28
Ella fue la primera en apartarse de la puerta.
Ya no se escuchaba la discusión en el corredor. Solo los pasos de Neria alejándose y, más lejos, los de su padre recorriendo el atrio.
—Te lo dije —murmuró Livia, con la oreja aún pegada a la madera de la puerta—. Ahora sí que nos van a separar.
Gaia volvió la vista hacia Aelia.
La pequeña la miraba furiosa, con el rostro rojo e hinchado de llorar. Servilia la sostenía para impedir que se levantara.
—No me miréis así —dijo Gaia—. No ha sido culpa mía.
—Claro que sí —replicó la benjamina—. Todo ha sido por tu plan de escaparte.
—Si no te hubieras metido donde no te llamaban, el caballo no te habría herido y no nos habrían descubierto.
Aelia abrió la boca, ofendida.
—No le eches la culpa —intervino Livia, separándose al fin de la puerta—. Ella solo nos siguió.
Siempre las seguía.
Desde que había aprendido a caminar, Aelia iba detrás de Livia como aquel trapo viejo que arrastraba por toda la casa. Y Livia, desde la muerte de su madre, se había propuesto llevarla a todas partes.
Como si cargar con aquel pequeño talismán de mala suerte pudiera impedir que les ocurriera algo peor.
Gaia sabía que no era justo pensarlo, pero la gente lo susurraba y ella no podía evitar estar de acuerdo con ellos.
Y es que, desde que Aelia había nacido, todo había ido mal. Su madre había enfermado hasta fallecer. Y ahora su padre quería deshacerse de ellas.
—No pongáis esa cara —insistió mirando a sus hermanas—. Neria se habría marchado antes o después. Os lo dije. Solo era cuestión de tiempo. Todas lo hacen.
—Ella no —respondió Aelia.
—Sí.
—Intentaba ayudarnos —añadió Livia.
—Niñas —intentó detenerlas Servilia—. Hablad más bajo. El dómine sigue cerca.
Gaia las miró con incredulidad.
—¿Vais a defenderla? ¿Os tengo que recordar quién os sacó de su habitación?
—Tenemos que conseguir que se quede, Gaia. Es nuestra única opción —habló Livia.
—No pienso rogar por nadie. Además, padre ya la ha despedido.
—Nadie tendrá que rogar —dijo la mediana—. Solo tenemos que conseguir que padre cambie de opinión.
Gaia soltó una risa seca.
—¿Y cómo pretendéis hacerlo?
Livia y Aelia se miraron guardando silencio durante unos instantes.
Se lo imaginaba. No tenían ningún plan.
Gaia se cruzó de brazos.
—Pidiéndole perdón—propuso Aelia.
—Y prometiéndole ir a las clases y portarnos bien —añadió Livia, sentándose en la cama junto a su hermana.
—Hacedlo vosotras y ya me contáis.
—Necesitamos que tú también lo hagas o no funcionará.
—No.
Aelia se removió sobre la cama.
—Yo sí lo haré.
—Tú no vas a hacer nada más allá de quedarte en la cama —dijo Servilia, sujetándola cuando intentó incorporarse.
Livia se levantó, acercándose a Gaia.
—Sin Neria nos van a separar. Y sin ti, no vamos a poder hacerlo. Te necesitamos.
Gaia apretó los labios.
—Me moriré de pena si me mandan lejos de vosotras —continuó Livia, con la voz quebrándose.
Gaia apartó la vista.
El golpe fue certero. Livia siempre sabía dónde golpearla.
La conocía demasiado bien.
—Te estás convirtiendo en una molesta listilla. ¿Lo sabes? —murmuró.
—Lo sé —admitió Livia, con una sonrisilla orgullosa en el rostro.
Gaia resopló, pero no le dio tiempo a replicar.
La puerta se abrió de repente y su padre regresó con el rostro todavía tenso.
Livia corrió hacia él.
—¡Padre, no puedes echarla porque ha sido culpa nuestra y…!
—¡Yo también quiero que se quede! —gritó Aelia, retorciéndose entre los brazos de Servilia.
—¡No queríamos que pasara nada! —continuó Livia, abrazándose a las piernas de su padre.
—¡Seré buena! —gritó Aelia, luchando por liberarse del agarre de la esclava—. ¡Te haré todos los dibujos que quieras!
Las dos voces se mezclaron, armando tal escándalo que llegó un momento en que no se discernía lo que sus hermanas decían.
—¡Callad! —gritó Servio, levantando ambas manos—. Pero, ¿qué locura es esta?
El dormitorio quedó en silencio.
Y Gaia cerró los ojos un instante.
Si aquel era el plan de sus hermanas para convencer a su padre y que no las separara, estaban perdidas.
Tendría que hacerlo ella.
Avanzó hasta colocarse frente a su padre.
—Padre, creo que ha llegado el momento de que hablemos.