El corazón de un hispano 36
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Edine soltó el pie de Aelia y la niña lo retiró de inmediato.

—¿Ya está?

—Si. Curada.

—¿Puedo correr?

—Puedes caminar con normalidad —respondió Neria.

Aelia frunció el ceño, mirando a Livia corretear con Tito y Agron.

—Caminar es aburrido.

—Pero seguro —replicó la curandera, comenzando a recoger los pocos enseres que había necesitado dentro de su bolsa.

La pequeña bajó de la banqueta con cuidado, con la ayuda de Neria. Apoyó primero un pie y después el otro, observando su propio tobillo como si esperara que ocurriera alguna desgracia.

—No me duele.

—Buena señal —afirmó Neria.

—Espero que siga así durante mucho tiempo —respondió Edine cerrando la bolsa.

Aelia dio dos pasos.

Después otros dos.

Al quinto empezó a acelerar.

—Aelia —advirtió Neria.

La niña se detuvo.

—Estoy caminando.

—Muy deprisa y ya has oído lo que te ha dicho Edine —le riñó la romana.

—Es que estoy curada.

Edine se rio.

—Lo está. Podría saltar perfectamente del tejado. Déjala.

—No le des ideas —masculló Neria, entrecerrando los ojos en dirección a su amiga, antes de volver a mirar a la benjamina.

La pequeña ya había salido al jardín, probablemente antes de que pudieran prohibirle nada más, todavía con una ligera cojera que parecía aumentar cada vez que creía que nadie la observaba.

—¡Mira Caius! —la oyó gritar nada más alcanzar el patio—. ¡Estoy curada!

El niño abandonó inmediatamente el grupo que había formado con Rufus y Gaia, para huir hacia ella.

Neria negó con la cabeza.

—Esta noche volverá a dolerle.

—No lo hará. Tranquila. Esta perfectamente —respondió Edine, cerrando la bolsa—. Pero descubrirá que puede utilizarlo a su favor durante al menos varios días más.

—Eso ya lo ha averiguado —intervino Calpurnia, riendo desde el sillón que ocupaba a la sombra.

Habían instalado varios asientos bajo el pórtico mientras los niños jugaban en el jardín. Todos los Catón parecían haberse trasladado aquella mañana a la villa Senea con la excusa de acompañar a Edine y comprobar la recuperación de Aelia.

Aunque, por las miradas que le echaba Calpurnia a ella y a Servio desde que había llegado, Neria sospechaba que aquella excusa tenía muy poco que ver con la realidad.

Se sentó frente a ellas y aceptó la copa de agua que le ofrecía una esclava.

—Pues ya está —declaró Edine, acomodándose a su lado y apartándose el pelo oscuro de sus ojos de cristal—. Alta definitiva. Ya puedes volver a torturarla en tus clases.

—Magnífico.

—Ni Aelia, ni Livia parecen tenerte la misma tirria que cuando llegaste —afirmó Calpurnia.

—La verdad es que todos estamos mucho mejor ahora.

—Pues menuda suerte —masculló Edine sonriendo y volvió la cabeza hacia el jardín.

Neria siguió su mirada.

Porcio se encontraba cerca de uno de los árboles con Servio. Ambos hablaban mientras vigilaban a los niños, aunque el primero parecía prestar mucha más atención a Cornelia, que intentaba subirse a una piedra, siguiendo a Lugo, que a la conversación.

Servio, en cambio, permanecía con los brazos cruzados.

No lo había mirado.

Bueno.

No todo lo que había querido. Solo un par de veces y solo para comprobar que todo estaba bien.

—Por cierto, se te olvidó decirme algo cuando regresaste —volvió a hablar Edine.

—¿De qué? —preguntó Neria, dando un trago.

—Pues de lo guapo que es el señor Senea.

Se atragantó.

—¿No se lo dijiste? —preguntó Calpurnia, levantando la copa hasta sus labios—. Fíjate, que curioso.

—¿Estas bien? —se preocupó la curandera.

Neria tosió dos veces más, antes de poder volver a hablar.

—Perfectamente.

—No lo parece.

—El agua se me ha ido por donde no era.

—Yo pensaba que había sido por el susto de que viera al jefe tan atractivo que tienes. Normal que no me dijeras nada y te lo guardaras para ti. Chica lista, aunque yo soy más de rubios. No te ofendas.

Neria la miró con recelo.

—No sé a qué viene ese comentario.

Calpurnia escondió una sonrisa detrás de su copa.

—¿Cuál?

—El de Servio.

—Solo lo he mirado y me he acordado —admitió Edine, volviendo a hacerlo sin ningún disimulo—. Es que míralo.

—Edine.

—¿Qué?

—Deja de mirar.

Su amiga volvió la cabeza hacia ella.

—¿Por qué?

Neria abrió la boca y notó la mirada atenta de las dos mujeres.

—Porque es de mala educación —dijo al no encontrar ninguna respuesta que no empeorase considerablemente su situación.

—Perdón. No sabía que, entre patricios, mirar fuera de mala educación.

—Yo tampoco —replicó Calpurnia, mirándola con esos ojos oscuros y gatunos.

—De esa manera, sí.

Edine dejó escapar una risa.

—Y ¿de qué manera lo estaba mirando exactamente? —preguntó Calpurnia.

Neria se giró hacia ella.

Definitivamente, lo estaba disfrutando.

—Pues comiéndoselo con los ojos. Y tú deja de animarla.

—Yo no he dicho nada.

Edine volvió a mirar hacia los hombres.

—Porcio también es muy atractivo, Calpurnia. Fíjate, él es más de mi estilo, aunque es demasiado grande para mí.

—Gracias —respondió la romana con absoluta tranquilidad—. Para mi está perfectamente.

Esa calma era lo preocupante.

Neria cerró los ojos.

—Por todos los dioses.

—¿Qué? —preguntaron ambas.

Las miró. No podía creer que fueran sus amigas.

—Nada.

Desde el jardín llegó una carcajada y Neria reconoció inmediatamente la voz de Servio.

Cometió el error de mirar.

Porcio acababa de decirle algo y Servio negaba con la cabeza, sonriendo. Si ese hombre ya era atractivo serio, riendo era todo un espectáculo.

Llevaba una túnica sencilla, más corta de lo habitual, y tenía las mangas recogidas hasta los codos.

La imagen de aquellas mismas manos sujetándola por la cintura apareció en su cabeza sin ningún permiso.

Apartó la vista.

Demasiado tarde.

Ahora ambas la observaban y notaba como el recuerdo le había enrojecido las mejillas.

—¿Qué? —preguntó Neria.

—Nada.

—Has puesto esa cara de nuevo —habló, dirigiéndose a Calpurnia, que no respondió.

—¿Qué cara?

—Esa.

—No sé de qué hablas —negó Calpurnia, intentando disimular su sonrisa, sin ningún éxito.

O se le había olvidado como mentir o quizá simplemente quería que Neria supiera que lo estaba haciendo.

Edine se inclinó hacia ella.

—¿Ha ocurrido algo que yo no sepa?

—No —respondió demasiado deprisa.

Edine arqueó las cejas, mirando a Calpurnia que sonrió todavía más, ya sin esconderse.

—¿Qué iba a ocurrir? —añadió.

—Eso intento averiguar —respondió la curandera.

—No hay nada que averiguar.

—Claro.

—Edine.

—Neria.

Calpurnia soltó una carcajada.

—Me encantáis. Llevaba años sin pasármelo tan bien.

—Calpurnia ya basta —avisó Neria.

—¿Qué? No estoy haciendo nada —se defendió la romana.

—Tú eres la peor.

—¿Yo?

—Llevas toda la mañana mirándome como si supieras algo.

—¿Pero acaso hay algo que pueda saber? —replicó Calpurnia, ladeando ligeramente la cabeza.

El estómago de Neria se encogió.

Porcio.

Servio había estado en su casa el día anterior.

Porcio debía saberlo y, por ende, ella.

Neria volvió a mirar hacia los dos hombres.

Servio no podía habérselo contado. No después de la forma en que se había apartado de ella.

—Definitivamente me he perdido algo.

—No te has perdido nada —respondió Neria.

—Claro que lo he hecho.

Calpurnia se acomodó contra el respaldo.

—Solo estábamos hablando de hombres atractivos.

Maldita mujer.

—No estábamos hablando de eso y lo sabes.

—Yo sí —puntualizó Edine, ganándose que Neria le lanzara una mirada asesina. Su amiga sonrió, antes de continuar—. De todas formas, no veo cuál es el problema. Es viudo, ¿no?

Neria se quedó completamente quieta.

—Eso me pregunto yo —añadió Calpurnia.

—Que ambos seamos viudos, no significa nada. Así que deja de meter cizaña.

—Pues si no te interesa no entiendo por qué te molesta que diga que es guapo —insistió Edine

Neria señaló a Calpurnia cuando esta se llevó nuevamente la copa a los labios. No quería que añadiera más.

—Sigo sin haber dicho nada —dijo la romana, antes de beber.

Y era verdad. Aquello era lo peor.

Calpurnia se limitaba a observar cómo Edine hacía todo el trabajo.

Neria se reclinó en el asiento, decidida a no continuar aquella conversación.

—No me molesta.

—Perfecto.

—Perfecto.

Silencio.

Edine volvió la cabeza hacia el jardín.

—Entonces quizá debería preguntarle si alguien como él necesita alguna curandera en su casa.

Neria la miró.

—¿Cómo él?

—Sí. Rico. Guapo. Fuerte.

—Has descrito a Porcio —señaló Calpurnia.

—Cierto. Perdón. Y sin esposa.

—Detalle importante.

Ambas rieron. Neria no.

Porque Edine continuaba mirando hacia Servio.

Y, aunque sabía perfectamente que era absurdo y que su amiga no estaba interesada en él, la simple idea de que Servio reparase en ella le revolvió desagradablemente el estómago.

—Seguro que Servio conoce a alguien —añadió Calpurnia con aparente inocencia—. Podemos preguntárselo.

—Buena idea —dijo Edine, comenzando a levantarse.

Neria la agarró de la muñeca.

—Siéntate.

Servio acababa de coger a Cornelia por debajo de los brazos para bajarla de la piedra mientras Porcio discutía con Lugo.

Neria apretó los labios.

Edine bajó lentamente la vista hacia la mano que la retenía.

Calpurnia sonrió.

La odiaba.

—Por todos los dioses, dejad de torturarme —espetó Neria, soltando a su amiga.

Edine volvió a sentarse, pero ya sonreía también.

—Ah.

—¿Qué significa «ah»? —preguntó Neria, mirando a la curandera.

Calpurnia cruzó las piernas con una tranquilidad desesperante, asintiendo a la mirada silenciosa de Edine.

—Significa que nuestra amiga no quiere compartir —respondió Edine.

Neria sintió cómo el calor le subía a toda la cabeza.

—No hay nada que compartir.

—Se nota —replicó Calpurnia.

—Ni que lo digas —añadió Edine.

Las dos se miraron de nuevo y sonrieron. Neria comprendió entonces que estaba perdida.

—Os detesto.

—No es verdad —respondió Edine, apoyándose contra su hombro.

—Ya te digo yo a ti que sí.

Calpurnia rio fuerte y Edine la siguió.

Neria intentó conservar el enfado, aunque apenas duró unos segundos.

Porcio y Servio debieron escuchar las risas porque volvieron la cabeza hacia ellas.

Sus miradas se encontraron. Solo un instante. Pero fue suficiente para que Neria recordara nuevamente su boca.

Servio apartó los ojos primero.

Calpurnia no dijo nada. Edine tampoco.

Neria miró lentamente a sus dos amigas.

Ambas contemplaban el jardín con una inocencia exagerada.

—Ni una palabra.

—Yo no he dicho nada —respondió Calpurnia.

—Yo tampoco —añadió Edine.

Neria entrecerró los ojos.

Aquello solo acababa de empezar.