26
Seguro que Neria había abierto ya los postigos para que entrara el aire, colocado las tablillas sobre la mesa y dispuesto tres bancos, como hacía cada mañana.
Lo más probable es que incluso ya se hubiera asomado varias veces por el umbral de la puerta ante su retraso.
Pero, por lo que parecía, hoy no irían a clase.
—No podemos irnos así, Gaia —insistió en voz baja mientras caminaba deprisa por el corredor, agarrando la mano a Aelia, mientras seguía a Gaia—. Se van a asustar mucho.
—Y papá juró que, si seguíamos siendo buenas, nos llevaría todas las tardes a hacer cosas divertidas con él.
—También le prometió a madre que no nos separaría nunca.
Livia tuvo que tragar, ante la mención de Lucinda.
—Gaia…
—Si estáis de acuerdo con él, quedaos, Livia —dijo la mayor, sin ni siquiera volver la cabeza—. No tienes que seguirme a todos lados.
Estaba enfadada.
Hacía días que lo estaba. Lo había notado porque había dejado de hablar poco a poco también con ellas.
Al principio, las instó a cumplir. A ir a las clases para que no se metieran más en líos.
Pero cuando empezaron a disfrutar de hacerlo, pareció no sentarle bien. Las escuchaba con su cara de traición.
Y aquella mañana las había despertado, llevando una pequeña bolsa colgada al hombro, solo para avisarlas de que se marchaba.
—Gaia, tú también podrías venir. Las clases de Neria no están mal y padre dijo…
—Me da igual lo que diga padre —la cortó Gaia, empujando la puerta que daba al patio de servicio y cruzando directamente hacia los establos.
—Papá se va a enfadar —susurró Aelia.
—¿Por qué? —replicó la mayor, mientras continuaba andando—. Solo le estoy haciendo un favor adelantando mi marcha.
—Pero padre nos dijo ayer que nadie vendría a separarnos de momento. Nos prometió que sí continuábamos yendo a las clases y obedeciendo a Neria no pasaría —declaró Livia intentando seguir el paso de Gaia sin que Aelia tropezara.
—Miente y lo sabes —espetó Gaia, deteniéndose un instante y mirándola—. Y serás una estúpida si lo crees de nuevo.
Livia se quedó inmóvil, sintió un nudo en la garganta. No sabía qué responder.
Durante semanas había oído a su padre discutir con Porcio. Había visto como se negaba a destruir aquellas cartas o a enviar unas nuevas retractándose. Y todavía recordaba el miedo que sintió cuando se enteró de que iban a llevársela lejos.
—Livi, que se escapa —dijo Aelia, dándole un tirón del brazo con el que la agarraba.
Esto la despertó, alcanzando a ver como Gaia abría la puerta del establo.
Se acercaron y el olor a heno y cuero llenó el aire.
Los caballos levantaron la cabeza al reconocerlas. Gaia ya estaba en el habitáculo de Sarraceno, el caballo más tranquilo de todos y el cual su hermana había montado decenas de veces.
—En serio, ¿lo vas a hacer?
—Ya te lo dije.
Livia abrió mucho los ojos.
—Estás loca. ¿Cómo vas a llegar hasta allí sola?
—Cabalgando.
—¡Nunca has montado tanto, ni tan lejos!
Gaia levantó la barbilla.
—Sé montar. Eso será suficiente —afirmó comenzando a colocar la manta sobre el caballo con movimientos inseguros, pero decididos—. Padre lo hace, así que yo me las arreglaré.
Livia dejó escapar el aire.
Aquello no iba a salir bien. Lo sentía.
—Gaia, por favor, para.
—No te vayas, Gaia —dijo Aelia, quebrándosele la voz y abrazándose a la cintura de su hermana mayor.
Gaia dejó de trabajar un momento. Quedándose inmóvil, como solía pasarle siempre que Aelia tenía algún gesto cariñoso hacia ella.
Miró a la pequeña. Apenas un segundo.
Después apartó con cuidado sus brazos, antes de volver a hablar.
—Aún podéis venir conmigo. Tú también sabes montar. Puedes llevarla si quieres o lo puedo hacer yo.
Livia negó inmediatamente.
—No creo que sea buena idea.
—Nos reuniremos con la tía y le pediremos que nos acoja a las tres. Así no nos separarán.
—¿Y si no quiere?
—La convenceremos.
—¿Y si padre nos encuentra antes? O ¿Y si no lo hace y nos perdemos?
Gaia no respondió.
Un destello de duda brilló en sus ojos, pero duró poco.
Girándose en silencio, de nuevo, terminó de ajustar la cincha [21] como buenamente pudo.
Livia sintió que empezaba a perderla.
Tenía que convencerla.
—Gaia… creo que padre dice la verdad. Creo que Neria puede ser la cuidadora que necesitaba.
Pero su hermana no la escuchaba, concentrada en buscar el ramal [22] .
Iba a hacerlo. Iba a marcharse.
—¡Gaia!
Fue entonces cuando un ruido seco resonó dentro del establo, deteniéndolas a las dos.
La discusión había hecho que ninguna prestara atención a Aelia.
La pequeña, unos metros más allá, había abierto el compartimento de otro caballo.
Probablemente para acariciarle el hocico, como le gustaba hacer.
En ese momento, la puerta del habitáculo golpeó unas azadas apoyadas contra la pared, haciendo que estos se desplomaran con estrépito.
El animal se encabritó, haciendo que Aelia cayera de espaldas en mitad de la salida.
—¡Aelia! —gritó Livia, echando a correr.
La niña levantó la cabeza, justo cuando el caballo relinchó con fuerza, comenzado a llorar.
—¡Aelia, apártate! —insistió la mediana, corriendo para alcanzarla seguida de Gaia.
El caballo no paraba de saltar y golpear, hasta que rompió el ramal que lo sujetaba.
No iba a llegar.
El mundo pareció detenerse.
Entonces apareció otra figura, mucho más cerca de su hermana.
Neria.
Entró corriendo desde el patio, probablemente siguiendo el escándalo.
Justo en ese momento el caballo salío disparado hacia delante, a la puerta de su celda.
Y, aunque Neria consiguió agarrar a Aelia por debajo de los brazos y arrastrarla fuera de la trayectoria, no pudo evitar que el costado del animal las alcanzara durante el movimiento, haciéndolas caer a ambas de rodillas.
Aelia lloraba y gritaba, lo cual alteró más al animal.
El caballo, asustado, continuó hacia donde Neria, de rodillas, protegía a Aelia contra su pecho.
—¡Cuidado! —fue todo lo que logró decir, mientras sentía que el corazón dejaba de latirle.
Le había prometido a su madre que la cuidaría. Que la protegería. Pero el miedo la había paralizado.
El caballo no paraba de sacudir la cabeza y golpearlo todo con los cascos.
De pronto, Gaia se movió hacia un lado, lo suficiente para que el animal pudiera verla sin cerrarle completamente el paso y distrayendo su atención.
Le hablo despacio. Sin gritos, ni carreras. Con la palma extendida.
No había miedo alguno en su rostro, sino exactamente la misma seguridad que había visto en su padre, desde que era pequeña, al tratar con los caballos.
Y esperó.
El caballo resopló. Sacudió la cabeza. Pero retrocedió un paso.
Después otro. Y luego otro.
Hasta que Gaia consiguió sujetar el ramal que todavía arrastraba.
—Livia —le pareció que alguien la llamaba, pero no supo quién, ni dónde.
Ella seguía inmóvil. Temblando sin control.
—Livia —volvió a oír y aquella vez sí reaccionó.
—Livia, ven —le ordenó Neria, mientras Gaia seguía calmando al animal.
Corrió hasta su hermana pequeña, que sollozaba, consciente, pero con una rodilla ensangrentada.
—Tranquila, Aelia. Estamos aquí —intentó consolarla sin éxito, mientras sentía que las piernas dejaban de sostenerla.
Ella solo había querido ir a clase aquella mañana.
Después, quizás, su padre las habría llevado al mar.
Ahora Aelia sangraba, Gaia seguía junto a un caballo desbocado y Livia ya no sabía cómo iba a cumplir ninguna de las promesas que había hecho.