37
Llevaba demasiado tiempo mirando el techo.
Cerró los ojos por tercera vez y trató de obligarse a dormir. Pero tampoco funcionó en esta ocasión.
Volvió a abrirlos.
La casa estaba en silencio y, por algún motivo, aquello tampoco ayudaba.
Se giró sobre un costado, acomodó la almohada bajo la cabeza y cerró nuevamente los ojos.
Neria.
—Mierda —masculló, incorporándose y apartando la manta de una patada.
Llevaba todo el maldito día intentando no pensar en ella.
Primero había sido aquella mañana.
Había regresado antes de los establos y se había encontrado las mesas del estudio vacías.
Durante unos instantes incluso había pensado que las niñas habían incumplido su promesa, hasta que Irene le indicó que estaban en las escaleras del patio trasero. Desayunando frente al mar, como cuando Lucinda vivía.
Servio se había quedado observándolas desde lejos, sin poder creerlo.
Gaia estaba sentada en uno de los escalones superiores, con un trozo de pan entre las manos. Livia discutía con Aelia por el cuenco de miel, mientras Caius intentaba coger una manzana sin que ninguna lo descubriera.
Y Neria estaba entre ellos, pendiente de los cuatro. Todo un huracán de energía, risas y carácter.
Servio se pasó ambas manos por el rostro.
Después había tenido que verla durante el resto del día.
Evitarla más bien durante aquella eterna tarde.
Cada vez que la miraba recordaba como lo había besado. Y, cada vez que conseguía apartar aquella imagen de su cabeza, se encontraba con su mirada y aparecía otra todavía peor. Neria apoyada contra la puerta, sus dedos sobre su mejilla y su cuerpo pegado al suyo.
Porcio le había recomendado buscarse una mujer para pasar el rato. El muy cretino, no paraba de burlarse de él.
Sabía perfectamente que no lo haría.
No quería a cualquier otra. Ninguna lo había alterado de esa forma en estos años. Ese era precisamente su problema.
Había sido ella y la quería a ella.
Servio volvió a tumbarse, pero duró menos de un minuto.
De pronto, se le antojó que un murmullo sonaba desde algún lugar del corredor.
Frunció el ceño y se concentró en reconocer el sonido.
Después las voces se intensificaron, haciendo que se levantara.
Salió del dormitorio y siguió el cuchicheo hasta reconocer las voces procedentes de la habitación de Gaia. La puerta estaba entreabierta.
—Madre no decía eso —afirmaba la primogénita.
—Sí lo decía —replicó Livia.
—No.
—Yo me acuerdo.
—Tú que te vas a acordar, Aelia. Si eras un bebe.
—Tú sí que eras un bebe —replicó la menor.
Servio se detuvo.
—Decía que podíamos meternos en el agua después de montar, que él agua se terminaba de llevar cualquier pena —insistió Livia.
—Decía eso cuando no querías bañarte. Nada más.
—Siempre dices lo del baño y yo no lo recuerdo.
—Porque era así.
—Porque tú lo digas. A mama le encantaba el agua, como a mí.
—Livi tiene razón. Te lo estás inventando.
—No me lo invento. Era muy buena nadadora, pero prefería montar a caballo, como yo.
Servio cerró los ojos. Por un momento dudo si entrar. Gaia tenía razón. Lucinda siempre sintió mucho más apego hacia los caballos desde que se instaló en aquella casa, que por el mar, pero no había tenido nunca corazón para contradecir el recuerdo que le había quedado a Livia.
Las niñas empezaron a discutir haciendo incomprensible la conversación, que poco a poco, subía de tono.
—Pues yo creo que lo más posible es que las dos tengáis razón —intervino Neria.
El silencio al otro lado de la puerta fue inmediato y Servio permaneció inmóvil.
—¿Cómo vamos a tener razón las dos si tenemos recuerdos diferentes? —preguntó Gaia.
—Porque cada una recuerda a una madre diferente.
—Pero era la misma, Neria —protestó Livia.
—Claro que sí. Edine se crio con Tulio y yo me casé con él. Para ella era un cabezota que siempre tenía que demostrar algo. Para mí era el hombre más atento que había conocido. Y las dos hablábamos de la misma persona.
—¿Eso puede pasar? —preguntó la benjamina, mirándola confusa.
—No tiene sentido, Neria —afirmó la mediana.
Neria se tomó un momento, antes de volver a hablar.
—Lo que estoy intentando explicar con esto es que tú recuerdas cómo era contigo, Livia cómo era con ella y, probablemente, Aelia recordará cosas que vosotras le habéis contado tantas veces que algún día no sabrá si de verdad se acuerda o si os ha oído contarlo tantas veces que terminó haciéndolo suyo.
Nadie respondió.
—Eso no hace que ningún recuerdo sea menos verdadero —continuó Neria—. Solo significa que cada una conserva una parte diferente de ella.
Servio apoyó una mano contra la pared, con el pecho encogido.
Definitivamente, esa mujer no era una simple cuidadora.
No le bastaba con conseguir que sus hijas asistieran a clase.
Tenía que conseguir que Gaia volviera a reír.
Que Livia dejara de intentar proteger a todo el mundo.
Que Aelia pudiera hablar de una madre a la que apenas había conocido.
Y después, en mitad de la noche, calmar a sus hijas y acercarlas al recuerdo de su madre.
Y encima besaba como la mismísima Venus.
—Yo recuerdo que olía bien —murmuró Livia.
—A flores —añadió Aelia.
—Tú no puedes acordarte.
—Gaia.
—¿Qué?
—Déjala —pidió Neria.
Servio soltó el aire lentamente.
Debía regresar a su dormitorio. Aquello era una conversación entre ellas y Neria parecía tenerla perfectamente controlada.
Además, no confiaba demasiado en sí mismo cerca de aquella mujer. No después de pasar dos noches casi sin dormir.
Dio un paso atrás.
—Padre decía que se reía muy fuerte —escuchó decir a Aelia.
Servio se detuvo.
Hubo un pequeño silencio.
—¿Sí? —preguntó Neria.
—Sí. Pero yo no me acuerdo.
Algo se le cerró dentro del pecho.
—Yo tampoco —confesó Livia.
La presión aumentó más.
Estaba harto.
Cansado de escuchar desde los corredores. De observar a sus hijas desde las puertas. De comportarse como un extraño dentro de su propia casa porque no sabía qué demonios hacer con lo que sentía.
Empujó la puerta y se asomó.
Las cuatro levantaron la cabeza.
Neria estaba sentada en el suelo junto al lecho de Gaia, con el cabello suelto sobre un hombro. Al verlo, se quedó completamente quieta.
Servio también, aunque solo un instante.
—Vuestra madre incluso hipaba al reírse, como le pasa a Aelia —añadió, mirando a la pequeña—. Sobre todo, cuando intentaba no hacerlo.
La benjamina sonrió.
—¿Y olía a flores?
Servio entró en la habitación y cerró la puerta detrás de él.
—No —respondió, acercándose a ellas—. Eso fue un perfume horrible que le regaló Calpurnia. Se lo aplicó, cada día, hasta acabar el bote solo para que no pensara que no le había gustado su regalo.
Gaia soltó una carcajada.
—¡Le encantaba!
—Eso decía ella, aunque por la noche, mientras se duchaba, agradecía a los dioses no haberse cruzado con ningún panal de abejas que pudiera atacarla.
Livia se hizo a un lado sobre el lecho, dejándole sitio.
Servio miró el hueco que su hija le había dejado.
Después a Neria.
Ella seguía en silencio, con aquella sonrisa mínima en los labios.
Y esta vez no se quedó junto a la puerta.
Entró del todo y se sentó con ellas.