33
No esperó a que el esclavo que le había abierto la puerta lo acompañara.
Es más, ni siquiera se detuvo a que lo anunciara.
Atravesó el vestíbulo con el perro caminando a su lado y siguió las voces hasta el gran triclinio abierto al jardín.
Lo primero que vio fue el caos.
Porcio estaba en mitad de la estancia con Cornelia subida a los hombros mientras Rufus intentaba derribarlo sujetándole una pierna.
Tito y Agron corrían alrededor atacándolo con espadas, mientras Lugo lanzaba lo que parecían pequeñas piezas de madera al otro extremo del comedor entre carcajadas, como si fuera una catapulta humana.
Calpurnia, sentada junto a una mesa baja con su esclava personal al lado, levantó la vista al oír sus pasos.
Su expresión cambió al instante.
—¿Servio? —preguntó la romana y su expresión cambio al instante.
—Estás muy serio. ¿Qué ha pasado? —habló Porcio dejando inmediatamente a Cornelia en el suelo.
La pareja se miró. Sus sonrisas habían desaparecido.
—¿La niña ha empeorado? —insistió Calpurnia poniéndose en pie.
Durante un instante Servio tardó incluso en comprender de qué hablaban.
Aelia.
—No. Todo está bien —dijo, alzando la correa del perro, mientras este daba un bostezo—. He venido a devolveros a esta bestia.
Hubo un silencio.
—¡Garrapata! —gritó Lugo, siendo el primero en romperlo.
Así que ese era el nombre del sabueso.
Los cuatro niños salieron disparados hacia el perro, haciendo que el enorme animal tirase con tanta fuerza que casi lo derribó al soltarse, llenándolo de abrazos.
Porcio miró primero al perro, luego a Servio y después a Calpurnia.
—¿Te has presentado en mi casa sin avisar solo para traerme de vuelta al perro? —preguntó su amigo arrugando gesto.
—Si.
Calpurnia arqueó apenas una ceja.
—Eso sí que es nuevo.
—Sencillamente me está volviendo loco —aclaró, entregándole la correa a Rufus.
El matrimonio compartió una de sus miradas silenciosas.
—¿Qué? —añadió Servio, frunciendo también el ceño.
—Nada —respondieron los dos al mismo tiempo.
Calpurnia sonrió y a Porcio se le escapó una de sus risas.
—Ya te dije que no podía quedarme con él y aún así lo dejaste.
—Y yo te dije que no tenía hueco y que solo serían unos días.
—Estoy harto de que no me escuches y siempre se tenga que hacer tu voluntad —replicó.
Porcio suspiró exageradamente, mirando de nuevo a Calpurnia.
Apenas un gesto, pero suficiente para que ambos parecieran mantener una conversación entera sin abrir la boca.
—Niños, venid —ordenó la romana, agachándose para recoger a Cornelia.
Los pequeños protestaron inmediatamente, al mismo tiempo, haciendo que Garrapata ladrara fuerte como si quisiera unirse a la queja.
—Seguiréis jugando en el jardín con Garrapata. Vamos —continuó Calpurnia, dando primero una mirada al invitado y luego a su marido—. Vuestro padre y Servio necesitan hablar de cosas de hombres.
Ella lo besó distraídamente en la mejilla antes de salir, siguiendo a los niños y dejando el triclinio en silencio.
Porcio esperó, tomando asiento.
Servio seguía de pie.
—Bueno —dijo el rubio grandullón—. ¿Y?
Servio dejó la correa sobre una mesa.
—Nada. Simplemente no puedo quedarme el perro —pronunció Servio, acercándose a él para ocupar el sillón que había estado ocupando Calpurnia.
—De eso ya me he enterado. ¿Qué más?
Silencio.
—¿De verdad piensas que me voy a creer que has armado todo este escándalo por un perro? —insistió Porcio, sirviéndose una copa de vino—. ¿Son otra vez las niñas o se trata de cierta romana notable que ahora vive bajo tu techo?
Servio tardó varios segundos.
—Las niñas se están portando extraordinariamente bien.
Porcio dejó escapar otra risa.
—Eso sí que es nuevo.
Y sin decir más. Porcio volvió a esperar. Creando un silencio incómodo que forzase a Servio a hablar, como tan bien sabía hacer.
—La casa está bastante mejor.
—Me alegra oírlo.
—Pero Neria…
La palabra quedó suspendida, mientras Servio se pasaba la mano por la nuca.
Porcio le llenó una copa y, ofreciéndosela, hablo.
—¿Piensas continuar o quieres que nos quedemos aquí, mirándonos lo que queda de día?
Servio aceptó la copa.
—Está cambiándolo todo.
—¿Y? ¿No era eso lo que querías?
—Si, pero es… demasiado.
Otra pausa.
—Y eso es un problema, ¿por qué? —habló Porcio, cruzando lentamente los brazos.
Servio lo miró, como si la respuesta fuera evidente.
—Porque dentro de dos semanas se marchará.
—Eso no responde a mi pregunta —dijo su amigo, con una sonrisa y dándole un trago a su copa.
Silencio.
—No sé qué más esperas que te diga.
—Si que lo sabes, pero te sigues negando a contestar, cabronazo. Te gusta, ¿eh?
Servio apretó la mandíbula.
—No busco esposa, ya os lo he dicho.
Porcio soltó una carcajada. Una auténtica y grande.
—¿Quién ha hablado de casarse, Servio?
—Tú, metiendo a una patricia en mi casa como si no fuera a darme cuenta—declaró frunciendo todavía más el ceño, vaciando la copa de un solo trago.
—Servio —afirmó Porcio negando divertido, con una paciencia infinita—. Ambos sois viudos. Tenéis una edad similar. Pertenecéis al mismo mundo. Ella es inteligente y muy hermosa. Y, hasta donde yo sé, tú tienes polla y te funciona, ¿no?
Servio lo miró furioso, levantándose de golpe, para agarrarlo y rasgando, con el tirón, una de las costuras de la túnica de Porcio.
—¡Por supuesto que me funciona, cabrón!
—Pues entonces vuelvo a preguntártelo, ¿cuál es exactamente el problema?
Servio tardó tanto en responder que el canto de un mirlo llegó desde el jardín acompañado de las risas de los hijos de su amigo y los ladridos de Garrapata.
—Lucinda.
Aquel nombre borro la sonrisa de Porcio, que también se acabó su copa de un trago.
—Entiendo —articuló el rubio, ya sin pizca alguna de broma en su voz.
Los dos permanecieron callados unos segundos.
—Siento que la traiciono, Porcio —admitió y Porcio respiró despacio.
—Servio… entiendo lo que sientes, pero… Lucinda murió hace más tres años.
—Lo sé.
—Y tú sigues vivo.
Servio no pudo darle ninguna respuesta, porque se había pasado todo el día anterior, desde que la había dejado entrar a su habitación, diciéndose lo mismo.
—Recuerdas que antes de ella también te acostabas con otras mujeres simplemente porque te apetecía, ¿no?
Servio levantó la cabeza, mirándolo serio.
—Porcio, eso fue hace mucho tiempo. Casi otra vida.
—¿Y qué?
—No pienso hacer nada con Neria. Sería una falta de respeto.
—¿A quién?
—Te he dicho que no.
—Magnífico argumento. Pues nada, conozco a un médico que por una cantidad generosa de denarios [23] , te puede castrar. Para cuando decidas convertirte definitivamente en un eunuco [24] .
Servio se puso en pie de pronto y la copa quedó olvidada sobre la mesa con un golpe seco.
Durante un instante estuvo convencido de que iba a cruzar el triclinio y partirle la cara a su amigo.
Incluso dio un paso hacia él, pero se detuvo.
—Aunque conociendo tu historial de los últimos tres años, quizá ni siquiera sea necesario. Esas tuberías deben de estar bien atascadas —le provocó de nuevo Porcio.
Él apretó la mandíbula con fuerza.
Porque lo peor no era la broma, sino que no podía asegurar que su amigo estuviera equivocado.
Se pasó una mano por la nuca y comenzó a caminar de un lado a otro del triclinio.
—No quiero convertir a Neria en mi amante —admitió al fin—. Pero tampoco quiero casarme con ella.
Porcio dejó escapar una sonrisa mucho más pequeña.
—Entonces el problema no es el sexo, amigo. La cuestión aquí es que quieres de ella aparte de tirártela.
Servio se giró para mirarlo, pero no respondió.
—Y para eso —concluyó Porcio, encogiéndose de hombros—, no tengo ningún remedio que te guste.