32
Una mano volvió a posarse sobre la suya. Suave y cálida, haciendo que Neria abriera los ojos despacio.
Durante un instante no supo dónde estaba.
Tardó un segundo en recordar que seguía sentada en el lecho de Aelia. El cuello le dolía por la postura y el brazo izquierdo permanecía dormido bajo la pequeña mano de Aelia, que continuaba profundamente dormida.
Entonces levantó la vista.
Servio estaba inclinado sobre la cama, a su lado, y la lámpara apenas iluminaba su rostro, pero bastó para reconocerlo.
—Vamos… —susurró él.
Neria tardó un segundo en reaccionar.
—¿Qué…?
Él hizo un gestó con la cabeza hacia la ventana y ella lo siguió con la mirada.
El cielo ya no era completamente negro. Una línea gris comenzaba a dibujarse detrás de las columnas del peristilo.
Habían pasado allí toda la noche.
—Debe de faltar poco para el amanecer. Debemos salir —habló Servio.
Ella comprendió inmediatamente lo que quería decir.
Dentro de poco los esclavos comenzarían a levantarse y no era buena idea que la encontraran saliendo de un dormitorio con el señor a esas horas, aunque ambos supieran perfectamente por qué estaban allí.
Asintió despacio y, con mucho cuidado, retiró su mano de entre los dedos de Aelia.
La niña suspiró, se removió un instante y volvió a quedarse completamente quieta.
Los dos permanecieron inmóviles unos segundos más.
Servio se apartó, Neria se incorporó y ambos salieron casi sin hacer ruido.
Él cerró la puerta despacio tras ellos.
Mientras ella inspeccionaba el corredor, que permanecía vacío. Solo se escuchaba el canto lejano de algún pájaro anunciando el nuevo día.
—Buenas noches, dómine —dijo Neria, comenzando a caminar hacia su dormitorio.
Esperaba despedirse allí mismo. Sin embargo, al cabo de unos pasos advirtió que Servio seguía caminando a su lado.
—No hace falta que me acompañe —declaró, mirándolo de reojo.
Él tardó unos segundos en responder.
—Es lo mínimo. Fue mi hija quien la desveló.
Estaba tan cansada, que no quiso discutir y continuaron caminando.
—Por cierto, ¿dónde estaba Servilia?
—¿Servilia? —repitió Servio volviendo la cabeza hacia ella.
—Sí. —Neria ajustó el manto sobre sus hombros—. Pensaba que dormía con Aelia.
—Lo hace, pero no todas las noches —declaró el hispano regresando su atención al frente.
—¿Y eso?
—Intento conseguir que duerma sola. Sin tener a alguien vigilándola.
Neria arqueó una ceja y casi sonrió.
—Y veo que está funcionando estupendamente.
Servio la miró de nuevo un instante.
—Hasta esta noche, lo hacía —admitió Servio, mirándola de nuevo por un instante—. Pero probablemente vuelva a exigir que Servilia duerma con ella.
Neria asintió. Había tomado una buena decisión. La benjamina ya dependía demasiado de que alguien estuviera pendiente de ella para casi todo.
—No ceda. Aprenderá —dijo finalmente, mirándolo de reojo—. Es una niña muy lista.
Servio entrecerró los ojos, pero ella siguió caminando antes de que pudiera replicar.
Definitivamente, la villa todavía dormía.
El aire fresco de la madrugada atravesaba el atrio y movía ligeramente el borde del manto con el que ella se había cubierto sobre el camisón.
Era extraño.
Durante dos semanas no habían dejado de hablar, pero siempre había niñas, esclavos y discusiones en torno a ellos.
Ahora solo estaban ellos dos.
—Ya llevo la mitad de la prueba. Seguro que no se lo esperaba —añadió y Servio asintió.
—Se me han hecho más largos de lo que esperaba.
—Fíjese —dijo la mujer, volviendo la cabeza para mirarlo—. Por una vez estamos de acuerdo en algo.
Él dejó escapar una exhalación que casi parecía una risa.
—¿Aelia ha soñado con Lucinda más veces? —preguntó ella.
—Sí —dijo el hombre, tardando unos segundos en contestar—. Sobre todo, el primer año.
Silencio.
—¿Pero la conoció? —insistió ella—. Me habló de un vestido azul.
Él negó despacio.
—Ni siquiera tenía dos años cuando ella falleció —explicó, volviendo la cabeza—. No creo que se acuerde de ella.
Aquella sinceridad le gustó.
Mucho más que una respuesta amable.
Siguieron avanzando, mientras el cielo comenzaba a teñirse de un azul muy pálido.
—Tiene suerte. Mi esposo, Tulio, nunca vino a buscarme en sueños.
Una brisa fresca recorrió el pasillo, agitando el borde del manto que Neria llevaba sobre el camisón. En algún rincón de la villa, los primeros pájaros comenzaron a cantar, todavía tímidos, como si también ellos dudaran entre la noche y el amanecer.
Servio mantuvo la vista al frente.
—¿Nunca? —preguntó al fin.
Ella negó, antes de hablar.
—Y eso que, durante mucho tiempo, estuve enfadado con él por… irse.
La confesión escapó sola
Sorprendiéndola incluso haberla pronunciado en voz alta.
—Yo también me enfadé con Lucinda —confesó Servio, haciendo que Neria levantara la vista sorprendida.
—Me dijeron que murió por complicaciones en el parto de Aelia.
Él continuó caminando.
—Si, Lucinda no volvió a ser la misma después —confirmó el hispano sin detenerse—. Enfermaba con frecuencia yendo cada vez a peor… hasta que no se pudo recuperar.
Servio apretó la mandíbula, sin mirarla, antes de continuar.
—Según me dijo Calpurnia, vuestro marido falleció hace menos de un año en el frente, ¿no?
Neria afirmó mordiéndose el labio unos segundos.
—Me enfade tanto cuando me contaron lo ocurrido que aún hoy me siento culpable por haber pensado así —admitió la mujer, dándole una sonrisa incómoda—. Así que no tiene que fingir conmigo.
Servio bajó la vista al suelo. Mudo.
—Aún duele. Lo sé —añadió, sin querer forzarlo.
Caminaron unos pasos más, escuchando a las primeras golondrinas cruzar el patio.
—La gente deja de preguntar demasiado pronto —habló el, mirándola—. Como si existiera un momento a partir del cual ya no estuviera permitido seguir echándolos de menos.
—Como si no necesitaras toda la fuerza del mundo para seguir respirando.
Con esas palabras llegaron, casi sin darse cuenta, hasta su dormitorio y Neria apoyó una mano sobre el marco de la puerta.
No tenía demasiadas ganas de despedirse y, por lo que apreció, él tampoco.
Ninguno habló, pero ella vio perfectamente cómo sus últimas palabras habían encontrado un sitio dentro de él.
Ella apoyó una mano sobre la madera.
Pensando que bastaba con despedirse. Decir «buenas noches» o «buenos días», ya ni siquiera estaba segura, y entrar.
Sin embargo, ninguno de los dos parecía recordar cómo se hacía aquello.
—Creo que podríamos dejar de tratarnos de vos cuando estemos solos.
Servio levantó ligeramente una ceja.
—No sería apropiado.
—¿Apropiado para quién? Solo sería en privado.
Él tardó apenas un instante. Mirandola como si hubiera propuesto algo más grave.
—No sería correcto.
Aquella respuesta la descolocó.
—¿Te funciona de verdad?
Él frunció el ceño.
—¿El qué?
—Apartar a la gente. Fingir estar bien, que no pasa nada —declaró, obteniendo solo silencio como respuesta durante unos segundos que se le hicieron eternos—. Porque a mí me resulta imposible.
Servio esperó, observándola durante unos segundos.
—Si me funcionara, no estaría aquí.
Aquellas palabras la atravesaron y supo que quería besarlo.
Lo necesitaba, como si aquel gesto pudiera calmar el dolor de ambos.
Neria no recordaba la última vez que había sentido aquel impulso.
No desde Tulio.
Bastaba con abrir la puerta. Con despedirse o con que Servio diera media vuelta.
Pero ninguno se movió.
Dio un paso y el hispano la miró como si acabara de deducir que se proponía
Dio otro y Servio no retrocedió.
Ahora apenas los separaba el espacio suficiente para respirar. Y él seguía inmóvil. Como si hubiera decidido dejar que pasara.
Con ese brillo en los ojos del hombre y su corazón comenzando a golpearle demasiado deprisa, Neria levantó despacio una mano.
Dudó apenas un instante antes de rozarle la mejilla y su barba le raspó suavemente la yema de los dedos.
Desde allí podía distinguir el olor a limpio de su jabón y el cansancio escondido en aquellos ojos oscuros.
Ninguno se apartó.
Sin más, dejó de pensar, y lo besó.
Fue algo breve e inseguro.
Tan tímido que casi pareció una pregunta.
Durante un instante creyó que él iba a apartarse, pero Servio terminó respondiendo.
Lo hizo despacio y contenido.
Como si hubiera olvidado cómo era besar a alguien.
Su mano encontró la cintura de Neria sobre el manto.
Aquel pequeño contacto, bastó para que un escalofrío le recorriera toda la espalda.
Ella apoyó la palma sobre su pecho y, bajo la tela, sintió el latido acelerado de su corazón.
Sonrió sin darse cuenta.
Entonces fue Servio quien volvió a buscar su boca.
Ya no había duda en aquel beso.
Pero el impulso apenas duró un instante. E igual de rápido que lo había hecho, se detuvo.
Servio se quedó completamente inmóvil, respirando hondo con la frente apoyada contra la de ella.
Como si cada segundo le costara un esfuerzo enorme.
—No puedo… —dijo finalmente, separándose de ella y cerrando los ojos—. No está bien, Neria.
Neria tardó unos segundos en comprender.
Lucinda.
La culpa.
Tulio.
—Perdón…
Servio negó inmediatamente, levantando una mano.
Durante un instante pareció que iba a volver a acariciarle la mejilla.
Pero la dejó caer antes de llegar a tocarla y el silencio que se instaló entre los dos se volvió mucho más doloroso que todos los anteriores.
No había más que decir.
Neria abrió la puerta de su dormitorio, entró sin volver la cabeza y cerró despacio.
Permaneció apoyada contra la madera.
Sin respirar.
Todavía podía sentir la presión de la mano de Servio sobre su cintura y el roce áspero de aquella barba contra su piel.
Se llevó los dedos primero a los labios y después a la mejilla.
—Por todos los dioses…—susurró, cerrando los ojos y pasándose las manos por la cara.
Había besado a otro hombre.
Y lo peor era que, si él no se hubiera apartado, estaba completamente segura de que tampoco ella habría querido hacerlo.