El corazón de un hispano 27
42%

27

—¡Livia, abre paso! —ordenó Neria levantando a Aelia del suelo.

Había intentado que la pequeña se pusiera en pie, pero el grito que lanzó cuando movió la pierna derecha y el llanto, le confirmó que se había hecho algo más que una rozadura.

—Neria, me duele —sollozó, aferrándose a su cuello con tanta fuerza que le clavó los dedos en la piel —. Me duele mucho.

—Lo sé, Aelia, pero necesito que no muevas la pierna.

—¿Se va a poner bien? —preguntó Livia.

Neria volvió la cabeza.

La niña caminaba a su lado aún con el rostro completamente blanco y las manos temblándole, pero cumpliendo con la orden de ir abriéndole todas las puertas. Fue a responder, pero Gaia se le adelantó, colocándose a su izquierda.

—Claro que sí, tonta. Lo más probable es que solo esté asustada y magullada.

—Tonta tú —replicó Livia, mirando furiosa a su hermana.

—Parad las dos. No tenemos tiempo para tonterías. Abrid las puertas y corred delante de mí.

Livia reaccionó de golpe, mientras que Gaia entregó el ramal roto del caballo al primer mozo con el que se cruzaron, atraído por los gritos.

—El caballo solo se asustó —explicó Gaia—. Cayeron unas herramientas y se rompió la cuerda.

—Después hablas con él, Gaia —cortó Neria—. Ahora necesitamos tu ayuda.

—Yo puedo llevarla, si estas cansada —dijo Gaia, acercándose de nuevo.

—No.

—Sé cómo cogerla —replicó la mayor, frunciendo el ceño.

—Lo sé. Te he visto, pero he dicho que no. Corre y busca a Irene.

Gaia abrió la boca para protestar, pero Aelia la interrumpió entre lágrimas.

—Me duele.

—Ahora, Gaia —insistió Neria, volviéndola a mirar, y aunque la niña apretó la mandíbula visiblemente molesta, obedeció.

Atravesaron el patio casi corriendo. Aelia lloraba contra su hombro y preguntaba una y otra vez si podría volver a caminar.

—¿Puedes mover los dedos del pie?

—Creo que sí —masculló la benjamina, entre lágrimas.

—Eso es buena señal.

Tampoco recordaba que hubiera perdido el conocimiento en ningún momento y sabía que el caballo no la había llegado a pisar.

—¡Por todos los dioses! —exclamó Irene, acompañada de Gaia y Servilia, cuando cruzaron el pórtico—. ¿Qué ha ocurrido?

—Manda a alguien a casa de los Catón y que traigan a Edine, la curandera, inmediatamente —ordenó Neria sin detenerse—. Estaremos en la habitación de Aelia.

—¿Está herida? —preguntó la mujer.

—Si.

—¿Es grave? —replicó la joven esclava.

—No lo sé.

Servilia palideció e Irene empezó a moverse de inmediato.

—¿Qué necesitáis?

—Agua limpia, paños, vino y miel. Date prisa.

—Servilia, ve. Trae todo lo que te pida la dómina —ordenó Irene antes de marcharse.

La joven asintió y salió corriendo.

Finalmente, Neria entró en la habitación de la pequeña y la depositó con cuidado sobre la cama, pero Aelia se negaba a soltar su cuello.

—Tienes que dejar que te examine, Aelia.

—No.

—Aelia, suéltala —ordenó Gaia seria.

—Que no quiero —se quejó, con un pequeño llanto.

Neria se sentó a su lado.

—No voy a hacerte daño. Pero necesito saber dónde te duele, ¿de acuerdo?

—¿Me lo prometes? —preguntó la benjamina con una mano aún aferrada a su estola, sin acabar de soltarla.

—Si. Lo juro —afirmó y girándose hacia Livia y Gaia, que permanecían junto a la puerta, añadió—. Vosotras dos, acercaos. Vuestra hermana os necesita.

Livia obedeció primero, asintiendo rápidamente. Cogió la mano de su hermana, logrando así que Aelia la soltara.

—Lo siento —habló mirando primero a Aelia y después girándose hacia ella—. Lo siento mucho. Solo dejé de mirarla un momento.

—Tranquila. Todo saldrá bien.

La mediana comenzó a respirar más deprisa y Gaia le agarró la mano.

—Cálmate —insistió—. Aelia está despierta y puede hablar.

—¡Fue culpa nuestra, Gaia!

—Ya os he dicho que dejéis de discutir. No es momento de culpas —intervino Neria—. Tenemos que ocuparnos de vuestra hermana.

Servilia regresó cargada con todo lo que le había pedido y Neria apartó con cuidado la tela que cubría la rodilla de Aelia. La piel estaba levantada y cubierta de sangre y polvo, pero la herida no parecía profunda.

Tulio siempre decía que la sangre engañaba.

Una herida pequeña podía convertir un paño en algo propio de un campo de batalla, mientras otras mucho peores apenas sangraban. Así que primero limpia y después mira, decía siempre Edine.

—Esto va a escocer —avisó Neria, tras humedecer un paño.

Aelia negó con fuerza.

—Tranquila —dijo Gaia, poniéndole la mano sobre los ojos, para que no mirase.

—No quiero.

—Puedes apretarme la mano todo lo que quieras —murmuró Livia, sentándose inmediatamente junto a ella, sin soltarla.

Aelia obedeció y Neria comenzó a limpiar.

La pequeña gritó y el llanto aumentó.

—¡Le haces daño! —exclamó Gaia, seria.

—Estoy retirando la tierra.

—¡Pues se más cuidadosa!

—Gaia, cállate y déjala —ordenó Livia, frunciendo el ceño.

La primogénita cerró la boca, aunque a diferencia de Livia y Aelia, no apartó la vista, en ningún momento, de los movimientos de Neria.

—¿Qué hacíais en el establo? —preguntó mientras limpiaba alrededor de la herida.

Ninguna respondió, solo se miraron.

—He hecho una pregunta.

—Queríamos montar —dijo Gaia.

Neria levantó los ojos y la primogénita sostuvo su mirada. Mentía mejor que sus hermanas, sin duda. Pero seguía siendo una niña.

—¿Las tres habíais ido a montar en lugar de acudir a clase?

—Sí —respondió Gaia.

—No —soltó Livia, antes de bajar la cabeza.

Neria colocó un poco de miel sobre la herida y la cubrió con un paño limpio.

—Livia. Aelia. Miradme —ordenó, haciendo que las niñas levantaran la mirada hacia ella—. ¿Qué hacíais allí?

—Gaia quería irse —confesó Aelia finalmente, algo más calmada.

—Eso es mentira —espetó Gaia, apartándose de la pequeña.

—¡Gaia! —advirtió la mediana.

—Livia. Ni una palabra —replicó la mayor, soltándole la mano.

Ambas se miraron desafiantes.

—Aelia no miente. Gaia quiere escaparse a Tarraco .

Neria dejó de trabajar durante un instante.

—Chivata.

—Chivata tú —replicó Aelia.

Ahora lo entendía.

—¿De verdad quieres irte, Gaia?

La primogénita apretó los labios y apartó la vista.

Aquello fue respuesta suficiente y Neria decidió no insistir.

Terminó de vendar la rodilla y palpó con cuidado el tobillo de Aelia. La niña protestó cuando lo movió hacia un lado.

—Creo que se lo ha torcido. No parece roto, pero necesito que no apoyes el pie hasta que Edine lo examine. ¿Lo has entendido, Aelia?

—¿Me voy a quedar coja? —preguntó Aelia, angustiada.

—No.

—¿Seguro?

—Lo suficiente para que dejes de llorar.

Aelia se sorbió la nariz, considerándolo.

Cuando, de pronto, un ruido de pasos apresurados atravesó el corredor. Servio entró en la habitación como una ráfaga.

—¿Dónde está? —preguntó, deteniéndose al ver a su hija sobre la cama. Tenía el rostro vacío de color.

—Aelia.

—Papá —respondió la pequeña, alargando los brazos.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó Servio llegando hasta ella e inclinándose, añadió—. ¿Dónde te duele?

—La pierna.

Él vio el vendaje. Después se volvió hacia Gaia y Livia.

La preocupación desapareció de su expresión, sustituida por una furia inmediata.

—¿Qué habéis hecho?

Las dos mayores se cogieron de la mano de nuevo, pero ninguna dio un paso atrás. Livia parecía totalmente convencida de no soltar la mano de Aelia.

—Padre, fue un accidente —empezó Livia.

—Padre, fue mi culpa —habló por encima Gaia.

—¡No quiero oír una palabra!

—Servio —intervino Neria, pero el hispano no se detuvo.

—¿Cuántas veces tengo que deciros que no entréis solas en los establos? ¿Cuántas?

—Yo quería marcharme. Ellas intentaron detenerme —confesó Gaia, firme, sin titubear.

—No queríamos que Aelia se acercara a ningún caballo. Pero yo solo miré a Gaia un momento y… —comenzó a hablar Livia a la vez.

—¡Basta! —gritó Servio, dando un paso hacia las mayores—. Recoged vuestras cosas.

La habitación quedó inmóvil.

—¿Qué? —preguntó Livia.

—He dicho que recojáis todo. Os marcháis. Yo mismo os llevaré a cada una.

Aelia empezó a llorar fuerte otra vez.

—¿Cómo? —dijo Neria—. No puede hacer eso.

—No le he pedido su opinión —soltó Servio volviendo la cabeza.

—Me da igual. La va a escuchar igualmente —habló, colocándose entre él y las niñas. Servio intentó rodearla y ella se movió con él, volviendo a hablar—. Creo que es momento de que hablemos en privado, dómine.

El hispano la ignoró.

—Apártese.

—No, hasta que salga conmigo de la habitación.

Él miró hacia la cama. Servilia abrazaba a la pequeña, intentando consolarla.

—No pienso repetirlo. Apártese.

—No voy a hacerlo. Está asustándolas. Tiene que salir —dijo bajando la voz, pero sin ceder.

Servio se tomó unos segundos para respirar, antes de volver a hablar.

—De acuerdo. Acompáñeme —dijo Servio, dirigiéndose a la puerta.

—Recuerda, que Aelia no se levante —le señaló a Servilia, antes de seguirlo y cerrar la puerta tras ella.

Servio había avanzado un par de pasos hacia el atrio. A un rincón algo más privado.

—Pensé que estaban mejorando —habló el hispano en cuanto llegó hasta él—. Pensé que usted estaba consiguiendo algo, pero está claro que están más descontroladas que nunca.

Neria no respondió de inmediato. Lo dejó caminar, pasarse ambas manos por el cabello y sobre todo respirar.

Al igual que Gaia había necesitado su tiempo para salir de su habitación, Servio necesitaba tiempo para abandonar su miedo.

—No existe ninguna justificación —continuó él—. Por poco matan a su hermana.

—Aelia está bien.

—No puede estar segura de eso. No lo sabe.

—Eso es verdad. Pero está consciente, mueve la pierna y no parece tener nada roto.

—No debería haber ocurrido.

—Claro que no.

—Entonces, ¿qué está defendiendo? —soltó Servio, volviéndose hacia Neria.

—A ellas.

—Recogerán sus cosas y se irán hoy.

—¡Cállese! —gritó Neria, perdiendo la paciencia.

Servio quedó inmóvil.

—¿Qué ha dicho?

—Que se calle. No diga eso. Las asusta. ¿Por qué, si no, cree que Gaia ha intentado huir hoy? No. Quieren. Separarse. ¿Cuándo lo va a entender?

Él miró alrededor. En silencio. Y los pocos esclavos que quedaban próximos a ellos desaparecieron rápidamente.

—Ha sido un accidente —continuó Neria—. Grave, sí. Pero un accidente. Gaia logró calmar al caballo y evitó que volviera hacia Aelia. Livia pidió ayuda y no se separó de ella. Y han confesado lo ocurrido. No puede castigarlas sin más.

Servio volvió a negar.

—Se acabó. Las niñas se marchan.

Neria se frotó el rostro con ambas manos, exasperada, antes de volver a hablar.

—Por todos los dioses, ¿cómo puede ser tan testarudo?

—¿Qué? —masculló Servio. La sorpresa sustituyó, por un instante, a la furia de su rostro.

—Gaia estaba intentando llegar a Tarraco . Por lo visto pensaba adelantarse a la decisión que usted todavía no ha retirado. Livia intentó detenerla. Aelia las siguió, porque siempre las sigue, especialmente a Livia. Y el caballo se desbocó. Fin de la historia.

Servio abrió la boca, pero Neria levantó una mano haciéndolo callar.

—Una cosa más. No soy una de sus hijas. No puede gritarme, dar una orden y esperar que baje la cabeza.

Él apretó la mandíbula.

—Y usted no puede entrar en mi casa y cuestionar cada decisión que tomo.

—Puedo hacerlo cuando son absurdas siempre que se lo diga en privado. Eso fue lo que acordamos. ¿Recuerda?

Servio avanzó otro paso, pero Neria no retrocedió.

—Usted… Usted… —masculló Servio furioso, pero también aterrorizado.

Lo veía en la tensión de su rostro, en la respiración demasiado rápida y en el modo en que no dejaba de mirar hacia el dormitorio de Aelia.

Neria levantó una mano y le rozó el antebrazo.

—Lo entiendo —dijo con más calma—. Se ha asustado. Es lógico. Pero Aelia está sana y salva y Edine viene de camino. Así que respire y no diga más tonterías de las que se pueda arrepentir.

El contacto lo detuvo.

Servio bajó la vista hacia la mano que descansaba sobre su brazo y durante una fracción de segundo ninguno se movió.

La piel de Servio estaba caliente bajo sus dedos y un estremecimiento le recorrió la espalda.

Él debió sentir algo parecido porque apartó el brazo como si su contacto lo hubiera quemado.

—Está despedida.

Neria dejó caer la mano.

—¿Qué?

—Espero que tenga preparado su equipaje para cuando llegue la curandera.

Neria dio un paso hacia atrás y durante unos segundos no supo que responder.

—Perfecto —dijo finalmente—. Así me iré con ella.

Servio volvió la cabeza hacia ella.

—Irene le entregará lo que se le debe.

—Magnífico —pronunció dando otro paso más atrás—. No veo la hora de cobrar y salir de esta casa. Jamás he tenido un patrón tan desquiciado como usted.

Y sin querer oírlo más, se dio la vuelta y regresó hacia el corredor de las habitaciones con la espalda recta.

Le temblaban las manos y no sabía qué la enfurecía más: que Servio la hubiera despedido, que estuviera dispuesto a perder a sus hijas cada vez que el miedo le impedía escucharlas o que, durante el único instante en que lo había tocado, una parte de ella hubiera deseado no apartarse jamás.