El corazón de un hispano 30
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Regresó antes de lo previsto y la villa aún se preparaba para comer.

Lo supo antes incluso de atravesar el atrio. La casa seguía demasiado despierta.

Se escuchaban pasos en los corredores, voces procedentes del patio y el maldito ladrido lejano de aquel perro que Porcio le había endosado, con la excusa de que él no tenía espacio suficiente para una bestia tan grande.

Sin embargo, nada parecía estar ardiendo desde que las niñas prometieron colaborar con Neria.

Ningún esclavo corría asustado. Irene lucía tranquila y hacía días que no la veía dar órdenes desesperadas.

Definitivamente, la casa seguía llena de voces y carreras, pero volvía a funcionar.

Servio atravesó el triclinio y un murmullo de voces le llegó desde la sala de estudio, haciéndole reducir el paso.

La puerta estaba completamente abierta.

Y, en lugar de continuar, se detuvo junto al marco, fuera de la vista de quienes ocupaban la habitación, para observarlas durante unos segundos.

Livia estaba inclinada sobre su tablilla, con el ceño fruncido y el punzón avanzando despacio sobre la cera.

Gaia ocupaba el banco situado delante de Livia. Desde el día del accidente, no había vuelto a encerrarse en su dormitorio, tal y como le había prometido. Y, además, había asistido a cada una de las clases, llegando incluso antes que Neria, según le había informado Irene.

Su primogénita parecía haber terminado la tablilla antes que todos y esperaba en silencio, observando el trabajo del resto.

Detrás de la benjamina, Caius ocupaba el último banco.

Servio reconoció al hijo de Irene por el cabello oscuro, la piel bronceada y la túnica siempre demasiado grande que su madre insistía en remendar en lugar de sustituir.

El niño escribía despacio, concentrado sobre la cera mientras, en la mesa a su lado, Livia luchaba por terminar el ejercicio.

—Esa letra está torcida —señaló Gaia desde delante, sin levantar apenas la vista.

Caius se acercó la tablilla a la cara, mientras Livia y Aelia giraban la cabeza para mirar su tarea.

—No.

—Sí.

El niño frunció el ceño y señaló con el punzón hacia Livia.

—La de ella también y no dices nada.

—Pero la mía al menos se entiende —replicó la mediana, poniéndose roja.

Caius le sacó la lengua y Livia respondió exactamente igual, antes de volver a concentrarse en su tablilla.

Servio frunció ligeramente el ceño.

No recordaba haber autorizado que el hijo de Irene recibiera lecciones con las niñas, aunque tampoco encontró ninguna razón para impedirlo.

Probablemente habría sido idea de la romana.

Aelia, que los observaba entretenida con la pierna apoyada sobre una banqueta, se inclinó entonces hacia atrás, le quitó el punzón a Caius sin pedir permiso y corrigió el trazo con cuidado.

—Ahora sí —dijo, devolviéndole el punzón sonriendo, como si llevara toda la vida ayudándolo.

La pequeña se había recuperado con una rapidez sorprendente. Edine había confirmado que la niña solo se había torcido el tobillo y sufrido varias rozaduras, pero resolvió que manteniendo la pierna elevada unos días y evitando apoyarla demasiado, no quedarían secuelas.

Debía reconocer que la amiga de Neria sabía lo que hacía.

No era como aquellos médicos pomposos que habían tratado a Lucinda, hombres que hablaban más de lo que observaban.

—Aelia tampoco está haciendo nada, Neria —protestó Gaia, mirando ahora hacia la mesa de la benjamina.

La pequeña había abandonado su tablilla a un lado mientras pintaba cuidadosamente la superficie de la mesa.

—Estoy malita —replicó Aelia.

—Tienes el tobillo torcido. No las manos.

—Estoy convaleciente —logró repetir muy lentamente y con dificultad la benjamina—. Lo ha dicho Neria.

Gaia puso los ojos en blanco.

—Ni siquiera sabes qué significa.

—Sí sé.

—¿Sí? Pues dime qué significa convaleciente —la retó la mayor.

Aelia guardó silencio, mordiéndose el labio.

—Convaleciente significa que todavía te estas recuperando —dijo Neria, apareció junto a ella y retirándole con delicadeza el pincel—. Aunque eso solo se aplica a que debes descansar la pierna, no la cabeza. Así que lee las dos primeras líneas.

La sonrisa de la pequeña desapareció.

Gaia intentó disimular un poco una sonrisa.

—Pero me duele.

—Solo te heriste el tobillo, Aelia —habló Neria, devolviéndole la tablilla.

—A lo mejor se me ha pasado a todo el cuerpo.

—Lo comprobaremos cuando empieces a leer, ¿de acuerdo? —propuso la romana.

Livia se rio, levantando la vista de su tablilla. E incluso Caius la miró sonriente.

—Empieza —insistió Neria.

Aelia soltó un suspiro tan profundo que parecía cargar con todas las desgracias del imperio, antes de empezar a leer.

Lo hizo despacio. Equivocándose en casi todas las palabras. Pero Neria no la interrumpió de inmediato.

Esperó hasta que terminó la primera frase y regresó con ella al principio.

Servio continuó observándolas desde el corredor.

Neria se movía entre los bancos, inclinándose junto a Caius para señalarle una letra, apartando los cabellos de Aelia para que pudiera ver la tablilla y dejando que Gaia corrigiera por sí misma un error antes de intervenir.

No levantaba la voz. No necesitaba hacerlo.

Los niños sabían en todo momento dónde estaba, siguiéndola con la mirada cuando se desplazaba por la habitación.

Servio sintió algo incómodo bajo las costillas.

Al principio había pensado que aquella mujer traería todavía más caos. Ahora comprendía que nunca había pretendido imponer silencio, sino darle otro sentido.

Las travesuras y los gritos habían sido sustituidos por letras pronunciadas con dificultad y discusiones sobre tablillas o excusas para no hacer la tarea.

Sonidos que no amenazaban con destruir la casa, sino que la llenaban.

Neria volvió la cabeza hacia la puerta y Servio retrocedió antes de que pudiera descubrirlo.

Se apoyó contra la pared, sintiéndose absurdo. Como si fuera un chiquillo.

Era su casa. No tenía que esconderse para observar lo que ocurría dentro.

Sin embargo, permaneció allí.

Había pasado años convencido de que nada volvería a ser como antes de la muerte de Lucinda. Pero aquella mujer estaba cambiando incluso aquella certeza.

Neria no estaba sustituyendo a Lucinda. Eso habría resultado fácil de rechazar.

Era peor.

No hablaba como ella, no sonreía como lo hacía su esposa y jamás dejaba que una discusión terminara sin añadir una última réplica. Había llevado algo nuevo a aquella casa y cada día le costaba más apartar la mirada.

Desde dentro llegó otra carcajada.

Esta vez de Gaia.

Servio cerró los ojos. Recordaba aquella risa divertida y aniñada que tenía su hija mayor. Pero hacía tanto tiempo que no la escuchaba que por un momento creyó que pertenecía a otra casa. A otra familia. A una vida que había terminado junto a Lucinda.

Pero estaba allí.

Ahora.

Y Neria también.

La idea lo llenó de una calidez inmediata, seguida de una culpa todavía más intensa.

Porque durante unos segundos había imaginado cómo sería regresar cada día y encontrarla en aquella habitación.

No durante los treinta acordados, sino siempre.

Servio se separó de la pared.

Aquello sí se parecía demasiado a una traición.

Se alejó antes de que Neria volviera a mirar hacia la puerta, aunque las voces lo acompañaron durante todo el corredor.

Sin duda, el ruido de su casa ya no le parecía una amenaza.

La mujer que lo había transformado, en cambio, sí.