El corazón de un hispano 39
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—Otra vez. Sin miedo —dijo volviendo a ajustar el asiento del caballo de Aelia, cuando el sol ya empezaba a descender.

—Ya lo he hecho y casi me caigo —se quejó la benjamina desde lo alto del caballo.

—Eso es porque lo has hecho mal. Tienes que estar más tranquila.

Aelia arrugó la nariz y volvió a mirar las riendas que sujetaba.

Había escogido para ella una de las yeguas más tranquilas y pequeñas de las cuadras. Un animal viejo, corto y paciente que probablemente soportaría que Aelia se pusiera de pie sobre su lomo sin alterar siquiera el paso.

Aun así, mantenía una mano sobre el animal. No fiándose de ninguno de los dos.

—Los talones hacia abajo —le indicó de nuevo, negando despacio.

—¿Así? —preguntó Aelia, exagerando el movimiento.

—No tanto.

—Nunca está bien.

—Porque nunca haces exactamente lo que te digo.

—Eso no es verdad.

Una carcajada llegó desde el otro extremo del cercado, haciendo que Servio levantara la cabeza. Gaia acababa de adelantar a Livia y daba la vuelta junto a la empalizada con una sonrisa triunfal.

—¡Eso no vale! —protestó la mediana.

—Claro que sí.

—Has salido antes.

—Porque eres lenta.

—¡Padre, dile que deje de hacer trampas!

—No soy una tramposa.

—No pienso meterme —advirtió Servio.

—Si que lo eres.

—No, el problema es que tú eres muy lenta y una mala perdedora.

—Y tú una idiota.

—Livia —la llamó él y la mediana cerró la boca, mirando a su hermana con el ceño fruncido.

—Ahora intenta girar tú sola —volvió a indicarle a Aelia.

—Sé girar.

—Demuéstralo —repitió, apartándose unos centímetros.

La pequeña sacó la lengua entre los labios, concentrada, y tiró demasiado de una de las riendas.

La yegua obedeció con una paciencia infinita, describiendo un giro mucho más cerrado de lo necesario.

—Despacio —corrigió Servio—. No necesitas arrancarle la boca a la pobre.

Aelia estaba a punto de responder cuando una voz llegó desde detrás de ellos.

—Siento interrumpir, pero Irene me manda a buscaros —le sorprendió la voz de Neria, haciendo que se volviera.

La joven estaba apoyada contra la entrada del cercado.

No la había oído llegar.

Llevaba una túnica sencilla y una estola clara, recogida a la altura de la cintura. El cabello estaba sujeto detrás de la cabeza, aunque varios mechones se habían escapado y el viento los movía alrededor de su rostro. Era evidente, que acababa de bañarse.

Su olor a jabón dulce de flores se le filtraba en la nariz a pesar de la distancia. Servio sintió inmediatamente aquel maldito tirón en la entrepierna.

Llevaba varios días consiguiendo mantener cierto alejamiento y, después de la conversación de la madrugada anterior, había decidido que probablemente continuar así era lo mejor. El problema era que su cuerpo parecía tener una opinión completamente diferente.

—Dice que dentro de poco estará preparada la cena —continuó Neria.

—Todavía queda tiempo.

—Eso mismo le he dicho, pero no ha parecido estar de acuerdo conmigo.

Servio arqueó una ceja y Neria sonrió.

—Ayer dijiste lo mismo y después tuvimos que esperar un buen rato a que estuviera —gritó Gaia desde el otro extremo.

—Yo creo que es una excusa que te has buscado porque nos echas de menos —lanzó Livia, acercándose a lomos de su caballo.

Neria volvió la cabeza.

—Livia Senea, eres toda una creída.

El comentario hizo que a su hija se le escapara una pequeña risa, que contagió a las demás.

Servio miró a Neria, sintiendo de nuevo un tirón que le apretó la garganta.

Es que es preciosa, joder.

—No es cierto —replicó Livia, acercándose un poco más—. No soy una creída.

—Un poco sí —intervino Gaia con una risa

Las niñas se volvieron a reír e incluso él intentó esconder una sonrisa.

El ruido alteró al caballo de Aelia y los demás, parecieron imitarlo.

—Suficiente escándalo, niñas. Bajad la voz —ordenó Servio.

Las cuatro callaron inmediatamente. Neria incluida.

Servio volvió a acercarse a Aelia, sujetándola mejor en su montura y rezando porque la romana, a su espalda, se marchará.

En cambio, los pasos de alguien más se escucharon.

—Dómine —hablo Servilia, al llegar al cercado con una cesta pequeña cubierta con un paño—. Han traído esto de la casa de los Augusto.

—¿Qué es?

—Dulces. Sus favoritos, dómine.

Servio respiró hondo, antes de hacer un gesto con la mano hacia la esclava para que se marchara.

—Déjalos en la cocina. Para los esclavos. Que se los coma quien quiera.

—Otra vez —masculló la primogénita.

Servio la miró.

—Gaia.

—¿Qué? Ya es la tercera vez este mes. Esa familia no entiende una negativa —replicó la niña seria.

Neria miró la cesta y después a Servio.

—Pensaba que los Augustos eran amigos de la familia —declaró curiosa la romana.

—Y así es —afirmó Servio, enfadado—. El cuestor Séptimo Augusto es un muy buen amigo de esta familia.

—Pero quiere casar a su hermana con padre —añadió la mediana.

Neria sonrió, pero no hablo. Esa sonrisa no pareció alcanzarle los ojos.

—Dilo todo, Livi —insistió Gaia—. Es más joven que padre y enviudo hace poco. Papá los rechazó, pero aun así esa familia no entiende que no va a pasar.

—Gaia.

—Ella no es tan buena ni tan guapa como tú, Neria —añadió la benjamina.

—Aelia —exclamó Neria y, en esta ocasión, la sonrisa si llegó a sus ojos.

Por lo visto los caballos no eran los únicos a los que había alterado su llegada.

—Ya está bien. Si queréis hablar se acaban los caballos por hoy. ¿Entendido?

Livia y Gaia reanudaron la marcha, en silencio.

Sus hijas no se equivocaban. Los Augusto habían dejado claro su intención de emparejar a sus familias y el hecho que de su hermana menor enviudara, había reavivado sus deseos.

—Bueno —dijo Neria, atravesando la vaya y acercándose a él—. ¿Qué tal vas, amazona?

—Padre dice que mal.

—No he dicho eso.

—Has dicho que voy a arrancarle la boca.

—Porque estabas tirando demasiado de las riendas, pero eso se puede corregir si me obedeces.

Neria acarició el hocico de la yegua cuando el animal acercó la cabeza.

Y Servio reparó en que lo hizo sin miedo.

Livia tenía razón. No era la primera vez que la veía cerca de los caballos o se detenía unos minutos de más a observarlos mientras montaban en la tarde, pero hasta entonces siempre había supuesto que simplemente se trataba de curiosidad.

Eran bastantes los romanos capaces de acercarse a un animal sin saber absolutamente nada de él.

—¿Y vos? —preguntó Servio.

Neria levantó la vista.

—¿Yo qué?

—¿Sabéis montar?

—Lo suficiente.

Servio arqueó una ceja.

—Eso me suena a que no.

Neria entrecerró los ojos.

—Otro igual.

—¡Monta, Neria! —pidió Aelia de pronto—. Demuéstrales que se equivocan.

—Aelia, tú deberías apoyarnos.

Neria levantó la cabeza, sonriendo a su animadora.

—Venga, Neria, monta con nosotras —insistió Livia—. Papá no tiene paciencia.

—No.

—¿Por qué?

—Porque solo he venido a avisaros de que la cena estará lista pronto. Nada más.

Gaia y Livia intercambiaron una mirada.

Servio la vio y aquello nunca anunciaba nada bueno.

—¿Tienes miedo? —preguntó Livia, girándose una y otra vez a su caballo.

Neria giró lentamente la cabeza hacia ella.

—¿Perdona?

—Tiene miedo —confirmó la mayor, sin responder, con una sonrisa juguetona.

—Gaia —avisó de nuevo Servio.

—No tengo miedo. Sé montar, pero hace demasiado que no lo hago.

—Yo no te creo —aclaró Livia.

—Si supieras, no tendrías problema en demostrarlo —añadió Gaia—. Eso no se olvida.

Las risas y la charla volvieron a remover a los caballos.

—¿Queréis desmontar las tres ahora mismo? —avisó Servio, intentando detener la charla, pero vio como Neria entrecerró los ojos con una expresión que ya conocía demasiado bien.

—Por todos los dioses, ¿por qué no? —la oyó murmurar, casi para sí misma, volviendo la cabeza hacia él, mientras señalaba al caballo que había dejado preparado para él—. ¿Puedo utilizar ese caballo?

Él la miró durante unos segundos y ella le sostuvo la mirada.

—Si, por supuesto.

Había algo ridículo y divertido en aquello. Sobre todo, porque sabía perfectamente que debería estar haciendo todo lo posible por no buscar nuevas razones para permanecer cerca de ella, pero no podía.

—Vamos, Neria —insistió Aelia.

—Seguro que tiene miedo —volvió a provocar Gaia.

Neria soltó el aire. Y, antes de que Servio pudiera decir o hacer nada, se recogió ligeramente la estola.

Las tres niñas celebraron la decisión a la vez.

Y Servio negó con la cabeza.

—No se deje provocar.

—Han empezado ellas.

—Y vos sois la adulta.

—Bueno… Depende del día.

Servio intentó contener una sonrisa, pero vio en los ojos de Neria que no lo había logrado.

—¿Cómo se llama? —añadió la romana.

—Helios —respondió Aelia, adelantándosele.

Ella se acercó despacio.

No fue directamente hacia el costado, como habría hecho alguien que solo pretendiera subirse. Primero dejó que el animal oliera su mano y después deslizó los dedos por su cuello.

Neria examinó la montura y después la cincha. Helios movió una pata y sacudió la cabeza al notar su presencia.

Servio frunció el ceño. Bajó a Aelia de su propia yegua y se acercó justo cuando Neria comenzaba a agacharse junto al animal.

—Ni se te ocurra —dijo, agarrándola del brazo y tirando de ella hacia atrás.

—No he hecho nada.

—Pero ibas a hacerlo.

Neria lo miró sin hablar durante unos instantes.

Livia soltó una carcajada desde el cercado. También se había bajado y ahora estaba junto a Aelia.

Servio le lanzó una mirada y la niña fingió interesarse inmediatamente por las betas de los tablones del vallado.

—Gracias —dijo Neria, antes de apoyar una mano sobre la montura.

Por un momento se dispuso instintivamente a ayudarla, pero ella ya había colocado el pie y se impulsó con suficiente soltura como para subir sin necesitarlo.

No fue elegante. Tampoco perfecta. Pero sabía lo que estaba haciendo.

Una vez arriba, acomodó el cuerpo, recogió las riendas y comprobó la longitud antes de hacer avanzar al animal.

Servio permaneció inmóvil.

—¿Esta sorprendido? —preguntó Neria desde arriba.

—Todavía no.

Ella dejó escapar una risa ligera, antes de hacer caminar a Helios hasta donde estaban las niñas.

Gaia también había desmontado y estaba sujetando a su yegua, junto a la de Livia.

—Pura suerte.

—¡Lo ha hecho! —gritó Aelia, dando saltos, agarrada a uno de los largueros del cercado—. ¡Neria, lo ha hecho!

—No corras —ordenó Servio inmediatamente.

Ella giró la cabeza.

—Tranquilo. Sé lo que hago. No es mi primera vez montando.

—Eso todavía está por ver.

Los ojos grises de la romana brillaron.

Mierda.

No debería haber dicho aquello. La imagen que le vino a la mente fue totalmente diferente a la que había pretendido.

Neria presionó suavemente los talones y Helios aceleró el paso. No demasiado. Lo justo. Gaia salió inmediatamente y siguió a sus hermanas a fuera. En cambio, Servio se quedó allí dentro. Observándola.

Al principio esperó que Neria se mantuviera rígida. Que agarrara demasiado las riendas o que se asustara cuando el caballo aumentara el ritmo. Pero no ocurrió.

La vio adaptarse al movimiento con una naturalidad que no esperaba. No montaba como Gaia, que parecía haber nacido sobre un caballo, ni tenía la confianza inconsciente de Livia. Pero era obvio que sabía.

Gaia se alzó en la valla, acercándose más a Neria y le dijo algo que Servio no alcanzó a escuchar. La romana respondió, la niña negó y, sin más, Neria hizo avanzar su caballo.

—¡Si, correr! —anunció Aelia en un grito.

—¡Neria…! —gritó Servio, pero las carcajadas de sus hijas y de la romana detuvieron cualquier cosa que fuera a decir.

Dio una vuelta al cercado y pasó frente a él riendo, con varios mechones escapando ya del recogido y una mancha de polvo en el borde de la estola. Y Servio comprendió que se había equivocado con ella desde el principio.

Había esperado delicadeza. Remilgos. Una patricia que soportaría aquella casa durante treinta días antes de regresar agradecida a Roma. En cambio, Neria parecía disfrutar cada vez que algo conseguía desordenarla. Y, por todos los dioses, qué bien le sentaba.

—Neria monta muy bien —dijo Aelia, llegando hasta él.

—Incluso mejor que tú, padre —añadió Livia, alcanzándola.

Servio giró la mirada hacia su hija. Serio.

—Gaia piensa igual. Acaba de decirlo —añadió la mediana.

—Es que es verdad —replicó la mayor.

Servio volvió a mirar hacia el cercado. Decidiendo no contestar.

Al otro extremo, Neria había conseguido que Helios girara con bastante limpieza y las niñas, aplaudieron y gritaron para felicitarla levantando las manos. La romana respondió haciendo una reverencia absurda desde la montura y Servio volvió a sentirlo.

No era solo deseo. Ojalá fuera solo eso.

—¡Más despacio!

Y Servio no supo si el grito había sido de Livia o de Gaia.