El corazón de un hispano 29
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Las bolsas seguían abiertas sobre la cama.

Neria estaba doblando una de sus túnicas cuando llamaron dos veces a la puerta.

Frunció el ceño. No esperaba a nadie.

Dejó la prenda y se dirigió a la puerta. Lo más probable es que fuera alguna de las esclavas para avisarla de que Edine había llegado.

Abrió y encontró al otro lado a Servio, acompañado de Gaia y Livia.

Los tres permanecían inmóviles frente a ella y por unos instantes ninguno habló.

—Hemos venido a negociar —dijo finalmente Livia dando un paso al frente.

Gaia resopló, cerrando los ojos.

Neria arqueó una ceja y desvió la mirada hacia Servio.

—Ha sido idea de ellas —admitió él, tras encogerse apenas de hombros.

—¿Podemos pasar? —preguntó Gaia.

Neria terminó de abrir la puerta y se apartó.

—Por supuesto.

Las dos niñas pasaron primero, aunque Gaia permaneció junto a ella unos segundos más antes de decidirse a seguir a su hermana.

Servio fue el último en entrar, esperándose para cerrar la puerta tras de sí.

Durante un instante reinó un silencio extraño y la habitación se le antojó diminuta.

—No queremos que te vayas —confesó Livia, hablando de nuevo la primera.

Neria no respondió.

—Vamos a ir todos los días a clase —continuó la niña—. Sin escondernos y sin volver a romper nada.

Livia le dio un tirón de la manga a Gaia.

La primogénita lanzó un leve resoplido, antes de hablar.

—También iré yo y obedeceremos.

Livia giró la cabeza, mirándola sonriente.

—¿Eso es todo? —preguntó Neria, cruzándose despacio de brazos.

Las dos hermanas se miraron y luego a su padre.

—Creemos que sí —admitió Livia.

—¿Necesita más? —preguntó Gaia.

Neria asintió muy despacio.

—Yo también tengo condiciones.

Las tres miradas se clavaron en ella.

—Estoy de acuerdo con vuestros términos. Me parece bien que las mañanas sigan siendo para aprender —declaró, sin que ninguno protestara—. Pero vuestro padre deberá pasar las tardes con vosotras.

Servio levantó ligeramente la vista.

—Todas las tardes.

Livia frunció el ceño.

—¿Algún problema, dómine? —preguntó Neria, sosteniendo la mirada de Servio—. Quiero enseñarlas a leer, escribir, pensar, comportarse y valerse por sí mismas. Pero eso no sirve de nada si olvidan cómo disfrutar siendo una familia. Por ello quiero que paséis las tardes juntos.

La habitación quedó en silencio.

—No sé si el trabajo me lo permitirá —habló tras unos segundos—. No siempre puedo controlarlo.

Neria sonrió apenas.

—Estoy segura de que sabrá organizarse para hacerlo.

Por primera vez desde que habían entrado, Servio bajó la vista y Livia también sonrió.

—A mí me parece bien.

—A mí también —afirmó Gaia que fingía observar la ventana.

—Entonces, sólo falta usted, dómine. ¿Está de acuerdo? —preguntó Neria, mirando a Servio.

El hispano no respondió de inmediato. Tenía la vista fija en la jarra que le había regalado y que aún estaba sobre la mesa, con el resto de enseres que aún no había recogido.

No podía sustituir la de Tulio, pero tampoco pudo evitar colocarla donde antes estaba la otra.

—De acuerdo —admitió.

Neria asintió despacio.

—Entonces, supongo que me toca desempaquetar —dijo, alargando la mano hacia una de las bolsas abiertas que descansaba sobre la cama.

—¡Lo hemos conseguido! —celebró Livia, lanzándose, antes de que nadie pudiera reaccionar, hacia Neria para abrazarla con fuerza por la cintura—. Gracias.

La romana tardó un instante en reaccionar. Después le acarició el pelo con torpeza, todavía sorprendida.

—De nada.

Livia se soltó para repetir el gesto con su padre, abrazándole aunque de manera más breve, antes de salir disparada hacia la puerta.

—¡Tengo que decírselo a Aelia!

Gaia negó con la cabeza.

—Disculpadla. Está completamente loca.

—Mucho —admitió Neria sonriendo.

Servio observó a su hija desaparecer por el corredor.

—Gaia, recuerda que vosotras también tenéis que cumplir vuestra parte. Que no se les olvide a tus hermanas.

—Lo haremos —afirmó Gaia, antes de seguir a la mediana con una sonrisa diminuta amenazando con aparecer en la comisura de sus labios—. Livi, espera.

Sus voces se fueron alejando y tanto Neria como Servio dejaron que el silencio llenara el dormitorio.

La mirada del hombre recorrió las bolsas abiertas, la cama deshecha y terminó deteniéndose sobre la jarra que le había comprado.

Dio un paso hasta la mesa y pasó distraídamente los dedos por el asa de barro.

—De verdad pensaba marcharse —dijo sosteniéndole la mirada.

Neria permaneció unos segundos en silencio. Entendiendo la pregunta implícita. Servio parecía realmente sorprendido con el hecho de que le hubiera obedecido sin pelear.

—Me despidió. ¿Qué esperaba que hiciera?

Servio cogió la jarra y la observó unos instantes, sin responder.

—No debería haberlo hecho —habló el hispano, devolviendo la pieza a su lugar—. Tenía razón.

Aquellas palabras la sorprendieron más de lo que esperaba.

Neria apartó una de las bolsas, para sentarse en la cama.

—Yo tampoco debería haberle llamado desquiciado.

Una exhalación escapó de los labios del hispano, parecida a una tímida risa.

—Admito que un poco sí lo estaba.

—¿Solo un poco? —replicó Neria, sonriendo, aunque esta vez el rostro del hombre volvió a lucir culpable, así que ella añadió—. Es lógico. Se asustó. Todos lo hicimos.

Él la miró, sin responder.

Los separaban apenas tres o cuatro pasos, pero sentía como si lo tuviera a un par de centímetros.

Él la miraba de aquella manera firme y profunda que tanto empezaba a alterarle la respiración.

Y, tras lanzar una mirada a la puerta abierta por la que habían salido las niñas, terminó por decidirse a recortar esos pasos que los distanciaban. Sin prisa. Como si todavía estuviera pensando si debía acercarse.

Se detuvo delante de ella y Neria tuvo que levantar ligeramente la cabeza para sostenerle la mirada.

No recordaba la última vez que alguien había estado así sin tocarla.

El silencio se volvió incómodo, o quizá demasiado cómodo, y un hormigueo incontrolable se desató en su vientre, encendiéndole las mejillas.

—Me alegra que se quede.

Servio sostuvo su mirada un instante más.

Parecía querer decir algo o quizás esperaba que ella lo hiciera. Pero a Neria ya le costaba hasta respirar, así que simplemente asintió.

Este simple gesto debió ser suficiente para él, porque sin más, dio media vuelta y salió de la habitación.

Neria permaneció inmóvil, escuchando cómo sus pasos se alejaban por el corredor.

Solo cuando dejaron de oírse se dejó caer hacia atrás sobre el colchón.

Se llevó una mano al pecho y soltó todo el aire que no sabía que había estado conteniendo.

El corazón seguía golpeándole con fuerza contra las costillas.

Cerró los ojos.

Aquella familia iba a volverla completamente loca.