El corazón de un hispano 35
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La villa de los Catón llevaba rato en silencio cuando Calpurnia terminó de desatar la última cinta de su recogido.

Al otro lado de la habitación, Porcio se quitaba la túnica con la calma de quien ya ha repetido ese gesto mil veces.

Dejó caer el cordón sobre el tocador, mientras veía como su esposo se pasaba una mano por el cuello, aliviado.

—Esta cosa está a punto de rendirse —murmuró el hombre, examinando la túnica.

Calpurnia, que acababa de recogerla, frunció el ceño.

—No está a punto, ya lo hizo —declaró, dándole la vuelta con dos dedos. Tenía un rasgón limpio en la costura lateral. Entrecerró los ojos y añadió—. Parece que tienes que tener más cuidado con Servio la próxima vez que… habléis.

Porcio la miró de reojo mientras se sentaba en el borde del lecho.

—¿Estas preocupada por mí y por mis túnicas, querida?

—No —habló, arrugando el ceño de forma dramática—. Solo por las túnicas.

Porcio soltó una risa breve, que lleno toda su cara lampiña, antes de hablar.

—Es que estaba muy enfadado por lo del perro.

—Siempre tiene una excusa —afirmó dejando la prenda sobre el arcón con delicadeza—. Pero no me gusta cuando perdéis el control.

—No ha perdido el control. Solo hemos hablado.

—Una túnica rasgada por un perro, Porcio. ¿En serio? —preguntó, girándose para mirar fijamente a su marido.

Eso es todo lo que le había contado cuando Servio se marchó sin despedirse.

La excusa de la llegada del hispano sin avisar, era que el perro lo había superado.

Sabía que era por su amiga, pero quería que Porcio se lo contara.

—Querida. Sabes tan bien como yo que no solo era por el perro —respondió su esposo, inclinándose hacia delante y apoyando los codos en las rodillas—. Ya te dije que intentaría partirme la cara.

Hubo un breve silencio.

De esos que en su casa no eran incómodos, sino llenos.

—Entonces… ¿se trata de Neria? —preguntó con calma, acercándose despacio a él.

Porcio no respondió de manera inmediata. Se limitó solo a mirarla, sin perderla de vista.

—Puede —contestó con una sonrisa juguetona.

Calpurnia también sonrió, recorriendo los últimos pasos que los separaban y, sin pedir permiso, le retiró la túnica que aún llevaba a medio poner.

Él alzó los brazos para tocarla, pero ella lo detuvo.

—No te muevas hasta que yo te lo diga.

—De acuerdo.

Ella terminó de ayudarle a desvestirse con la naturalidad de quien conoce cada gesto del otro. Porcio la observaba mientras lo hacía, sin decir ni una palabra.

—¿Me tengo que preocupar por mi amiga? —preguntó al fin, lanzando su túnica a un lado.

—No —habló Porcio, deteniéndose un momento para besarle el vientre mientras la miraba—. Servio ya no es el hombre que era antes de Lucinda.

—Siempre ha tenido una escoba metida por el culo.

—No —negó Porcio mientras ella hundía sus dedos en su cabello—. Me refiero a que ya no se da permiso de divertirse sin pensar demasiado en lo que vendrá después.

—Ah. Eso.

Ella se detuvo acariciando ese abundante pelo rubio oscuro suyo que le apasionaba.

—Ya no es tan divertido como yo.

Calpurnia enarcó una ceja.

—¿Divertido?

—Es una forma de decirlo —dijo Porcio, acariciándole la cadera con ambas manos.

Calpurnia asintió.

—Entonces, ¿le gusta Neria?

Porcio hizo una mueca.

—Digamos que tu amiga le está haciendo replantearse demasiadas cosas.

Calpurnia lo observó. Conocía aquella expresión.

Porcio estaba diciéndole algo sin contárselo.

—¿Qué cosas?

—Eso tendrás que preguntárselo a él.

—Sabes perfectamente que Servio no me lo contaría.

—Entonces pregúntaselo a ella —replicó el hombre, haciendo que Calpurnia entrecerrara los ojos—. Yo no pienso hacerlo.

Aquello sí consiguió hacerla sonreír.

—Le gusta —concluyó, sonriendo—. Lo sabía.

Porcio volvió a acariciarle la cadera.

—No pongas esa cara en su presencia o te quedarás sin marido. ¿Acaso te quieres convertir en una viuda rica tan pronto?

—¿Qué cara?

—La misma que pones cuando tus planes salen tal y como quieres.

—Que culpa tengo de tener siempre razón.

—Yo aún no lo tengo tan claro —declaró él—. Las niñas están mejor. La casa vuelve a funcionar y Servio parece recordar que existe algo más allá de sus caballos y sus problemas. Pero sigue siendo difícil para él.

Calpurnia sonrió todavía más.

—Eso es porque es un cabezón.

La mano de Porcio se detuvo un instante sobre su cadera.

—No es tan sencillo, Nia. Servio sigue queriendo a Lucinda. Y supongo que a Neria le ocurrirá lo mismo con su marido. ¿No crees? —La pregunta hizo que la sonrisa de Calpurnia perdiera fuerza, quedándose sin palabras y él insistió—. ¿O acaso tú podrías sustituirme por otro como si nada?

Calpurnia tardo en responder, aunque tampoco hacía falta.

Soltó el aire despacio, acariciando el rostro de su marido.

No podría.

Se moriría si a ese grandullón le pasara algo.

Y conocía lo suficiente a Neria y a Servio como para comprenderlos. Habían amado demasiado como para aceptar fácilmente poder querer a alguien después.

—Lucinda no habría querido verlo así toda la vida —articuló finalmente.

—Eso lo sabemos todos menos él —respondió Porcio—. Que Servio lo entienda es otra cosa.

Calpurnia guardó silencio unos segundos.

—Entonces habrá que darle tiempo —dijo volviendo a sonreír.

Porcio soltó una carcajada.

—Por todos los dioses. Esa sonrisa es exactamente la que me preocupa.

—Sabía que iban a entenderse.

—Pero si no sé ni cómo sigue allí —afirmó Porcio, soltando una exhalación surgida de una risa atravesada—. Ya la ha despedido en más de una ocasión.

—He dicho que iban a entenderse. No que fueran a ponérselo fácil.

Calpurnia sonrió, incapaz ya de disimular su satisfacción.

Porcio la señaló con un dedo.

—Tú estás disfrutando con esto.

La romana fingió ofenderse.

—¿Yo? Para nada.

—Ni poco —replicó el hombre, levantándose con una sonrisa enorme en la cara—. Incluso ya estarás haciendo planes en esa cabecita tuya.

Que bien la conocía, pero ella negó.

—Estoy pensando solamente.

Porcio rio fuerte.

—¿Qué hago contigo, mi hermosa Nia? —preguntó el hombre, comenzando a desatarle los cordones que sostenían el vestido

—Pues, por ejemplo, acompañarme mañana a visitarlos —propuso, ayudándolo con los nudos que se le resistían—. Creo que va siendo hora de que vaya a visitar a mi amiga.

Porcio giró ligeramente la cabeza, tras depositar un beso en el cuello.

Amaba que hiciera eso.

—¿Con qué excusa?

Calpurnia se detuvo un instante.

—¿Excusa? —repitió.

—Sí.

—Una amiga no necesita razones para visitar a otro, tú siempre lo dices —afirmó y él la miró en silencio, más rato del que esperaba—. Además, fíjate en Servio hoy. Él ha venido sin avisar.

Porcio suspiró.

—De acuerdo, querida. Pero luego no te quejes cuando encuentres otro roto en una de mis prendas o algo peor.

Ella arrugó el ceño, acompañándolo de un pequeño gruñido. No le gustaba esa idea, pero tenía razón.

Servio se iba a enfadar más si eran tan obvios y se presentaban así como así.

De pronto, se le ocurrió un plan.

—Acompañaremos a Edine.

Porcio parpadeó y Calpurnia sonrió satisfecha.

—Seremos tan amables de llevarla para que revise a Aelia —añadió, haciendo que Porcio riera—. Debemos asegurarnos de que…

El hombre no la dejó terminar la frase. La agarró de la cintura con un movimiento rápido y la levantó del suelo como si no pesara nada.

—¡Porcio! —gritó ella, sonriendo.

—Yo sí que te voy a revisar a ti, esposa —dijo el hispano, acomodándola entre sus brazos, volviéndola a besar en el cuello.

Calpurnia soltó otra risa mientras se aferraba a su cuello.

—Eso suena muy poco refinado.

Él la dejó caer en el lecho con cuidado. Sin esfuerzo.

—Ya sabes que te casaste con un bruto provinciano.

Calpurnia lo atrajo sobre ella, besándola con pasión.

—Pobre de mí —murmuró, riendo contra su boca.