Neria sintió cómo todo lo demás dejaba de importar. Sus manos en su cintura, la forma en que la acercaba, la manera en que ella respondía sin pensarlo siquiera.

Como si llevaran demasiado tiempo conteniéndose y aquello fuera inevitable.

Neria lo empujó contra la puerta sin darse cuenta de cuándo había cambiado el control entre ellos. Servio soltó una exhalación breve, casi incrédula, antes de buscarla otra vez.

—Eres imposible… —murmuró contra su boca.

Pero no pudo terminar, en cuanto su última prenda callo, las manos de él le subieron la túnica hasta la cintura para después cargarla y empujarla a ella contra la pared.

Lo notaba preparado y listo contra ella.

—Es tu última oportunidad —articuló Servio contra sus labios.

Neria sintió el corazón golpearle contra las costillas.

Había esperado aquel momento desde que lo besó por primera vez. Incluso había fantaseado con él hasta robarle el sueño.

—Lo mismo digo —susurró rozando sus labios con los de él.

Servio no se apartó y entonces ya no hubo palabras.

Él entro en ella y todo se convirtió en respiraciones entrecortadas, besos, caricias y el sonido apagado de la madera al golpearla.

Servio la sostuvo con firmeza, como si necesitara asegurarse de que era real, de que no iba a desaparecer si aflojaba un solo segundo.

Y Neria se aferró a él con la misma urgencia. Apretando las piernas en torno a su cintura, mientras lo acariciaba y besaba por todo el cuerpo.

Entonces, mientras la seguía embistiendo, el mundo dejó de tener forma alrededor de ellos, cerrándose con un grito que él mitigo poniéndole una mano en la boca.

Unos minutos después, la siguió al orgasmo, apoyando la frente contra la suya, respirando como si acabara de perder algo mucho más grande que la calma.

—No hagas que me arrepienta de esto —murmuró Servio.

Neria cerró los ojos antes de responder.

—Pues no la cagues.

Y volvió a besarlo.