El corazón de un hispano 31
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Despertó de pronto, al notar una mano sobre su hombro. Abrió los ojos de golpe y se incorporó, buscando a tientas cualquier cosa con la que defenderse.

—Neria.

La voz temblorosa de Aelia consiguió detenerla.

La niña estaba junto a la cama. Descalza. Con el cabello deshecho y aquella túnica vieja que utilizaba para dormir arrugada alrededor del cuerpo.

La escasa luz de la luna que entraba por la ventana apenas permitía distinguir su rostro, pero sí las lágrimas que le resbalaban por las mejillas.

—Por todos los dioses, Aelia —susurró Neria, llevándose una mano al pecho—. Casi me matas del susto.

La pequeña no respondió. Solo se sorbió la nariz.

—¿Qué ocurre? ¿Te duele la pierna? —preguntó Neria, apartando la manta.

Aelia negó con fuerza.

—He visto a mi mamá.

Neria dejó de moverse.

—¿A tu madre?

—Sí. Estaba en mi habitación, pero se ha perdido —aseguró la niña, señalando hacia el corredor—. Me ha llamado y yo he ido detrás, pero me dolía el pie y se ha ido —.

Neria miró hacia la puerta abierta.

La casa permanecía completamente en silencio, sumida en la noche.

—Tienes que buscarla —insistió la niña con la voz quebrada.

—Aelia…

—Livia y Gaia no se despiertan —continuó la niña entre sollozos—. Y papá no quiere venir. Tú tienes que encontrarla.

Neria entendió entonces.

Un sueño.

Probablemente uno tan real que la pequeña todavía no era capaz de distinguirlo de lo ocurrido.

Se sentó en el borde de la cama y tomó sus manos. Estaban heladas.

—Has soñado con ella, Aelia.

—No.

—A veces los sueños parecen de verdad.

—Era mamá —insistió Aelia, frunciendo el ceño—. Llevaba un vestido azul y su pelo rubio.

Neria tragó saliva. No sabía qué hacer.

—¿Te habló? —preguntó, intentando no herirla.

Aelia asintió.

—Me dijo que fuera.

—¿Adónde?

—No lo sé —dijo la niña, antes de que las lágrimas volvieran a caer—. Le pregunté, pero ya no estaba. Quiero que vuelva.

Neria la atrajo hacia ella.

—Lo sé, pero no puede ser.

Y, aunque Aelia se resistió, la abrazó y la niña apenas tardó un instante antes de rodearle el cuello con los brazos y esconder el rostro contra su hombro.

—Ayúdame.

Neria cerró los ojos.

—No puedo hacer que vuelva, pequeña. Ojalá pudiera —atinó a decir, sabiendo que no existía ninguna respuesta capaz de aliviar aquello. Podía enfrentarse a sus mentiras, soportar sus gritos y obligarla a recoger una habitación entera. Pero no podía devolverle a su madre—. Ojalá pudiera, pequeña.

Aelia comenzó a llorar con más fuerza.

—Sí puedes.

La sostuvo sin decir nada, hasta que el llanto empezó a perder intensidad.

Después se levantó y buscó con una mano el manto que había dejado sobre el arcón y se lo colocó por encima de la fina túnica con la que dormía.

—Vamos a regresar a tu habitación, ¿de acuerdo?

—No quiero.

—Me quedaré contigo hasta que vuelvas a dormirte. ¿Te parece?

Aelia levantó el rostro.

—¿Toda la noche?

—Puede.

La niña pareció considerarlo y levantó los brazos.

Neria comprendió la petición y la cargó.

Aunque Aelia ya apoyaba el pie con normalidad durante el día, aquella noche se abrazó a ella como si todavía no pudiera caminar.

Ajustó el manto alrededor de ambas y salió al corredor con la niña en brazos.

La casa estaba oscura, iluminada únicamente por las lámparas que los esclavos dejaban encendidas junto a los accesos principales. Las sombras de las columnas se extendían sobre el suelo y el aire nocturno se colaba por el atrio, obligando a Neria a sujetarse mejor el manto.

Aelia volvió la cabeza varias veces. La buscaba.

—Si mi mamá no está aquí, ¿dónde está? —murmuró al fin.

Neria tardó en contestar.

—No lo sé, Aelia —declaró, siendo esta la única respuesta honesta que podía darle.

La pequeña apoyó la mejilla contra su hombro.

—Padre dice que está con los dioses.

—Puede que tenga razón.

—¿Y por qué ha venido esta noche?

—Porque la echabas tanto de menos que apareció en tu sueño —atinó a decir y Aelia pareció satisfecha.

Estaban llegando al dormitorio de la niña cuando la puerta se abrió y Servio apareció al otro lado.

Llevaba únicamente una túnica corta y oscura, sin cinturón, y el cabello completamente revuelto. La barba parecía más pronunciada bajo la luz débil de la lámpara que sostenía.

—No la he oído salir de mi dormitorio —dijo Servio, deteniéndose al verlas—. ¿Le duele algo?

—No. Solo ha tenido un sueño —explicó Neria, con Aelia aferrada con fuerza de su cuello.

—Mama ha venido a verme —protestó la niña, negando.

La expresión de Servio cambió. Apenas un instante. Pero Neria lo vio.

El cansancio desapareció, sustituido por algo mucho más antiguo.

—Ya te he dicho que son pesadillas. Nada más —afirmó él, acercándose.

—No. Ha venido a buscarme y después se ha marchado.

—Ven conmigo —ordenó Servio, dejando la lámpara sobre una repisa.

Alargó los brazos para tomarla y Neria comenzó a entregársela, pero Aelia se resistió de inmediato.

—No.

—Aelia, es hora de dormir.

—Quiero a Neria.

Servio quedó inmóvil.

La niña extendió entonces una mano hacia él.

—Y a ti.

Neria y Servio se miraron.

—Los dos —insistió Aelia—. Quiero que vengáis los dos o no me dormiré.

—Aelia… —comenzó a decir Neria, mientras Servio soltaba el aire por la nariz.

—Está bien —dijo el hispano, interrumpiéndola y apartándose del umbral—. Pase.

Neria dudó unos instantes antes de entrar al dormitorio y depositar a Aelia sobre el lecho.

La pequeña no soltó su manto hasta que ella se sentó en uno de los lados.

Servio ocupó el otro y la niña quedo entre ambos.

—Ahora duerme —ordenó su padre, acomodándole la manta.

La niña dudó durante unos segundos.

—¿No os iréis?

—No —respondió Servio.

Aelia miró a Neria, esperando una respuesta también de su parte.

—Yo tampoco —habló.

Solo entonces Aelia pareció relajarse, buscando las manos de ambos por encima de la manta.

Sujetó la de su padre con la derecha y la de Neria con la izquierda y la habitación volvió a quedar en silencio.

Neria notaba el calor de los pequeños dedos alrededor de los suyos y, aunque no lo miraba, también sentía la presencia de Servio al otro lado de la cama. Estaban lo bastante cerca como para que pudiera distinguir su respiración, pero demasiado lejos para mirarlo sin que resultara evidente.

Pasaron unos minutos y Neria sintió cómo la respiración de Aelia cambiaba.

—¿Está dormida? —susurró.

Servio se movió, probablemente para observar a su hija.

—Todavía no.

—Sí estoy dormida —protestó Aelia, tras unos instantes—. No ves que he cerrado los ojos.

Neria tuvo que contener una sonrisa.

—Debe ser sonámbula, dómine, por eso habla en sueños.

La pequeña apretó su mano y no volvió a hablar.

Poco a poco, su respiración fue volviéndose más profunda. Sus dedos comenzaron a aflojarse y comenzó a dar pequeños ronquidos.

Aún así, Neria permaneció inmóvil. Al igual que Servio. Ninguno parecía dispuesto a ser el primero en retirar la mano y despertarla. La luz de la lámpara tembló sobre el rostro de la niña.

Dormida, Aelia se parecía más a Livia, o quizá a la mujer con la que acababa de soñar, pero con los rasgos algo más oscuros.

Neria levantó los ojos y descubrió que Servio la miraba.

No había cansancio, ni desafío, en su expresión.

Solo una tristeza silenciosa que ella comprendía demasiado bien.

Y, durante unos segundos, ninguno apartó la vista.

Aelia suspiró entre ambos, removiéndose en sueños y volviendo a aferrarles, de nuevo, las manos con fuerza.

Ambos apartaron la mirada. Servio apartó la mirada y Neria bajó la suya.

No volvieron a mirarse, pero ella no podía ignorar su presencia.

Sin duda, aquella iba a ser una noche muy larga.