El corazón de un hispano 34
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Definitivamente ocurría algo.

Gaia permanecía sentada frente a su tablilla, pero no había escrito una sola palabra. Livia apoyaba la mejilla sobre una mano y trazaba círculos sin sentido sobre la cera y Aelia balanceaba los pies bajo el banco con la barbilla hundida contra el pecho.

Y ninguna había discutido desde que habían empezado la clase. Aquello resultaba mucho más preocupante que cualquier pelea. Solo Caius parecía trabajar con normalidad, inclinado sobre su tablilla.

—De acuerdo. —dijo, dejando el punzón sobre la mesa—. ¿Quién va a decirme qué ocurre?

—Padre se ha llevado a Garrapata —pronunció Aelia.

Neria tardó un instante en entender.

—¿A casa de Porcio?

Las tres hermanas asintieron.

—Dice que no podemos quedárnoslo —afirmó Livia.

—Que no es nuestro —añadió Aelia y la sala volvió a quedar en silencio.

Aquella tristeza tenía poco que ver con el perro. Garrapata solo era la excusa. Después de los últimos días, parecía que cualquier pequeña pérdida volvía a abrir otras mucho más antiguas.

—De acuerdo —comentó Neria, apoyando ambos antebrazos sobre la mesa—. Hoy no hay clase.

Los cuatro niños se giraron hacia ella a la vez.

—¿Qué? —preguntó Gaia.

—Lo que habéis oído.

Livia frunció el ceño.

—El trato con padre era asistir todas las mañanas.

La mención hizo que el estómago de Neria se revolviera.

Todavía recordaba el calor de la mano de Servio sobre su cintura y la culpa que había aparecido inmediatamente después. Desde aquella madrugada apenas se habían cruzado un par de palabras.

—Padre se enfadará —añadió Aelia.

—Si alguien tiene problemas seré yo. Tranquilas.

—¿Podemos ir a rescatar a Garrapata? —preguntó Livia.

—No —dijo Neria y la benjamina volvió a hundirse—. Vamos a hacer otra cosa. Quiero que me contéis algo que os guste hacer cuando estáis… tristes, pero que haga mucho tiempo que no hacéis.

El silencio fue inmediato.

Livia buscó a Gaia antes de responder y esta bajó la vista. Ninguna parecía querer ser la primera en compartir aquel recuerdo.

—A Aelia y a mi nos encantaba comer pan con miel juntos —confesó Caius.

Las dos mayores levantaron la cabeza hacia él, mientras la benjamina asentía.

—¿Pan con miel? —repitió Neria—. Podemos hacer eso.

—La dómina Lucinda siempre le pedía a mi madre una cesta con pan, miel y fruta cuando Livia o Gaia pasaban mala noche —continuó el muchacho, sonriendo al recordar—. Y siempre, siempre, nos invitaba a mi madre y a mí a compartirla con ellas.

—Me gustaban esas mañanas en las escaleras del patio trasero —admitió Gaia, tras soltar el aire despacio.

—¿Las que miran al mar? —preguntó Aelia—. Livi y yo nos hemos escapado allí varias veces.

—Después nadábamos —añadió Livia, sonriendo sin querer.

—No siempre.

—Casi siempre.

—No. Dependía del viento si nadábamos —replicó de nuevo la primogénita—. Siempre montábamos a caballo.

Neria no dijo nada, dejándolas recordar.

—A ti te gustaba montar con ella.

—Y a ti jugar en la playa.

—Porque tú tardabas horas en decidir qué caballo montar y nos desesperabas —admitió Livia escapándosele una risa.

Gaia resopló.

—Es que hay que elegir bien.

—Y madre decía que parecías un tratante de caballos —añadió la mediana y, por primera vez en toda la mañana, fue Gaia quien sonrió.

Aelia observaba a una y otra con los ojos muy abiertos.

—¿Y yo? ¿Dónde estaba? —se atrevió a preguntar la benjamina.

Las dos hermanas se miraron, guardando silencio.

—Eras muy pequeña —dijo Caius—. Un bebé.

—Pero venías con nosotras —intervino Livia, forzando una sonrisa—. Madre te llevó en brazos un día que habías pasado toda la noche llorando mientras te llevaba a la playa.

—Livia juraba que lo hacías porque querías tocar el agua —Gaia terminó la frase de su hermana.

No había reproche en su voz, solo pena y recuerdo.

Lucinda ya debía de estar enferma por aquel entonces y, aun así, seguía cargando con Aelia.

Cada historia conseguía dibujar un poco mejor a aquella mujer. Por lo que contaban, no solo parecía buena, sino también divertida, aventurera y querida. Y Servio la había amado muchísimo.

Neria sintió una punzada extraña y, por un momento, bajó la mirada.

—Pues si queréis, en su honor, hoy podemos imitarla —propuso, levantando de nuevo la vista y captando la atención de las tres hermanas.

—¿Cómo? —preguntó Caius.

—Vamos a desayunar en esas escaleras. ¿Os parece?

—¡Pan con miel! ¡Si! —afirmó Aelia feliz, dando un pequeño grito.

—Ya hemos desayunado —protestó Gaia.

—Precisamente eso hará que este desayuno sea mucho mejor.

La primogénita resopló.

—Eso no tiene ningún sentido.

—No seas mala, Gaia —se quejó Aelia, dirigiendo un puchero hacia la mayor, que hizo reír a Livia.

—Las mejores decisiones rara vez lo tienen, Gaia.

Caius ya se había puesto en pie.

—Voy a avisar a mi madre. Nosotros llevaremos la comida.

—Perfecto, pero dile que traiga una cesta pequeña.

—Lo intentaré, dómina, pero cuando mi madre oye la palabra comida nunca prepara poca —comentó el muchacho antes de abandonar la sala.

Ellas salieron después. Juntas. Tras él. Las mayores guiaban el camino y Neria detrás, de la mano de Aelia.

Y, nada más llegar, comprendió enseguida por qué aquel lugar había sido el favorito de Lucinda.

Las escaleras descendían hacia una pequeña terraza desde la que el mar ocupaba casi todo el horizonte. El aire olía a sal, las gaviotas cruzaban despacio sobre el agua y el ruido de la villa parecía desaparecer allí.

—Madre se sentaba aquí —señaló Livia, ocupando uno de los escalones.

Gaia se colocó un poco más arriba y Aelia, entre ambas.

Neria permaneció unos segundos de pie.

No sabía dónde sentarse. Sentía que cualquiera de aquellos escalones seguía perteneciendo a otra mujer.

—Siéntate aquí mismo, Neria —le ofreció Livia, dando unos golpecitos al escalón que había entre Aelia y ella.

—Sí —ordenó Aelia, mucho más contundente—. Ponte a mi lado.

Y, sin más, obedeció.

Servilia llegó poco después con Caius y dos esclavas cargadas con pan, queso, fruta y un cuenco de miel.

El desayuno acabó convirtiéndose en una sucesión de recuerdos.

Que si Gaia había caído una vez sobre un montón de estiércol.

Que si Livia había llorado porque un cangrejo le había pinzado un dedo.

Que si Aelia aseguraba que seguía convaleciente para justificar repetir miel tres veces.

Incluso Caius contó cómo Lucinda insistía siempre en dejar una cesta extra junto a la entrada para compartir comida con cualquiera que pasara por la villa.

Con cada historia, Lucinda parecía sentarse un poco más entre ellos y Neria volvió a sentir una punzada que la avergonzó.

Celos.

No de una esposa, sino del recuerdo de una mujer que lo tuvo todo salvo tiempo.

—Es precioso —masculló al acabar, mirando el mar.

—Amaba este sitio —confesó Gaia sonriendo.

—Podemos pasar aquí todas las mañanas —dijo Aelia, abrazándose al brazo de Neria.

—No —negó despacio la romana y la pequeña hizo un mohín—. Este lugar es vuestro, no mío.

Las tres hermanas la miraron en silencio.

—También puede ser un poco tuyo… si quieres —habló Livia y Neria giró la cabeza para mirarla. No había esperado aquella respuesta.

—A mi madre le hubiera gustado que lo compartiésemos contigo —añadió Gaia, sosteniéndole la mirada antes de continuar—. Y a mí también me gustaría.

Aquellas últimas palabras encontraron un sitio dentro de Neria. Mucho más hondo del que esperaba, haciéndola sonreír despacio.

—Entonces procuraremos desayunar aquí todas las veces que podamos y vosotras queráis.

—¿Todos los días? —negoció Aelia, con ese brillo inocente en los ojos.

—Puede.

—Mínimo seis días a la semana —replicó Livia.

—Si no hacéis ninguna trastada y cumplís con la tarea, me parece bien.

—Cinco, da igual lo que pase y tienes que prometerlo —lanzó Aelia, imitando a su hermana y mirando sonriente a Gaia.

—Admite que la propuesta de Aelia es más realista —comentó la mayor, escondiendo una sonrisa—. Acepta o no pararan.

Neria suspiró contenta, volviendo la vista al mar.

—Por vuestra sinceridad os propongo que cada mañana, antes de cada clase, pase lo que pase, desayunaremos juntas, aquí. ¿Queréis?

Las tres hermanas rieron, asintiendo y contagiándoles su alegría.

—Tenemos un trato —pronunció la mayor.

Seguía sin saber cuál era exactamente su lugar dentro de aquella familia, pero sin duda, aquellas niñas se estaban encargando de hacerle un hueco en ella.