El corazón de un hispano 38
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La primera en quedarse dormida sorprendentemente fue Aelia.

Había pasado de hacer preguntas sobre su madre a guardar silencio y, de ahí, a terminar tumbada atravesada a los pies del lecho de Gaia en menos de diez minutos.

Livia resistió algo más, pero en el momento que apoyó la cabeza junto a la de su hermana pequeña tampoco tardó en caer rendida.

Y Gaia fue la última. En mitad de una historia de Servio sobre una ocasión en la que ella y Lucinda, cuando la primogénita era muy pequeña, habían intentado montar un caballo que él les había prohibido tocar, la primogénita dejó de responder.

—Se han dormido —susurró Neria.

Servio miró a sus hijas. Gaia había cerrado los ojos, recostada contra la pared, con los brazos todavía cruzados y la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado.

—Nunca va a admitir haberse perdido el final —murmuró él y Neria tuvo que contener una sonrisa.

Era cierto.

Se levantaron con cuidado y, entre los dos, acomodaron a las niñas como pudieron sobre la cama. Servio se encargó de colocarlas bien y Neria extendió una manta sobre las tres, arropándolas con cuidado.

Por un instante se quedó observándolas.

Livia dormía pegada a Aelia. La pequeña había terminado con un brazo sobre su vientre y una pierna encima de Gaia, que incluso dormida, parecía molesta por la invasión.

Neria sonrió.

Después levantó la vista.

Servio estaba al otro lado del lecho.

Sus miradas se encontraron y toda la tranquilidad que había conseguido sentir durante las últimas horas desapareció.

—Buenas noches —murmuró ella.

—Buenas noches.

Esta vez él no la acompañó, demorándose en abandonar la habitación de las niñas.

Neria regresó sola a su habitación, pero se sentía tan despierta y removida que sabía que dormir a esas horas le iba a ser imposible. Pero, pese a ello, lo intentó.

Bebió agua. Se tumbó. Se levantó. Volvió a tumbarse y terminó mirando el techo mientras se preguntaba cómo demonios iba a impartir clase dentro de unas horas.

Porque no era solo el beso.

Ojalá fuera solo el beso.

Lo que no sabía, era cómo manejar haber pasado buena parte de la noche sentada a pocos centímetros de Servio mientras él hablaba de Lucinda y ella de Tulio.

Habían reído.

Primero las cuatro, después los cinco, cuando Servio había entrado.

Y por primera vez mencionar a Tulio, hablar sobre él, no le había dejado aquella sensación de vacío en el pecho.

Neria cerró los ojos.

Tampoco había sentido que Lucinda estuviera entre ellos.

Había sido simplemente una mujer a la que aquellas niñas habían querido. Una mujer que había existido, había cometido estupideces, se había reído demasiado fuerte y había utilizado durante semanas un perfume que detestaba para no disgustar a una amiga.

Una persona al fin y al cabo, y no un ser de luz incapaz de cometer errores.

Aun así, aquello no había hecho que la atracción que sentía por Servio se mitigase. Peor, sentía que había hecho que se avivara de manera desbocada.

Se incorporó.

Necesitaba aire.

Se lavó la cara y decidió que esperaría a que la casa despertara.

Se colocó una túnica, una estola y su palla. Se recogió el cabello de cualquier manera y salió al corredor.

La noche empezaba a retirarse.

Y, aunque todavía faltaba para el amanecer, el cielo sobre el peristilo había perdido parte de su oscuridad y el aire fresco consiguió despejarla un poco.

Quizá podía sentarse allí hasta que las niñas despertaran.

Desayunaría con ellas, después daría clase y fingiría que no llevaba toda la noche despierta.

Un plan perfecto.

Hasta que llegó al patio.

Servio estaba sentado en uno de los bancos.

Neria se detuvo.

Mierda.

Él permaneció inclinado hacia delante, con los antebrazos apoyados sobre las piernas y la mirada perdida en el pequeño estanque central.

Pensó que quizá no la había visto. Que aún tenía tiempo para retroceder. Pero antes de que diera un paso, él volvió la cabeza y le habló.

—¿Tampoco puede dormir?

Por todos los dioses.

—Necesitaba aire.

—Yo también.

Neria consideró asentir y continuar caminando. Había otros sitios donde podía resguardarse y esperar el amanecer.

Debía hacerlo.

Llevaba días evitándolo precisamente porque cada vez que se quedaban solos temía terminar haciendo algo de lo que después tendría que arrepentirse.

—Buenas noches, dómine —dijo finalmente, dando un paso.

—Tulio parecía un hombre interesante.

Neria se detuvo.

No esperaba aquello.

Volvió la cabeza y encontró a Servio observándola.

—¿Eso ha deducido de lo que he contado?

—Terco, engreído y ambicioso.

—Eso era lo que opinaba Edine.

—Vos tampoco parecisteis negarlo.

Neria soltó el aire por la nariz.

—Si no recuerdo mal, yo dije que me pareció todo un caballero cuando lo conocí. Inteligente, atento y amable —habló ella y notó que la mirada de Servio volvía a perderse en el estanque.

—Parece un gran hombre.

˘—Lo era —masculló Neria, tras tragar saliva. La boca se le había vuelto a secar—. Aunque lo que pensaba Edine también era cierto.

Servio sonrió y para su cuerpo, aquello fue suficiente para que terminara acercándose.

Aunque no demasiado. Lo justo para apoyarse contra una de las columnas frente a él.

—Una vez estuve tres días sin hablarle porque se enfadó conmigo por decirle que no sabía montar a caballo.

—¿Sabía?

—No. Que va. Y, aunque nunca lo admitió, se asustaba cada vez que uno se desbocaba a su lado.

Servio soltó una risa.

—Entonces no comprendo el enfado.

—Ambos éramos muy orgullosos. Ese era el problema.

La risa del hispano aumentó y Neria terminó sonriendo.

—¿Y cómo fue que consiguió su perdón?

—Se subió a uno para demostrarme que tenía razón —continuó, deteniéndose unos segundos, intentando retener una sonrisa que le nació al recordar—. Duró encima menos de lo que yo tardé en explicarle cómo sujetar las riendas.

—¿Se cayó?

—De espaldas.

Servio rio abiertamente, echando la cabeza incluso para atrás.

—No tiene gracia. Se hizo daño.

—Claro.

—Mucho.

—Me lo imagino, pero no lo puedo evitar.

Neria terminó riendo también. Hacía mucho tiempo que no contaba aquella historia.

Recordaba perfectamente a Tulio tirado en el suelo, sin poder respirar por el golpe y, aun así, asegurándole que el caballo había tropezado.

Durante años aquel recuerdo había dolido. Ahora solo era ridículo y feliz.

—Cuando éramos pequeños, Lucinda intentó enseñarme a nadar —dijo Servio.

Neria arqueó una ceja.

—Vivís junto al mar.

—Eso no significa que me gustara meterme en él —replicó el hombre, con una sonrisa que le llenaba el rostro—. Al caso, me negué tantas veces a que me enseñara, alegando que ya sabía nadar, que me empujó desde el espigón de la ciudad y Porcio me tuvo que rescatar como si fuera una doncella.

Neria soltó una carcajada.

—¿No sabe nadar?

—Ahora sí. Tuve que dejar que me enseñara para que toda la ciudad dejara de burlarse de mí y esos dos burros dejaran de reírse a mi costa.

Neria río más fuerte al imaginarlo.

Sin embargo, Servio bajó la mirada y, poco a poco, aquella sonrisa desapareció.

Neria lo vio.

El cambio fue tan pequeño que probablemente habría pasado inadvertido para cualquiera que no hubiera pasado las últimas semanas observándolo.

—Debería hablarles más de ella a las niñas.

Servio levantó la vista, pero guardó silencio.

—Les ha gustado escucharle esta noche —añadió ella.

—No estoy seguro de que sea bueno.

—¿Por qué?

El hombre se incorporó ligeramente.

—Porque no quiero que la recuerden así.

—¿Riéndose?

—Como una anécdota. Como alguien… malo. Impulsivo. Inconsciente.

Neria comprendió.

—No creo que lo hagan. Simplemente sabrán que su madre era una persona de carne y hueso, como ellas.

Servio sonrió apenas, pero volvió a desaparecer.

—Esta noche, durante unos minutos, ni siquiera he pensado que estaba muerta.

Ahí estaba. Neria sintió que algo se le encogía dentro.

—Eso no está mal, ni significa que la quiera menos —declaró, separándose de la columna—. Si es lo que le preocupa.

—No lo tengo tan claro.

—Yo sí. Se lo digo por experiencia —afirmó Neria, dando un par de pasos hasta el banco que ocupaba él y sentándose en el extremo contrario.

Servio levantó la cabeza.

—Tulio llevaba unas sandalias espantosas y una capa zarrapastrosa cada vez que salía a ver a los pacientes —confesó.

Servio frunció el ceño.

—¿Qué?

—Horribles. Lo más viejo, deformado y destrozado que te puedas imaginar. Se los había regalado su maestro, el padre de Edine, y se negaba a tirarlos. Yo las odiaba.

Servio la observó en silencio.

—Cuando se marchó, se llevó las sandalias, pero dejó la capa —continuó—. Y durante meses, habría dado cualquier cosa por volver a encontrar esas feas sandalias tiradas en aquella habitación bajo la capa que guardamos.

La sonrisa se le borró. Neria bajó la vista hacia sus manos.

—Después de que nos dieran la noticia de su perdida, solo podía recordar esas cosas y dolían.

Las sandalias. La capa. Que dejaba los instrumentos donde no debía.

Que roncaba cuando estaba demasiado cansado.

Incluso cómo mordía el interior de la mejilla cuando estaba concentrado.

Ni siquiera podía decir su nombre en alto.

Respiró despacio.

—Ahora puedo contarlo y reírme.

Servio permaneció inmóvil y Neria dejó que el silencio se sentara entre ellos.

—¿Y no siente que lo está olvidando?

Neria negó, dándose un par de segundos para responder.

—Todo lo contrario.

Él la miró, girando el cuerpo totalmente hacia ella.

—¿Cómo puede estar tan segura?

—Porque llevo desde que abandone Roma, riéndome al recordar cosas de Tulio y lo único que he conseguido es que deje de doler cada vez que pronuncio su nombre. Nada más.

El silencio cayó entre ambos. Pero no fue incómodo.

Neria levantó los ojos y se fijó en que Servio la observaba de una forma que ya conocía.

Demasiado fija e intensa. Y su cuerpo reaccionó antes que ella.

Un hormigueo le recorrió el vientre.

No.

Aquello no podía volver a ocurrir.

Servio se incorporó lentamente y Neria siguió el movimiento con la mirada.

Él dio un paso hacia ella. Solo uno. Aunque fue suficiente para que su cuerpo reaccionara.

Bésalo.

Neria tragó saliva.

Servio dio otro paso y se detuvo frente a ella.

No llegó a tocarla. Ni siquiera estaba tan cerca como aquella fatídica madrugada, pero su cercanía hizo que Neria recordara perfectamente lo que había ocurrido la última vez.

Su mano en la cintura.

Su boca.

La manera en que había pronunciado su nombre justo antes de apartarse.

No podía hacerlo otra vez. No quería volver a entrar en su habitación sintiéndose culpable por desear a un hombre que después iba a mirarla como si acabara de traicionar a su esposa.

Se puso en pie de un salto y el movimiento obligó a Servio a detenerse.

—Creo que será mejor que me vaya.

Algo cambió en la expresión del hombre, pero Neria no supo identificar el qué.

—Dentro de poco empezará a levantarse la gente —añadió, señalando vagamente hacia los corredores—. Y me gustaría dar una vuelta antes para activarme.

—Claro —articuló Servio con cierta dificultad.

Ella sonrió o al menos lo intentó.

—Buenas noches, dómine.

—Buenos días, más bien —dijo el hispano, mientras ella ya se alejaba, sin darle la espalda.

Neria dejó escapar una pequeña risa.

—Buenos días, entonces.

Servio no insistió más. Ni la siguió, ni buscó ninguna excusa para acompañarla a su habitación.

Y, aunque aquello debería haberla hecho sentir alivio, en cambio, cada paso le pesaba un poco más que el anterior.

El corazón le latía demasiado deprisa.

Le quedaban menos de dos semanas para terminar su trabajo allí. Para decidir qué haría después.

Y, aunque hasta hacía poco, aquello le había parecido tiempo de sobra, ahora empezaba a comprender que era todo lo contrario.

Porque cada día quería un poco más a aquellas niñas, aquella villa se parecía menos al lugar en el que trabajaba y más a un hogar y Servio…

Neria apretó los labios y aceleró el paso.

Con Servio estaba acercándose demasiado al borde de algo que todavía no sabía nombrar. Y si no llevaba cuidado, tarde o temprano, a ella no iba a hacer falta que la empujaran.